B. Apolinar de Posat

2 DE SEPTIEMBRE (1739-1792) Himno


Juan Jaime Morel (Apolinar) nació el 12 de Junio de 1739 en el pueblecito de Préz-vers-Noréaz, cerca de Friburgo de Suiza.
Desde 1747 hasta 1750 es confiado al cuidado del párroco del pueblo y en 1755 entra en el Colegio de San Miguel de los jesuitas de Friburgo.
El 28 de Julio de 1762 sostiene brillantemente una discusión filosófica pública.
El 26 de Septiembre de 1762 vistió el hábito capuchino en el convento de Zug y se llamó Apolinar de Posat (nombre de origen del pueblo de su padre).
El 26 de Septiembre de 1763 hizo la profesión religiosa y el 22 de septiembre de 1764 es ordenado sacerdote en Bulle.
De 1769 a 1774 se compromete a ayudar al clero de varias parroquias, como Sión, Porrentruy, Bulle o Romont. A finales de agosto de 1774 es profesor y director de estudiantes de teología en Friburgo y en 1780 vicario del convento de Sión.
El 20 de agosto de 1781 es vicario en el convento de Bulle y en 1785 pasa a Stans, como director de la escuela aneja al convento.
El 16 de abril de 1788 abandona Stans y marcha a Lucerna y en el otoño de 1788 es confesor de alemanes en el convento de Maré en Francia.
Suprimidas las Ordenes religiosas, va como vicario a la parroquia de San Sulpicio a principios de Marzo de 1790.
El 1 de abril de 1791 se dedica al ministerio clandestino.
El 14 de agosto, celebrada la misa, se entrega a los comisarios de Luxemburgo.
El 2 de septiembre, domingo, en la iglesia del Carmen, son masacrados 113 mártires, entre ellos Apolinar de Posat.
Pío XI, el 17 de Octubre, lo declara Beato junto con los otros mártires.

"¿Por qué os afligís tanto por mí? ¿No sabías que debo ocuparme en las cosas que son de mi ministerio? ¿A quién pertenece el Reino de Dios? A los que sufren persecuciones por la justicia. ¿Acaso no es cómo sufriendo atroces tormentos Cristo entró en su gloria? ¿Será el siervo mayor que su amo? Invocaré al Señor en la alabanza y me librará de mis enemigos" (B. Apolinar de Posat)

"SOY TRIGO DE CRISTO"

Entre los 191 mártires asesinados por la Revolución Francesa en París el 17 de Octubre de 1926, había también un capuchino suizo, Juan Jaime Morel, es decir, el padre Apolinar de Posat. Nacido el 12 de Julio de 1739 en el pueblo de Préz-vers-Noréaz, cerca de Friburgo, hijo de Juan Moret y María Isabel Maître, casados hacía dos años. Realizó su formación religiosa y escolástica bajo la dependencia del vicario parroquial Francisco José Morel, tío suyo, que, tras los estudios teológicos, ordenado sacerdote, fue enviado en 1747 a su pueblo de Préz-vers-Noréaz; y luego fue a Belfos, a donde su tío fue trasladado como párroco en 1752. Tres años después, completó su formación en el Colegio de S. Miguel de Friburgo, dirigido por Jesuitas, domiciliándose en casa de su madre que, en 1750, era nombrada partera profesional en Friburgo. Al finalizar los estudios, aparecía como el más dotado de los alumnos del colegio, tanto es así que fue elegido para la pública discusión sobre la tesis de filosofía, que tuvo lugar el 28 de Julio de 1762.

Su inclinación a la piedad y a la vida religiosa hacía predecir su próximo ingreso en la Compañía de Jesús. El, en cambio, el 26 de septiembre, a su 23 años, vestía el hábito capuchino en el convento de Zug con el nombre de fray Apolinar de Posat (pueblo de origen de su padre). Terminado el noviciado y hecha la profesión religiosa, orientado rápidamente a las órdenes sagradas, es ordenado sacerdote en Bulle el día 22 de Septiembre de 1764, en su cantón de origen. Desde 1765 hasta 1769 fue a Lucerna, donde estudió la teología bajo el magisterio del padre Hermán Martín de Reinach. Aquí también fue el mejor alumno, de modo que en Sión, en el Valais, defendió públicamente la tesis "de universa theologia" con enorme admiración de muchos doctores allí presentes.

