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COMENZAR DE NUEVO

El P. Ramón, ahora nuestro superior en Ecuador, había estado 4 años viviendo con las más de 200 familias que invadieron la orilla del estero Salado. Al principio las casas de caña estaban sobre el agua. Consiguió del municipio que rellenasen con la basura de la ciudad y cascotes de piedra. No era ideal para la salud. El P. Ramón se contagió de tiña. Podían llamarse “calles”, pero esta imposible el tránsito para los carros. Las casas de una sola planta, eran comedor, cocina, dormitorio, sala y servicio higiénico. Llegó el P. Ramón:

- Vamos a que conozcas el que será tu barrio. Vas a encontrar mucho más de lo que has perdido. He hablado con “Hogar de Cristo (institución social iniciada por San Alberto Hurtado, sacerdote jesuita chileno). Mañana construirán tu casa de 2 plantas para que puedas recibir a la gente.

Y así fue. En ¡seis hora! estaba construida, toda prefabricada, de caña. Mañana dormirás en ella y serán uno más del barrio.

¡Claro! No pegué ojo en toda la noche. A los 2 días era domingo y les celebré la Santa Misa. La capilla, de cemento, era pequeña y estaba abarrotada. Al final les invité a quedarse para saludarlos y cambiar impresiones. La mayoría provenía de Manabí; algunos de Tunguragua y otros lugares. Me presenté y les pedí que me admitiesen como uno más del barrio.

- Padrecito. No sea como nosotros. ¡Uff! y meneaba la cabeza. Risas.

- Padrecito. Cuidarase de su vecino (No estaba presente). Ya ha matado a 3. Por eso se cerró la última cantina.

- No queda más que una capilla protestante. Ninguno del barrio asiste. Vienen de fuera y se les oye cantar.

- Padrecito. Estará listo cuando suene la bocina del tanquero de agua que pasa por la 17. Lleve la caneca. Es pasando un día.

- Disculpe, padrecito lo que voy a decir. Aquí todos los mayores robamos para dar de comer a la familia. Es horrible ver llorar de hambre a los hijitos.

- Y ¿Cómo es eso? le pregunto.

- Créame, padrecito; no es por vicio. Nadie nos da trabajo porque no tenemos el documento de identidad. Para conseguirlo tenemos que pagar una multa que aumenta por cada año que pasa.

- Tampoco podemos inscribir a nuestros hijos. Por eso, no los admiten en las escuelas.

- En la oficina de donaciones no podemos hacer los trámites para legalizar el terreno y la casa.

Y así, otros aspectos. ¡Qué tarde la de ese primer domingo! Mi cabeza era un tsunami. ¡Estoy en las antípodas de los que he vivido años pasados!. Pero no me arrepiento. Creo haber comenzado el buen camino.

Al atardecer llama a la puerta una niña:

- Padrecito, esto le manda mi mamá. Dice que usted no habrá comido y tendrá hambre.

Vacié la olla: arroz con un pescado asado. La limpié, se la devolví a la niña y le dí algunos caramelos.

- Oye niña, ¿cómo te llamas?

- ¡Yulisa!

- Bien, Yulisa. Le agradeces mucho a tu mamá. Ahora no puedo ir a visitarles. Mañana, a la hora que tu mamá diga, vienes y me llevas.

- Tendrá que ser por la tarde.

- Muy bien Yulisa. Por la tarde. No te olvides ¿eh?.

- No, padrecito.

De no creer. ¡Qué pocas veces pude hacerme la comida!. Casi todos los días aparecía alguien con la olla de comida. Así aprovechaba para visitar muchas familias. Para el desayuno compraba huevos, queso, pan y leche de la tienda. Vendían por la calle “caballita”, un pescado sin escamas y que muy fácil iba a la sartén. También camarones pequeñitos, pelados, a 100 sucres la libra (centavos de dólar ahora).

La reunión con los catequistas fue reconfortante. El P. Ramón había hecho muy buen trabajo apostólico. Periódicamente había formación religiosa de adultos y jóvenes. Con los niños, todos los sábados. No había cómo impartir los sacramentos. De los niños, nadie estaba bautizado.

Me abrumaba todo ese cúmulo de problemas enormes. ¿Qué podía hacer yo? Pero, ¡la gente era tan buena!

El abuelo Mamerto:

- Has comenzado por el camino verdadero. Estás asustado. Te ves impotente. Ahora es cuando puedes encontrar al Señor.

No se apartó de mí. Con una sonrisa veló mi sueño.

Rodolfo Erburu

 

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