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NUESTRA VIDA DE CASTIDAD CONSAGRADA

CAPÍTULO XI

“La finalidad de las constituciones es ayudar a una mejor y más perfecta observancia de la Regla y Testamento en las circunstancias cambiantes del mundo, salvaguardar nuestra identidad y darle una expresión concreta para amar a Jesús pobre y crucificado e impregnarnos de su íntimo espíritu” (C.9).

Con estas palabras me invitaba Darwin a escribir una carta a los hermanos sobre la vida de cas- tidad consagrada viendo las constituciones.

Según S. Francisco lo suyo comenzó con la visita a los leprosos (T). El Señor le llevó entre ellos. Francisco los acogió en su corazón y los amó hasta el extremo de besarlos y abrazarlos, no por penitencia o para probarse, sino por misericordia, para seguir a Jesús por el camino. El Señor se lo pidió y él decidió beber el trago amargo. “Aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Francisco aprendió a besar la “castidad” en el leproso. Las heridas del leproso curaron de “pendejadas” su joven y alborotado corazón. Todo esto no era natural para el hijo de Bernardone acostumbrado a una vida libre y regalada. Ver leprosos le repugnaba desde el fondo de sus ojos y de su estómago. El “dejar el siglo” se le concedió como un gozoso don.

La castidad no es natural, es un “don” por el Reino, que madura abrazando leprosos y podando rosas con espinas y sangre en la vida. A Francisco, después le pareció bello el leproso, como le parecieron bellas dama pobreza y Clara, le pareció bello el mundo de los hombres y el mundo del Padre bueno. Les consideraba compañeras/os de Jesús pobre y crucificado del que estaba contagiado. Libre del siglo y viviendo entre pobres y leprosos aprendió a mirar con ojos castos.

El beso al leproso pulverizó sus sentimientos de vanidad, derribó las paredes estrechas de su fogoso corazón juvenil y amplió sus espacios de libertad para servir a todo, a todos y a “mio Signore”. Si la castidad se queda encerrada en el corazón se hace como un arbolito bonzai, lleno de sueños de grandes, hermosos y frondosos árboles. No nos andemos, tampoco, por las ramas como los “monitos”, ahí están las flores bellas y los frutos sabrosos, andemos por el “hondón y por el plano”, por ahí corre el agua humilde y casta que riega los frutos, las flores, el mismo árbol y algunas yerbitas más. Lo malo es dejar a la castidad consagrada subida en un árbol o encerrada en el voto y en un acta. Hay que “buscar” las llaves que la abran: ”¿Dónde están las llaves, matarile, rile, rile. Dónde están las llaves, matarile, rile, ron?” Busquemos, busquémoslas entre los leprosos/as de Francisco de Asís, “por el hondón y por el plano”.

El celibato es un carisma muy concreto y recatado que no es fácil de comprender, sino en el se- guimiento de Jesús pobre, desnudo y crucificado. La castidad consagrada no tiene relación con el sexo sino con el amor: supone la renuncia alegre no porque es malo, sino porque es bueno y atrayente. Las renuncias obligadas, jurídicas o como culmen de una etapa (sea al matrimonio o a la profesión) no funcionan. Para ser casto no hace falta el voto, ni ser célibe. “La castidad consagrada es una experiencia de gozo y libertad”. Hace falta encontrarse, comprometerse y seguirle a Jesús a imitación de Francisco y ser coherente. ¡Al amor y a la castidad que se los cuide, que se los cuide!

El celibato es estar en armonía con Jesús crucificado y con las otras personas y cosas: Todas estas realidades con las que tengo que estar en amistad y de las que siempre me encontraré acompañado son diversas y “calludas”. De ahí la necesidad de ser un buscador de la “armonía”. No se trata de Jesús o las cosas, no es el aut, aut; sino el et, et. El Uno, los otros y la elección preferencial de la castidad consagrada por Jesús con el voto. En el campo afectivo y sexual la falta de respeto a los otros ofende a la castidad, traiciona la confianza y se abusa del poder. Jesús es el modelo, Francisco es el modelo y la Iglesia en estos tiempos nos pide con dolor “ser modelos” del voto roto.

La constitución 171, 3 nos habla de esas realidades que nos agobian: el tedio de la vida, la soledad del corazón, el gusto por las comodidades, los compromisos, la afectividad y sensualidad morbosas, el uso de los medios de comunicación. ¿Cómo se armonizan mi voto de castidad, todas estas realidades y Jesús?

La constitución 169, 5. Nos dice que “el consejo evangélico de la castidad, que voluntariamente hemos elegido y prometido con voto, tiene su única razón de ser en el amor preferente a Dios y, en Él, a toda persona. Este nos proporciona de modo particular una libertad más amplia del corazón, por la que nos unimos a Dios con amor indiviso y podemos hacernos todo para todos”.

Hno. José Miguel Goldáraz

 

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