Bien preparado tanto en la piedad como en la ciencia, se lanza rápidamente al apostolado itinerante, al servicio de varias parroquias y de misiones populares, de 1769 al 1774, cambiando frecuentemente de residencia entre los conventos de Sión, Porrentruy, Bulle y Romont. A finales de Agosto de 1774, durante seis años consecutivos, desempeña el oficio de profesor y director de los estudiantes capuchinos de teología en Friburgo, dando, a la vez, muchas lecciones de catequesis a la comunidad. Fue vicario conventual de Sión, en 1780 y por un año ejercitó la actividad misionera, para acabar, todavía como vicario, en el convento de Bulle. Aquí, siguiendo al alcalde del pueblo, que quería educar a sus dos hijos en filosofía, preparó un local junto a la portería del convento, y a su clase acudían también otros jóvenes. Esta iniciativa no era bien acogida ni por los frailes, que veían esto como una distracción para la quietud conventual, ni por algunos seglares del pueblo, políticamente contrarios al alcalde, hasta el punto de escribir un libelo difamatorio. El padre Apolinar, pro bono pacis, pidió y fue trasladado a Altdorf, donde era superior su maestro de novicios, el padre Dionisio Zürcher.

En 1785, en Stans, es nombrado director de la escuela anexa al convento y catequista de niños del pueblecito de Büren. Sus cualidades de apóstol y su capacidad de explicar la doctrina de modo atrayente acercaba a mucha gente que se unía a sus pequeños discípulos. Su confesonario era muy concurrido. Tras la oración coral de media noche no volvía a acostarse, sino que se dedicaba al estudio, a la oración y a la meditación.

Un apostolado tan eficaz inquietó a sus enemigos en la fe, iluminados y juridiccionalistas, que comenzaron a difundir calumnias tildando las lecciones de catecismo del hermano como poco ortodoxas y desacreditando su enseñanza escolástica, poniéndolo en ridículo y manchando su reputación moral. El alcalde del lugar, Wirsch, lo defendió públicamente. Pero la campaña diabólica se prolongaba y fue obligado por los superiores a defenderse con un memorial, en el que manifiesta su voluntad de perdón. De modo que, para evitar otros perjuicios a los hermanos, es trasladado, por solicitud propia, a Lucerna el 16 de Abril de 1788.

Poco tiempo después, el ministro provincial de Bretaña, Victorino de Rennes, huésped provisional, dándose cuenta de los sufrimientos padecidos, propone al padre Apolinar de Posat trabajar como misionero en Siria junto a los hermanos franceses. Le pareció una oportunidad providencial y ya en otoño de 1788 llega a París, al convento de Maré, para aprender lo necesario de la lengua para su nuevo apostolado. Pero lo Providencia tenía otros planes; París fue el último campo de su apostolado y altar de su sacrificio. Efectivamente, las cosas se precipitaron, sobrevino la revolución. El 14 de julio de 1789 cae la Bastida en manos de los revolucionarios, y la revolución se difundió en todo el territorio francés. El superior de Maré encargó al padre Apolinar, que conocía el alemán, acompañar a los 50.00 alemanes presentes en la ciudad.

Suprimidas las Órdenes religiosas y cerrados hasta tres mil conventos y monasterios, es nombrado vicario para los fieles de lengua alemana en la parroquia de S. Sulpicio y también capellán de los encarcelados en Turnel. Cerrado el convento de Maré, fue alojado en una casa de seglares, que la utilizó como un convento de clausura. Apoderados de todos los bienes eclesiásticos y promulgada la Constitución civil del clero, los sacerdotes de S. Sulpicio rechazaron abiertamente el juramento.

Entre ellos estaba el padre Apolinar que, de nuevo, fue objeto de una vulgar calumnia, tratándolo como si hubiese aceptado el juramento. Llegó la falsa noticia a los superiores de la Orden, que rápidamente le manifestaron su reprobación. El no se amilanó y escribió una vibrante alegación que envió al redactor de "El amigo del Rey" el 23 de octubre de 1791, denunciando la calumnia, sin miedo a exponerse a las más crueles persecuciones y proclamando "más bien, mil veces morir antes que aparecer como haber prestado juramento a la nueva Constitución". En un opúsculo compuesto por él (citado en su autodefensa) y titulado El seductor desenmascarado, afirmaba que obedecer a la Iglesia equivalía a obedecer al Espíritu Santo que habla a través de la jerarquía y añadía: "Debemos escuchar a la Iglesia y no al Ayuntamiento de París. ¡Es la sabiduría eterna que lo ordena!".

