Beata María Magdalena Martinengo

27 de julio (1687-1737) Himno

Margarita Martinengo (María Magdalena) nació en Brescia el 4 de octubre de 1687.
Entró en el monasterio de capuchinas de Santa María de las Nieves el 8 de septiembre de 1705, donde permaneció por 32 años, hasta su muerte.
El Viernes Santo, 11 de abril de 1721, experimenta el "Matrimonio espiritual".
En 1723 fue nombrada maestra de novicias, cargo que desempeñó por dos años.
En 1725, julio-noviembre, por mandato del confesor, escribe su autobiografía.
En 1725 y 1726 fue secretaria, despensera y consejera y del 3 de junio de 1727 hasta el 24 de abril de 1729 fue de nuevo maestra de novicias.
En 1729-1730 fue segunda y luego primera consejera y en 1731 de nuevo maestra de novicias.
El 28 de junio de 1732 es elegida abadesa por un bienio y reelegida el 12 de julio de 1736, pero el 21 de abril de 1737 renuncia y se retira a la enfermería.
El sábado 21 de julio de 1737 María Magdalena muere.
En 1739 el cardenal Querini pone en marcha el proceso, que se desarrolla en los años 1757-1759.
El 16 de septiembre de 1761 son aprobados los escritos y el 5 de mayo de 1778 Pío VI reconoce la heroicidad de las virtudes.
El 10 de julio de 1810 los restos de María Martinengo son trasladados del monasterio a la iglesia de Santa Afra.
El 3 de octubre de 1900 León XIII la declara Beata.
El 28 de noviembre de 1948 se trasladan los restos de la beata a la iglesia del Sagrado Corazón en Brescia y el 26 de febrero de 1972 al nuevo monasterio de las capuchinas en Brescia.

Veo - a mí me parece claramente - que Dios quiere de mí que me pierda constantemente en Él, sin otra operación de mis potencias, ya sumergidas en el abismo de su divina Esencia. Puesto que el Señor me ha introducido en este abismo infinito, en él me abismaré, me sumergiré, me aniquilaré y allí quedaré toda consumida. Tendamos, pues, al infinito, alma mía: infinita humildad, infinita caridad, infinita paciencia y obediencia, infinito amor de Dios y resignación en su divina voluntad, pérdida infinita de todo tu ser en el mar infinito del Ser divino. Así sea. (Beata María Magdalena Martinengo).


UN AMOR INSUFRIBLE

En las capuchinas de Santa María de las Nieves, en Brescia, todas la llamaban "el criado" del monasterio. Se la veía ocupada de continuo en trabajos pesados, "siempre airosa en la faena", sin permitirse excepciones ni privilegios, siempre dispuesta y a punto para todo; era sana y robusta en la cara, manos y pies, como para engañar a los mas atentos observadores, ocultando en buena parte, casi hasta su muerte, aquellas horribles penitencias y enfermedades igual que la abundancia de los carismas celestiales. Pero sor María Magdalena, que León XIII declaró beata el 3 de junio de 1900, no era de fuerte complexión física. Cuando a los 18 años ingresó en el monasterio, a las capuchinas se les antojó una joven de rostro "como de cera", con "un cuerpecillo para protegerlo en una campana de cristal".

Había nacido en Brescia, en el palacio de los condes de Martinengo, el 4 de octubre de 1687, en un parto difícil, que cinco meses más tarde cobró la vida de la noble Margarita de los condes Secchi de Aragón. Por temor a que muriese, fue bautizada de urgencia en casa, y se le impuso el nombre materno. Las ceremonias complementarias del bautismo solemne tuvieron lugar el 21 de agosto de 1691, con ocasión del bautismo de su hermana Cecilia, nacida ésta de las segundas nupcias del padre, Francisco Leopardo Martinengo, conde de Barco, con Elena Palazzi.

