Beatos Aniceto Koplin y compañeros mártires

16 de junio (1941-1942) Himnos

El 13 de junio de 1999 fueron beatificados por Juan Pablo II en Varsovia 108 mártires del nazismo. Entre ellos los 5 capuchinos: padre Aniceto Koplinski, padre Enrique Krzysztofik, padre Floriano Stepniak, fray Sinforiano Ducki y fray Fidel Chojnacki, y la clarisa capuchina sor Teresa Mieczyslawa Kowalska.

A la Beata María Teresa Kowalska se le ha asignado como fecha de celebración el 28 de julio, al día siguiente de la Beata María Magdalena de Martinengo (27 de julio). Trasmitimos a aquella fecha la biografía de la beata mártir.

Beato Aniceto Adalberto Koplinski (1875-1941)

Aniceto Koplinski era originario de Debrzno, en Pomerania Occidental, donde se encontraban en contacto dos culturas, la eslava y la germánica, y dos comunidades religiosas, los luteranos y los católicos. Nació el 30 de julio de 1875. Sus padres se llamaban Lorenzo (Wawrzyniec), de origen polaco, y Berta Moldenhau, alemana, perteneciente a la comunidad luterana. En el bautismo, el 8 de agosto de 1875, recibió los nombres de Alberto y Antonio. El primer nombre se le cambió por Adalberto. Tenía 4 hermanos. Frecuentó la escuela elemental y la media superior en Debrzno.

A los 18 años, el 23 de noviembre de 1893, entró en la Orden de los Capuchinos en Sigolsheim. El 24 de noviembre de 1894, pronunció sus primeros votos religiosos. En la Orden tomó el nombre de Aniceto. El 25 de noviembre de 1897 hizo la profesión perpetua. Después de su ordenación sacerdotal en la fiesta de la Asunción, 15 de agosto de 1900, trabajó en varios conventos de la Provincia de Westfalia. Se dio a conocer como buen predicador, especialmente homilético. Su entusiasmo y fervor por las misiones no lo pudo hacer efectivo como misionero en tierras de paganos. Los superiores le encomendaron el cuidado espiritual de los emigrantes polacos en Renania y Westfalia. A partir de 1916 prestó el servicio de capellán entre los prisioneros y heridos de guerra.

El 20 de marzo de 1918 llegó a Varsovia. No son del todo claros los motivos de este traslado. ¿Le atraía el espíritu polaco, o le mandaron para aprender la lengua y poder trabajar más eficazmente entre los polacos? De todos modos, aquel año fue decisivo para la vida del padre Aniceto. Se quedaría para siempre en Polonia. En 1922 hizo trasladarse a Polonia a su padre, que se estableció en Nowe Miasto, donde acabó sus días. El padre Aniceto por el año 1930, cambió la propia nacionalidad, de alemana a polaca, pero como religioso permaneció siempre siendo miembro de la Provincia de Renania-Westfalia. Aprendió el polaco de modo suficiente para poder comunicarse. Pero le era difícil predicar las homilías, cosa que sólo excepcionalmente se permitía.

En Varsovia pronto llegó a ser famoso como confesor carismático. Acudían a él seglares y eclesiásticos. Fue confesor de los nuncios apostólicos Achille Ratti (posteriormente Papa Pío XI), Lorenzo Lauri, Francesco Marmaggi e Filippo Cortesi. Se confesaron con él también obispos de Varsovia: el cardenal Aleksander Kakowski, Stanislaw Gall, Józef Gawlina. Su carisma se basaba en una doctrina moral clara, puntual, siempre basada en el criterio de impulsar hacia una mayor perfección. Se puede pensar que para esta labor poseía el don de la discreción de espíritus. Se le llamaba a la cabecera de los enfermos, también de aquellos que rehusaban la confesión a la hora de la muerte. De hecho, logró de no pocos la conversión y reconciliación con Dios.

