Mártires capuchinos de la Revolución Francesa

18 de agosto (1794) Himno

Juan Bautista (Juan Luis) Loir, nacido en Basançon el 11 de marzo de 720, ingresa en la Orden capuchina en Lión en mayo de 1740.
Hasta 1767 transcurrió su vida religiosa en dos conventos capuchinos de Lión.
Surpimidos los conventos religiosos en 1791, se retiró a Précord, a casa de sus familiares.
El 30 de mayo de 1793 fue hecho prisionero como sacerdote "insermenté" y deportado a Moulins.
Transportado con otros sacerdotes a Rochefort, fue metido, con el montón de prisioneros, en una barcaza a finales de abril de 1793.
La barcaza "Deux-Associés" era como un campo de concentración y aquí, tras sufrimientos inauditos, expiró el 19 de mayo de 1794.
Protasio Bourdon había nacido el 17 de abril de 1747 en Séez (Orne); capuchino en 1767 en Bayeux, profesó el 27 de noviembre de 1768.
Consagrado sacerdote en 1775, en 1789 era secretario del ministro provincial de Normandía. Arrestado en Rouen el 10 de abril de 1793, muere en la barcaza "Deux-Associés" de tifus en la noche del 23 al 24 de agosto.
Francisco François (Sebastián) nació en Nancy el 17 de enero de 1749.
El 24 de enero de 1768 se hizo capuchino en el convento de Sant-Michel.
En los años 1778-1789 trabajó pastoralmente en muchas parroquias de la diócesis de Metz.
Enviado el 9 de noviembre de 1793 como prisionero a Nancy, es condenado y transportado a Rochefort, adonde llega el 28 de abril de 1794 y en la nave de la muerte, el 10 de agosto de 1794 fue encontrado muerto con los brazos en forma de cruz y los ojos alzados al cielo.
Estos tres capuchinos han sido beatificados como mártires por Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
He entrado en la orden, no para mandar, sino para obedecer; no para dominar, sino para vivir sometido. (Beato Juan Luis Loir de Besançon).

Beato Juan Luis de Besançon (1720-1794)

UN CANTO DE GOZO EN LA MUERTE

Entre los más de 800 sacerdotes y religiosos asesinados en los tristemente célebres "pontons de Rochefort", amarrados junto a la isla de Aix, en 1794, se encontraron también diversos hermanos capuchinos. Tendría que haber sido deportados a la Guayana, pero los veleros ingleses, que cruzaban las costas francesas, impidieron este viaje. Así, sobre estos prototípicos "campos de muerte" flotantes, muchos entregaron cruelmente la vida por amor de la fe. Este sacrificio ha sido reconocido como gracia de martirio el 1 de octubre de 1995 por Juan Pablo II para Juan Bautista Soucy, vicario general de la Rochelle y sus 64 compañeros, entre los cuales los capuchinos Juan Luis de Besançon, Protasio de Sées y Sebastián de Nacy, cuya historia vamos a narrar brevemente.

Juan Bautista (tal era su nombre de bautismo) había nacido el 11 de marzo de 1720 en Besançon (Doubs), hijo de Juan Luis Loir e Isabel Juliot, sexto de ocho hermanos, y fue bautizado el mismo día. Su padre, parisino, era director y tesorero de la Casa de la moneda de Borgoña en Besançon; en 1730 fue elegido director de la misma en Lión, adonde se trasladó con toda su familia, y donde el hijo Juan Bautista realizó sus estudios; por lo demás, no se conoce casi nada de su infancia. Se sabe, sin embargo, que a los viente años, en mayo de 1740, se hizo capuchino en el convento grande de la ciudad y, con el hábito, tomó el nombre de fray Juan Luis. Profesó el 9 de mayo de 1741. En Lión los capuchinos tenían dos conventos: uno, el de S. Francisco, llamado "le grand couvent", fundado en 1575, en el barrio de Saint-Paul; otro, construido en 1622, dedicado a San Andrés, y llamado "Petit Forez". En ambas casas el futuro mártir transcurrió la mayor parte de su vida religiosa. En dos ocasiones, al menos, ejerció el oficio de superior, una vez en el convento de S. Andrés, de 1761 a 1764, y otra en el convento de S. Francisco, hasta 1767. Fuera de estas noticias, los archivos no dicen nada.

