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NOVICIADO COMÚN

LA GRACIA DEL TRABAJO

El mes de abril ha estado lleno de actividades es nuestra fraternidad del noviciado. Además de las actividades ordinarias, hemos tenido la visita del hermano Paco Huertas quien trabajó con los novicios algunos temas de formación humana por medio de la neurodanza; fueron unos días amenos y muy necesarios. ¡Gracia por tu visita y colaboración hermano Paco! También contamos con la visita del hermano Juan Jima, quien nos acompañó en la fraternidad del noviciado durante tres días para ayudarnos con una introducción a los consejos evangélicos. ¡Gracias por tu presencia fraterna y sencilla! Sin embargo, lo que más ocupó nuestra atención durante este mes fue la Unidad Temática del trabajo. Por consiguiente, queremos compartir con todos los hermanos las reflexiones que hemos hecho en torno a este tema.

Colaboradores en las obras de Dios.

El trabajo es una vocación desde el momento de la creación (cf. Gn 1, 26-28). Dios nos entregó la tierra para cuidarla y cultivarla como medio de subsistencia (cf. Gn 2,15). Por causa del pecado el hombre fue expulsado del paraíso y el trabajo adquiere el nuevo sentido de supervivencia por medio del esfuerzo (cf Gn 3, 17). Jesús nos invita a levantar la mirada a Dios de quien viene todo don precioso y toda bendición y a que trabajemos por el pan que nos da vida eterna (cf. Jn 6, 27). El Hijo del Carpintero nos revela que el trabajo no es castigo y que ningún trabajo es indigno, antes bien todo trabajador merece su salario. Para el apóstol Pablo, el trabajo es medio se supervivencia y motivo de edificación de la comunidad, por eso “el que no trabaja que no coma” (2 Tes 3,10). Por eso seamos constructores del Reino mediante ocupaciones que edifiquen a la comunidad y a la persona.

El trabajo nos hace mejores seres humanos.

Para la Iglesia, el trabajo es una dimensión fundamental de la existencia del hombre; ya que desde el inicio de la creación Dios le dio poder sobre todo lo creado y le mandó a trabajar la tierra para su crecimiento y desarrollo. El trabajo es sustento del hombre; sin el trabajo el hombre carecería de lo necesario para su existencia en el mundo, llevándolo a la miseria. El trabajo dignifica al hombre; le ayuda a encontrarse consigo mismo, a ser autónomo y a sentirse importante compartiendo sus talentos. Sin embargo, en ocasiones por la “ambición y poder” de ciertas personas, el trabajo se convierte en motivo de esclavitud y humillación para muchos seres humanos, desnaturalizando la gracia del trabajo. Lo mismo se puede decir de quienes convierten en un absoluto, olvidando las otras dimensiones de la existencia humana. Por tal motivo todas las instituciones gubernamentales, sociales y religiosas deben promover los derechos laborales fundamentales que garanticen la dignidad de las personas y contribuyan a un progreso justo con todos (cf. Laborem Exercens 6-8).

Espiritualidad del trabajo

La Iglesia nos estimula a asumir el trabajo como un modo de imitar a Dios viviendo en el amor, en el servicio y en la entrega generosa. Al contemplar y valorar la huella de Dios en las creaturas, reconocemos su ser y actuar en cada una de ellas, y así sentimos su rostro misericordioso y amoroso en todo lo que nos rodea. Haciendo del trabajo un evangelio nos convertimos en buena noticia para los demás al estilo de Jesús, el gran Maestro del amor, que veía en los trabajos cotidianos la semejanza de la acción del Padre y nos motiva a esforzarnos por los frutos del Reino prometido. Aprendamos a integrar la fe y los progresos del hombre: abriéndonos a los avances de la ciencia y la técnica que ayudan al desarrollo y el bienestar de los seres humanos y reconozcamos que es Dios quien nos regala cada cosa para nuestro aprovechamiento.

Francisco trabajaba con sus manos

San Francisco nos indica el gran valor del trabajo desde los inicios de la comunidad, dado que, representa un aspecto importante que es posible describir desde estos tres elementos:

- El trabajo es medio de subsistencia: por eso los hermanos deben trabajar para recibir lo necesario para vivir, sin apropiarse de nada. En todo caso, solo para atender a los enfermos los hermanos pue- den recibir más de lo necesario (cf. Rnb 7).

- El trabajo es un medio ascético: al ocuparse en algo los hermanos evitan las tenciones.

- El trabajo contribuye a la oración: el trabajo no es la principal actividad en el corazón de los hermanos, por eso el trabajo debe estar sometido al “espíritu de oración y devoción, al que deben de servir todas las cosas” (Rb 5, 2).

Con esto es posible intuir que desde la mirada de san Francisco el trabajo no debe hacer más que ayudar al hermano a seguir contemplando profundamente a Dios, sumo bien, que regala a cada quien los dones para crear, servir y dignificarse a sí mismo y a todo lo que lo rodea.

El trabajo de un hermano menor capuchino

Con su esfuerzo un hermano capuchino colabora en la obra creadora del Padre (Gn 1, 28 - 31), y descubre sus capacidades, ayuda al prójimo y coopera en el mejoramiento de la sociedad. Como no todos los hermanos poseen habilidades para el trabajo es necesario acoger la exhortación de Francisco en su testamento, “mando firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajos que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan (Test 20 - 21). Pero buscando siempre el último lugar, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción (Rb 5, 2, valorando el trabajo como respuesta al amor de Dios en el servicio a toda la humanidad.

En el noviciado gozamos de la gracia de trabajar en distintos servicios. Realizamos en fraternidad y de manera rotativa la limpieza de casa y el trabajo doméstico, el trabajo de huerta y del jardín, la crianza de gallinas, de conejos y cuye. Es significativo el trabajo pastoral, ministerial y de JPIC.

Los novicios:

Sebastián, Juan, Jeisson y Jhonaiker

 

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