Los fieles se sentían impresionados por la solemnidad e inspiración con que celebraba la santa Misa, que se manifestaba en la lentitud y detalle con que observaba el ritual: daba la impresión de que vivía intensamente la realidad del misterio eucarístico.

Pero se hizo popular en Varsovia especialmente como mendicante y protector de los pobres. En los veinte años transcurridos en esta ciudad, el padre Aniceto dedicó gran parte de su tiempo exclusivamente a los pobres, a los sin trabajo, a los necesitados. A ellos consagró sus preocupaciones y sus capacidades. Se ocupó particularmente del barrio de Annapol, en la margen derecha del Vístula. Por iniciativa de los capuchinos de Varsovia surgió allí una gran cocina, capaz de distribuir hasta ocho mil comidas al día. El padre Aniceto la abastecía con los productos alimenticios que pedía de limosna y cubría en gran parte las necesidades pecuniarias. Lograba encontrar trabajo para muchos desocupados y además ayudaba para el estudio. Todo el que tuviera alguna necesidad podía contar con él. Creó un sistema especial para recoger donativos. Reunió un número notable de personas que semanal o mensualmente pagaban una cuota para los pobres. Además de dinero recogía víveres: harina, sémola, grasas, azúcar, pan, etc. Pedía limosna a la personas mediana o altamente pudientes. No tenía reparo en importunar al así llamado "gran mundo". En su tarea de recoger limosnas fue objeto de no pocas afrentas y humillaciones, incluso de ofensas físicas. Él lo soportaba todo con calma, no obstante su carácter colérico, con estupor de quienes lo veían.

Era poeta y conocía el latín a la perfección. Componía frecuentemente poesías en esta lengua, en forma de acróstico, y las declamaba en honor de personajes de alcurnia, con tal de obtener donativos para sus pobres. Su poesía servía a su caridad cristiana.

Tan popular se hizo en la ciudad, que no había en Varsovia ceremonias de cierta importancia a las que no se le invitase. Conductores de tranvías y coches lo conocían bien y, a veces, detenían sus vehículos para acoger al famoso capuchino con sus limosnas.

Dotado como estaba de grandes cualidades naturales, ponía todos sus talentos al servicio del prójimo. Su figura y conducta transpiraba serenidad de espíritu y alegría interior. Todo el mundo se acercaba a él, advirtiendo bajo aquel hábito oscuro y raído la bondad, la capacidad de consolar y la solidaridad humana. Encarnaba efectivamente esa bondad humana que es capaz de cautivar al prójimo acercándolo a Dios. Los calificativos que la población le atribuyó de "padre de los pobres" y de "limosnero de Varsovia" dan a entender la dimensión social de su figura y, al mismo tiempo, su evidente santidad.

Al estallar la II Guerra mundial en 1939, el padre Aniceto no dejó Varsovia. Se encontró frente a una guerra que implicaba a sus dos naciones: la alemana, en cuyo espíritu había crecido, y la polaca, que había escogido. Era ciertamente alemán, pero su concepción del mundo era universalista, si bien en el plano emocional se sentía polaco.

Después de la capitulación de Varsovia, el padre Aniceto siguió en el convento de la ciudad. A pesar de las dificultades, se prodigó para llevar socorro a los pobres y necesitados, cuyo número había crecido grandemente. A este fin se valía de su conocimiento de la lengua alemana. En la primavera de 1940 los periódicos de la resistencia escribían que el 90% de la población estaba sin trabajo y moría de hambre. El padre Aniceto, dentro de los límites de sus posibilidades y de sus fuerzas, daba una mano a todos, también a los hebreos, que eran los más perseguidos.

En junio de 1940 el padre Aniceto Koplinski y el padre Inocencio Hanski, guardián del convento, fueron llamados a la sede de la Gestapo para prestar declaración. A la pregunta de si en el convento se leía la prensa clandestina, el padre Aniceto admitió la verdad, al mismo tiempo que se atrevió a decir a los hombres de la Gestapo que se avergonzaba de ser alemán.

