Los mártires de Gondar:
Beatos Agatángel de Vendôme (1598-1638)
y Casiano deNantes (1607-1638)

7 de agosto Himno


Agatángel Noury nace en Vendôme el 31 de julio de 1598.
En 1618 inicia el año de noviciado con los capuchinos de Mans.
En 1620 es enviado a Poitiers para continuar los estudios.
Estudia teología en el convento de Rennes.
En 1625 es ordenado sacerdote.
En 1628 es enviado a las misiones de Oriente.
Llega a Alepo el 29 de abril de 1629.
En 1633 se le confía la misión de Egipto, adonde llega también el padre Casiano.
Casiano López Nieto nace en Nantes el 14 de enero de 1607.
El 16 de febrero de 1623 viste el hábito capuchino en el convento de Angers.
Sirve a los apestados de Rennes en los años 1631-1632.
Llegado a Alejandría como misionero en 1633, se junta con padre Agatángel.
En 1638 los dos misioneros forman parte de una caravana para el viaje a Etiopía.
Llegados finalmente a Deborech en el Serawa, en la altiplanicie de Eritrea, son hechos prisioneros.
En calidad de prisioneros son transportados a Gondar, adonde llegan el 5 de agosto de 1638.
El 7 de agosto son procesados y condenados a morir en la horca, suplicio que termina en lapidación y furor de la plebe.
La causa de estos mártires, intentada ya en el siglo XVII, queda introducida el 10 de enero de 1887.
El 27 de abril de 1904 san Pío X reconocía la heroicidad de su martirio. Y el 1 de enero de 1905 los proclamó Beatos.

HOLOCAUSTO DE CARIDAD EN LA UNIDAD

Habrían quedado en la sombra del olvido, con toda probabilidad, los dos misioneros capuchinos, Agatángel de Vendôme y Casiano de Nantes, martirizados en Gondar el 7 de agosto de 1638, si el Siervo de Dios Guillermo Massaia, que trabajó 35 años en la Alta Etiopía, no hubiera recogido las tradiciones orales transmitidas por los cristianos católicos de aquellos lugares, y no hubiera descubierto, tras oportunas investigaciones, la tumba de los mártires. En los procesos prestó declaración el 10 de enero de 1887 de que los católicos dispersos en las diversas provincias de la vasta región etiópica contaban todavía a sus hijos y nietos el martirio y las virtudes de aquellos Siervos de Dios, cuyas santas reliquias se conservaban en la ciudad de Gondar, hacia el sur, a la entrada del barrio musulmán. La causa, ya intentada en el siglo XVIII, en tiempos de Urbano VIII, Inocencio XI y Alejandro VII, con las recomendaciones incluso del rey Luis XIV de Francia, pudo, al fin, introducirse el 13 de junio de 1887, y el 1 de enero de 1905 san Pío X, con particular solemnidad, los proclamó Beatos.

Ambos mártires no pueden ser separados ni en el culto ni en la memoria. Su trayectoria biográfica, breve e intensa - 40 años uno, 31 el otro - no se pueden contar por separado. Y si es cierto que su formación inicial asumió coloraciones culturales y geográficas distintas, el ardor misionero y el fervor apostólico los fundió en una única estela de luz, como aquella que, en las noches sucesivas a su martirio, se desprendió del montón de piedras con que fueron lapidados, para formar una columna de fuego, como rojas espirales que subían de un gran incensario.

Agatángel, nacido en Vendôme el 31 de julio de 1598, de Francisco Noury y Margarita Bégon, tercero de siete hijos, desde pequeño conoció a los capuchinos. Su padre, muy estimado en la ciudad, era Presidente del Tribunal Electoral y animador del comité de recaudación de fondos, cuando los capuchinos en 1606 plantaron la cruz en los suburbios de Vendôme para levantar un convento. La acogida entusiasta que el pueblo dispensó a los capuchinos y la disponibilidad de toda clase de gente para la construcción del convento, impresionaron al pequeño Francisco (así se llamaba), entonces de siete años. Y tanto más que, con frecuencia, en años sucesivos, acompañaba a su padre que debía tratar con los frailes, como "síndico apostólico"; entretanto, se iba aficionando a las virtudes franciscanas. Cursó los estudios de humanidades en el colegio Cesar-Vendôme, y, madurando su vocación, en torno a los viente años, entró en el seminario de Mans, de la provincia capuchina de Touraine-Bretagne, bajo el magisterio del padre Gil de Monnay.