Un sacerdote que entonces le conoció dejó de él este significativo testimonio: "Dotado de todas aquellas virtudes que lo hacían recomendable, no quiso aceptar nunca ningún cargo, diciendo que había entrado en la orden no para mandar, sino para obedecer; no para dominar, sino para vivir sometido. Dedicándose con humildad a la salvación de las almas, ejercitó con fruto el ministerio de la confesión, y en esto parecía infatigable. No había misión organizada por sus hermanos para la cual nos prestara su celo. El pueblo sencillo y los pobres eran sus predilectos; para también las personas de consideración e importantes, que se entregaban a la piedad, se sentían atraídas por la noble cortesía y afabilidad de su figura majestuosa y agraciada. Sería difícil enumerar las conversiones obradas por su medio y las almas que él llevó a Dios de todas las clases sociales".

Tenía 74 años cuando los revolucionarios franceses obligaron a sacerdotes y religiosos, en 1791, a prestar juramento cismático de la Constitución civil del clero. El padre Juan Luis se encontraba en el convento de S. Francisco cuando la Asamblea Constituyente había ordenado el inventario de personas y bienes de todas las casas religiosas. El había declarado su intención de permanecer en la Orden. Pero, hacia octubre, dejó Lión y se retiró en el Bourbonnais a Précord, al castillo donde vivía su hermana Nicole-Elisabeth con el hijo Gilbert de Grassin, y donde también dos sobrinas hermanas dominicas habían encontrado refugio. Un chivatazo de algún malintencionado y algunas sospechosas habladurías fueron el motivo de una pesquisa, ordenada por el Directorio el 3 de febrero de 1793; y, a pesar de que el resultado fue nulo, el 30 de mayo de 1793, todos los habitantes del castillo fueron transportados a Moulins, donde 66 sacerdotes "insermentés" [no juramentados], refractarios, habían sido apresados, parte en las cárceles, parte en el antiguo monasterio de Santa Clara.

En la lista de los eclesiásticos que no habían prestado juramento figuraba también el padre Loir, "ci-devant capucin" (capuchino, aquí presente). Su edad tendría que haberle ahorrado ulteriores sufrimientos, a no ser por el terrible acuerdo, ateo, de finales de 1793, que permitía tácitamente la eliminación de estos ancianos eclesiásticos, que, de hecho, fueron confinados - muchos de ellos enfermos - en Rochefort. El padre Juan Luis dejó Moulins el 2 de abril de 1792, en la tercera expedición, con 26 deportados, canónigos, curas, monjes trapenses, capuchinos, otros franciscanos y hermanos de las Escuelas Cristianas. A lo largo del camino, en carros escoltados por gendarmes y guardias nacionales, eran consolados y ayudados por la gente. Llegaron a Rochefort hacia fines de abril. Minuciosamente registrados, los amontonaron en dos barcos, amarrados en aquellas costas del mar.

La barcaza donde fue puesto el padre Juan Luis se llamaba "Deux-Associés". El capitán y su tropa eran gente de galera. Sobre el navío habían quedado literalmente amontonados más de 400 deportados en estado lastimoso, vida de lager "ante litteram". Una gamella asquerosa servía de plato para diez personas que debían contentarse con carne de desecho, pescado, habas..., cogiendo el alimento de pie, sin plato ni vasos, apretujados entre ellos, sirviéndose de una cuchara de boj. Era el suplicio del hambre, al cual se añadían otros terribles tormentos de carácter higiénico-sanitario, sin remedios, y con los insultos de aquellos marineros esbirros.

Pero el tormento más tremendo eran las horas nocturnas. Un silbido anunciaba la hora del reposo. Aquella masa humana, con muchos ancianos y enfermos, era constreñida a amontonarse bajo cubierto, en la bodega, como sardinas en lata; y la noche era un infierno, con una última refinada crueldad, que anticipaba la de las cámaras de gas. Aquellos galeotes, revolviendo con palas ardientes un barril de alquitrán, esparcían vapores de acre sabor: un método para purificar el aire, pero que provocaba en los prisioneros un tremendo sudor y toses, hasta morir de sofoco los más débiles. Y en aquellas condiciones los mandaban bruscamente al aire libre, sobre el puente de la barcaza. Todos tenían que arrastrase como gusanos, y el terrible contraste les hacía castañear los dientes por los espasmos de frío.