En la noche del 26 al 27 de junio de 1941, la Gestapo rodeó el convento de los capuchinos de Varsovia. Después de un registro durante varias horas, 22 religiosos, entre ellos el padre Aniceto, fueron arrestados. A todos se les encerró en la cárcel de Pawiak durante el tiempo de los interrogatorios. Los religiosos eran objeto frecuente de desprecio por parte de los guardias. Los atormentaban con la llamada "gimnástica". Se ensañaban de modo especial con el padre Aniceto, que era el más entrado en años. Le quitaron el hábito, dejándolo con sólo la camisa y paños menores, hasta que algunos días después le dieron ropa de seglar.

El 4 de septiembre el padre Aniceto fue trasladado junto con los otros hermanos en religión al campo de concentración di Auschwitz. Al bajar del tren le maltrataron y luego durante la marcha le golpearon porque, a causa de su edad, no lograba mantener el paso. Extenuado como se hallaba, tuvo que sufrir también la mordedura de un perro de las SS. En el campamento le dieron el número de matrícula 30.376.

Pasado el período de la llamada cuarentena, el padre Aniceto fue destinado al bloque 19, por no estar en condiciones de trabajar. Esto equivalía a una condena a muerte no escrita. En aquel bloque no se curaba a ninguno; antes al contrario, mediante una "gimnástica" homicida, se les aceleraba la muerte. En tales condiciones fallecían diariamente hasta un centenar de personas, eliminadas si era preciso mediante la inyección de una solución de fenol.

El padre Aniceto murió el 16 de octubre de 1941. Cuál fuera la causa inmediata de su muerte, homicidio o la misma situación inhumana en que se debatía, no se sabe. Sólo consta el hecho de que en el campo de concentración pasó apenas un mes y medio, y que sufrió el martirio. La fama del padre Aniceto como mártir ha tenido un amplio eco en el pueblo cristiano. Las numerosas publicaciones dedicadas a su vida y a su muerte son un buen testimonio de que los fieles siguen confiando en su intercesión.

 

Beato Enrique José Krzysztofik (1908-1942)

Nació el 22 de marzo de 1908 en el pueblo de Zachorzew y fue bautizado el 9 de abril de 1908 con el nombre de José. Terminada la escuela primaria en 1925, estudió en el Colegio de S. Fidel de los Capuchinos de Lomza, entrando después en la misma Orden el 14 de agosto de 1927, en el convento de Nowe Miasto, donde tomó el nombre religioso de Enrique. Un año más tarde profesó temporalmente y fue enviado a Francia, al convento de Breust-Eysden, de la provincia capuchina de París. Superados los dos años de filosofía, pasó a Roma para estudiar teología. En la ciudad eterna profesó solemnemente el 15 de agosto de 1931 y se ordenó de sacerdote en 1933. Por encargo de sus superiores, siguió los estudios en la facultad de teología de la Universidad Gregoriana, residiendo en el Colegio Internacional de S. Lorenzo de Brindis. En 1935 consiguió la licencia en teología.

De vuelta en Polonia, fue destinado al convento de Lublin como profesor de teología dogmática en el seminario capuchino. Poco después era nombrado director del mismo seminario y vicario del convento. En la iglesia del convento predicó con gran fervor y entusiasmo. Mientras desempeñaba estos cargos, estalló la II Guerra mundial. El guardián del convento era un holandés que se vio forzado a salir de Polonia, por lo que el padre Enrique tuvo que asumir ese cargo de superior. En calidad de guardián y al mismo tiempo rector del seminario, su situación se hizo muy delicada. A causa de la guerra, las lecciones del año académico 1939-1940 comenzaron con retraso. El clima era extremadamente inquieto y tenso. Las tropas alemanas se daban a la ferocidad y los arrestos se seguían sin interrupción. En este clima difícil el Siervo de Dios trató de serenar a sus seminaristas. En el discurso de apertura del nuevo año académico dijo entre otras cosas: "Mejor una breve llamarada que una larga humareda", refiriéndose sin duda a un muerte prematura por Cristo preferible a una vida larga con concesiones al error o al miedo.

