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SOBRE NUESTRA VIDA DE PENITENCIA

El ser humano se va haciendo más humano cuantas más y mejores decisiones toma en su vida. Y se entiende por decisión la firme voluntad de realizar algo pensado, sentido y creído, pero con motivaciones fuertes y asumiendo las consecuencias conscientemente. De esta manera la vida tiene sentido y horizonte.

Cuando nos movemos por inercia, presión o emoción, tendemos al “piloto automático” de nuestro quehacer, que nos mantiene en movimiento con la sensación de parálisis, nos relaciona con los demás sin riesgos ni vinculación, nos lanza hacia el aburrimiento y nos deja inmunes ante la novedad. En este caso, más que seres humanos, nos hacemos seres vivientes o solo existentes, ocupando espacios y viendo pasar los tiempos.

A veces no podemos cambiar los aspectos de nuestra vida que van por mal camino, aunque veamos la urgencia. A veces no queremos cambiar algo que nos frena o nos bloquea, intuyendo que podría suponer una pérdida de algo o de alguien importante, aunque inadecuado. Muchas veces pedimos cambios en los demás porque parece evidente que la realidad no soporta esa fragilidad. 

Cambiar algo para no cambiar nada es una manera de mantenernos en el sistema que nos atenaza por dentro y nos esponja por fuera. Por eso, la decisión más importante de nuestra vida es seguir el camino del crecimiento, aunque duela cada centímetro de nuestra altura, aunque pese cada gramo de nuestra conciencia, aunque llore cada poro de nuestro aburrimiento interior…

Cambiar lo que hacemos es tan fácil como cualquier emotividad, y tan duradero como el sonrojo de un adolescente, si es que no llega a dar pasos en la nueva dirección, nueva relación, nuevas tareas, nueva visión, nuevas expresiones… o sea, un nuevo estilo de vida. Porque cambiar no es sustituir sino recrear, no solo es intencional sino aprender a respirar y comer y hablar y sentir y sonreír y reaccionar y orar… con el brillo del amanecer y la serenidad de la noche. 

Cambiar por necesidad y por decisión personal-grupal lo que está paralizado, lo que ata al pasado o bloquea el presente, lo que entristece o aburre, lo que nos distancia de los que queremos y nos impide acercarnos a los diferentes, lo que nos da miedo mirar, lo que nos deshumaniza o descreaturiza… cambiar para vivir a plenitud, con la alegría del amor.

Con este horizonte, leamos Constituciones 46,7, para “ir por el mundo anunciando la paz y la penitencia, invitando a todos a la alabanza de Dios, como testigos de su amor”, porque penitencia es conversión y ésta alcanza todas las dimensiones de nuestra persona, es decir, nuestro “sentipensacer”, expresado “en las nuevas relaciones con los hombres, en especial con los pobres, donde nos fortalecemos para construir la fraternidad evangélica” (Const. 109,3). Por eso, “empeñémonos constantemente en la propia conversión y en la de los demás, para configurarnos a Cristo crucificado y resucitado” (109,7), “que exige una manifestación externa en la vida diaria, a la que ha de corresponder una verdadera transformación interior” (110,1).

JESÚS GARCÍA

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