Beata Florida Cévoli

12 de junio (1685-1767) Himno

Lucrecia Elena Cévoli nace en Pisa el 11 dc noviembre de 1685.
A los 13 años, en 1698, es confiada a las monjas de S. Martín de Pisa para que la instruyan.
En la primavera de 1703 entra en el monasterio de las capuchinas de Cittá di Castello.
El 8 de junio de 1703 comienza el noviciado bajo el magisterio de Verónica Giuliani.
El 10 de junio de 1705 emite la profesión solemne de los votos.
En 1716 es elegida vicaria del monasterio.
Después de la muerte de Sta. Verónica, en 1727, Florida es elegida abadesa.
Favoreciendo la causa de beatificación de Sta. Verónica, en 1753 Florida Cévoli decide fundar un monasterio en la casa de los Giuliani en Mercatello.
Después de 37 días de "fiebre ardiente" muere el 12 de junio de 1767.
En su pecho y en corazón se encuentran signos divinos que, divulgados por imágenes, contribuyeron a su fama de santidad.
La causa de beatificación fue iniciada en 1838, y el 19 de junio de 1910 fueron aprobadas sus virtudes heroicas.
Fue beatificada por Juan Pablo II el 16 de mayo de 1993

Jesus amor, ¡fiat voluntas tua! Haz, Jesús, que te ame eternamente, y desee padecer y morir por ti. Jesús crucificado, mi Redentor, imprime tus santas llagas en medio de mi corazón. Quien tuviese una chispa de este amor no sentiría nada grave cuanto de penoso se pueda encontrar. Rogad para que comience a amar durante el poco tiempo que me queda de vida, ya que no he hecho nada hasta ahora. (Beata Florida Cévoli)


EL DÍA A DÍA EVANGÉLICO

"No lo conseguirá", había pronosticado, drástico y seguro, el gran duque Cósimo III cuando se le informó de las intenciones de Lucrecia Elena Cévoli, convencida de consagrarse completamente a Dios. El gran duque estaba en lo cierto de que la joven pisana, hija del conde Curzio y de la condesa Laura de la Seta, habituada a todo género de seguridades, no podría superar la dureza de una vida áspera y austera como aquella que deseaba emprender. Sin embargo, traspasados en la primavera de 1703 los umbrales del monasterio de las Capuchinas de Cittá di Castello, la joven de 17 años, pues había nacido en Pisa el 11 de noviembre de 1685, no se volvería nunca atrás.

¡Y no es que el gran duque se hubiera equivocado del todo en su profecía! El impacto del monasterio fue más duro de lo previsto; las monjas le parecían demonios, y la maestra, Verónica Giuliani, tenía intención de no recibirla. Consiguió superar aquel mal momento, ya que su vocación era auténtica, y esto le robusteció la voluntad y le dio la constancia necesaria para mantenerse firme en el propósito. Supo, sobre todo, dar pruebas de humildad y deseó sinceramente hacer penitencia. Para ello se sometió a una dura ascesis que la empujaba a pedir, por sí misma, otras asperezas además de aquellas, no pocas, que ya tenía el año de noviciado. Quedan numerosos testimonios, que nos pueden dar una idea precisa de las grandes dificultades que, en los siglos XVII-XVIII, un novicio o una novicia debían afrontar: la disciplina era durísima y por cosas que hoy nos parecen leves se corría el riesgo de ser expulsados; la humildad era una de las virtudes sobre la que se insistía mayormente y, para inculcarla a los novicios y novicias, no se dudaba en infligir humillaciones públicas; el temor de los jóvenes a no ser admitidos a la profesión era fuerte.

No siempre nos resulta fácil, en la actualidad, comprender unos criterios educativos tan lejanos de los nuestros. Otros tiempos, otra pedagogía; sin embargo también esa produjo una floración de santos. Novicios y novicias se sometían sin rechistar, muchas veces con un fervor que era acompañado por el entusiasmo, a una disciplina que hoy calificaríamos de insoportable. La misma Florida es un ejemplo, al pedir que se le alargara un año más el tiempo de noviciado. Este riguroso camino ascético no era un fin en sí mismo: en las personalidades más puras tenía el efecto del fuego purificador que, quemando las escorias, llevaba a las almas a elevarse en la oración. Una sed de contemplación, nunca apagada, dominó por eso la vida entera de la noble pisana, ahora sor Florida, convertida en ferviente mantenedora del más riguroso ideal franciscano.

Sin embargo, no se distinguía tanto por la alteza de la contemplación cuanto por ser una mujer dotada para el poder, hábil y capaz en el gobierno. Que las monjas se dieron cuenta enseguida de la notable personalidad de Florida lo demuestra el hecho de que, aún jovencita, le confiaron el oficio, delicadísimo, de tornera; lo cual le ofreció la posibilidad de tomar el pulso concreto de la situación: el monasterio, ella se dio cuenta bien pronto, no estaba rigurosamente alineado con el espíritu y la voluntad de Sta. Clara, y una interpretación "blanda" de la regla daba la ocasión, con frecuencia, a no pocas acomodaciones.