El 25 de enero de 1940 la Gestapo arrestó a 23 capuchinos del convento de Lublín y entre ellos al superior, padre Enrique Krzysztofik. El primer sitio de prisión fue el Castillo de Lublin, mientras se esperaba que hubiera puesto en la cárcel. El padre Enrique dijo a todos: "Hermanos, mientras tengamos la mente lúcida formulemos este buen propósito: Cualquier cosa que nos suceda, ocurra lo que ocurra, hagamos todos y cada uno ofrecimiento propiciatorio a Dios".

Durante el período transcurrido en la cárcel el padre Enrique se preocupó por todos. Logró que se pudiera celebrar la misa al alba. El 18 de junio de 1940 fue trasladado, junto con todos los capuchinos presos, al campo de concentración de Sachsenhausen, junto a Berlín. Allí, en condiciones mucho peores todavía, "no se olvidó de ninguno de nosotros" - escribe uno de los que compartieron el mismo destino, el difunto padre Ambrosio Jastrzebski. Cuando en el otoño de 1940 el padre Enrique recibió algunos dineros, compró en el despacho del campo dos panes, los partió en 25 porciones - tantas como eran los capuchinos - y dijo: "Ánimo, hermanos, alimentémonos con los dones del Señor, servíos mientras que haya algo..." El ya citado padre Ambrosio definió así aquel gesto fraterno: "¡Noble gesto, el tuyo, que sólo puede apreciar debidamente quien ha estado en campo de concentración y sabe cuánta abnegación, digamos heroísmo, se requiere para distribuir dos panes, cuando se está tan hambriento que los devoraría uno mismo inmediatamente!"

El 14 de diciembre de 1940 el Siervo de Dios, junto con los demás hermanos, fue trasladado al campo de concentración de Dachau, donde se le dio el número de matrícula 22.637. En la dura vida del campo no se perdonó trabajo por los otros. Hallándose él mismo enfermo y débil en las piernas, ayudaba a los más débiles que él, sobre todo a los ancianos. Sobrevivió en el campo de concentración sólo hasta el verano de 1941. En julio de ese año, dada su total debilidad, que le impedía andar por su pie, fue llevado a la enfermería del campo, lo que equivalía a una condena a muerte. Desde allí hizo llegar secretamente a sus alumnos clérigos un mensaje que ha recordado de memoria uno de los destinatarios, padre Cayetano Ambrozkiewicz: "Queridos hermanos: Me encuentro en el bloque 7. He enflaquecido terriblemente a causa de la deshidratación. Peso 35 kilos. Me duelen todos los huesos. Estoy tendido en el lecho, como sobre la cruz, junto con Jesucristo. Me es grato estar y sufrir con Él. Rezo por vosotros y ofrezco a Dios por vosotros estos mis sufrimientos".

Murió el 4 de agosto de 1942 y fue quemado en el horno crematorio número 12.

 

Beato Florian Jose Stepniak (1912 - 1942)

El padre Florián Stepniak nació en Zdzary, pueblo cercano a Nowe Miasto, el 3 de enero de 1912, de familia campesina, recibiendo en el bautismo el nombre de José. Terminada la escuela primaria, sintió deseos de estudiar y hacerse capuchino. Gracias a los capuchinos de Nowe Miasto, cursó la escuela secundaria superior y, sucesivamente, en 1927, los estudios en el Colegio de San Fidel de los Capuchinos de Lomza. Aunque no poseía gran capacidad intelectual, supo siempre suplir esa carencia con la diligencia y la laboriosidad. Su compañero de estudios, padre Cayetano Ambrozkiewicz, lo describe así: "Un alma santa. Solidario, franco, alegre, y sin embargo ya entonces un poco diverso de nosotros, muchachos juguetones y con la cabeza un poco a pájaros". Se adscribió a la Orden Tercera de San Francisco cuando era todavía alumno de la escuela secundaria.

