Beato Bernardo de Ofida

>23 de agosto (1604-1694) Himno

Domingo Peroni (Bernardo de Ofida) nació el 7 de Noviem bre de 1604 en la villa de Apiñano, cerca de Ofida.
Pastor hasta 1619 y posteriormente trabajador en el campo, el 15 de Febrero de 1626 entra en el convento de Corinalto de los capuchinos y termina el noviciado en Camerino.
Es destinado al convento de Fermo, como cocinero y enfermero, hasta 1647. En 1650, tras pasar por otros conventos, queda, definitivamente, en Ofida hasta su muerte, desempeñando todo tipo de oficios y siendo muy conocido por la gente.
Muere el 22 de Agosto de 1694.
Su causa de beatificación se inició bastante tarde, en 1745, en Ofida y en Ascoli.
Pío VI lo declaró Beato el 25 de Mayo de 1795.
Señor, abraza mi alma, por la corona de espinas que llevaste en la cabeza, por aquella lanza que te atravesó el pecho, por aquellos clavos que te traspasaron manos y pies. (Beato Bernardo de Ofida)

ALMA SEDIENTA DE ORACIÓN

Entre los santos y beatos capuchinos, Bernardo de Ofida es el más anciano. Murió a los 90 años en el convento de su pueblo natal, a primeras horas el día 22 de agosto de 1694. Había nacido el 7 de noviembre de 1604 en la villa de Apiñano, en los alrededores de Ofida, el tercero de una familia de ocho hijos; era aquel el año de la muerte de San Serafín de Montegranario. El padre José lo bautizó el mismo día de su nacimiento en la iglesia extramuros de Santa María de la Roca.

El marco de su infancia y juventud fue la campiña abierta. Domingo (así se llamaba) crece fuerte y robusto. El recuerdo de su infancia en los declaraciones procesales parece envolverse en un delicado relato de fábula. El pastorcito precoz, sencillo y sereno, ya a sus 7 años, mientras las ovejas pacen la hierba, se llena de devoción, arrodillado en un sitio aparte, recitando el libro de la cruz o rezando delante de una imagen de María que llevaba consigo o bien pintada a lo largo de la carretera. En otros momentos, se convertía en apóstol entre sus compañeros pastores. ¿Un santo en la hierba? ¿Un cliché hagiográfico? No. Basta ver el ambiente familiar y rural, como era entonces, sano y rebosante de sabiduría cristiana y de amable candor, junto con la formación religiosa recibidas en la iglesia rural de S. Lázaro.

Domingo, ya mayorcito, a sus quince años, en 1619, pasa del pastoreo de las ovejas al trabajo con los bueyes trabajando con el arado para roturar los campos abruptos y, con frecuencia, llenos de zarzas. Aun aquí encontraba quietud en la oración junto a la escarpada roca, en contacto con el campo y sabía compartir su pan con los mendigos.

La vida austera de los capuchinos se estableció en Ofida, en plena campiña, en 1614, y era un fuerte reclamo para él. Encontraba una especial sintonía de espíritu. Frecuentaba su desnuda y devota iglesia. Pero esperó varios años en comunicar sus planes a sus padres y después a los hermanos y no halló ninguna oposición. El 15 de febrero de 1626 y en Corinaldo vistió el hábito capuchino con el caparón de novicio, teniendo como maestro al padre Miguel Ángel de Ripa y, un año después, en Camerino, donde había realizado y había terminado el año del noviciado, hacía la primera profesión tomando el nombre de Bernardo de La Lama, toponímico del más conocido pueblo de Ofida. Libre ya del trabajo del campo, aportaba a los hermanos su laboriosidad y frugalidad, su modestia y sabiduría, su sano realismo y su fuerte voluntad de labrador de las Marcas.

Fue destinado al convento de Fermo y confiado a fray Máximo de Moresco, maestro de los jóvenes hermanos laicos, como compañero en el oficio de la cocina y cuidador de los hermanos enfermos. Y allí permaneció casi veinte años, sin que el testimonio documental rompa el profundo silencio de este largo tiempo de su primer destino. A continuación, fue a Ascoli, convento embalsamado por la santidad de san Serafín de Montegranario, y pasó, también, por varios otros conventos, sólo genéricamente indicado en los documentos; pero en 1650 se estableció definitivamente en el convento de Ofida, de donde no salió más, a excepción de un breve espacio de tiempo, de unos pocos meses, pasados en Ascoli.

Una vida sencilla, que agiliza el trabajo del hagiógrafo, puesto que se mueve en un ámbito geográfico muy reducido, sin largos viajes fuera de Las Marcas, escondida en la humildad de los servicios ordinarios de un hermano laico capuchino: cocinero, enfermero, limosnero, hortelano, portero y todo ello envuelto en un halo de devoción y oración. Oraba siempre.

