Beato Aurelio de Vinalesa y compañeros, mártires

26 de septiembre Himno

El 11 de marzo del año 2001, domingo II de Cuaresma, el Papa Juan Pablo II dio el título de Beatos a 233 mártires de la persecución religiosa acaecida en España el año 1936. Su memoria ha sido asignada para el Calendario litúrgico de la Conferencia Episcopal Española para el día 23 de septiembre, con el título de: Beatos José Aparicio y compañeros, mártires.

En este grupo figura 12 capuchinos, pertenecientes a la provincia religiosa de Valencia; y también cinco Clarisas Capuchinas. La Orden celebra la memoria de los 12 Beatos mártires Capuchinos el día 26 de septiembre, y el día 25 de octubre celebra la memoria de las Clarisas Capuchinas, la Beata María Jesús Massiá Ferragut y compañeras, vírgenes y mártires (como se verá en su lugar).

Presentamos, pues, la semblanza del grupo de nuestros hermanos mártires.

 

Beato Aurelio de Vinalesa (1896-1936)

El grupo de mártires capuchinos valencianos está encabezado por el Beato Aurelio de Vinalesa, formador de jóvenes capuchinos y profesor de teología.

José Ample Alcaide, conocido en la Orden Capuchina como padre Aurelio de Vinalesa, nació en dicho pueblo el 3 de febrero de 1896. Fueron sus padres don Vicente Ample Cataluña y doña Manuela Alcaide Ros. Era el tercero de siete hermanos.

A los doce años ingresó en el Seminario Seráfico de la Magdalena (Masamagrell, Valencia). Después de completar los estudios de latín y humanidades inició el noviciado, en el mismo convento de la Magdalena, donde emitió la profesión simple el 10 de agosto de 1913. Fue trasladado al convento de Orihuela, en el que, después de terminar los estudios de filosofía, emitió la profesión solemne el 18 de diciembre de 1917. Posteriormente fue destinado al Colegio Internacional de San Lorenzo de Brindis, en Roma, para completar y perfeccionar estudios de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue ordenado sacerdote en la basílica de San Juan de Letrán de Roma, el 26 de marzo de 1921, junto con el Beato Buenaventura de Puzol.

Al terminar sus estudios, regresó a la Provincia, donde los superiores le nombraron director de los estudiantes de filosofía y teología, en el convento de Orihuela, cargo que ocupó hasta la fecha de su martirio. Se entregó de lleno a la formación teológica y espiritual de los jóvenes capuchinos. Era además profesor en el seminario de San Miguel, de Orihuela, y colaboró con la naciente Acción Católica. Se dedicaba a la predicación, dirección de tandas de ejercicios espirituales, atención al confesonario y a la Tercera Orden Franciscana. Visitaba a los enfermos pobres y aprovechaba cualquier circunstancia para fomentar el espíritu religioso.

En su vida espiritual destacó por su amor a la Eucaristía, la Santísima Virgen y San Francisco. Fomentó entre los jóvenes capuchinos el conocimiento de las enseñanzas de San Luis María Grignion de Monfort, que tenían una especial resonancia en la provincia capuchina de Valencia, y la devoción a la Madre de Dios, bajo el título de Reina de los Corazones. Quienes le conocieron le recuerdan como hombre comedido, educado, amable, sonriente, atento, ecuánime, dispuesto siempre a las tareas propias del religioso y sacerdote. En su vida y actividad encarnó el espíritu de la Orden Capuchina.

Al dispersarse la comunidad de Orihuela, el padre Aurelio hizo gestiones para que los jóvenes capuchinos pudieran llegar a casa de sus familiares. A principios de agosto consiguió un salvoconducto para poder llegar a Vinalesa. Ya en su pueblo natal se dedicó a rezar, escribir y dar ánimos a los demás para soportar la persecución. Escribía a sus amigos y hermanos ausentes, pues presentía su muerte y la de otros muchos, y quiso orientar de esta manera la conducta de los que sobreviviesen a la persecución. A una hermana suya religiosa le aconsejaba gran fidelidad a Dios en su vocación religiosa. Pocos días antes de su martirio escribía así a un sobrino suyo seminarista: «Serás un sacerdote... que viva del espíritu de fe, que haga lo que haga grande o pequeño (según las selectas gracias que Dios te concediere) lo refieras siempre a Dios con la más pura intención de agradarle, buscando en todas tus obras el amor de Dios».

El 28 de agosto, a las 3 de la mañana, llegaron los milicianos a la casa donde se encontraba el padre Aurelio. Preguntaron si había allí un fraile, a lo que respondió: «El fraile soy yo». Le ordenaron que los acompañara, lo cual hizo sin oponer resistencia. Junto con otros católicos del pueblo, fue conducido al barranco de Carraixet, en el término municipal de Foyos. El padre Aurelio solicitó permiso para hablar a sus compañeros, les exhortó a bien morir, les hizo recitar el acto de contrición y les dio la absolución sacramental. Después añadió: «Decid todos fuerte: "¡Viva Cristo Rey!"». A estas palabras siguieron los disparos, que acabaron con sus vidas. El relato de los impresionantes últimos momentos del padre Aurelio lo debemos a uno de los apresados junto con él, a quien los ejecutores dieron por muerto.

La fama de religioso y sacerdote entregado y bueno de que gozó en vida el padre Aurelio se vio acrecida al conocerse su heroico comportamiento en el martirio. Sus restos reposan en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell.


Beato Ambrosio de Benaguacil (1870-1936)

En el padre Ambrosio de Benaguacil (Luis Valls Matamales) tiene el grupo de los mártires capuchinos de Valencia al religioso y sacerdote plenamente dedicado a su ministerio, que previó la persecución y consideró una dicha contarse entre los mártires.

Nació en Benaguacil (Valencia) el 3 de mayo de 1870. Sus padres fueron don Valentín Valls Poveda y doña Mariana Matamales Querol, labradores de profunda vida cristiana. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Ya desde pequeño asistía al rezo del rosario en la iglesia parroquial. A los veinte años vistió el hábito capuchino en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell (Valencia), donde tuvo por maestro de novicios al Siervo de Dios padre Francisco de Orihuela, ante el que emitió la profesión simple el 28 de mayo de 1891. Sin duda el padre Francisco inculcó en él el amor a la Virgen María, a la que dedicó después el padre Ambrosio algunos de sus escritos. Emitió los votos solemnes el 30 de mayo de 1894 en Sanlúcar de Barrameda. Unos meses después, el 22 de septiembre, fue ordenado sacerdote, y celebró su primera misa en el convento de Sanlúcar. Los superiores le destinaron a los conventos de Masamagrell, Alcoy, Orihuela, Orito, Ollería, Totana, Alzira y, de nuevo, Masamagrell.