El 14 de agosto de 1931 ingresó en el noviciado capuchino de Nowe Miasto, recibiendo el nombre religioso de Florián. En el noviciado se señaló por su celo, generosidad y devoción. Después de profesar temporalmente y cursar la filosofía, profesó solemnemente el 15 de agosto de 1935. Continuó los estudios teológicos en Lublin y recibió la ordenación sacerdotal el 24 de junio de 1938. A continuación siguió con estudios de Sagrada Escritura en la Universidad Católica del mismo Lublin y allí se encontraba al estallar la Guerra el 1 septiembre 1939. En aquellos meses cruciales no abandonó el convento, lo mismo que los demás religiosos compañeros, y continuó sin miedo dedicado a confesar a los fieles. A causa de la persecución muchos eclesiásticos se escondieron, de manera que no se encontraba apenas quien enterrara a los muertos. El padre Florián se encargó de suplir en este servicio con gran valentía y generosidad. No hizo otra cosa, en realidad, que poner en práctica la frase programática de la vida religiosa que había escrito de su puño y letra en la estampa recuerdo de su ordenación sacerdotal: Estamos dispuestos a daros no sólo el Evangelio, sino nuestra misma vida. Una frase en que se condensaba la esencia de su vida.

No pudo trabajar mucho tiempo en Lublin. El 25 de enero de 1940, junto con todos los sacerdotes y clérigos del convento, fue arrestado por la Gestapo y encarcelado en el Castillo de la ciudad. El padre Enrique no perdió entonces el optimismo y la alegría que le eran innatos. El 18 de junio de 1940, al igual que los demás compañeros religiosos, fue trasladado al campo de concentración de Sachsenhausen, junto a Berlín. Tampoco allí perdió su buen humor, por más que la vida del campamento fuera espantosa. El 14 de diciembre de 1940 fue transferido al campo de concentración de Dachau, donde le asignaron el número de matrícula 22.7388.

El frío le afectó terriblemente hasta minar su organismo. Era hombre de constitución fuerte y robusta, por lo que necesitaba mucho alimento. A la debilidad del hambre se le unió la enfermedad. En el verano de 1942 enfermó y tuvo que ser hospitalizado en la enfermería del campo. En aquel período todos los inútiles para el trabajo y los enfermos eran instalados a un barracón donde las condiciones eran menos malas. Allá fue trasladado el padre Florián. Después de algunas semanas, aunque las raciones de comida eran de hambre, mejoró y fue dado de alta. Pero no fue devuelto a su bloque. Como convaleciente lo pusieron en el bloque para los inválidos. Así recuerda el comportamiento del Siervo de Dios su compañero de desventuras en el campo, padre Cayetano Ambrozkiewicz: "Algunos amigos sacerdotes, que lograron escapar del bloque de los inválidos, contaron que el padre Florián Stepniak había llevado la luz a aquella infeliz barraca". Los allí encerrados estaban destinados a morir. Morían a decenas extenuados, y muchísimos eran llevados en grupos no se sabía adónde. Sólo posteriormente se supo que eran eliminados en las cámaras de gas, en los alrededores de Munich. Quien no ha experimentado el campo de concentración no puede hacerse idea de lo que significaba para aquella gente del bloque de los inválidos, que no eran más que huesos y piel, inmersos en una atmósfera de muerte, oír una palabra de consuelo y ver la sonrisa de un capuchino reducido a la misma situación que ellos.

Cuando llegó la vez a la letra "S" (el apellido era Stepniak), el padre Florián fue llevado a la muerte. El gas lo asfixió el 12 de agosto de 1942. Su cuerpo, con toda probabilidad, fue quemado en los hornos. Las autoridades del campo, hipócritamente, comunicaron a sus padres que su hijo José había muerto de una angina de pecho.


Beato Fidel Jeronimo Chojnacki 91906-1942)

Nació en Lodi el día de todos los Santos de 1906, siendo el último de seis hermanos. En el bautismo, que recibió tres días después, recibió el nombre de Jerónimo.

