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LA ORACIÓN

 

Es un diálogo personal, una intimidad, una conversación, un estado de búsqueda desde el silencio con Dios, por ello vivir la oración como un estado de comunión con Dios nos lleva a ser hombres nuevos, que pensamos, sentimos y actuamos.

Mi experiencia en la oración ha sido un camino de búsqueda, soledad, silenciamiento, encuentro y comunión con Dios.

Recuerdo que, cuando era pequeño, en la casa y en la catequesis me decían que orar es hablarle a Dios desde mi corazón. Cuando asistía al catecismo me enseñaron a rezar el rosario junto con varias oraciones, el Padre nuestro, el Ave María, el Ángel de mi guarda, entre otras. También recuerdo que citaban mucho a San Agustín al decirme que el que canta ora dos veces y me gustaba mucho, puesto que me enseñaron varios cantos de acción de gracias a Dios. Cuando hice la Confirmación comencé a tener muchas inquietudes sobre si era verdad que orar es hablar con Dios. Yo hablaba y ÉL no me respondía.

Una vez que inicié mi camino vocacional, y me admitieron en el postulantado de la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, tuve una experiencia muy difícil de comprender, puesto que se hablaba de oración comunitaria y personal, con métodos de la misma y tiempos prolongados de silencio, cosa que poco comprendía. Gracias a los talleres del Padre Ignacio Larrañaga pude entrar en sintonía y comprensión sobre oración personal o mejor conocida como “meditación”, aprendí: posturas, respiración consciente, sentir los latidos del corazón, y no puedo dejar pasar por alto el silenciamiento; me ha ayudado para ir al corazón y buscar allí la presencia de Dios.

En el noviciado, al inicio, me encontré en total soledad, y me esforzaba por buscar a Dios por todos los métodos posibles, sin fijarme que Dios estaba en lo más profundo de mi ser. La lectura orante de la Palabra me ayudó a acoger el Evangelio de Jesucristo en el corazón, pasando a ser una oración afectiva. Conforme los meses pasaban fui experimentando que verdaderamente orar es te- ner un diálogo de corazón a corazón. Me di cuenta que la oración me ayuda a centrarme en Dios.

Con la ayuda de los ejercicios espirituales he podido comprender que debo pasar de la meditación a la contemplación, permitiendo que Dios me hable y me inunde de su Palabra para convertirla en vida, a ejemplo de San Francisco que pasó de ser un hombre que oraba, a la oración hecho hombre.

Siento que la oración se ha convertido en la parte vital de mi vocación, invitándome así a contemplar a Dios en la creación y en el prójimo.

Luis Vicente Campoverde

novicio ecuatoriano

 

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