En el convento se mostró siempre atento cumplidor de sus obligaciones, y nunca se le vio ocioso. Como sacerdote se dedicó sobre todo a la atención a quienes acudían a él para confesarse y a la dirección espiritual. Al no dedicarse de una manera preferente a la predicación, procuró contribuir a la evangelización a través de sus escritos, entre los que destacan la divulgación de temas franciscanos, marianos y catequéticos. Entre sus publicaciones se señalan también las destinadas a la Tercera Orden Franciscana, así como la novena a Nuestra Señora de Montiel, patrona de Benaguacil, que alcanzó varias ediciones. Durante varios años redactó el calendario de las celebraciones litúrgicas. Muy apreciado por religiosos y seglares, era inteligente, sencillo, humilde, caritativo e ingenioso. Muy agradecido. Toda atención para con él le parecía excesiva y se contentaba con muy poco.

Previó claramente los acontecimientos que no tardaron el verificarse, y exhortaba a todos a que estuviesen preparados para el martirio. En sus últimos años confesaba semanalmente en Vinalesa. Unos meses antes de la persecución predicó en dicho pueblo un sermón, por el carnaval, que conmovió a todos. Habló con claridad de la inminencia de la persecución religiosa, y dijo: «No quedará nada. Hay que estar preparados». Al disolverse la comunidad de Masamagrell, se dirigió a Vinalesa, donde residió hasta la noche de su martirio. A sus bienhechores les decía: «Vendrán por mí y me matarán, pero yo quisiera tener un martirio bien glorioso».

Llegó la hora del sacrificio. Era el 24 de agosto de 1936. A las 10 de la noche un grupo de milicianos cercó la casa donde se hallaba el padre Ambrosio. Preguntaron por el forastero que estaba en casa, y al oírlo el padre Ambrosio bajó y se presentó ante ellos. Le registraron y le quitaron todas las cosas que hallaron en su habitación. Entre empujones y palabrotas le ordenaron que fuera con ellos al comité, donde estuvo una hora. Después le ordenaron subir a un coche, que salió en dirección a Valencia. Al día siguiente un conocido reconoció su cuerpo, junto con el de otros cuatro. Tenía un orificio en el pecho, a la altura del corazón. Sus restos fueron depositados en una fosa común del cementerio de Valencia.

El padre Ambrosio gozó de fama de buen religioso en vida, y fue modelo de caridad y fe inquebrantable en el martirio.


Beato Pedro de Benisa (1877-1936)

La predicación elocuente y popular de la Palabra de Dios, la catequesis y la entrega al ministerio sacerdotal en todas sus facetas fueron las características que distinguieron al Beato Pedro de Benisa.

Nació en dicho pueblo, provincia de Alicante y diócesis de Valencia, el 13 de diciembre de 1877. Sus padres se llamaron don Francisco Mas y doña Vicenta Ginestar. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento, con el nombre de Alejandro. Era el menor de cuatro hermanos.

Vistió el hábito capuchino en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell el 1 de agosto de 1893, emitiendo su profesión simple el 4 de agosto del año siguiente, y la solemne el 8 de agosto de 1897, en Orihuela. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1900, y celebró su primera misa solemne en el convento de Ollería. Pasó la mayor parte de su vida en el convento de santa María Magdalena, de Masamagrell.

La vida del padre Pedro transcurrió dentro de los cauces marcados por el ritmo de la vida conventual. Hombre afable, se dedicó a la catequesis de los niños y atención a los seminaristas, así como a la predicación y atención al confesonario. Fomentaba entre los jóvenes la vida cristiana y la frecuencia de los sacramentos, inculcándoles también la obediencia y el respeto para con los padres y superiores. Se le recuerda como hombre pacífico, alegre, veraz, callado, obediente, humilde y observante de las leyes de la Orden. De corazón generoso, hacía los favores que estaban a su alcance. Era muy querido en el pueblo de Masamagrell. Ya antes de 1936 sufrió algunas vejaciones por ser religioso, que soportó con paciencia.

Al ser disuelta la comunidad de la Magdalena, el padre Pedro fue acogido sucesivamente por dos familias de Masamagrell. Dándose cuenta del peligro que corrían él y quienes le habían acogido, les exhortaba a que rezaran mucho y a que estuvieran preparados, entregándose en las manos de Dios. Les decía que no lloraran, pues cuando Dios lo permitía era porque les convenía. Durante este tiempo oraba intensamente, a veces arrodillado en el suelo. Al despedirse de una joven, bendiciéndola le dijo: «Si no nos vemos más en la tierra, hasta que tú vengas al cielo».

Varias veces fue su cuñado a recogerlo para llevarlo con él a Vergel, a lo cual accedió finalmente para no comprometer a la familia que le había acogido. Al trascender su presencia en el pueblo, fue llamado al comité local para prestar declaración, dejándolo al día siguiente en libertad. De nuevo en casa de su hermana, se preparó al martirio. A su hermana le repetía en aquellos días: «Si vienen por mí, ya estoy a punto». En el bolsillo llevaba lo que se llamaba el «testamento», en el que manifestaba ser católico, apostólico y romano, que deseaba vivir y morir como tal, y ser enterrado en cementerio católico y con hábito de fraile menor.

A los pocos días, hacia la medianoche del 26 de agosto de 1936, unos milicianos se presentaron en casa de su hermana preguntando por él, y se entregó sin ofrecer resistencia. Con gran serenidad, antes de ser sacrificado dijo a sus verdugos: «Esperaros un poco, quiero abrazaros y daros un beso. Os perdono a todos; no sabéis el bien que me vais a hacer». De madrugada, después de sufrir burlas y tortura, catorce balas segaron su vida en La Alberca, entre Vergel y Denia. Sus restos reposan en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell.