En familia recibió una educación religiosa ejemplar, frecuentando la parroquia de la Santa Cruz. Terminada la escuela superior, se inscribió en la academia militar. Acabados los estudios, no logró encontrar trabajo. Gracias a la ayuda de parientes, consiguió una ocupación durante un año en Szczuczyn Nowogrodzki en el instituto de la Previsión Social (ZUS) y sucesivamente en la Central de Correos de Varsovia. Era un empleado muy apreciado a causa de su fidelidad. Entretanto, junto con su tío, el padre Estanislao Sprusinski, colaboraba en la gestión de la Acción Católica.

Participó en la campaña contra el alcohol, siendo el mismo abstemio. En su actividad dentro de la Acción Católica, sintió la necesidad de una vida interior más profunda. Por esta razón entró en la Tercera Orden de San Francisco, radicada en la iglesia de los Capuchinos de Varsovia. Sus nobles dotes de carácter le ganaron la confianza de la gente, logrando en ocasiones reconciliar a personas enemistadas. En ese tiempo trabó amistad con el hoy Beato padre Aniceto Koplinski, el famoso limosnero de Varsovia. Las relaciones constantes con los capuchinos hicieron nacer en él la vocación religiosa.

El 27 de agosto 1933, en Nowe Miasto, recibió el hábito capuchino y el nombre religioso de Fidel. No obstante sus 27 años y su experiencia de la vida, denotaba grande franqueza y simplicidad, relacionándose amigablemente con todos. En el período del noviciado se preocupó de conocer los principios de la vida interior y se dedicó con empeño al propio perfeccionamiento espiritual.

Emitió los votos temporales el 28 de agosto de 1934 y partió para Zakroczym donde estudió la filosofía. Aquí, con el consentimiento de los superiores, fundó un Círculo de Colaboración Intelectual para los Clérigos. Continuó ocupándose del problema de la abstinencia del alcohol y fundó un Círculo de los Abstemios. Además cooperó con la Orden Tercera Franciscana.

Al principio de 1937 superó con valoración óptima el examen final de filosofía. El 28 de agosto de 1937 emitió los votos perpetuos. Seguidamente comenzó el estudio de la teología en el convento de Lublin. Meses después de estallar la II Guerra mundial, escribía el 18 de diciembre de 1939 una carta a su tío, el padre Estanislao Sprusinski, manifestando una cierta desazón y abatimiento por el hecho de no poder vivir y estudiar normalmente.

El 25 de enero de 1940, fue arrestado y encarcelado en el Castillo de Lublin. Soportó con serenidad e incluso con un cierto buen humor las duras condiciones de la cárcel, con falta de movimiento, de espacio y de aire.
A los 5 meses, el 18 de junio de 1940, fue trasladado junto con todo el grupo al campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín. Se trataba de un campo modelo, de verdadero cuño prusiano, sobre todo con una disciplina y un orden que acababan en el aniquilamiento del individuo. Aquí el Siervo de Dios perdió su optimismo. El trato inhumano de los prisioneros le afectaba, induciéndolo al pesimismo.

El 14 de diciembre de 1940, con un convoy de sacerdotes y religiosos, fue trasladado al campo de concentración de Dachau, cerca de Munich, donde su estado de ánimo siguió empeorando. Se le imprimió en un brazo el número de matrícula 22.473. Las noticias de las continuas victorias del frente militar alemán no dejaban entrever a los prisioneros esperanzas de salir del campo. El hambre, el trabajo y las persecuciones eran cada vez más insoportables. La capacidad de superarse le abandonaba junto con la energía vital. Un trabajo muy superior a sus fuerzas, el hambre, la penuria del vestido le procuraron a fray Fidel una grave enfermedad pulmonar. Una mañana de invierno de 1942, mientras transportaba junto con un compañero una pesadísima olla de café de la cocina, resbaló de modo que el café hirviendo le salpicó causándole quemaduras graves. El castigo duro que le impuso el jefe del bloque debilitó más todavía su estado psicológico. El padre Cayetano Ambrozkiewicz, el compañero de desventura que logró sobrevivir, narra así el adiós del Siervo de Dios: "No olvidaré nunca aquella tarde de domingo del verano de 1942, cuando fray Fidel dejó nuestra barraca nº 28 para irse al bloque de los inválidos. Se hallaba tan quieto y absorto, en sus ojos había reflejos de serenidad, pero ya no eran reflejos de este mundo. Nos besó a todos, despidiéndose con palabras de San Francisco y diciendo: Alabado sea Jesucristo; hasta la vista en el cielo".