Emitida la profesión religiosa, fue enviado en 1620 a Poitier, donde pudo continuar los estudios por tres años, bajo la guía de insignes maestros, como el padre Ignacio de Nevers y, sobre todo, del padre José de Tremblay de Paris, que entonces era definidor provincial y prefecto de las misiones de Poitu. En 1624 pasó a estudiar teología en Rennes, siguiendo las enseñanzas del padre Francisco de Tréguier. Ordenado sacerdote el año siguiente, experimentó, bien que por poco tiempo, el apostolado de vanguardia de las misiones capuchinas "volantes" en la recatolización del Poitu. En 1626 predicó la cuaresma en su ciudad de origen. Continuó el apostolado de la Contrarreforma hasta 1628, cuando, encontrándose en Rennes, una circunstancia providencial, no sin un interés del padre José Tremblay de Paris, lo comprometió para las misiones de Oriente, remplazando a un misionero, pronto para partir, que había caído gravemente enfermo.

Pero, antes de verlo en la tarea, es necesario que tengamos conocimiento del que fue su compañero de martirio, in passione socius, Casiano de Nantes. Había nacido en la ribera del Loira, en la bella ciudad cosmopolita de Nantes, gemelo con una hermanita, el 14 de enero de 1607, de Juan López Neto y Guida de Almeras, una familia portuguesa de mercaderes; fue bautizado al día siguiente en la iglesia de Saint-Similien con el nombre de Gonzalo, y, llamado después Vasenet, hizo los primeros estudios en el colegio de San Clemente, en un suburbio extramuros, distinguiéndose por una inteligencia vivaz, unida a un candor de vida que lo hizo muy querido de sus maestros sacerdotes y de sus condiscípulos. Era aficionado a la oración mental, y le gustaba recogerse en silencio en la capilla de los capuchinos, cercana a su casa. Los capuchinos, expulsados de Angers en 1559 por los calvinistas, se habían refugiado en Nantes, bajo la protección del duque de Mercouer, uno de los cabezas de la Liga, que les había donado un convento en 1593, tan bien recibidos por la simpatía de la gente. Vasenet tenía apenas nueve años, cuando pidió hacerse capuchino. Ya aspiraba a ir a misiones lejanas para ser mártir.

Esta espiritualidad misionera estaba explotando entonces en Francia por las grandes perspectivas, mezcladas de cierta grandeur nacionalista, que trazaba el genial padre José Leclerc du Trembay de Paris, con el ansia de una conversión universal y de un retorno a la unidad de los hermanos disidentes de las varias Iglesias. Naturalmente, el jovencito tuvo que esperar, pero, apenas alcanzada la edad establecida por el concilio de Trento, hacia los quince o dieciséis años, entró en el noviciado de Angers, y el 16 de febrero de 1623 vistió el sayal capuchino con el nombre de fray Casiano. Superado laudablemente el año de prueba, los superiores lo mandaron a continuar los estudios de filosofía y teología a Rennes, bajo la dirección del padre Francisco de Tréguier, que había sido profesor del padre Agatángel, y que formó a tantos misioneros heroicos, que trabajaron y murieron mártires de caridad en las misiones de Palestina, Siria y Egipto.