 

Beato Joaquín de Albocácer (1879-19369)

Nacido en Albocácer (Castellón) del matrimonio formado por don José Ferrer y doña Antonia Adell el 23 de abril de 1879, fue bautizado al día siguiente con el nombre de José. Educado en la fe cristiana, al poco de tomar la Primera Comunión, que según la costumbre del tiempo recibió a los doce años de edad, siguió la llamada de Dios que le impulsaba a ser sacerdote y religioso ingresando en el Seminario Seráfico de Santa María Magdalena de Masamagrell (Valencia). Vistió el hábito capuchino en el mismo convento, recibiendo el nombre de fray Joaquín de Albocácer, el 1 de enero de 1896, y profesó el 3 de enero del año siguiente. Cursó la filosofía en el convento de Totana, la teología en Orihuela, y de nuevo volvió a La Magdalena para completar los estudios de moral. Emitió la profesión solemne el 6 de enero de 1900, y fue ordenado sacerdote por el obispo de Segorbe el 19 de diciembre de 1903.

Pronto lo destinaron los superiores a las misiones de Colombia. Siendo superior del convento de Bogotá culminó la reconstrucción de la iglesia, que desde entonces se dedicó con más intensidad a la adoración perpetua diurna de la Eucaristía, e impulsó la revista «Vida Eucarística». Más tarde gestionó para dicha iglesia la construcción de una custodia monumental, que sería labrada en unos talleres de Valencia. Siendo superior de la comunidad del Rosario, en Barranquilla, hizo construir la iglesia del Carmen de la misma ciudad. Después de esta primera etapa colombiana regresó a España, donde, como superior del convento de Orihuela, impulsó la devoción a la Virgen de las Tres Avemarías, cuya Archicofradía fundó en 1925. El mismo año fue destinado nuevamente a Bogotá, esta vez como superior regular, y al término de este servicio fue llamado de nuevo a la provincia, donde se le confió la dirección del Seminario Seráfico de la Magdalena.

Como formador de jóvenes religiosos (fue profesor de teología en Orihuela, vicemaestro de novicios en Ollería, y finalmente director del Seminario Seráfico de La Magdalena) y como superior, destacó por su espíritu franciscano, su amor a la Eucaristía y a la Santísima Virgen, y su devoción a San José. Se conservan las breves notas que tomaba con ocasión de los ejercicios espirituales anuales, y en ellas se pone de manifiesto su interés por su propia vida espiritual, y la responsabilidad con que tomaba los cargos confiados por los superiores.

Siendo director del Seminario Seráfico sobrevino la persecución de 1936. Marchó con un grupo de seminaristas a Rafelbuñol, donde fue acogido en casa de una familia. Allí continuó su vida como religioso, escuchando incluso las confesiones de quienes acudían a la casa, y siempre con la confianza puesta en Dios. Los cabecillas de Rafelbuñol urdieron un plan para deshacerse del padre Joaquín sin quedar ellos directamente implicados. El 30 de agosto, hacia las nueve de la mañana, se presentaron en la casa dos milicianos. Preguntaron por el fraile, que se presentó inmediatamente, y le convencieron para que les acompañase a Albocácer. Sea porque efectivamente comprendió que estaría más seguro entre sus familiares, o porque vio que humanamente ya nada podía hacer, accedió a acompañar a los milicianos, quienes le condujeron hasta la casa de su familiar don Francisco Sales, en Albocácer. Prepararon una buena comida para los recién llegados, pero el padre Joaquín no pudo tomar nada. Después pagó a los milicianos el combustible y les agradeció sus servicios.

Al poco se presentaron otros milicianos preguntando por él. Se despidió de sus familiares diciendo: «Adiós, hasta el cielo». A la altura del km. 4,8 de la carretera de Puebla Tornesa a Villafamés fusilaron al padre Joaquín. Los restos del mártir fueron llevados a una fosa común del cementerio de Villafamés, donde esperan la resurrección de la carne.

 

Beato Modesto de Albocácer (1880-1936)

El 18 de enero de 1880 nació en Albocácer (Castellón) Modesto García Martí. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento en la iglesia parroquial. Era el tercero de los siete hijos que nacieron en el cristiano hogar formado por don Francisco García y doña Joaquina Martí. Miguel, el hermano anterior a él, fue sacerdote de la diócesis de Tortosa y compañero en el martirio, y Encarnación fue religiosa en las capuchinas de Castellón. Todos los hijos recibieron de sus padres, junto con la fe, el amor a la Virgen María y a San Francisco de Asís.

Sintiendo la llamada de Dios ingresó en el Seminario Seráfico de La Magdalena de Masamagrell (Valencia). Allí comenzó más tarde el noviciado el 1 de enero de 1896, emitiendo la profesión simple el 3 de enero del año siguiente. Fue compañero suyo de noviciado su paisano Joaquín, igualmente mártir. Ambos emitieron la profesión solemne en Totana el 6 de enero de 1900, y fueron ordenados sacerdotes el 19 de diciembre de 1903. Cursó los estudios de filosofía en Orihuela, y la teología moral en Masamagrell. Fue destinado a la Custodia de Bogotá en 1913, donde desempeñó los cargos de consejero y superior de la casa de Bogotá. Al regresar a España fue nombrado guardián de Castellón en 1926 y en 1929, y del convento noviciado de Ollería en 1935.

Su ministerio sacerdotal consistió sobre todo en la atención al confesonario, la predicación al pueblo y en la dirección de tandas de ejercicios espirituales, siendo muy apreciado por los sacerdotes que asistían a los mismos. Como superior se distinguió por la prudencia en el desempeño de su cargo y la caridad en el trato con los demás. De carácter afable y bondadoso, se preocupó también de buscar vocaciones para la Orden.

Al ser disuelta la comunidad de Ollería, de la que era guardián, marchó con sus familiares. Al llegar a casa de Teresa, su hermana mayor, encontró a su hermano Miguel, párroco de Torre de Embesora. Los dos hermanos se prepararon a acoger la voluntad de Dios sobre ellos, animándose mutuamente. Sabiendo que los sacerdotes de la parroquia habían sido expulsados sin que pudieran consumir el Santísimo Sacramento, hicieron lo posible para que alguien fuera a recogerlo. Finalmente pudo entrar en la iglesia la mujer del alcalde, que recogió las formas consagradas que habían sido profanadas arrojándolas al suelo, y las llevó a la casa de los hermanos García. Era el 8 de agosto. Aquella noche organizaron turnos de vela y adoración, y al amanecer del día siguiente recibieron la comunión, que a los dos hermanos les sirvió de preparación para el martirio.

