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MEMORIAS CAPUCHINAS

 

Empiezo citando algunas palabras de una canción compuesta por un fraile franciscano de México llamado José María de Guadalupe (José Mojica): “Solamente una vez, amé en la vida. Solamente una vez y nada más. Una vez nada más, se entrega el alma, con la dulce y total, renunciación”.

La vida capuchina, según lo que nos han enseñado los antiguos misioneros y nuestros hermanos mayores, se trata de un solo amor, un amor que sólo se encuentra una vez, pues sólo estamos en esta tierra, sólo una vez nacemos y por lo tanto es necesario no perder el tiempo y encontrar el amor, ese amor primero y único que no se vuelve a repetir, ese amor que brilla en nuestro huerto con olor a esperanza.

Fue precisamente ese amor el que encontraron nuestros antiguos hermanos misioneros, al abrazar la vocación capuchina a la que se sintieron llamados, fue ese amor lo que llevo a nuestros hermanos a echar sus raíces no en un huerto sino en todo un continente, fue ese amor lo que llevo a nuestros hermanos a experimentar el milagro de “la entrega con la dulce y total renunciación’’ y no solamente con su cuerpo sino también con su alma, pues es necesario decir que se entregaron en su plenitud.

En Ecuador los misioneros capuchinos encontraron ese amor en la acogida del pueblo sencillo y del presidente Gabriel García Moreno, el cual fue el que llamó a los frailes, y quien los recibió después de haber sido expulsados de la república del Salvador. Después, aquí en Ecuador conocerían aún más este amor en las misiones del Carchi, Imbabura, Manabí y Esmeraldas, aun cuando fueron expulsados por el gobierno de Alfaro.

En Colombia, ese amor los atrajo por inspiración del Espíritu Santo, pues fue por voluntad que los frailes quisieron llegar de España al nuevo reino de Granada, ocupándose de la gran misión de Santa Martha hasta el golfo de Maracaibo, eran tiempos en que la conquista se hacia sentir con el comercio de los esclavos en el puerto de Cartagena, y la misión de los frailes fue la de devolverles la dignidad y enseñarles el evangelio, incluso después de ser expulsados por la independencia y gran parte de ellos ser fusilados y arrojados al fuerte caudal del río Onda. En Venezuela llegaron al puerto de la Guaira inspirados a misionar por el extenso golfo de Maracaibo hasta correr la misma suerte que los frailes de Colombia, ser expulsados por la llegada de la independencia y diezmados de igual forma por el nuevo gobierno independentista.

La Orden capuchina ha visto su primavera en América y prueba de ellos es la gran cantidad de vocaciones capuchinas que surgieron en torno a las misiones populares de cada país (Colombia, Ecuador y Venezuela). ¡Dónde encontrar otros misioneros capuchinos como lo fueron: Ángel de Villaba; Bartolomé de Igualada, quien venía expulsado de Guatemala; Jacinto María de Quito, Lucas de Ibarra, Félix de Tulcán, quienes a pesar de ser expulsados de su patria siguieron la misión en las espesas selvas colombianas, ¡llevando así la presencia capuchina junto con otros grandes misioneros al sur colombiano!

Conversando con mis hermanos de Colombia encontré una historia evangelizadora viva de los capuchinos provenientes de Italia, España y Cataluña: En Valledupar del obispo bueno Vicente Roigh, José de Sueca, Agustín Mackenzie, José Cabrera. En la Guajira los capuchinos abruzos, Tarcisio Dimeo de Ripacorvaira; Livio Fischione y Donato Di Monte con su muletilla tan chistosa ‘’pave, pave’’. En Pasto me encontré con el fraile que canta y encanta, Anselmo Caradonna, y con el gran educador de la mujer nariñense, el estricto fray Guillermo de Castellana. En el Amazonas oí hablar de la valentía de fray Miguel de los santos Yunyent; del recio carácter de fray Enrique Méndez Buendía; la magia del hermano Crispín quien a Dios gracias aún vive y hace fraternidad en nuestra provincia de Colombia; y cómo no hablar después de fray Antonio Jover un capuchino con una mirada que lo decía todo.

Leí que, en Venezuela, fray Francisco de Pamplona desembarcó en el puerto de la Guaira. Me contaron sobe la evangelización de los pemones en el territorio de la Gran Sabana acompañados por fray Cesáreo de Armellada. En Tucupita se siente aún el paso de las huellas de su ilustre misionero, fray Julio Lavandero y junto a él a su compañero de misión, fray Damián del Blanco.

La Orden Capuchina, como la primavera, ha florecido en América Latina. Nuestras tres circunscripciones Colombia, Ecuador y Venezuela, han dado bellísimos brotes de auténtica santidad, han sido víctimas también de gobiernos que algunas veces no han visto con buenos ojos su presencia profética, pero sobre todo las tres están unidas por el amor y la renuncia, pues si estos valores no hubieran estado presentes, difícilmente estuviéramos siguiendo sus huellas ni escribiendo la historia capuchina.

¡La herencia misionera capuchina es hermosa! Estos insignes hermanos misioneros venidos de distintas partes o nacidos en nuestras propias tierras nos han dejado pisadas indelebles. Ellos escucharon el llamado de Jesús – Misionero del Padre- y copiando la audacia de Francisco de Asís descubrieron las Semillas del Verbo en cada pueblo y cultura, a los capuchinos de hoy nos esperan nuevas aventuras.

En mi vocación, la historia de los misioneros capuchinos ocupa un lugar importante, porque me anima a darme y vivir con alegría cada una de las etapas en la vida capuchina, y me ayuda a ver el gran tesoro al que me consagraré, y me recuerda aquellas palabras de Jesús en el evangelio de san Mateo “…donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt. 6, 21).

Hno. Ricardo José Silva Núñez

novicio colombiano

 

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