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EL YO SE HACE GRANDE POR DENTRO

Comenzada la década de los 70, me destinaron a la Sagrada Familia de Guayaquil. Fue mi Rubicón en muchos aspectos.

El abuelo Mamerto me comentaba:

- Nieto querido. Has cambiado mucho. Estoy orgulloso de ti. Has superado tu timidez y el huir de toda responsabilidad. Tarde, bastante tarde, pero te veo todo un hombre.

- Abuelo, ¿sabe todo lo que me ha costado?

- Cómo no. Veía tus sufrimientos, tus decepciones; a veces alguna lágrima furtiva. Pero has tenido un hermano que en todo momento te ha orientado, apoyado. A veces, con palabrotas para reanimarte.

- Sí, abuelo. Tener unos hermanos así es un tesoro que uno descubre con toda la gratitud.

Fueron unos años de una actividad bastante descontrolada. Y ¡claro!, comencé a dejar poco a poco la oración. Insensiblemente, el yo fue adquiriendo la centralidad de mi persona, y Jesús se fue marginando. Sacerdote apreciado por los “pelusones” del Centenario Suv con quienes trabajaba pastoralmente. Profesor con cierta fama. Rector encargado del colegio de las Franciscanas. Capellán del colegio “La Inmaculada” en donde era solicitado para celebrar matrimonios. El Sr. Arzobispo me felicitó ante varios cientos de sacerdotes por mi apostolado en el “Casa de la juventud”…..

El abuelo Mamerto meneaba la cabeza.

- ¡Hum….! No vas bien. Te vas olvidando de ser sacerdote de Jesús. ¿Qué eres? ¿Un oficial de lo Sagrado? ¡Estás fuera de camino!.

El abuelo estaba muy preocupado. El detonador que me puso todo al aire fue un matrimonio en “La Inmaculada”. La capilla amplia y bien adornada. Las mujeres emperifloradas y los hombres, de etiqueta. Al comenzar la celebración, apareció un joven con su cámara de video. Hacía poco que habían aparecido estos artilugios, que se manejaban con una pequeña manivela. ¡Adiós celebración!. Todos pendientes del cámara. Por fin llegó donde los novios. Yo estaba acabando la homilía junto a los contrayentes. Se acerca, me da un empujón y…

- ¡Apártese, padre, que me estorba!

¡Horror! Se me subieron los apellidos. Ah, ¿sí?, ¡pues que les case él!. Y me retiré a la sacristía. Al cabo aparece el novio:

- ¿Se encuentra mal, padre?

- ¡Sí! ¡Muy mal! ¿No ha oído al cámara, que yo estorbo? Pues que les case él. Yo me voy a casa.

- ¡No padre! y el matrimonio ¿qué?

- Pero, ¿esto es un matrimonio o es pasarela?

Volví al altar con una cara larguísima. Una fea imprecación a los asistentes y un silencio mortal. Todo el mundo acabó enojado y murmurando contra el cura. Yo también estaba enojado.

Por la noche, el abuelo Mamerto:

- Nieto querido; has caído muy hondo. Has equivocado el camino. ¿No será que estás enojado contigo mismo porque tú tienes la culpa por meterte en un mundo de apariencias, que te ha secado el corazón?

- Abuelo de mi alma. Tienes toda la razón. Estoy muy avergonzado y ¡peor!, ¡¡¡vacío, vacío, vacío!!! He alejado a Dios a una galaxia, y no le siento. “Las tinieblas cubren la tierra”.

¡Qué días de tinieblas y angustia! ¿Qué hago? El demonio, cínico, susurraba:

- No tienes más que enamorar a un bombón femenino de buena familia y ya tienes el futuro asegurado.

El ángel -esta vez no era el abuelo- contrarrestaba:

- Mira al P. Ramón, recién elegido Custodio de los Capuchinos en Ecuador. Ha vivido varios años en un barrio de invasión, la “Isla San José”. Su casa de caña está vacía. ¿No quieres hacer tu esa experiencia?.

Apareció una luz en medio de tanta oscuridad. Pero, ¿seré capaz? Esa vida es muy dura. Me animé a dialogar con el P. Ramón por teléfono:

- Oye, Ramón. Conoce de sobra cómo estoy. ¿Crees que yendo a la “Isla San José” podré recobrar mi identidad?.

Creo que saltó de la silla.

- Pues claro. No solo recobrarás tu identidad. La vas a llenar de cotas mucho más altas e insospechadas. No tengas miedo. Haz la prueba. Espérame. Luego de unos días bajo a Guayaquil. Ahí arreglamos todo.

Esa noche el abuelo Mamerto estrechó largo, muy largo, su mano con la mía.

Rodolfo Erburu

 

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