Pocas horas después se presentaron unos milicianos en la casa, preguntando por el cura y el fraile, y les convencieron de que les convenía salir del pueblo para buscar un refugio más seguro. Así lo hicieron aquella misma noche, y llegaron a la finca llamada «La Masá», donde fueron acogidos y atendidos. Pasaron después a otra finca, donde estuvieron durante dos días, y después regresaron de nuevo a «La Masá». El día 13 de agosto, a primeras horas de la tarde, se presentaron unos milicianos preguntando a los de la masía por el fraile y el cura que tenían escondidos. Éstos se entregaron mansa y humildemente y sin protesta alguna. Se despidieron de la dueña de la casa suplicándole que comunicara a su hermana Teresa lo sucedido y que aplicaran misas por ellos, prometiéndole rogar al Señor por todos. Los milicianos les ordenaron, con malos modos, que caminaran delante de ellos. Aproximadamente después de un cuarto de hora, al llegar a un lugar solitario, los acribillaron a tiros por la espalda. Al día siguiente los llevaron en un carro al cementerio de Albocácer, donde los enterraron en una fosa junto con mosén Vicente Meliá, vicario de la parroquia y primo suyo.

Al exhumar los restos de los tres mártires se encontró en el cráneo del padre Modesto un grueso clavo. Los dos hermanos y su primo fueron hallados dignos de sellar con su sangre el sacerdocio que habían recibido. Su cuerpo está depositado en la iglesia parroquial de Albocácer.

 

Beato Germán de Carcagente (1895-1936)

José María Garrigues Hernández nació en Carcagente (Valencia) el 12 de febrero de 1895, y recibió el bautismo el mismo día. Fueron sus padres don Juan Bautista Garrigues y doña María Ana Hernández. El padre perteneció a diversas asociaciones religiosas y profesó en la Orden Tercera de San Francisco. De los ocho hijos del matrimonio, tres fueron capuchinos. Siguiendo los pasos de su hermano Domingo, José María ingresó en el Seminario Seráfico de La Magdalena de Masamagrell (Valencia), vistiendo el hábito el 13 de agosto de 1911. Emitió la profesión simple el 15 de agosto del año siguiente, y la solemne el 18 de diciembre de 1917. Fue ordenado sacerdote el 9 de febrero de 1919.

Después de la ordenación, los superiores lo dedicaron a la enseñanza. Su primer destino fue el convento de Totana, como profesor en el colegio de San Buenaventura. Posteriormente fue destinado al Seminario Seráfico de Masamagrell. Pasó luego a Ollería como vicemaestro de novicios, y finalmente a Alcira, donde residió los últimos diez años de su vida.

El padre Germán destacó por su carácter bondadoso y la afabilidad en el trato. Cuando fue vicemaestro de novicios dejó un grato recuerdo con su porte sereno y la sonrisa que siempre tenía en los labios. Atento cumplidor de sus obligaciones religiosas, expresaba en ellas el buen espíritu de que estaba animado. En Alcira, lugar que por más tiempo se benefició de su acción, tuvo a su cargo la escuela gratuita que acogía a los niños del barrio en el que estaba situada la residencia de los religiosos. Visitaba a los enfermos, procurando además socorrerles en sus necesidades materiales. Fomentó el culto en la capilla, atendiendo el confesonario y organizando una schola cantorum.

En febrero de 1936 la comunidad de Alcira fue disuelta debido al clima de inseguridad, y el padre Germán quedó incorporado al convento de Valencia. Dado el ambiente de persecución, el padre Germán comentó en una ocasión: «Si Dios me quiere mártir, me dará fuerzas para sufrir el martirio». Después de los sucesos de julio pasó a residir con su madre y una hermana en Carcagente. Allí se dedicó a la oración y a otros ejercicios de piedad, e incluso bautizó en la misma casa a una niña. Se mostraba tranquilo, pues no había hecho nada malo a nadie. Al advertirle el peligro que corría, contestó: «¿Qué cosa mejor que morir por Dios?». La persecución contra la Iglesia arreciaba. El templo parroquial y las iglesias de los franciscanos y las dominicas fueron pasto de las llamas, e incluso requisaron cuadros e imágenes religiosas de los domicilios para quemarlas en la plaza pública. Fueron asesinados muchos católicos de la ciudad.

La primera víctima fue el padre Germán. Al anochecer del día 9 de agosto se presentaron en la casa de los Garrigues tres milicianos para practicar un registro. El padre Germán les acompañó en la búsqueda. Al salir a la calle para quemar los cuadros religiosos que habían requisado, un vecino les dijo que el hombre que los había acompañado era un fraile. Regresaron a la casa y preguntaron por él, ordenándole acompañarles. Fue conducido al comité, y al cabo de una hora lo llevaron al cuartel de la Guardia Civil, que había sido convertido en cárcel. Al filo de la medianoche lo subieron a un coche, llevándolo al puente de la vía férrea sobre el río Júcar. Le ordenaron que se colocara sobre el puente, y entonces el padre Germán se arrodilló, habiendo besado antes las manos a los verdugos y perdonándoles. Hicieron fuego sobre él, y cayó malherido a un terraplén. Bajaron y lo remataron.

Al día siguiente el Juzgado de Carcagente ordenó levantar el cadáver, que fue conducido al Hospital Municipal, donde las religiosas que habían quedado allí como enfermeras lo reconocieron y limpiaron. En su rostro estaba dibujada la sonrisa que en vida le había caracterizado. Sus restos se veneran en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell.

 

Beato Buenaventura de Puzol (1897-1936)

En el Beato Buenaventura tiene el grupo de mártires de Valencia al intelectual que puso al servicio de la Iglesia su talento y selló con su sangre su consagración religiosa.