Con todo, la pena más grande era la de no poder tener ni breviario, ni otros libros de piedad y ni siquiera poder rezar juntos. No obstante, alguno había podido esconder un breviario o un Evangelio o los santos óleos; alguno, incluso, hostias consagradas. Y, en aquella cloaca infecta, los mártires se repartían los sacramentos, que les fortificaban para afrontar la muerte con alegría.

Estos eran los sufrimientos del padre Juan Luis. Pero su carácter vivo y alegre infundía ánimo a los compañeros de desventura. Uno de los supervivientes testimonió que el capuchino, "aun siendo un venerable anciano, fue la alegría de todos. Cantaba todavía como un joven de treinta años, tratando de aliviar así nuestros sufrimientos, escondiendo los suyos, que lo estaban consumiendo terriblemente. Él murió serenamente como había vivido. De hecho, en la mañana del 19 de mayo de 1794, los deportados, al despertarse bajo cubierta, encontraron a este excelente religioso, muerto, de rodillas, en su puesto, y nadie habría podido pensar que sufriera una enfermedad. Después de haberse levantado, se había arrodillado para orar y así había expirado. Contemplándolo en esta humilde postura, junto al palo de su hamaca, parecía en verdad que estaba rezando, y que había muerto en actitud de súplica como la Escritura nos representa a los patriarcas de la Antigua Ley en el momento de expirar".

Él fue el primero de los 22 capuchinos que murieron en Rochefort.


Beato Protasio de Séez (1747-1794)

HOLOCAUSTO ENTRE LAS OLAS DEL MAR


En el mismo navío, tristemente célebre, de "Deux-Associés", donde murió el Beato Juan Luis de Besançon, estaba también el padre Protasio Bourdon. Tampoco de él tenemos excesivas noticias. Nacido el 3 de abril de 1747, fue bautizado al día siguiente en la parroquia de San Pedro de Séez (Orne). Sus padres y parientes eran de buena posición. Su padre, Simón Bourbon, era un "carraio" [?]; su madre se llamaba María Luisa le Fou. La formación cristiana recibida (nada se conoce en particular de su niñez y adolescencia) hizo madurar en él la vocación a la vida religiosa, que lo impulsó a entrar, ya de veinte años, entre los capuchinos de Bayeux, donde profesó el 27 de noviembre de 1768, tomando el nombre de fray Protasio. En 1775 fue ordenado sacerdote, y, entre las escasas noticias de archivo, se encuentra ésta de que habitó, por un poco de tiempo, en la casa d'Honfleur, lugar vecino al santuario de Ntra. Sra. de las Gracias, del que tuvo la dirección. Se le halla también en el convento de Caen el 29 de noviembre de 1783, y en 1789 es secretario del ministro provincial.

El último destino, como secretario provincial y guardián, fue el convento de Sotteville, cercano a Rouen. Aquí lo encontraron, con su comunidad, los agentes municipales, cuando vinieron a registrar la casa y a exigir el juramento de la Constitución civil del clero. Él se negó, junto con sus hermanos, reafirmando en dos circunstancias diversas su voluntad de perseverar en la vida religiosa; y particularmente el 26 de agosto de 1791, cuando estaban haciendo el último registro del inventario del convento, del cual los religiosos el año siguiente fueron definitivamente despachados y puestos en la calle. El padre Protasio quiso permanecer en Rouen, y, rehusando tomar el camino del destierro, encontró hospitalidad en casa de un señor, al que compensaba con un poco de su pensión y de las limosnas recibidas por las misas celebradas.

