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SÉ TU MISMO! CHISMES Y COMENTARIOS

Mi abuelo se llamaba MAMERTO, con mayúsculas, no con minúsculas: expresión fea y despectiva. Era anciano en años y en serenidad envidiable. Muy observador, reflexivo, de pocas palabras. Todos los días leía el periódico completo. Entre semana venía a visitar a su hija, mi madre. Hablaban poco. Mi madre le servía una rodaja de pan con mermelada. Después rezaban el rosario y se despedían. Yo, a pesar de mis cinco o seis años, procuraba estar a esa hora en casa. Nada más sabroso que aquel par de besos con su barba de días. Siempre había una moneda y un consejo. Era carpintero, especialista en hacer cucharas, tenedores y cucharones de una madera muy dura y fina, el boj. También hacía zuecos y otras artes de madera de haya. Pasaba de los ochenta cuando un día vi llorar a mi madre: ¡el abuelo ha muerto!. ¡Qué vacío cubrió mis años de niño!. Es obvio que yo era su nieto preferido. No hay ya sus besos ásperos, pero me acompañan siempre su espíritu y sus consejos.

Vino a Ecuador con su nieto que recién estrenaba su sacerdocio. A Ibarra. Me decía:

- ¡Observa y aprende! Todo es nuevo para ti. Ahora no es tiempo de enseñar.

Pero sí enseñaba: Griego, latín, literatura y música. De yapa era el encargado de llevar a consulta externa del hospital vecino a los seminaristas capuchinos cuando lo requería su salud. Esto sucedía con bastante frecuencia. Y aquí vino mi primer aprendizaje.

Al poco tiempo comenzó a llenar mis oídos un feo run run.

- ¡Qué tendrá el P. Rodolfo que va tanto al hospital!. Ambiguo el comentario, con los días se fue clarificando.

- Parece que el P. Rodolfo está interesado en una enfermera. Y la cosa continuó.

- Parece que el P. Rodolfo está enamorado de la enfermera XX. ¡Horror!

En la próxima cita al hospital, le digo a la enfermera de las citas médicas:

- ¿Conoce usted a la enfermera XX?

- Sí, claro.

- ¿Podría llamarla si coincide que pasa cerca?

Pronto llegó ese día. Me abre la puerta del hospital:

- Es esa que viene por el pasillo.

Yo veo una enfermera pequeña, regordeta, poco agraciada y casi doblando mi edad. No la saludé. Me volví enseguida al convento. Estaba furioso y dolido más que por el chisme, por el mal gusto que me suponían. Fui donde el superior y sin preámbulos:

- ¡Yo no voy más al hospital! ¡Lenguas de víboras!.

Pasado un mes, el superior me llama. Me mira a los ojos, pone sus manos en mis hombros y me dice:

- ¡Rodolfo! Estás aprendiendo la primera y más difícil lección: los chismes. Eso nos sucede a todos, y lo será siempre y en cualquier casa donde vayas destinado. Tienes tu conciencia y Dios. Deja a un lado los chismes.

- Gracias por el consejo. Lo tendré en cuenta.

- Oye, Rodolfo, desde mañana volverás al hospital.

Me quedé sorprendido. Me fui a un rincón a conversar con mi abuelo:

- Abuelo, los chismes destrozan a muchas personas.

-A ti no. Te van a ayudar a ser tú mismo. No dejes que otros dirijan tu vida. Nieto querido, piensa qué hay detrás de estos chismes. Me dices que son calumnias, y aparentemente lo son. ¿Por qué lo hacen?. Algunos por malicia; la mayoría porque no pueden comprender vuestra vida de castidad, de entrega en cuerpo y alma a Jesucristo. No tienen formación. Piensan que sois hombres iguales a todos en sus bajezas. Verás que muchos y ¡muchas! van a misa los domingos a vuestra iglesia y hasta comulgan.

- Pero, ¿cómo puede ser esto?

- Mi nieto querido, ¿quién conoce el corazón?

Volví al hospital. Una extraña paz se apoderó de mí. ¡Oh, milagro! Desaparecieron los chismes.

- Abuelo, quiero un beso como aquellos que me dabas de niño.

Y sentí algo así como el roce áspero y dulce de una barba de días.

Hno. Rodolfo Erburu

 

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