Julio Esteve Flors nació en Puzol (Valencia) el 9 de octubre de 1897. Recibió el bautismo al día siguiente de su nacimiento en la iglesia parroquial de los Santos Juanes, donde también fue confirmado. Era el sexto de los nueve hermanos que tuvo el matrimonio formado por don Vicente Esteve y doña Josefa Flors, padres de hondas convicciones cristianas que fueron los fundadores de la Adoración Nocturna en Puzol.

Desde su niñez sintió la vocación a la vida religiosa, y él mismo pidió ser capuchino. Ingresó a los once años en el Seminario Seráfico de La Magdalena (Masamagrell), donde vistió el hábito en 1913 y emitió la profesión simple el 17 de septiembre de 1914. Posteriormente emitió los votos solemnes el 18 de septiembre de 1917 en Orihuela, y fue ordenado sacerdote el 26 de marzo de 1921 en Roma. Obtuvo el grado de doctor en Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue nombrado profesor de los estudiantes de teología en Orihuela, donde enseñó Filosofía y Derecho Canónico desde 1923 hasta 1935, año en que fue trasladado al colegio de San Buenaventura de Totana. Su último destino fue el convento de Santa María Magdalena, de Masamagrell, donde se encontraba en 1936.

El padre Buenaventura destacó en el claustro de profesores por su capacidad intelectual, demostrada en la enseñanza, en las conferencias culturales que dictaba, así como en la predicación. Era hombre de estudio, que empleaba sus conocimientos al servicio de la religión. De temperamento callado y bonachón, incluso de carácter algo tímido, manifestaba una gran educación y caridad en el trato con las personas de todas las clases. Resaltaba en él su gran humildad y mortificación.

Al ser expulsados los religiosos, el padre Buenaventura se trasladó a casa de sus padres en Puzol. Durante su estancia en el pueblo se mostró paciente y sereno. Rezaba diariamente el breviario, y el rosario en familia, dando después a besar la cruz. Recibía a algunas personas para oírlas en confesión. Dado el clima de persecución, solía hablar con sus familiares del martirio. Le habían asegurado que a él no le ocurriría nada, e incluso que necesitaban de él como profesor, pero sospechaba que sufriría el martirio debido a su condición de religioso y sacerdote. Estaba dispuesto a cumplir la voluntad de Dios. No quiso huir ni esconderse, a pesar de que un amigo de infancia le ofrecía su domicilio, cosa que no aceptó pues temía que como represalia asesinaran a su padre.

A los pocos días de empezar la revolución su familia fue expulsada de la casa en que vivía, por lo que pasaron a casa de una hermana viuda. A primeros de agosto tuvo que presentarse en el comité, donde estuvo preso por unos días. Cuando fue puesto en libertad sus familiares le preguntaron qué hubiera pasado si lo hubieran matado, a lo que respondió: «¡Qué dicha más grande conseguir la palma del martirio! Si hubiera muerto ya estaría en el cielo». Seguramente le racionaron el agua, porque dijo también: «Me he acordado mucho de los tormentos de la sed del Señor». No quiso esconderse ni huir. «Si me buscan -decía- , me entregaré».

El 25 de septiembre fue detenido y encarcelado su padre, y por la noche llegó la orden de que se presentara el padre Buenaventura y Gonzalo, el hermano menor, alegando que iban a tomarles declaración. A las tres de la madrugada del día siguiente, 26 de septiembre, junto con otros detenidos fueron obligados a subir a un camión, que les llevó al cementerio de Gilet. El padre Buenaventura reaccionó con gran serenidad. Preparó a sus compañeros para el martirio y les dio la absolución. En el lugar de la ejecución dijo a los esbirros: «Yo voy por la palma del martirio, pero a mi padre, que es viejo, dejadle». Inmediatamente dispararon sobre su padre, sin duda para que él lo viera, y a continuación lo fusilaron a él y a los demás. Los del pueblo daban a los familiares de los mártires la enhorabuena porque estaban en el cielo, lo que consideraban una gran dicha.

 

Beato Santiago de Rafelbuñol (1909-1936)

Hermanos en la sangre y en el martirio fueron los nueve hijos de don Onofre Mestre y doña Mercedes Iborra. En el cementerio de Masamagrell, muy cerca del pueblo que les vio nacer, recibieron la palma del martirio, aunque solo del padre Santiago, el sacerdote más joven del grupo de los capuchinos, se introdujo el proceso que ha conducido a la beatificación.

Salvador Santiago Mestre Iborra nació en Rafelbuñol (Valencia) el 10 de abril de 1909. Dos días más tarde recibió las aguas del bautismo. Era el séptimo de nueve hermanos, que pronto quedaron huérfanos. A los diez años de edad ingresó en el Seminario Seráfico de La Magdalena (Masamagrell), desde el que pasó al convento de Ollería para vestir el hábito capuchino. Profesó el 7 de junio de 1925; en el acta de profesión firma como testigo el padre Germán de Carcagente, vicemaestro de novicios, y después mártir. Los superiores decidieron dedicarlo a la enseñanza y a la formación de los jóvenes capuchinos, por lo que fue destinado al Colegio de San Lorenzo de Brindis, en Roma. Allí emitió la profesión solemne el 21 de abril de 1930. Dos años más tarde, el 26 de marzo de 1932, fue ordenado sacerdote. Después de obtener el grado de doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana regresó a España, residiendo durante unos meses en Orihuela. Fue destinado a Masamagrell como vicedirector del Seminario Seráfico, donde se dedicó por entero a la formación de los seminaristas, de los que era director el padre Joaquín de Albocácer, también mártir.

Como religioso se distinguió por su amor a la Virgen María, a la que dedicó su tesis doctoral y a la que estaba consagrado según la doctrina de San Luis María Grignion de Monfort, y por su interés por todo lo franciscano. Supo conjugar su carácter alegre y sencillo con la prudencia que exigía el cargo que le había sido confiado. Los frutos que se esperaban de su esmerada preparación quedaron truncados por su temprana muerte.

Al comenzar la persecución en 1936 se trasladó, junto con el padre Joaquín y un grupo de niños seráficos a Rafelbuñol, donde continuó su vida religiosa con la discreción propia de las circunstancias. Mientras estuvo en casa se mostró sereno y paciente; rezaba con frecuencia, e infundía confianza a todos los familiares. Como su presencia en el pueblo era conocida, fue obligado a trabajar como peón en la casa parroquial. La hostilidad contra los católicos se fue haciendo cada vez más insoportable. El 25 de julio fue ocupado el pueblo e incendiada la iglesia parroquial. Al igual que otros, el padre Santiago pasaba el día en los alrededores del pueblo, al que regresaba para dormir.

