B. Nicolás de Gésturi

8 de junio (1882-1958) Himno

Juan Ángel Salvador Medda (Nicolás) nace en Gésturi (Oristano, Cerdeña) el 4 de agosto de 1882.
En el mes de marzo de 1911 entra como terciario en el convento capuchino de Cagliari.
El 30 de octubre de 1913 viste el hábito capuchino y cambia su nombre por el de fray Nicolás.
Después de ocho meses, el 13 de junio de 1914 va a Sanluri para continuar el noviciado.
El 1 de noviembre de 1914, fiesta de Todos los Santos, emite la profesión simple.
El 16 de febrero de 1919 hace la profesión solemne de los votos.
Sucesivamente va al convento de Sassari como cocinero, después a Oristano y a Sanluri.
El 25 de enero de 1924 es trasladado al convento mayor de Buencamino en Cagliari, donde permanece hasta la muerte como limosnero.
Muere a las 0,15 del 8 de junio de 1958.
Fray Nicolás es enterrado en el cementerio de Bonaria en Cagliari, meta de continuas peregrinaciones.
El 6 de octubre de 1966 se inicia el proceso ordinario-informativo en Cagliari, concluyéndose el 20 de diciembre de 1971.
En los años 1978-1982 se instruye el Proceso de reconocimiento.
El 2 de junio de 1980 sus restos son trasladados del cementerio a la iglesia del convento.
El 25 de junio de 1996 se reconoce la heroicidad de sus virtudes.
El 3 de octubre de 1999 el papa Juan Pablo II lo proclama Beato.

Pidamos al Señor que tenga misericordia. Ya la vemos en estos días de recuerdo de su pasión y muerte, figura de nuestra vida; después viene la resurrección, aún más confortante si pedimos que se nos dé la gracia de imitarlo llevando la cruz por su amor. Pidamos y confiemos en Dios para vernos en el santo Paraíso. Sean alabados Jesús y María. (Beato Nicolás de Gésturi)

"FRAY SILENCIO"

En Gésturi, un pueblo sardo de unos 1.500 habitantes, situado en la región del Sarcidanu y en la archidiócesis de Oristano, el 4 de agosto de 1882 nace Juan Ángel Salvador, hijo de modestos y religiosos propietarios, Juan Medda Serra y Pirama Cogoni Zedda, el cuarto de cinco hermanos. A los cinco años es ya huérfano de padre, y a los trece también de madre; por lo que es acogido como criado "no remunerado" por el acaudalado Peppino Pisano, suegro de su hermana Rita, junto a la que permanece aún después de morir el pariente. Curado de una grave enfermedad reumático-articular, en marzo de 1911 Juan Medda sube en Cagliari a la colina de Buencamino, donde estaba el convento de S. Antonio, para ser recibido entre los hermanos capuchinos no clérigos por el comisario provincial, padre Martín de Sampierdarena. El aspirante viene recomendado por la declaración del párroco, D. Vicente Albana (Gésturi, 31 de marzo de 1911), quien se manifiesta disgustado por la salida del joven de la "parroquia, donde ha servido siempre de edificación para todos, no sólo por su modélica piedad, sino también por su integridad de vida y la austeridad de sus costumbres".

Recibido por el superior como terciario, Juan Medda viste el sayal en Cagliari el 30 de octubre de 1913 y toma el nombre que lo hará famoso en toda la isla y más allá: fray Nicolás de Gésturi. A partir del 13 de junio de 1914 continúa el noviciado en Sanluri, bajo la guía del padre Fidel de Sassari, "religioso austero consigo y con los otros, y severo hasta la racanería. Así, forjado para la vida conventual, el novicio emitió la profesión simple el 1 de noviembre de 1914, confirmando después su consagración total a Dios el 16 de febrero de 1919 con la profesión solemne. Se le confía un primer cargo bastante exigente: la cocina del convento de Sassari. Por mucho que se empeñe, fray Nicolás no llega a contentar a los hermanos. Se le sustituye enviándolo a Oristano, después a Sanluri a reoxigenarse en el espíritu del noviciado. Finalmente los superiores encuentran un ambiente más adecuado y posiblemente amplio para las extraordinarias virtudes de fray Nicolás: la obediencia y la humildad, y lo ponen definitivamente en la cabeza de distrito de Cerdeña, donde había manifestado la tímida petición de ser capuchino. Recibió el encargo de pedir a santu Franciscu, por S. Francisco, según la expresión típicamente sarda.

