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BUSCAR LA VERDAD, TENER LA RAZÓN

Había terminado el Concilio y los aires de novedad y renovación cundían entre la gente joven. Los mayores sentían mucho recelo: ¿todo lo vamos a cambiar? ¿nada vale de lo anterior? Estas tensiones llegaron a nuestra comunidad de Ibarra. Ninguno llegábamos a los 35 años, excepto el padre “sabio”, porque lo era. Teníamos nuestros diálogos, que casi siempre acababan en discusiones.

- ¿Qué habéis ganado con la misa en castellano y de cara al pueblo? Muchos ya no vienen a nuestra iglesia, porque ahora las mujeres se van a enamorar del celebrante.

- ¡Válgame el cielo! ¿Lo dice en serio?

El abuelo Mamerto me aconsejaba:

- Vayan despacio con los cambios. Expliquen bien, antes, el por qué. Hay demasiado apasionamiento y esto lleva a reafirmar las posturas. No se deben mezclar criterios con sentimientos.

Un episodio vino a poner en evidencia estas tensiones:

- Estamos sobrecargados de trabajo ¿por qué no nos damos un respiro y vamos al cine “Imbabura” cuando haya una película que valga la pena? Acostados los seminaristas vamos a la sesión de noche.

Así lo hicimos varias veces. El padre “sabio” se enojaba:

- ¿Han pensado en el escándalo que dan a la gente viéndoles a media noche en la calle? ¿Dónde queda la dignidad del santo hábito?

- Pero, padre, Dios está en el cine y no desaparece de las calles durante la noche. ¿Es escándalo cuando vamos tantas noches a atender enfermos graves?.

- ¡Eso es distinto!

- ¡¿Dónde está lo distinto?!

Una de las noches, al regresar del cine, nos encontramos con la puerta con cerrojo ¡buena nos ha hecho el “sabio”!.

- Oye, la ventana de tu habitación está abierta. Si subo por la verja de la ventana del piso bajo, creo que alcanzaré a entrar.

Dicho y hecho. Arremangado el hábito, elástico y de pocos kilos, logra alcanzar la ventana y ¡adentro de cabeza!. Caras largas al día siguiente.

- ¿Por dónde entraron anoche?

- Los ángeles trajeron una escalera.

El abuelo Mamerto estaba serio.

- Así no es la vida consagrada. Debéis encontrar el remedio. ¿Cómo son esos versos que días pasados comentaste en clase:

“¿Tu verdad?

No; la verdad.

Y vamos juntos a buscarla”

No estás viviendo lo que enseñas. La primera verdad es el amor. Nunca lo olvides. El padre “sabio” se ve solo frente a todos vosotros. Haced algo para que se sienta valorado.

Se acercaba el cumpleaños del padre “sabio”.

- ¿Qué os parece? Podemos darle una sorpresa. Adornamos bien un sillón y lo convertimos en silla gestatoria. A primera hora lo llevamos desde su habitación hasta la capilla. Tú entonas las letanías y todos contestamos con un sonoro “Ooora pro noobisss”. Sin que lo sepa, invitamos a tal y tal, sus muy buenos amigos a una comida que la haremos especial.

Todo salió a pedir de boca. Llegó el día. A la puerta de la habitación le esperábamos. Le pusimos una capa pluvial y una tiara. Se dejó hacer. Lo subimos a la silla gestatoria y a hombros lo llevamos a la capilla. Se le veía contento. En el comedor hubo brindis, canciones, chistes, anécdotas… Tocaba escuchar las palabras del padre “sabio”:

- Me habéis emocionado. Hace años que no me sucedía. Ciertamente no pensamos igual; pero, ¡somos hermanos! y ¡¡nos queremos!!.

Las lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas. El abuelo Mamerto sonreía.

Hno. Rodolfo Erburu

 

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