La noche del 26 al 27 de septiembre el pueblo fue rodeado por una muchedumbre de milicianos. El padre Santiago pudo salir, saltando las tapias de los patios de varias casas, y se dirigió a un huerto de naranjos, en el que se encontró con un sacerdote; juntos pasaron el día, con la conciencia de la gravedad de la situación, animándose mutuamente y rezando. Al anochecer se fue a buscarlo un tío suyo, para comunicarle que habían encarcelado a todos sus hermanos, según decían por no haberle encontrado a él, así como a otros católicos del pueblo. El padre Santiago decidió presentarse para librar a sus hermanos, pues no quería que pesara sobre su conciencia el haber sido pretexto para el asesinato de su familia. Como era de esperar lo apresaron, pero no por ello pusieron en libertad a sus familiares.

Durante su detención, previendo el desenlace de los acontecimientos, exhortaba a los detenidos a confiar en Dios, animándoles y fortaleciéndoles con su serenidad. Dirigía el rezo del rosario, y escuchó la confesión de los detenidos. El día 27 llevaron a un grupo de los detenidos, y la noche del 28 al 29 hicieron subir a un camión a los restantes, entre los que se encontraban el padre Santiago y sus hermanos, para llevarlos a Masamagrell. Al pasar por delante de la iglesia parroquial, gritaron: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen del Milagro!». Cuando poco después llegaron al cementerio de Masamagrell, donde fueron fusilados, se oyeron gritos de aclamación a la Virgen del Milagro. Sus restos descansan en la iglesia del convento de Santa María Magdalena.

 

Beato Enrique de Almazora (1913-1936)

Apenas hacía un mes que Fray Enrique había sido ordenado diácono, cuando se vio obligado a abandonar el convento. Esperaba recibir la ordenación sacerdotal, para la que se preparaba desde hacía años, pero Dios le tenía reservado unirse a la inmolación de Jesucristo de otra manera.

Nació fray Enrique en Almazora (Castellón) el 16 de marzo de 1913. Era el menor de los dos hijos que tuvieron don Vicente García y doña Concepción Beltrán. Horas después de su nacimiento recibió el sacramento del bautismo en la iglesia parroquial de la Natividad de Nuestra Señora. Su madre era una mujer muy piadosa, y el pequeño Enrique pasó su infancia entre la casa paterna, la escuela y la iglesia.

Ingresó en el Seminario Seráfico de Masamagrell, y, al acabar los estudios, pasó al noviciado en el convento de Ollería, donde emitió su profesión simple el 1 de septiembre de 1929. Fue destinado a Orihuela para realizar los estudios eclesiásticos, y allí emitió la profesión solemne el 17 de noviembre de 1935. Recibió la ordenación de diácono, y se preparaba para el sacerdocio. Durante los estudios, según la costumbre de los capuchinos, se dedicó a la catequesis de los niños en la huerta de Orihuela.

Fray Enrique se caracterizó por su gran deseo de entregarse totalmente al Señor. Desde el noviciado fue éste el ideal que informó los pocos años que pasó en el convento. Esta entrega total estaba fomentada por su espíritu de oración y su amor a la Eucaristía. Estaba muy bien considerado entre sus compañeros, que solían decir: «Si tiene que haber entre nosotros algún mártir, no será otro que fray Enrique».

Era de carácter jovial, y siempre se comportó correctamente. Tenía también un fuerte temperamento, pero sabía vencerse y se mostraba dócil a sus superiores. Vivió intensamente los votos religiosos que libremente había profesado, y se preparaba con esmero para el sacerdocio con el estudio y la oración. La participación en la Misa y la celebración de la liturgia de las horas fueron los pilares que sustentaron toda su vida espiritual. Cultivó además la música sagrada, para dar esplendor al culto divino, y se distinguía también en el canto. Era muy humilde, destacando por su conducta y sumisión.

En julio de 1936, al igual que los otros religiosos, tuvo que abandonar el convento de Orihuela para dirigirse a su casa paterna en Almazora. Allí estuvo el joven diácono unos pocos días, rezando y esperando en la bondad de Dios. Mostraba también un gran afecto a su sobrino, niño de pocos años. A pesar de las circunstancias se mostraba sereno y tranquilo, con una gran presencia de ánimo. A su madre le había dicho: «Yo estoy preparado para el martirio, pues Cristo también murió por todos nosotros».

A principios de agosto fueron a buscarle, pero su madre quiso negar su presencia en la casa. Fray Enrique, que había oído la conversación, salió y se entregó voluntariamente a los milicianos, quienes aseguraron que nada malo le ocurriría. Estuvo unos doce días encarcelado en el cuartel de la guardia civil, transformado en prisión. En este tiempo se preparó para la inmolación, animando a los abatidos. Un compañero de prisión le decía: «Que me maten a mí poco importa, pues ya he vivido mis años, pero a ti no te debe ocurrir, pues eres muy jovencito». A lo que él solía responder: «Cúmplase la voluntad de Dios», «Alabado sea Dios». Y añade el compañero de prisión: «Conservó siempre su carácter optimista, aun a pesar de que estaba convencido que le matarían. Todos los encarcelados teníamos formado el concepto sobre Fray Enrique de que estaba poseído de un candor angelical». En la cárcel había otros sacerdotes, entre otros el beato Juan Agramunt, escolapio, a quien martirizaron unos días antes. Los ejecutores, después de cometer sus crímenes, todavía se jactaban de ellos.

El día 15 de agosto sus familiares fueron a llevarle ropa, pero les dijeron que no le iba a hacer falta, porque iban a trasladarle a otro lugar. El día 16 de agosto le hicieron subir junto con otros cuatro detenidos a una camioneta que les llevó a la Pedrera o cantera de Castellón, los hicieron bajar y dispararon sobre ellos. Murió exclamando: «¡Viva Cristo Rey!». Su cadáver presentaba el rostro sereno que le caracterizó en vida. Sus restos reposan en la iglesia parroquial de Almazora.