Un testigo refiere que la gente solía decir: "¿Bernardo?, ¡quién lo puede ver! Está siempre en oración en la iglesia o en el monte". Y otro testigo añadía: "Pasaba la mayor parte del día y de la noche en oración y, era tan fervoroso, que en ella se sentía exhalar, aun externamente, el amor de Dios que ardía en su pecho, haciendo movimientos semejantes a un hombre, que se encontrase en los mayores ardores de la fiebre o de la más encendida llama". Tenía siempre en la mano el rosario.

Los mercaderes de Ofida, cuando se juntaban en el margen de la carretera para tomar la lotería y veían acercarse a fray Bernardo, exclamaban: "Ahí está fray Bernardo, recemos el rosario". En la huerta del convento se había construido un rincón de hojas y hierbas y allí se acogía con gozo especial, perdiendo la noción de tiempo.

En la iglesia permanecía absorto ante el Santísimo o ante cualquier imagen sagrada, con los ojos en el cielo, inmóvil como una estatua, a menudo con las manos en alto, y no se daba cuenta de las moscas que tenía en su rostro o sobre la cabeza calva, y no oía ningún rumor. Aconsejaba a los fieles no pararse jamás al fondo de la iglesia, porque- decía- "hay muchas ocasiones para distraerse por los que entran y salen; conviene caminar adelante, cerca del altar mayor, y acercarse a Dios". Enamorado de la Eucaristía, tenía un profundo respeto hacia los sacerdotes. Acostumbraba decir: "Hijos, cuando veáis a los sacerdotes, respetadlos, veneradlos; deberías besar la tierra por donde han pasado sus pies".

Es necesario investigar en los decretos procesales, para dar un poco de variedad y movimiento a esta vida oculta. Aun cuando iba a la limosna, se escondía en su interioridad. Jamás se le podía sorprender distraído. Siempre con los ojos bajos, el rosario en la mano, sobrio en los gestos, afable al hablar.

Ciertamente, su caminar y su aspecto, duramente marcados por el cansancio, impresionaban a la gente. Quizá hace alusión al último período de su vida el relato referido por las fuentes y contado así por su último biógrafo: "Un día de invierno, tras una fuerte nevada, fray Bernardo se dirigió a un pueblo para la limosna, hundiendo sus pies en el blanco manto. La mujer de un tal Puchi se asoma por casualidad a la ventana y, viendo pasar al santo anciano", se puso a llorar y a gritar: "¡Pobre fray Bernardo!". El, con su conocida jovialidad, respondió: "Hija, no es nada, no es nada. La gracia de Dios no hace sentir frío". Y, diciendo esto, se quita la sandalia del pie derecho, lo pone desnudo sobre la nieve y se licuó por completo todo alrededor, como por encanto, como si se hubiese arrojado agua hirviendo".

Las iglesias que encontraba por el camino eran todas como suyas, y les expresaba su ardiente devoción. Si se topaba con agricultores pobres o caminantes que llevaban peso en sus espaldas, con gusto, con gesto de fina caridad, cargaba con todo el peso para el resto del trecho de camino. Prefería permanecer en la puerta de la casa, sin entrar, a no ser que fuese a visitar a un enfermo. Y, si le ofrecían para beber un vaso de vino, ofrecía un sorbo a los niños presentes diciendo: "Bebed primero vosotros, bocas inocentes". El último sorbo era para él. Tenía una debilidad tal con los pequeños que los bendecía con devotos signos de la cruz.

Era un verdadero misionero con los agricultores, "sediento de almas". Sus exhortaciones resonaban todavía en la memoria de los testimonios, como un estribillo: "¡Estad con Dios!, ¡temed a Dios!, ¡amad a Dios!, ¡huid del pecado!, ¡sed buenos!". Sabía calmar los ánimos y reunir a los disidentes con trato exquisito; tan es así que, tras su muerte, cuando surgían discusiones, había quien lamentaba: "¿Dónde está fray Bernardo que siempre construía la paz? Ahora nadie se mueve".

A los afligidos les llevaba descanso con la serenidad de su rostro y sus sencillas palabras de exhortación: "!Hijo, paciencia, vive alegre que no será nada. Paciencia, paciencia, que estamos en un valle de lágrimas!". Uno de sus dichos preferidos, con los que intentaba dar confianza a los afligidos, era éste: "¡Paraíso, ¡Paraíso!, nuestra patria es el cielo!". Y también: "¡Quiero que todos vayamos al Paraíso!". Era un consejero que penetraba los corazones, de modo que era consultado incluso por gente noble y por prelados, a quienes sabía hablar con profundidad teológica, aun siendo analfabeto y, con frecuencia, sus sencillas y espontáneas palabras se convertían en proféticas.

