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DADLES VOSOTROS DE COMER

El sentimiento abrumador seguía pesándome. ¿Qué puedo hacer frente a tantos problemas y de tanto calado? Estaba dándole vueltas a lo mismo, cuando llama a la puerta el presidente del barrio. Le hago pasar, nos sentamos y nos servimos un café. Se presenta:

- Soy fulano de tal, soy el único en el barrio que estudia. Hago la carrera de derecho. He conseguido que el barrio tenga personería jurídica: “Barrio Isla de San José”. De esta manera, a través de la Asociación de Barrios de Guayaquil tenemos más fuerza para conseguir algún adelanto. Vengo con una petición muy importante.

- Usted, padre, no puede faltar a la reunión semanal de los “cabeza de familia”. Viernes por la tarde.

- ¡Vaya por donde, soy cabeza de familia!

- Ríase; pero aquí todos le llamamos padre. Resulta que es padre de todos. Se ríe con ganas.

- Y yo ¿qué papel tengo en esas reuniones?

- A eso vengo. Usted tiene la tarea más importante: animar al grupo para que se mantenga unido siempre.

Se levanta, pone el brazo en alto; enlaza su mano con la mía; la sacude.

- ¿Sellado?

- ¡Sí! ¡Sellado!

El viernes llego a la reunión. Saludo con todo el mundo. Siento su satisfacción por mi presencia. Me hacen una breve presentación. Aplausos. Lectura del acta de la reunión anterior. En el diálogo asoman 2 realidades muy dolorosas:

- ¡Siempre es lo mismo! En todas las oficinas públicas nos tratan con desprecio. No nos atienden. Nos echan en cara de que somos ladrones.

- ¡Peor todavía! El otro día un empleado público me dice: Ustedes no son nadie. Si yo le mato a usted, no me pasa nada; no he matado a nadie. Ustedes no tienen ningún documento que acredite quiénes son.

Desprecio. Sin papeles. Ahora comprendo por qué el primer día me dijeron:

- Lo que más nos interesa es que sea nuestro amigo.

Valoración frente a desprecio ¿Qué será eso de no ser nadie?. Alguien se dirige a mí:

- Usted, padre, puede ayudarnos a que algunas familias -las del ambateño y otras- no se opongan al barrio. No están inscritos en la Asociación. Nos tratan igual que los empleados públicos.

- Haré lo que pueda; les prometo.

A los pocos días me presento en la casa del ambateño. Es mejor que la mayoría de las viviendas. Es de cemento y madera. Me presenta a su mujer, que lleva un bebé en brazos. Pregunto por los hijos. Al cabo…

- Don XX; no le vi el viernes pasado en la reunión del barrio.

- Ni me verá. No estoy inscrito. Es una perdedera de tiempo. ¿Qué pueden conseguir una caterva de analfabetos, maleantes e indocumentados?

- Pero todos somos hermanos; del mismo barrio.

- Padre; eso es en la iglesia. En la calle es la vida.

No quiero discutir. Me despido fríamente. Estoy triste y con amargura. No esperaba un cinismo así. Con razón la gente lo considera enemigo del barrio.

Por la noche el abuelo Mamerto me espeta una pregunta:

- A Dios ¿dónde le pones en todas estas realidades del barrio?

Me sorprende totalmente descolocado. La verdad es que no había pensado en Dios.

- Si antes te alejaste de Él por entregarte a los ricos, lo mismo te puede suceder ahora en el barrio. No te veo que hacer oración. Así vas mal.

- No sé qué decirle, abuelo. Tiene toda la razón.

- Vas a estar todos los días 1 hora ante el sagrario. Te lo pido y lo vas a cumplir. Tú no eres el salvador del barrio. Es obra de Dios.

Aquella noche no hubo sonrisa ni apretón de manos de parte del abuelo Mamerto.

Rodolfo Erburu

 

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