"Sor Verónica era buenísima para hacer oración, sor Florida tenía más espíritu y más coraje"; así, con una claridad meridiana, especifica una testigo las dotes peculiares de las dos monjas que dieron al monasterio de Cittá de Castello un aspecto diverso. Por eso, cuando Verónica Giuliani fue elegida abadesa en 1716, se le puso como vicaria a Florida, que entonces tenía 31 años. Y mientras la santa abadesa combatía su batalla espiritual, arrebatada a alturas vertiginosas de las que percibía la tremenda fascinación y se acercaba temblorosa, la vicaria seguía, de acuerdo con la madre, el desarrollo de la vida cotidiana, encargándose de las obligaciones concretas, afrontando las pequeñas y grandes dificultades de la vida, cuidando, con gran atención, las relaciones humanas.

Verónica permaneció de abadesa durante 11 años consecutivos, hasta su muerte en 1727. Le sucedió sor Florida, que guió el monasterio hasta 1736, continuando la obra iniciada. Sin desgarros violentos, emprendió con mano segura, fortiter ac suaviter, una progresiva decantación hacia la vida comunitaria, segura de que los grandes ideales propugnados por los santos fundadores fuesen concretados en una vida ordinariamente fiel, en una santidad que se sustanciaba no tanto en grandes arrebatos cuanto en hacer bien las cosas de cada día. No le faltaron contrariedades, que ciertamente debe esperar quien, llamado para desempeñar ese cargo, se muestra enemigo de componendas; pero supo superarlas con su fuerza de voluntad que la sostuvo -inmóvil- a la hora de llevar a buen puerto sus proyectos.

Y suscitaba admiración entre las monjas el coraje y la naturalidad, al mismo tiempo, con que la abadesa, crecida en un ambiente aristocrático y que muchas veces recibía visitas de nobles mujeres de alto rango, hacía incluso los trabajos más humildes y se sujetaba a las humillaciones más difíciles. Una personalidad como la suya, fuerte y dulce al mismo tiempo, no podía dejar de impresionar a las hermanas, que la llamaron continuamente a desempeñar cargos de responsabilidad: después de los primeros nueve años de abadiato, fue una vez maestra de novicias, otra vez abadesa y vicaria, alternándose en estos oficios hasta su muerte. De su sabio gobierno, mantenido por la practicidad y el sentido común, se benefició el mismo monasterio, en el que quiso que funcionase hasta la botica, que dotó del necesario acueducto. En resumen, una valiente Marta con "cien ojos y otras tantas manos", de ningún modo olvidada de las aspiraciones de María.

No le faltaron sufrimientos, que los oficios desempeñados se los procuraban por su propia naturaleza, y un doloroso e importuno herpe hizo el resto: durante veinte años tuvo que soportar los picores que aceptó sin descomponerse, de modo que los demás ni se daban cuenta. Ciertamente, ni siquiera con las molestias Florida Cévoli quería vestir la ropa extraordinaria, prefiriendo aceptar el martirio cotidiano que se le infligía no a golpes de cimitarra, sino -la imagen elocuente es de Teresa de Lisieux- con pinchazos de alfiler. Y entre las monjas se decía, incluso, que había rechazado las llagas, con las que Cristo quería condecorarla, por temor a ensoberbecerse.

Capaz y concreta, dio pruebas de su intuición y de su sagacidad en algunas iniciativas relacionadas con su antigua maestra, Verónica Giuliani: fue Florida la que favoreció la introducción de la causa de beatificación, y fue también ella la que, en 1753, decidió erigir un monasterio en la casa de los Giuliani en Mercatello..

Mujer práctica y de fuertes determinaciones: así se muestra en algunas cartas relativas a la construcción del monasterio de Mercatello. Mujer práctica: el 18 de abril de 1754 escribía al canónigo Santi, que junto al señor Perini seguía los trabajos: "Le recomiendo que aquello que no sea necesario, del viejo, no lo destruyan, porque nos parece que para algunas paredes pueden utilizarse las antiguas, lo que garantizaría un menor gasto y una mayor diligencia".

Mujer de carácter: el 11 de febrero de 1755 escribía a propósito del mismo canónigo: "Con mucha insistencia me encomendé a él para que en la pasada Cuaresma (es decir, la Cuaresma de Adviento), de tanto en tanto me diese alguna noticia sobre las obras; sin embargo, hace dos meses que ha pasado la Cuaresma, ha pasado carnaval, y aún no he visto ni una sola línea, ni siquiera del señor capellán. ¿Pero esto qué es? ¿Han muerto o están vivos? Que nos digan alguna cosa..."

A su muerte, acaecida después de treinta y siete días de "fiebre ardiente", el 12 de junio de 1767, al examinar el cadáver se encontraron algunos signos prodigiosos al lado del pecho: sin embargo, el corazón que se le extrajo con la ayuda de un cirujano, aparecía perfectamente normal, pero después, en una porción de la aorta, se manifestaron efectos difícilmente comprensibles de modo natural.

Estos hechos, sin embargo, constituyen el "después"; son otra historia, escrita por el dedo de Dios para otras cosas, para que se tomase en cuenta lo extraordinario de una existencia enteramente vivida bajo el signo de lo ordinario. Pero es, más bien, otra cosala que hace actual la vida de Florida Cévoli. Inmersos como estamos en una cotidianidad ensordecedora y caótica, bombardeados con mensajes a menudo contradictorios, la clarisa de Cittá di C astello nos recuerda la grandeza de la santidad ordinaria, el valor de una fidelidad constante y de la oración continua, el heroísmo de hacer bien las cosas de cada día aceptando, incluso, aquellas cargas que muy a menudo repugnan a la razón. Porque el Evangelio tiene razones, que la razón no tiene.

 

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