Algún tiempo después, el 9 de julio de 1942, se extinguió en la enfermería del campo. Su cuerpo fue quemado en un horno crematorio.

 

Beato SInforlano Felix Ducki (1888-1942)

Nació el 10 de mayo de 1888 en Varsovia. En el bautismo, el 27 de mayo, recibió el nombre de Félix. Frecuentó la escuela elemental en la nativa Varsovia. Cuando en 1918 los capuchinos regresaron a su convento propio, abandonado con la supresión zarista de 1864, Félix Ducki, que de tiempo atrás sentía la vocación, se unió a ellos, primero ayudando simplemente a la reorganización del convento y más tarde como postulante. El 19 de mayo de 1920 comenzó el noviciado en Nowe Miasto con el nombre de fray Sinforiano. Terminado el año de noviciado se dedicó al servicio fraterno en los conventos de Varsovia, de Lomza y de nuevo en Varsovia (desde el 27 de mayo de 1924), hasta la profesión solemne, el 22 de mayo de 1925.

En Varsovia desempeñó primero el oficio de hermano limosnero, preocupándose sobre todo de recoger ofertas para la construcción del Seminario Menor de San Fidel. Después fue nombrado hermano socio del padre Provincial.

De carácter sociable, simple, cortés y amigable, fácilmente conquistaba la simpatía del pueblo y nuevos amigos para la Orden. No obstante su vida tan activa en medio de la gente, no perdió nunca el espíritu interior, distinguiéndose por su oración devota y fervorosa. Era conocido y estimado por los habitantes de la capital y le llamaban "padre" aunque no era sacerdote.

Al sobrevenir la II Guerra mundial se esforzó para que no faltara lo necesario ni a sus hermanos frailes ni a los demás pobres, hasta el 27 de junio de 1941, día en que la Gestapo arrestó a todos los 22 capuchinos del convento de la capital. En un primer momento fray Sinforiano fue internado en la prisión di Pawiak, y luego, el 3 de septiembre, en el campo de concentración de Auschwitz. De constitución robusta, sufrió más que los demás el hambre y las persecuciones, soportando todo en silencio. Las míseras raciones que recibían no cubrían ni siquiera la cuarta parte de la necesidad del organismo de un hombre normal. Después de siete meses fue condenado a una muerte lenta.

Una tarde, mientras los custodios del campo habían comenzado a asesinar prisioneros de un modo bestial, destrozándoles la cabeza a garrotazos, fray Sinforiano tuvo la valentía de hacer sobre los caídos la señal de la cruz. El testigo ocular y compañero de prisión César Ostankowicz declara que hubo un momento de aturdimiento y sorpresa, al que siguió la orden de apalear a Sinforiano. Un golpe en la cabeza le hizo caer al suelo entre los esbirros y los prisioneros. Poco después tuvo fuerzas para levantarse y hacer de nuevo la señal de la cruz. Fue entonces cuando lo asesinaron. Era el 11 de abril de 1942. La muerte de fray Sinforiano puso fin a la tremenda matanza que los soldados estaban perpetrando, y unos quince prisioneros se salvaron así de la muerte. Estos, con grande veneración, cargaron a fray Sinforiano en el carro que le llevaría, con los demás cadáveres, al horno crematorio.

Con su martirio fray Sinforiano demostró heroicamente su fe en la Trinidad, y salvó de una muerte segura a un grupo de compañeros de prisión.

 

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