Esta su tenacidad le mereció ser arrestado el 10 de abril de 1793 y sometido a un interrogatorio por parte de dos fanáticos "citoyens". Un interrogatorio que, por su futilidad y ligereza, muestra, como ocurre de ordinario, la inconsistencia de tales procesos, de los cuales, desgraciadamente, está llena la historia. Se ha conservado, por fortuna, el texto. El padre Protasio responde con mucha libertad; es claro al confesar que ha rechazado el juramento, y que quiere seguir fielmente su vida religiosa; y es reticente cuando se trata de no descubrir circunstancias que implican a otras personas.

En el registro llevado a cabo en la casa donde se había refugiado, se encontraron manuscritos y algunos libros impresos, objeto capital de acusación, porque defendían a los refractarios. Él, como buen normando, no ofrece más explicaciones, que habrían comprometido a otros, ni tampoco descubre el nombre de las personas adonde iba a celebrar la Eucaristía en secreto. Su actitud es exclusivamente religiosa; por esto ha afrontado riesgos y peligros. Éste es su heroísmo. A él le interesa la fe íntegra, simple, lúcida. Aquí no hay ninguna estratagema política. El efecto fue inmediato: fue recluido en el antiguo seminario de Rouen Saint-Vivien, utilizado por los revolucionarios como casa de arresto provisional, en espera de la sentencia definitiva, que llega el 10 de enero de 1794: el "ciudadano" Juan Bourdon, o sea, el padre Protasio, es condenado a ser deportado a las Guayanas por haber celebrado misa ilegalmente, y haber tenido documentos sospechosos.

El 9 de marzo es trasportado a Rochefort. Llega el 12 de abril. Le registran y le quitan todo aquello que tenía: un reloj de oro con una cajita para guardarlo (se trataba probablemente de una teca eucarística) y 1.303 liras. Embarcado en el tristemente célebre "Deux-Associés", sigue la suerte de los demás prisioneros. El cuadro desolador de viles sufrimientos, de agonías y de muerte es el mismo ya descrito para el beato Juan Luis Loir. Después de cuatro meses, el padre Protasio, en la noche del 23 al 24 de agosto de 1794, moría de un mal del que había quedado contagiado.

Un superviviente dejó más tarde este testimonio: "Era un religioso de gran mérito y digno de alabanza, bien sea por sus iniciativas a favor de sus hermanos deportados, o por la capacidad física y moral de las que estaba dotado, o, sobre todo, por su firmeza en la fe, por su prudencia, equilibrio, regularidad y otras virtudes cristianas y religiosas".


Beato Sebastián de Nancy (1749-1794)

EL ÉXTASIS DEL MARTIRIO

Entre las 547 víctimas de los "pontons de Rochefort" y los 64 sacerdotes beatificados como mártires de la Revolución Francesa figura también el padre Sebastián de Nancy. La trama de su biografía se encuentra un poco más documentada.

Francisco François había nacido el 17 de enero de 1749 en Nancy, hijo de Domingo y de Margarita Verneson, y fue bautizado al día siguiente en la iglesia de San Nicolás. Su padre era un excelente carpintero, y gente distinguida y noble fueron padrino y madrina. Lo que significa una cómoda posición burguesa. No le fue difícil al pequeño Francisco empezar a conocer a los capuchinos, quienes desde 1593 se habían afincado en Nancy, en la periferia de la ciudad, para pasar después, en 1613, a un convento más acogedor, reconstruido en 1746 por la generosidad del duque Leopoldo de Lorena. De hecho la parroquia de San Nicolás, fundada en 1731, utilizaba para el culto la Iglesia de los capuchinos hasta 1770. Los frailes se recogían detrás, en el coro, y animaban la Tercera Orden Franciscana. Su convento era importante sede del capítulo provincial, y fábrica de lana de la provincia para la confección de los hábitos y mantos para todos los capuchinos de Lorena, distribuidos en no menos de 28 conventos en el territorio de la región. Su vitalidad apostólica y su dinamismo caritativo a favor de los pobres, de los apestados y de los sufrientes los habían hecho muy populares y solicitados. Pero, cuando en 1768 el joven Francisco François, 19 años, entró en el convento de Saint-Michel, que desde 1602 había sido destinado a la formación de los novicios, ya se notaba una cierta crisis de vocaciones. La Comisión de los Regulares, instituida por el rey de Francia en 1766 para corregir abusos y reformar monasterios y conventos, interviniendo con un edicto del rey en 1768 para fijar en los 21 años la edad de admisión para los votos solemnes, había contribuido a acelerar esta crisis.