 

Beato Fidel de Puzol (1856-1936)

El más anciano del grupo de los mártires capuchinos de Valencia fue Fray Fidel. Ni sus canas ni sus achaques fueron obstáculo a la hora de eliminarle. Era un fraile, y este fue el motivo que ocasionó su condena.

Nació en Puzol (Valencia) el 8 de enero de 1856. Al día siguiente de su nacimiento recibió el Bautismo, en el que le fue impuesto el nombre de Mariano. Sus padres fallecieron muy pronto, por lo que él se crió con una hermana de su madre. Su tía le transmitió la piedad, pero no pudo hacer lo mismo con las letras. Destinado desde pequeño a las faenas del campo, no tuvo ocasión de recibir formación escolar. Por lo demás es muy poca la información que poseemos de su infancia y juventud. Sí sabemos que durante su mocedad se alistó en las tropas carlistas.

La vida castrense no le satisfizo ni le podía llenar, por lo que llamó a las puertas del convento capuchino de Santa María Magdalena de Masamagrell, a los veinticuatro años de edad. Vistió el hábito en 1880, recibiendo el nombre de Fray Fidel de Puzol. El 14 de junio de 1881 emitió sus votos simples, que ratificó tres años más tarde por todo el tiempo de su vida.

En los conventos desempeñó diversos cargos, como los de portero y limosnero. También le encargaron de la cocina, y sabía condimentar bien las viandas que formaban la pitanza conventual. Algo sabemos de las estrecheces de aquellos tiempos; alguna vez faltó incluso el pan. Pero Fray Fidel se las ingeniaba bien. En Valencia, ya en los últimos años de su vida, todavía le quedaban fuerzas para atender las necesidades del Provincial.

Cultivó además el arte siempre difícil de la caridad fraterna. Era pacífico, para algunos incluso algo tímido, pero hacía lo posible por ser amable con todos. Su cualidad más notable fue sin duda su amabilidad, y a la caridad con todos añadía la sonrisa, que tan agradable hace a la persona y tantas situaciones tensas contribuye a suavizar.

Era hombre de oración. Horas enteras se pasaba en el coro o la iglesia. Siempre se le veía con el rosario en la mano, dice algún testigo, exageración más que evidente, pero que refleja su diálogo interior con el Señor y su entrañable amor a la Madre de Dios. Muy temprano, antes que los demás acudiesen al coro para la oración, ya se encontraba él allí.

Su figura recuerda la de los primeros capuchinos, en los que se aunaba la oración y el servicio, la observancia fiel de la regla franciscana con el amor fraterno. Atento, afable, bondadoso y cariñoso, limpio en su persona, y más en su alma, así era el Fray Fidel al que el Señor consideró digno de imitarlo en su muerte.

Cuando la comunidad de Valencia tuvo que abandonar el convento se trasladó a su pueblo. Fue acogido por unos parientes, pero él, dándose cuenta de que por su edad y por sus dificultades de visión podía suponer una carga además de un peligro para quienes le habían acogido, fue pasando sucesivamente a las casas de diversos familiares.

Su presencia en Puzol no había pasado desapercibida. Al atardecer del 27 de septiembre se presentaron en la casa donde residía para que acudiese al comité a fin de prestar unas declaraciones. Registraron la casa y habitación que ocupaba, y nada pudieron encontrar, fuera de la poca ropa que había traído del convento, y el alambre con el que hacía los rosarios. No eran ciertamente armas peligrosas. Esa noche la pasó en el comité, y de madrugada fue llevado en un coche camino de Sagunto. Al llegar al antiguo convento de la Vall de Jesús, le hicieron bajar y allí mismo lo fusilaron.

Fray Fidel, que nada había tenido en la tierra, tampoco tuvo al principio sepultura. Dos días después lo llevaron a Sagunto, para enterrarlo en una fosa común. Allí, enterrado en el seno de la hermana madre tierra, su cuerpo ha germinado para la eternidad.

 

Beato Berardo de Lugar Nuevo de Fenollet (1867-1936)

Sastre en el convento y limosnero por las calles de Orihuela, la figura venerable de fray Berardo en nada desmerece comparada con las de los primeros hermanos capuchinos.

Nació fray Berardo, al que sus paisanos conocen por su nombre de pila, José Bleda Grau, y más familiarmente, Pepet, en Lugar Nuevo de Fenollet el 23 de julio de 1867. Fue bautizado el 28 del mismo mes y año. Sus padres se llamaban José y Rosario. El ambiente familiar era eminentemente cristiano. Ya desde niño se despertó en Pepet la afición de rezar, que después desembocaría en una oración profunda. Recibió una formación escolar básica, que le permitió utilizar con cierta soltura la pluma, aunque pocas letras le eran necesarias para realizar las faenas del campo.

Frecuentaba la iglesia parroquial, donde fue colaborador del párroco en la catequesis de los niños. Su párroco le encomendó también el cuidado de los monaguillos. Aunque en su pueblo se conservaba bastante bien el espíritu cristiano, no le faltaron contradicciones. No todos comprendían su piedad y su apego a la iglesia, por lo que en alguna ocasión tuvo que sufrir alguna burla, que él sobrellevaba con paciencia y sin perder la calma. Sabía estar como uno más entre sus paisanos y amigos, pero no le gustaban las salidas de tono; era más bien amigo del retiro y la soledad.

Desde joven sintió la vocación a la vida religiosa, pero no se determinó a seguirla hasta los treinta y dos años. Le detenían sus obligaciones de hijo. Solo cuando su hermano Joaquín volvió del servicio militar, él vio que había llegado su hora.

Un día, solo con lo puesto, emprendió el camino hacia el convento de Ollería. Corría el año 1899. Poco después fue enviado al convento de la Magdalena, donde vistió el hábito y recibió el nombre de Fray Berardo de Lugar Nuevo de Fenollet. Comenzó el noviciado bajo la dirección del padre Francisco de Orihuela. Durante unos meses fue compañero suyo de noviciado Fray Pacífico de Valencia, que también alcanzó la palma del martirio. Emitió la profesión el 2 de febrero de 1901. Después de la profesión los superiores le destinaron al convento de Orihuela, donde permaneció durante toda su vida. Allí emitió el 14 de febrero de 1904 su profesión solemne.