De precoz inteligencia, fue educada con esmero, y, a los seis años, confiada al pensionado de las ursulinas. La maestra Isabel Marazzi la adiestró en la oración y el estudio. El breviario era su lectura preferida; y en sus manos, el rosario. Así la recordarían sus familiares. Apasionada por la lectura ("todo mi contento era leer", dirá en su autobiografía), se procuró una cultura nada común en literatura italiana y latina, que la rica biblioteca paterna se la ofrecía con abundancia.

Como acontecimiento de gracia, ella recuerda este suceso de su infancia. Durante un viaje en carroza tirada por seis caballos, de repente cayó fuera del carruaje y hubiera sido arrastrada y aplastada por las ruedas, si el toque de una suave mano no le hubiera sacado del peligro. Al filo de los once año ingresó, el 14 de octubre de 1698, en el internado del monasterio de las agustinas de Santa María de los Ángeles, para continuar su educación; allí estaban dos tías maternas religiosas.

La primera comunión fue para ella dramática. Cayó al suelo la sagrada forma, quizás por la excesiva conmoción del momento, y ella hubo de tomarla con la lengua, sintiendo que sus miembros se estremecían con un "frío temblor", como si fuese juzgada indigna del Señor. Intensificó entonces - influida también por las vidas de los santos que devoraba con avidez - su ansia de mortificación y meditación. Las dos tías maternas le iban resultando excesivamente celosas y agobiantes, tanto que en agosto de 1699 pidió a su padre que la llevara al internado del monasterio benedictino del Santo Espíritu. Pero antes pasó unos meses de vacación en familia, en las bellas montañas del lago Iseo.

Aquí comenzó a sentir una atracción sensible por la vida contemplativa claustral. Ella misma recordará que enamorada "a la vista de aquellos parajes alpestres y solitarios, de aquellas grutas tan bellas que parecían me llamaban a cobijarme allí, me hubiese escapado, si la cantidad de lobos no me hubieran metido tanto miedo". La tentación la traía de Santa María de los Ángeles. Con dos compañeras había intentado "marcharse a un desierto para padecer allí a su gusto"; pero la puerta secreta del monasterio estaba bien cerrada y no pudo forzarla. Esta adolescencia de fuego nos evoca análogos gestos de santos y santas que tuvieron la misma tentación en tal edad.

También en el monasterio del Santo Espíritu se encontraban otras dos tías maternas. No eran tan impertinentes como las otras, pero no se preocupaban de otra cosa sino de la salud de la sobrina y su porvenir como dama de la alta sociedad. "Me aburrieron tanto - escribirá - que no me habría hecho religiosa allí por todo el oro del mundo". Entretanto su vocación carismática iba adquiriendo más netos perfiles. Su oración interior le hacía arder por dentro. Al fin, su psicología de frágil adolescente, no habituada todavía a las divinas operaciones, no pudo resistir, y cayó enferma. Las hermanas, "no dándose cuenta de lo que pasaba en mí, a fuerzas de medicinas, me estropearon más". Solo Dios, que la había herido, podía sanarla.

Tenía trece años cuando, según escribió: "hice voto de virginidad a Dios". Entonces fue asaltada por todo tipo de tentaciones. Fueron años terribles. Se sentía desconcertada. A los dieciséis años parecía que definitivamente se imponían los proyectos de la familia. Muchos caballeros la pretendían. El padre la había prometido al hijo de un senador de la Serenísima. También sus hermanos Néstor y Juan Francisco le molestaban. Le traían libros y novelas de amor. Margarita se dejó seducir. Los devoraba de noche y de día. "Libros de infierno", dirá después. Le agradó entonces vestirse con vestidos refinados y pomposos. Pero un día, llorando ante el sagrario su desventura, tuvo la certeza de que al fin vestiría la áspera estameña de las capuchinas. Era una convicción infusa, proveniente de una misteriosa luz interior, que le inspiraba la Madre de Dios en una visión, como luego narró. Y sin embargo, "yo de las capuchinas no sabía nada". Tenía diecisiete años.