El maestro de novicios, padre Miguel de Saint-Dié, el 24 de enero de 1768 le impuso el hábito capuchino con el nuevo nombre de fray Sebastián; y un año después recibió la profesión solemne. El acta de su profesión, firmada en el registro oficial, es la primera de 1769, así como el acta de bautismo había inaugurado, en el registro de la parroquia de San Nicolás, el año 1749. Después del noviciado Sebastián pasó al estudiantado capuchino de Pont-à-Mousson, un convento fundado en 1607 y renovado en 1764. En tiempo del beato lo habitaban nueves padres, seis clérigos y un hermano lego. La ciudad era indicada como lugar de estudio, contando con un eficiente colegio de jesuitas. Allí estaba él completando su estudios y ya era sacerdote, si bien no se conoce la fecha precisa de su ordenación.

En 1777, el 5 de junio, es aprobado como confesor, en el convento de Sarreguemines, donde se precisaba conocer también la lengua alemana, usada en aquella zona fronteriza. En 1778 los documentos lo anotan miembro del convento de Sarrebourg, diócesis de Metz, como confesor, en una comunidad de religiosos muy ejemplar en la pobreza y observancia de la Regla. La documentación es muy elocuente en los años 1782-1784. Se trata de los registros de la parroquia de Saint-Quirin. El Beato desarrolla allí frecuente ministerio pastoral, bautismos, matrimonios, etc., supliendo a la falta de clero local. El 26 de agosto de 1784 el capítulo provincial trienal lo destinó al convento de Commercy, donde permaneció hasta 1787, y probablemente hasta 1789, a excepción de una pausa, en el convento de Dieuze, ejerciendo siempre el apostolado activo y en auxilium cleri.

El padre Sebastián, a partir de 1789, se encontraba en el convento de Épinal, en la ribera izquierda del brazo occidental de La Moselle, cuando estalló la Revolución Francesa con todas sus consecuencias antirreligiosas y antieclesiásticas. Los comisarios municipales, el 30 de abril de 1790, entraron en el convento para hacer el inventario. Un año después el mobiliario y efectos del convento eran vendidos, mientras el padre Sebastián, que había rechazado jurar la Constitución, con una pensión de 770 liras, después de la expulsión de los frailes del convento, se había encaminado al convento de Châtel-sur-Moselle, indicado por el Consejo municipal como casa común de los capuchinos. De aquí serán luego expulsados, por no haber querido participar en una procesión presidida por un párroco que había jurado la Constitución civil del clero. Despojados de todo, los hermanos fueron acogidos y ayudados por el pueblo. El 9 de noviembre de 1793 fue enviado a la casa de las Terciarias de Nancy, que servía de cárcel para los sacerdotes refractarios. Era la respuesta del Comité de vigilancia, al cual el padre se había presentado espontáneamente, pidiendo ajustarse a la ley que preveía la prisión de los refractarios.

El 26 de enero de 1794 el administrador del distrito de Nancy quiso verificar la situación de todos los detenidos, la causa de su arresto, la edad y eventual enfermedad. Del padre Sebastián anotó que era refractario y se encontraba sin ninguna enfermedad, pronto, por lo tanto para entrar en lista de los sacerdotes rebeldes que había que expedir a Rochefort. Partieron, en efecto, el siguiente 1 de abril 48 sacerdotes y religiosos, y después de un duro trayecto, que costó cuatro semanas, despojados de todo lo que aún pudieran retener, llegaron a Rochefort el 28 de abril. Tras unos días, embarcados en el navío negrero de "Deux-Associés", ya cargado con 373 sacerdotes y religiosos prisioneros, fueron transportados por entre las islas de Aix y Oléron, donde atracó la nave. Al padre Sebastián se le presenta una visión desoladora: aquellos centenares de prisioneros de rostro pálido, barbas largas e incultas, vestidos sucios, están anunciando que la prisión va a ser de moribundos. De hecho, una vieja goleta servía para recoger a los enfermos e infectados terminales, como en un hospital, pero sin medicinas ni médicos, en espera de que viniera la muerte. Y entonces, con una canoa, se recogían y llevaban los diez-doce cadáveres de cada día, para sepultarlos en la arena de aquella costa marina.