Fue destinado a pedir limosna. Todavía se conservan como preciosa reliquia las alforjas, desgastadas por el uso y quemadas por el sol, en las que colocaba lo que las buenas gentes de Orihuela y su huerta le daban. Para agradecer la bondad de los bienhechores, solía repartir perejil del que se cultivaba en la huerta del convento. Le habían confiado además el oficio de sastre. Era modelo de religioso laico bueno, observante, sencillo y trabajador. Hablaba poco, pero no era huraño, sino porque conservaba la presencia de Dios.

Cuando los religiosos fueron expulsados de los conventos, fray Berardo, con 69 años, fue a su pueblo, donde fue benévolamente acogido por su sobrino. Él, que era hombre de oración, pasó aquellas semanas sereno y con buen ánimo, sin quejarse de nada, y deseaba sinceramente volver a su convento. Rezaba con frecuencia el rosario, y nunca pasó por su mente huir o esconderse. Los familiares recibieron el aviso de que, por el peligro de que alguien de fuera pudiera ir a detenerlo, convenía que saliese de casa. Pero fray Berardo, ciego y muy achacoso, prefirió ponerse en manos de Dios.

El 30 de agosto de 1936, a las once de la noche, se presentaron uno milicianos en la casa. Preguntaron por el fraile, porque querían que declarase. Fray Berardo les acompañó sin oponer resistencia. Se dirigieron hacia la carretera que va de Manuel a Benigánim. Al llegar a lo más alto del puerto de Benigánim lo hicieron bajar y sin mediar ninguna acusación concreta lo mataron a tiros en la cuneta de la carretera. Las autoridades de Genovés, en cuyo término municipal ocurrió el martirio, ordenaron el levantamiento del cadáver, que recibió sepultura en el cementerio de Genovés. Sus restos no han podido ser identificados.

Fray Berardo selló con su sangre su consagración religiosa. «Sea lo que Dios quiera», decía. Y Dios quiso que se asemejara a su Hijo en su muerte.

 

Beato Pacífico de Valencia (1874-1936)

Pedro Salcedo Puchades nació en Castellar (Valencia) el 24 de febrero de 1874. Era el segundo de los cinco hijos que tuvo el matrimonio formado por Matías y Elena. Recibió el sacramento del Bautismo en la parroquia de Castellar al día siguiente de su nacimiento.

Hijo de padres labradores, no tuvo tiempo ni ocasión de recibir formación escolar alguna. Fue hombre de duro trabajo en la huerta, que alimentaba su espíritu con la frecuente participación en las celebraciones de la iglesia parroquial. Pere el de la canal, como era familiarmente conocido, se caracterizaba por su piedad. Algo había en su interior que se traslucía en su mirada y su porte. Pedro buscaba algo más para su vida. Y le ayudaron en su búsqueda los capuchinos del convento La Magdalena de Masamagrell, adonde iba algunos domingos. Un acontecimiento inesperado fue el último empujón que necesitaba para tomar la decisión que venía madurando. Estaba trabajando en un molino, cuando se encontró un rosario. Uno de sus compañeros se lo arrebató de las manos y lo arrojó a la caldera, que explotó poco después, causando su muerte y la de otros obreros. Tanto le impresionó el hecho que resolvió pedir el ingreso en la Orden.

Al iniciar el noviciado, recibió el nombre con el que en adelante iba a ser conocido: Fray Pacífico de Valencia. Cuadraba bien con su temperamento este nombre. Recibió el hábito capuchino de manos del padre Francisco de Orihuela, y emitió la profesión simple en manos del padre Luis de Masamagrell, el 21 de junio de 1900. Unos meses antes se había incorporado al noviciado fray Berardo de Lugar Nuevo de Fenollet, que también ganó la palma del martirio.

Fray Pacífico, que recorrió muchas veces a pie los pueblos pidiendo limosna, fue destinado solamente a dos conventos: los de Orito y Masamagrell. En este último estuvo desde 1911 hasta su muerte. Los superiores le confiaron el oficio de limosnero, «que lleva consigo muchos peligros», como le decía su maestro de novicios. Recorrió los pueblos y los campos recogiendo lo que le daban para el sustento de los frailes y de los seminaristas seráficos. Fuera del convento procuraba edificar a todos con su conducta correcta y sincera. A la vuelta, por más cansado que estuviese, asistía a todos los actos de comunidad, y ayudaba en todo. Procuraba ayudar cuantas misas podía. Era su modo de manifestar el amor a Jesús en la Eucaristía y su respeto a los hermanos sacerdotes. Era además devoto de la Virgen María.

Al ser disuelta la comunidad de la Magdalena, se dirigió a su casa paterna, en la que vivía su hermano mayor, en Castellar. Se mantuvo sereno, y decía que seguramente irían por él y que le martirizarían, pero que estaba dispuesto al martirio. A un sobrino suyo le alentó diciendo: coge un crucifijo y apriétalo en tus manos y no tengas miedo a los perseguidores.

La noche del 12 de octubre se presentaron unos milicianos en la casa. Preguntaron por el fraile. Él, sin dudarlo un instante, respondió: «Soy yo». Le obligaron a ir con ellos, cargándole las alforjas que contenían rosarios y utensilios de su uso. Algunos vecinos fueron testigos de esta marcha. Fray Pacífico durante el camino rezaba en voz alta el santo rosario, mientras lo maltrataban con empujones, puntapiés y culatazos. Al llegar al azud de Monteolivete, junto al río Turia, fue fusilado. Allí mismo abandonaron el cadáver.

Al día siguiente, cuando unos familiares iban de madrugada al mercado de abastos, reconocieron su cadáver, que estaba a la vera del camino. Estaba tendido en el suelo, y estrechaba con la mano izquierda el crucifijo que tenía sobre el pecho. También se podía ver el escapulario. Tenía heridas en la cabeza, pero su rostro no estaba descompuesto, dando la sensación de estar dormido. Fue llevado al Cementerio General de Valencia, e inhumado en fosa común.

En el acta de su profesión simple se lee: «y no sabiendo escribir lo firmé con la cruz». La cruz fue la firma de Fray Pacífico, una de las pocas que hizo en la vida, preludio en este caso de su muerte martirial. La cruz, dibujada con trazo decidido, marcó su vida religiosa como capuchino, y fue la que le unió a la victoria del Señor resucitado.

 

 

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