Esta firmeza le proporcionó serios problemas. El uno de Abril de 1791 tuvo que abandonar la iglesia de S. Sulpicio y dedicarse al ministerio clandestino. Vigilado como miembro fuera de la ley, encontrando cerrado el antiguo convento de Medón, fuera de París, regresó sucesivamente a la ciudad y se escondió en el barrio de su parroquia en casa de un amigo. Una carta suya al sacerdote Valentín Jann de Altdorf del 27 de Abril de 1792 informa de sus intrépidos y místicos sentimientos la víspera del martirio, su alegría de sufrir por Cristo: "Alegraos conmigo, uníos a mí para glorificar al Señor. Nos hallamos en dificultades insuperables, pero no sucumbimos; somos débiles, pero no desesperamos; perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no perdidos. No lloréis por mí. Soy trigo de Cristo. Es necesario que sea triturado por los dientes de las fieras, para convertirme en pan puro".

La noche del 13 al 14 de agosto asistió a un pobre moribundo; al amanecer, celebró la misa "para prepararse"- como manifestó en su última carta- a combatir con coraje la batalla del martirio"; después se presentó a los comisarios de la sección de Luxemburgo, declarando no haber prestado juramento, aun no siendo un conspirador. Fue arrestado inmediatamente y juntado a los 160 refractarios, amontonados en la iglesia del Carmen.

Uno de los detenidos, salvado de la masacre del 2 de septiembre, dio este testimonio: "El padre Apolinar llegó a aquella prisión con tal satisfacción y alegría que sorprendió a las personas que ya se encontraban encerradas allí. Desde ese momento, fue edificante para todos. La mayor parte se dirigían a él para confesarse. Estaba continuamente ocupado o rezando o levantando el ánimo al que se hallaba abatido y animando al que anhelaba el martirio. No perdía tiempo. Buscaba ser útil a todos, sea en preparar el lecho, que con frecuencia se tomaban ropas y prendas de los cajones de la iglesia, o también acomodar las mesas para comer, colocadas en medio de la iglesia. Buscaba los más humildes y bajos servicios, como limpiar la iglesia, único espacio concedido, y vaciar las vasijas, colocadas en algunas capillas para las necesidades corporales".

El Ayuntamiento de París, dueño de la situación con el terrible Danton, Ministro de Justicia, había decidido eliminar a los sacerdotes refractarios. El 31 de agosto se promulga el decreto de deportación, para así esconder la masacre ya decidida para el siguiente domingo. El sábado fue una jornada de preparación en la más intensa oración. Al día siguiente, se corrió la voz de que los prusianos se acercaban a París. Danton, organizando la resistencia, mandaba exterminar a los refractarios amontonados en las prisiones. Los esbirros del endiablado Mailard, como invasores, irrumpieron en la abadía de San Germán-des-Prés y masacraron a todas las personas que encontraban. Tras esta carnicería, el resto de los prisioneros fueron conducidos a la iglesia y, tras una farsa de proceso, fueron pasados a filo de espada, ensañándose con ellos sin piedad y a golpe de sable y puñal. A las seis de la tarde terminó la terrible matanza que dejaba sobre le campo la cifra de 113 mártires envueltos en una charca de sangre. El comisario que presidía la ejecución decía desconcertado: "No entiendo nada; estos sacerdotes han ido a la muerte con la alegría con que se va a unas bodas".

Uno de ellos era el padre Apolinar. Escribiendo a su antiguo superior, padre Hermán Martín, pocos meses antes revelaba la alegría de su próxima inmolación y profetizaba un florecimiento del espíritu cristiano en Francia: "Hay un bautismo que debo recibir ¡y no sé la hora en que me llegará! Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo... Como hombre temo, como cristiano espero, como religioso me alegro, como pastor de cincuenta mil almas me lleno de júbilo, porque no he hecho el juramento. Todo lo podemos en Aquél nos que da fuerza. A todos mis enemigos, mis perseguidores actuales, pasados y futuros, los abrazo y les doy el beso de la paz como a mis mayores bienhechores... ¡Aleluya, aleluya, aleluya! En verdad, en verdad os digo, pronto Francia, impregnada de tantos mártires, verá florecer la religión en su suelo".

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