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SE HIZO NOCHE EN MITAD DEL DÍA

Rodolfo Erburu

 

Con muchos cursos de alfabetización, los jóvenes están con deseos de prepararse a recibir la Comunión. Ya están bautizados todos. Comenzamos con tres días a la semana de catequesis. Los niños y niñas lo hacen normalmente los sábados y durante dos años.

- Nieto querido; me siento feliz. Así te quiero ver, como sacerdote. ¡Con qué entusiasmo están respondiendo los jóvenes!.

La ceremonia de la Primera Comunión es íntima, familiar. Bastante gente se queda fuera de la capilla. El barrio se transfigura.

Después de un corto tiempo les hago la propuesta:

- ¿Quieren prepararse para recibir la confirmación? Serían igualmente tres días a la semana

La respuesta fue unánime y entusiasta. Pasados unos meses, veo que han asimilado bien el contenido del Sacramento. Me dirijo a la Curia diocesana y consigo dialogar con el Sr. Arzobispo, Bernardino Echeverría. Le explico la situación del barrio y cómo he preparado a los jóvenes para la Confirmación. Le suplico que, a ser posible, vaya él personalmente. Para el barrio sería tocar el cielo. Se sonríe.

- He oído comentarios sobre su barrio. Tenía curiosidad de conocer su labor de apostolado. Muchos han elogiado su labor. Algunos lo han visto como un simple promotor social. Estoy tranquilo. Siga por ese camino. Fija la fecha; me da la bendición y me abraza.

- Siga por ese camino. Ahí estaré sin falta.

Llega el día. Le hacen calle de honor hasta la capilla. Niños y mayores se abalanzan para saludarle. Nunca han visto un obispo de cerca. Es tanto el cariño y la alegría que se emociona.

- Monseñor, vengo a recatarle.

Comienza la ceremonia. En la homilía se desborda de bondad, acogida y animación. Todo un pastor. Al finalizar, me acepta un refresco en la casa de caña.

- ¿Aquí vive usted, padre Rodolfo?

- Es su casa, monseñor. Se queda mirándola unos segundos.

- Capuchino tenía que ser. Le felicito. Siga así.

Por la noche en la capilla, me desahogo con el abuelo:

- Abuelo, no estoy tranquilo. La conciencia me remuerde. No he pedido permiso al párroco para hacer las Primeras Comuniones y las Confirmaciones. Veo venir la tormenta. El domingo, cuando comemos juntos los hermanos de Guayaquil:

- ¿Quién te ha nombrado párroco para hacer por tu cuenta Primeras Comuniones y Confirmaciones?

- Reconozco que he hecho mal por no pedir permiso a ustedes. Les ruego sinceramente que me perdonen. Tenía toda la ilusión de que la gente viese con ello al arzobispo. Fue emocionante.

-Sí, ¿y qué haces con la plata?

Esto me ha dolido de verdad. Más todavía porque he visto que la pregunta de fondo era qué hacía yo con mi pobreza.

Al domingo siguiente, al finalizar la comida:

- Aquí tienen mis cuentas. ¡Qué sorpresa! Resulta que aporto a la economía central más que ustedes, que tienen parroquia y escuela y son 4 hermanos de comunidad.

- No te pongas así; no es para tanto.

Pasan los meses. Hay capítulo electivo en noviembre. Al tiempo, el nuevo Custodio me visita en Alcedo y la 21. De sopetón me dice:

- Rodolfo, tienes que salir de aquí. Todos los capuchinos de la Custodia están en contra de esta forma de vida que llevas.

Me quedo de piedra. No sé qué decir. Me levanto y voy a la capilla. No puedo contener las lágrimas. El abuelo Mamerto llora conmigo.

En un par de días arreglo las cosas y hago la maleta. Voy donde la señora catequista encargada de la capilla. Le entrego las llaves de la casa de caña. Con lágrimas en los ojos me dice:

- Los pobres siempre estamos prohibidos de tener un sacerdote con nosotros.

Esta puñalada la sigo sintiendo hasta ahora. Me marcho como un fugitivo, sin despedirme de nadie. Solo. Con el abuelo Mamerto.

 

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