Cultivando siempre su vocación misionera, y consagrado sacerdote, creía llegado el momento de coronar su deseo, cuando repentinamente se desató en Rennes la peste que hizo estragos por más de un año, de 1631 a 1632. ¿Era éste el signo? Él se entregó totalmente a servir a los contagiados, en los hospitales, fuera de la ciudad. Quedó ileso. Reemprendió sus estudios. El padre José de Paris, que escogía con cuidado a sus misioneros, era entonces ministro provincial de Paris y vio en él al hombre adecuado. El padre Casiano recibió la obediencia, y después de una parada en la capital, bajó hasta Marsella para embarcarse y llegar a Egipto, donde le aguardaba el padre Agatángel.

Este último había llegado a Alepo el 29 de abril de 1629, y se había entregado con entusiasmo al estudio de la lengua árabe; buscaba favorecer los medios que llevasen al retorno a la unidad de Iglesia, trabajando entre los cismáticos, y buscando, en particular, ganar a los obispos y arzobispos. De hecho consiguió ganar, además de muchos armenios y sirios, también a un obispo griego, que luego resultó una gran ayuda en la misión católica de Siria, suscitando los celos de una autoridad maronita. Agatángel entonces trasladó su celo apostólico de Alepo a numerosas aldeas de Líbano, tanto que mereció el título de "apóstol del Líbano". Otro aspecto de su trabajo misionero fue la liberación de esclavos cristianos.

Entretanto, la organización de una nueva misión de Egipto alcanzaba su madurez, y el padre José de Paris la confiaba al padre Agatángel, en 1633. Entre los primeros misioneros venidos de Francia estaba también el padre Casiano. Los dos se encontrarán en Alejandría y compartirán su restante apostolado, con el intento de llegar a la unión de la Iglesia copta con la Iglesia romana. Agatángel intensificó sus relaciones con el patriarca copto Mateo III, el cual nombró como nuevo arzobispo para Etiopía al monje Arminio, que parecía abierto a las misiones. Todo se desbarató por un aventurero, el presunto monje Pedro León, un luterano de Lubec, que jugó contra los dos mártires la parte del genio maléfico.

Antes de partir a la Alta Etiopía, Agatángel y Casiano, el misionero veterano y el joven de fuego, templaron su espíritu en Palestina, recorriendo los lugares santos del Redentor. Luego, con la ayuda de un mercader veneciano, alcanzaron en 1638 a una caravana, que se dirigía hacia las costas del mar Rojo, a través del desierto de Nubia. Aprovechando la oportunidad de otras caravanas, pasaron Massaua y, llegados a Deborech en Serawa, en el altiplano eritreo, encontraron no precisamente acogida, sino prisión. Era el fruto de la trama del luterano con el nuevo arzobispo. Luego fueron ignominiosamente transportados, despojados de todo, atados a las colas de los animales cabalgados por sus propios carceleros, y así llegaron a Gondar el 5 de agosto. El padre Agatángel apelaba al obispo, pero no sabía la trama urdida por el pérfido Pedro León, mientras no estuvo ante "abuna" [padre] Marcos, el nuevo arzobispo, del cual los dos misioneros no recibieron otra cosa que calumnias y amenazas.

El 7 de agosto de 1638, nuevamente interrogados por el Negus Basílides, defendieron la fe católica, y el padre Casiano, que conocía bien la lengua amárica, renovó su profesión de fe. Siguió inmediatamente la condena a muerte. A merced de la furia de la plebe, los dos confesores fueron arrastrados hasta el lugar de la ejecución. Todo estaba a punto, pero... faltaban las cuerdas para el ahorcamiento. Ellos ofrecieron sus cíngulos. Y así fueron colgados de la horca.

Era mediodía, como cuando Jesús fue alzado en la cruz. Un notable personaje abisinio, en aquel momento confesó la fe católica y renunció a su creencia cismática. Pero abuna Marcos, que estaba escondido entre la turba, ordenó rematar a los dos condenados con la lapidación. Una piedra hizo saltar el bulbo de un ojo del padre Agatángel. Después un montón de piedras cubrió los cadáveres exangües. Los habitantes de Gondar vieron de noche que de aquellas piedras subía una columna de luz.

 

 

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