En la más pura tradición de los Hermanos Capuchinos, al atardecer, tras una jornada dura y cansina, como reposo merecido, pasaba en la iglesia horas y horas de oración delante del Santísimo o en el altar de San Félix de Cantalicio. El domingo y el resto de los días festivos, entonces numerosos en una sociedad empapada de religiosidad, como la italiana del siglo dieciséis, se entregaba a ayudar las misas, encendiéndose de amor por la consagración y la comunión. Su corazón estaba tan acostumbrado a dirigir afectos a Dios con expresiones de amor que, a menudo, aun delante de la gente, le brotaban sin darse cuenta. Los fieles quedaban admirados y contagiados de fervor.

Su carácter humilde, fuerte, amable e imperturbable estaba unido a un excepcional candor de alma, de modo que parecía un hombre reconciliado con la creación. Ningún animal resistía a su inocencia. Permanecían fascinados, obedientes y sujetos, sin rebelarse ni huir. A sus amos les advertía que los cuidasen y tuviesen compasión, pues eran irracionales y, por lo tanto, no pueden hablar, ni manifestar sus propias necesidades. Acostumbrado a servir, daba a los animales que entraban en el huerto pienso, hierba y heno, con el mayor respeto y amor franciscanos.

Otra dimensión de su humanidad era la misericordia con los enfermos, pobres y encarcelados. Su caridad cortés brillaba y se multiplicaba en sus manos de portero y nadie se marchaba con las manos vacías. Cultivaba para los pobres un trozo del huerto y proveía con la escasa despensa del convento: pan, vino y carne, sobre todo, para socorrer a los enfermos, sufriendo con frecuencia reniegos y reproches de sus hermanos. El aceite de la lámpara que ardía en el altar de San Félix de Cantalicio, le servía para ocultar su carisma de curar milagrosamente. Permanece el recuerdo, registrado por los conocidos, de niños resucitados y de tantos casos de curación.

Los enfermos del convento casi se gozaban de caer enfermos, por la amorosa asistencia de fray Bernardo que inventaba mil gestos de caridad, hasta tal extremo de encerrarse en la enfermería, día y noche, dispensado de todo otro oficio, para estar siempre libre para servir, incluso haciéndose abrir una ventanilla que daba a la iglesia, para participar en la misa y adorar al Santísimo. Su caridad era práctica: preparaba cocidos, bálsamos y flores, fajas, pañales de lino usado y atendía todas las necesidades concretas del enfermo.

Como escribió su biógrafo: "fue siempre así, aun cuando siendo viejo, decrépito y necesitado de ser asistido y servido, se hacía útil de tantos modos para atender al enfermo. Para él cocinaba por separado carne y menestra; para animarlo a alimentarse, adornaba con flores la burda bandeja en que le servía las comidas, lo llamaba y le rendía todos los humildes servicios que necesitaba el que yacía tumbado en el lecho. Tratándose de enfermos graves, se dispensaba de su oficio para poder asistirlos ininterrumpidamente, día y noche; todo su descanso lo realizaba sentado sobre una pequeña banqueta y apoyando la cabeza en la pared. En sus últimos años, no pudiendo hacer apenas nada por ellos, les hacía compañía, dedicándose a orar. Era como una madre, atento a las necesidades de los hermanos: arreglaba sus sandalias, cosía hábitos y mantos, arreglaba las herramientas agrícolas y los pobres utensilios de uso doméstico.

Cercano ya a los 90 años, fray Bernardo, con el agravamiento de sus enfermedades (hernia, artrosis, erisipela), rechazaba la compasión: más bien bajo de estatura, jorobado y doblado, "rubiales y todo tembloroso", como se lee en un testimonio procesal, fuertemente marcado por las duras penitencias, era un contraído y paralítico, se sostenía con dos muletas, que le permitían permanecer largo tiempo delante del Santísimo, no pudiendo permanecer mucho tiempo de rodillas.

En lo más caluroso del verano de 1694 la enfermedad de la erisipela lo postró totalmente, pero su espíritu era todavía más luminoso. Un testimonio refiere que: "demostraba tal alegría en su rostro y en sus palabras que no parecía estar enfermo, sino que estaba gozando". Quería despojarse de todo y pedía a su guardián "por caridad" el uso del hábito que llevaba. Recibidos todos los sacramentos, "fue visto completamente fuera de los sentidos", como elevado en éxtasis. Vuelto en sí, exhortó a los hermanos a la observancia de la Regla, la paz y el amor entre ellos y al prójimo y a orar por los bienhechores y animó a numerosos laicos presentes a la fidelidad a las leyes de Dios y a la educación cristiana de los hijos. El 22 de Agosto de 1694, cuando salía el sol, expiró serenamente.

Sus funerales fueron un triunfo. Florecieron las gracias y los milagros. Pero los hermanos no trabajaron con rapidez para recoger los testimonios para un proceso formal de beatificación y canonización. Solamente lo hicieron en 1745 en Ofida y en Ascoli. El proceso fue largo y fatigoso. Finalmente, Pío VI, exactamente un siglo después, el 19 de Mayo de 1795 lo declaró Beato, y seis días después se celebraba la beatificación en la basílica vaticana.

 

 

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