Beato Marcos de Aviano

13 de agosto (1631-1699) Himno

UN TÍTULO APROPIADO

Marcos de Aviano nació en Aviano (Udine) el 17 de noviembre de 1631, del distinguido matrimonio de Cristóbal y Rosa Zanoni; en el bautismo se le impuso el nombre de Carlos Domingo. La primera instrucción la recibió de un preceptor particular, y a la edad conveniente sus padres lo confiaron al colegio de los jesuitas de Gorizia. El muchacho, de carácter tímido y soñador, se dejó llevar de su entusiasmo, y un día, a la vuelta de un paseo con sus compañeros, faltó a la llamada de la lista: se había escapado para ir a convertir a los Turcos. Después de dos días de caminata vino a llamar, esposado, a la puerta de los capuchinos de Capodistria. Aquella crisis de juventud desembocó en la llamada al claustro que Dios le proponía, y el 21 de noviembre de 1648, vistió el hábito en el noviciado de Conegliano, cambiando el nombre de bautismo por el de Marcos.

Tuvo que vencer algunas dificultades, entre otras el que los superiores, en un primer momento, no pensaban admitirlo a los estudios. La intuición de Fortunato de Cadore, luego ministro general, fue la que abrió al joven religioso el camino de la cultura, que para él no era nada fácil. Recibida la ordenación sacerdotal el 18 de septiembre de 1655, comenzó al punto, no sin temor, el apostolado de la palabra. En 1670 fue nombrado superior del convento de Belluno, y, dos años después, del de Oderzo. El peso de la responsabilidad era un obstáculo para su deseo profundo de soledad y oración, y por ello los superiores, acogiendo su petición, lo trasladaron a Padua. Y allí ocurrió que un panegírico, que por obediencia hubo de pronunciar el siervo de Dios, lo reveló al gran público de la docta ciudad, no precisamente por la elocuencia del bien decir, sino por un hecho milagroso.

Desde aquel momento comenzó un intenso ritmo de vida que llevó a Marcos por los caminos, no sólo de la región véneta, sino por los de casi toda Europa. Aquellas predicaciones y viajes iban marcados por una creciente fama de taumaturgo. Las numerosas relaciones privadas y diplomáticas ponderan esa potencia; alguna voz discordante la atribuye a sugestiones y al afán de crear escenas de fanatismo. Aparte del juicio de cada caso, que puede reclamar un desapasionado examen crítico, queda el hecho de que Marcos huía, en lo posible, de los honores y llevaba una vida austera y de profunda piedad. En sus intervenciones en favor de los necesitados y enfermos se servía de una particular fórmula de bendición, que se hizo famosa, y que creó escrúpulos a las autoridades eclesiásticas.

 

La fama transcendió más allá de los confines de Italia, y comenzaron a llegar llamadas a los superiores y al papa para tener a apóstol tan extraordinario. Realizó un primer viaje en 1680 visitando Tirol, Baviera, Salzburgo y otras ciudades de Austria. Fue luego a Linz, donde le esperaba el emperador; allí permaneció quince días y de esta manera comenzó aquella relación con Leopoldo I, que produjo notables efectos en la vida política del tiempo. El emperador, famoso en la historia por la larga duración de su reinado (47 años) y por la complejidad de su carácter, encontró en el capuchino a su confidente y consejero, como lo demuestra la copiosa correspondencia que circuló entre ambos. De Viena Marcos se trasladó a Neuburg, donde obró un gran prodigio.

Vuelto a Venecia, en la primavera siguiente emprendió un nuevo viaje hacia Flandes, atravesando Francia. Con pretextos burocráticos, pero en realidad por motivos políticos, Luis XIV permitió al capuchino pasar por París; incluso, y esto de malas maneras, lo hizo acompañar hasta la frontera. Cumplida la misión en Flandes, cruzando de nuevo Alemania y Suiza, Marcos retornó a Italia, mas por breve tiempo. Solicitado por continuas instancias de parte del rey de España, el papa quería que Marcos se hiciera presente en esta nación. Tendría que haberse embarcado en Génova, pero sufriendo de mareos, se le consiguió un salvoconducto para la Francia meridional, que Luis XIV denegó obstinadamente.

Los avatares del tiempo trajeron de nuevo a Marcos a Viena y lo prepararon para la gran empresa que caracteriza el segundo período de su vida: la lucha contra los Turcos. Éstos, en su formidable avanzada, habían llegado hasta Venecia, a la que habían puesto asedio. Marcos, empujado por su celo y por las vivas recomendaciones de Inocencio XI, se llegó hasta el campo imperial, venció las resistencias, apaciguó las divergencias, animó a los soldados y, sobre todo, al valeroso Juan Sobieski, apelando con fe inquebrantable a la ayuda divina, y Viena fue liberada (1683). El Siervo de Dios, escribiendo al Papa, atestiguaba que la liberación había acaecido "por milagro". Se podría haber sacado partido de la victoria, persiguiendo al enemigo en fuga y rescatando las otras ciudades invadidas, pero la persistente rivalidad entre los príncipes frustró aquella feliz ocasión. Marcos, a pesar de todo, continuó en su tarea de persuasión, llegando incluso a sugerir planos estratégicos.

Con aquella fuerza de voluntad y su prestigio logró ver la derrota definitiva del Islam en Europa con la batalla de Budapest (1684-1686), Neuhausel (1685), Mohacz (1687) y Belgrado (1688), hasta alcanzar la paz de Karlowitz (1689). En 1684 había conseguido que Venecia entrara en la Liga Santa, y solía decir que, si hubiera podido hablar con Luis XIV, habría logrado convencerle. Terminada la campaña, el siervo de Dios volvió, incombustible, a sus tareas pastorales, interpelando a las conciencias, combatiendo el pecado, incitando a la paz y a la unión, huyendo de los artificios de la política oficial, resistiendo a las desconfianzas, de la que se sintió víctima en alguna ocasión por parte de la misma diplomacia pontificia.

En 1669 emprendió un último viaje a Viena. "No puedo más - dijo -, pero el Papa lo manda". Se encontraba atacado de un tumor que lo iba consumiendo. El 23 de julio se acostó y el 13 de agosto murió, asistido del emperador. Se le hicieron solemnes funerales, y su cuerpo encontró reposo definitivo, en 1703, en la cripta de los Capuchinos de Viena, junto a las tumbas imperiales. De él nos han quedado algunos pequeños tratados ascéticos, que en su tiempo tuvieron amplia difusión. El pintor polaco Matejko, en una cuadro conservado en la Pinacoteca Vaticana, lo ha representado a caballo, detrás de Juan Sobieski, en el triunfo que sigue a la liberación de Viena.

En 1891 se comenzó el proceso ordinario en Viena y Venecia, concluido en 1904. S. Pío X en 1912 introdujo el proceso apostólico que se terminó en Viena y Venecia en 1920. La Positio historica se preparó en 1966. En 1990 se presentó la Postulatio para el examen de las virtudes heroicas, examinadas y aprobadas en 1991. Fue beatificado por Juan Pablo II, el 27 de abril de 2003, domingo II de Pascua, en la Plaza de San Pedro.

 

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