"Nuestro navío estaba repleto de sacerdotes y religiosos - escribió un superviviente - como un altar para el holocausto, levantado por la Providencia entre las olas del mar, para la consumación del sacrificio". Los cuerpos de las víctimas, completamente despojados como en los campos hitlerianos, se transportaban sobre las riberas de arena, y algunos de los prisioneros, todavía con relativa salud, tenían que sepultar en la arena a sus compañeros, sin poder rezar en público ninguna oración, ni elevar al cielo un cántico de la Iglesia.

"Dios permitía esta escena cotidiana desgarradora - escribe de nuevo uno de los supervivientes - para aumentar el valor de nuestros sufrimientos, dándonos una semejanza más perfecta con su divino Hijo en su pasión. Nada nos consolaba en nuestras aflicciones, nada nos fortificaba en nuestras pruebas sino el pensamiento de Jesús, que reina en el cielo y desde lo alto de su trono está atento a nuestros combates; él, que antes que nosotros y por nosotros, fue atado, flagelado, abofeteado, escupido, coronado de espinas, vestido de loco, abrevado con hiel y vinagre, clavado en una cruz, insultado y maldecido por sus enemigos. Estas consideraciones espirituales sobre nuestro Redentor hacía como destilar una dulzura inefable en nuestros corazones. Nos sentíamos felices de haber sido elegidos, entre tantos, para hacer esta vía dolorosa y seguir a nuestro divino Maestro. Sufríamos no sólo con paz, sino con gusto, y moríamos con alegría. Pensábamos que Jesucristo había querido, en los diversos siglos, que cada dogma de la fe fuese conservado, e incluso confirmado, en su Iglesia, por medio de la sangre de un número de mártires, más o menos grande, según la importancia de la verdad combatida; y nosotros pensábamos que era un gran honor para nosotros ser perseguidos y sacrificados para corroborar la enseñanza de la autoridad espiritual e independiente de la autoridad del mundo, divinamente atribuida a la Sede Apostólica y en general a todo el episcopado".

Este otro precioso testimonio nos ha dejado también un espléndido retrato del padre Sebastián, cortado como una flor especial de virtud en aquel ramo de flores perfumadas de mártires. He aquí sus palabras: "El Señor había manifestado la santidad de otro de sus siervos, el padre Sebastián, capuchino de la casa de Nancy, que había venido para morir en esta misma galeota. Este santo religioso tenía entre nosotros una singular veneración por su eminente piedad, virtud y devoción. Oraba de continuo, sobre todo en la última enfermedad. Una mañana se lo vio de rodillas, con los brazos abiertos en forma de cruz, los ojos elevados al cielo, y la boca abierta. No se le hizo mucho caso, por estar acostumbrados a verlo orar así, durante su enfermedad. Pasó media hora y estábamos extrañados de verlo que seguía de esta forma, en una postura tan incómoda y difícil de mantenerse de aquel modo, porque entonces el mar estaba picado y la embarcación cabeceaba y se balanceaba mucho. Probablemente estaba en éxtasis. Entonces nos acercamos para observarlo de cerca. Tocando su cuerpo, sus manos, nos dimos cuenta de que hacía bastantes horas que en aquella postura había entregado su alma a Dios. Nunca nos pudimos explicar cómo su cuerpo había conservado tanto tiempo aquella postura de oración, pese al continuo vaivén de la pequeña embarcación. Se llamó rápido a los marineros. Ellos, ante semejante espectáculo, prorrumpieron en un grito de admiración y en lágrimas. Se despertó en aquel momento la fe en sus corazones, y algunos, desnudando sus brazos, mostraban a todos el signo de la cruz tatuada con piedra rusiente, y decidieron retornar a la religión que habían abandonado". Era el 10 de agosto de 1794.

El recuerdo del beato Sebastián queda esculpido así: un hombre que no sólo ora, sino que está todo transformado en oración, en vida y en muerte, un oración hecha hombre, encarnada, como Francisco de Asís.

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