Terminada la formación en el monasterio del Santo Espíritu, tornó a casa. Era el año 1704. ¿Cómo manifestar al padre su decisión? Sentía una repulsa interior; pese a ello, repetía que ella quería hacerse monja capuchina. Todos la hostigaban: el confesor, las educadoras, el padre, los hermanos, los criados de casa. Cuatro días después, que era Navidad, se presentó en monasterio de Santa María de las Nieves: "Quiero hacerme santa". Las hermanas, como entonces se acostumbraba, antes de la vestición, le hicieron pasar un período de prueba en el colegio de la ciudad de Maggi, dirigido por las ursulinas.

Pasada la Cuaresma, el conde Leopardo le preparó un viaje de placer por varias ciudades de Italia. En Venecia el tío Juan Bautista organizó muchas fiestas galantes; un hijo suyo se enamoró de la condesita y pidió su mano. Margarita estaba a punto de ceder, y habría mandado un correo a su padre, si entretanto una fidelísima doméstica no le hubiera dado un consejo: encomendarse primero al Señor "para obtener luz". Pasó aquella noche en oración y por la mañana estaba del todo decidida a seguir su vocación: "Habría pasado entre lanzas para entrar; tal era mi certeza de cumplir con ello la voluntad de Dios".

Vuelta a Brescia, después de unos ejercicios espirituales en el colegio Maggi, el 8 de septiembre de 1705, traspasó el dintel del monasterio de Santa María de las Nieves acompañada de un festivo cortejo de carrozas; vistió el hábito marrón y tomó el nuevo nombre de sor María Magdalena. La separación de los familiares fue para su naturaleza sensibilísima como un corte mortal. Lo describe con estas palabras en su autobiografía: "¡Dios mío! ¡Qué desgarro eran para mí mis eres queridos! Entraron una a una las tres compañeras; yo entré en cuarto lugar. Al ser la última para entrar, una dama me cogió y estrechó con tal fuerza que pienso que la instigase el demonio. Di aquel paso con tanta violencia que creo que de seguro no ha de ser mayor el de la separación del alma del cuerpo".

El año de noviciado, bajo la dirección de una maestra rígida y extravagante y de connovicias celosas, fue una cruz de pruebas y arideces; tanto que en los primeros escrutinios de la comunidad María Magdalena fue juzgada inepta para la vida capuchina: "habría sido la ruina del monasterio". Tras el cambio de maestra, en una votación posterior, las monjas dieron por unanimidad el voto favorable, y así el 8 de septiembre de 1706 María Magdalena se consagraba definitivamente al Señor con la profesión religiosa.

Inmersa en la vida cotidiana de un trabajo fatigoso en un pobre monasterio del setecientos, su vida claustral que duró 32 años podría parecer monótona y de poco aliento, si su aventura interior no fuera un grandioso panorama de espiritualidad, perceptible ahora por sus maravillosos escritos, que aguardan una definitiva y completa edición. Para sintetizar la actividad de su vida en el monasterio son expresivas las palabras de un estudioso de su espiritualidad: La condesa Margarita, ahora sor María Magdalena, "fue sucesivamente fregona, cocinera, recadera, hortelana, panadera, barrendera, ropera, lavandera, lanera, zapatera, bodeguera, sastra, secretaria, bordadora, ayudante de la sacristía, y, sin ser encargada oficial de la enfermería, ejercitó espontáneamente los servicios más humiles y pesados. Fue también maestra de novicias, consejera, vicaria y abadesa".

En 1708 unos ejercicios espirituales dirigidos por un padre jesuita con acentos marcadamente jansenistas le provocaron un temor excesivo de la justicia divina, hasta caer en una debilidad extenuante con fuerte fiebre. La enfermedad la puso al borde de la muerte; pero, gracias a los consejos iluminados del confesor que escuchó su larguísima confesión general, interrumpida por sollozos, María Magdalena experimentó el don de la perfecta reconciliación y de la absolución plenaria de sus pecados y con ello la curación. A partir de este momento la acción poderosa de Dios obraba en ella con una fuerza de amor y de dolor que la hicieron una "esposa de sangre".

