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CARTA POSTPASCUAL

Ibarra a 10 de abril del 2002

Hace muchos años, el vicario de la Custodia, P. Cándido de Lizarraga, en ausencia del custodio por Capítulo provincial, escribió una sonada carta sobre la Oración. En otra ocasión más cercana, el definidor general, P. Jerónimo Bórmida, hizo a la Viceprovincia una visita calificada de “ligeramente canónica”. Estas dos referencias me animan a escribir una carta “no circular” y “levemente oficial”. Con una pobre originalidad, diría que se trata de crónica de una carta largamente anunciada.

El tema –lo saben- es la “serenidad”, tema ciertamente muy poco tratado en las cartas de los superiores mayores.

¿Qué es la serenidad?. Tiene tantos matices que ha llegado a expresar realidades tan dispares como –en superlativo- título de honor para con los príncipes o jefes de algunas repúblicas del Renacimiento; o también, oficio referente al encargado de anunciar las horas nocturnas junto con el estado del tiempo (¡pregúntenselo a fray Antonio en sus años mozos de Alsasua!).

Sosegado, apacible, tranquilo, equilibrado, ecuánime, calmado, pacífico, inalterable y otros tantos matices hacen ver que se trata de una realidad no muy precisa. De ahí su dificultad y su riqueza.

Suele decirse que la serenidad es, en el campo del espíritu, lo que el equilibrio en la física. ¡Algún recuerdo queda del teorema de Torricelli sobre el equilibrio estático, o el regulador de Watt sobre el equilibrio dinámico!.

Existen realidades negativas que se disfrazan de serenidad: el equilibrista que nunca se define, el indiferente por comodidad o superioridad, el tibio por anemia espiritual, el calculador por egoísmo, el disfrazado que oculta lo que es, la sonrisa que encubre un morboso regocijo ante fallas ajenas... A esto no me refiero, aunque “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

No cabe duda de que la serenidad es uno de los grados más elevados de la madurez síquica y espiritual. “Armonía de valores” se ha definido. En este sentido no se trata de una virtud pasiva sino enormemente comprometedora. Tiende al desarrollo máximo de los talentos, a llenar vacíos, a dominar discordancias provenientes de los impulsos vitales, a superar inercias...

Aplicada a la vida fraterna, la serenidad es la armonía de los valores de cada uno de los hermanos, que comienza por el empeño en conocer –y dar a conocer- los valores con que Dios nos ha enriquecido. Tarea nada fácil, por cierto. Dificultad para abrirnos, amalgama de valores y limitaciones que oscurecen el conocimiento propio y ajeno, una siempre disimulada y no reconocida reacción de inferioridad ante los dones del hermano, los rechazos inevitables ante los valores del mismo signo, no encontrar los mecanismos fraternos para promover armónicamente los valores personales... En fin, que la serenidad fraterna supone un largo recorrido.

Lo mismo sucede con el clásico equilibrio contemplación=acción. No hace falta balanza de farmacéutico para constatar que el desequilibrio es notable. Cierto que hacemos oración y oramos en fraternidad; pero también es cierto que hay un peso específico que nos hace primar la actividad. No creo que la solución –el equilibrio- esté en hacer más oración. Ojalá que la hiciéramos. La solución, creo, está en “la calidad” de la oración, como experiencia de Dios que armoniza y empuja toda nuestra vida. En el noviciado aprendimos hermosos métodos de oración. Parece que ahora nos encontramos ante una exigencia parecida, pero de mucho más calado.

Creo que la paz del Resucitado encierra todo lo dicho y mucho más. Al final, resulta que una realidad tan inocente a primera vista, supone nada menos que la “santidad”. Pues ¡a llenarnos de “serenidad”!.

Por supuesto, podrán colegir que quien les escribe es ¡¡el más tranquilo de la viceprovincia!!, vuestro hermano.

Rodolfo Erburu

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