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CLAROSCURO

- ¡Lo conseguimos!. Es el grito de satisfacción de hombres, mujeres y niños del barrio.

- ¡Por fin estamos todos cedulados!

Veo la cara de la gente y comparo con la de los primeros días. Ahora les veo contentos; sonríen con más frecuencia.

El empuje económico de Guayaquil se hace patente en la construcción de grandes edificios. La demanda de mano de obra es grande, muchos encuentran trabajo, duro ciertamente, pero seguro y a largo plazo.

El abuelo Mamerto mitiga mis entusiasmos.

- Es muy importante lo que has conseguido; pero todavía es poco para lo que se necesita. No seas tú quien empuje a la gente. Vete al ritmo de ellos.

Tengo una espina en el ánimo que me molesta:

- Pero abuelo, ¿no ves que con los primeros sueldos les ha entrado la fiebre de comprar TV y sillones aparente?

- Comprende, querido nieto, que tu jerarquía de valores no concuerda con la de ellos.

- No parece que valoran la necesidad de enviar a sus hijos a la escuela. No tienen para uniformes, libros y cuadernos.

Una mañana, antes de las 6:00 oigo un bullicio que me hace asomar a la ventana. Es el Sr. Hanna Musse, candidato a la alcaldía que visita casa por casa del suburbio para pedir el voto. Se ha hecho popular con el programa de TV “La calle lo contó”.

Al rato llama a mi puerta, le abro y hace un gesto de sorpresa.

- ¿Quién es usted? Me pregunta antes de saludar.

- Un humilde morador de este barrio, que agradece la visita de nuestro próximo alcalde, le contesto.

- Pero ¿quién es usted?, me insiste.

Alguien levanta la voz:

- ¡Es nuestro sacerdote!

Me estrecha la mano.

- Padre, las puertas de la alcaldía estarán siempre abiertas para resolver los problemas del barrio.

- Le agradezco, futuro Señor alcalde, sus palabras alentadoras. Pronto le visitaré para felicitarle y recordarle estas promesas.

- Descuide, padre. Siempre esté dispuesto a colaborar con el barrio.

Un apretón de manos y sigue visitando las demás casas. A los pocos días sale elegido con una amplia mayoría. Toma posesión. Pasado algo más de un mes, me armo de valor y llego a la alcaldía.

- ¿Tiene cita con el Señor alcalde? Me pregunta un ujier.

- El Sr. Alcalde me ha dicho que las puertas de su despacho estarán abiertas cuando yo lo necesite.

Me ponen el primero en la fila. Al poco, entro, le saludo y le expreso mi felicitación y la del barrio. No me reconoce.

- ¿Qué desea, caballero?

- Soy el sacerdote del barrio Isla de San José. La necesidad más urgente es el lastrado de las calles Alcedo y Pedro Pablo Gómez desde la 17 hasta la 23. Así podrán entrar carros y la cisterna de agua potable.

- Ahora le reconozco, padre.

Se pone a hacer unos cálculos. Toca el timbre. Aparece un señor.

- A ver. Desde el próximo miércoles, 24 volquetas de ripio para las calles que le indicará el padre.

Me despido. Las volquetas van llegando ¡todas!. Las calles están lastadas.

Por la noche, ante el Sagrario, le siento contento al abuelo. Sin duda que Jesús también lo está. ¡Vamos adelante!

Rodolfo Erburu

 

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