Todos los mayores dones místicos encontraron en ella una docilidad total. Su itinerario espiritual pasó a través de la oración afectiva a la contemplación infusa. Ella misma intentó describir este punto: "Yo seguía mi método de hablar con Dios - escribe en la autobiografía - queriéndolo hacer con mayor amor y más diligencia, y temiendo perder un solo momento de tiempo; y el Señor me correspondía internamente con palabras dulcísimas. Entonces yo ponía la cabeza en tierra, y al instante el Señor en lo íntimo del corazón me respondía: Hija amada, tú me amas, pero yo te amo a ti mucho más sin comparación. Si le decía: Señor, tomad mi corazón que yo ya no lo quiero tener, Él, agradeciendo el ofrecimiento, me parecía que, tomándome el corazón, me ponía allí el suyo, todo en llamas de amor; y yo, no pudiéndolo soportar así encendido y lleno de fuego, me desvanecía por el ardor que suavemente me consumía".

El fuego del amor divino le iba consumiendo, y para apagar este ardor se infligía increíbles penitencias, ocultándolas por humildad incluso a los médicos. En tan pequeño espacio vital como es el ambiente de un monasterio, pasó casi inadvertida. Las envidias, el aburrimiento o la curiosidad de algunas hermanas, la picardía juvenil de las novicias y las tácticas de observación furtiva, inventadas por algunas religiosas, no lograron arañar su secreto de amor y de dolor. Sus desconcertantes mortificaciones - nosotros diremos de gusto barroco - , centenares de agujas clavadas en todas las partes del cuerpo, disciplinas, cilicios, incisiones, quemaduras con malla de alambre y fuego y azufre, sin olvidar las noches místicas y las acción interna y misteriosa del Espíritu Santo, todo pasó casi en el secreto de una vida ordinaria. "Mi vida entera es un despropósito. Sufro por no sufrir".

Es difícil exagerar su desconcertante martirio, "mártir dolorosa por mano de amor", como ella dejó escrito; con todo, los sufrimientos corporales fueron superados por los espirituales y morales. Cuatro hermanas hasta la muerte le mantuvieron una total antipatía; un confesor le hizo quemar, como heréticos, los escritos; un vicario episcopal le prohibió hablar de cosa espirituales a sus ex-novicias. Todo lo soportó. Decía: "En las cosas más arduas hay que obrar a lo héroe".

Su experiencia espiritual ha quedado plasmada en los numerosos manuscritos autógrafos, comenzados por obediencia (la Autobiografía, el Comentario a las Máximas espirituales de fray Juan de San Sansone, relaciones a sus directores espirituales), continuados por la presión de sus novicias (Avisos espirituales, Explicación de las constituciones capuchinas, Tratado de la humildad), o por impulso interior (los Diálogos místicos). Son escritos que rezuman experiencia espiritual trinitaria, cristológica, cruciforme, eucarística, mariana. Cuando sean publicados (se está preparando la edición) representarán un vértice de la literatura mística femenina del setecientos.

María Magdalena fue literalmente consumida por el amor divino. Cuando en 1737 renuncia al ministerio de abadesa, su cuerpo estaba ya acabado. Habiendo sufrido repetidos desvanecimientos, las hermanas de comunidad pudieron, al fin, descubrir en su cuerpo martirizado los signos de las tremendas penitencias y las estigmas de los diversos tormentos de la pasión del Señor.

El final fue rápido y sereno. Gozó cuando supo que era inminente la hora final, y a sus hermanas que lloraban les ofrecía a la boca moras que tenía junto a sí en un canastillo. Oraba con versículos de la Biblia. Después pudieron escuchar que susurraba: "¡Ya voy, Señor, ya voy!". Y serenamente expiró. Era el 27 de julio de 1737. Iba a cumplir 32 años de vida religiosa y 50 de edad.

 

 

Eres el Visitante:visitas

Záparos N50-60 y Cristóbal Sandoval - Telfs: 593 2 3302 373 / 2441 828 - Quito • Ecuador