Por precisión histórica, en el setecientos y en aquel mismo convento vivió otro limosnero capuchino como él, muy venerado en toda la isla: S. Ignacio de Láconi (1701-1781 ).No queda sino tomarlo como ejemplo, y fray Nicolás lo hace estupendamente. Durante 34 años se mueve, testigo silencioso, por los campos, baja y sube por los tortuosos callejones de los barrios de Castello y Villanova, se alarga hasta los pueblos vecinos del Campidano, para después recorrer, a lo largo y ancho, las calles y avenidas de Cagliari. Solamente para al encontrarse con "nuestra hermana la muerte corporal" a las 0.15 del 8 de junio de 1958.

Goza de tal veneración que cerca de 60.000 devotos participan en los funerales, que comienzan a las 5 de la tarde del 10 de junio. La masa de gente avanza bajo una lluvia continua de flores y bloquea durante varias horas el tráfico de Cagliari, parándose al llegar al cementerio de Bonaria. Más que un funeral parece un cortejo triunfal, convertido en seguida en un peregrinaje cotidiano hasta el 2 de junio de 1980, cuando los restos mortales del entonces siervo de Dios fray Nicolás de Gésturi vuelven a su iglesita de S. Antonio. Entre tanto -el 6 de octubre- se ha iniciado el proceso informativo y el 22 de febrero de 1978 el de reconocimiento para su canonización. El 25 de junio de 1996 se promulga el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes en presencia de Juan Pablo II, que lo declara Beato en la plaza de S. Pedro el domingo 3 de octubre de 1999.

Para acercarse a fray Nicolás, que la voz popular -en este caso incluso "voz de Dios"- no se había limitado a definir como un religioso silencioso sino, incluso, a llamarlo "Fray Silencio", y arrebatarle el secreto de su actualísimo mensaje, se debe entender primero el significado de su silencio. Fray Nicolás callaba para escucharse y escuchar. Es decir, percibir en su interior la presencia del Eterno Silencioso que es Dios, a captar los secretos impulsos de amor y volcarlos en los hermanos que encontraba diariamente por las calles de Cagliari. Si el silencio es pura negatividad, en lo que respecta a fray Nicolás, un limosnero compañero suyo, fray Lorenzo de Sárdica, precisa: "Nunca me ha parecido negativo su silencio, escuchaba la palabra de Dios, la conservaba y, si pronunciaba alguna palabra, interiormente no era nunca estéril".

Ordinariamente se manifiestan pensamientos y sentimientos a través del lenguaje, pero no necesariamente. Pensemos en la eficacia de los gestos, de la mirada y, en particular, de los ojos azules de fray Nicolás, casi cubiertos por las espesas cejas y siempre bajos que, de cuando en cuando, miraban al cielo acompañados de una sonrisa verdaderamente celestial para, después, posarse cariñosamente sobre las personas y cosas de su tierra.

Su mirada silenciosa era, sobre todo, contemplación de Dios, agradecimiento por cuanto recibía, reproche para quien podía dar y se lo negaba, perdón por las frecuentes injurias de quien lo tenía por un holgazán y por los comunistas que, en el encendido abril político de 1948, tomándolo por un agit-prop, (agitador propagandista) clerical, lo molieron a palos. Aún en esta lamentable circunstancia fray Nicolás respondió, como era su costumbre, con el silencio; rechazó el denunciarles en la comisaría porque, según él, no había pasado nada.

Este estilo de vida silenciosa es típico de la espiritualidad franciscana. Fray Nicolás había leído y meditado cómo S. Francisco invitó a un compañero suyo a predicar en silencio por las calles de Asís. En sus oídos resonaba a menudo el estribillo del beato Gil de Asís: "Bo!, ¡Bo!, ¡Bo!. Molto dico e poco fo" (Bah, bah, bah. Mucho digo y hago poco".

Nadie mejor que el sentir popular sabía captar "el lenguaje elocuente de la existencia trasfigurada" de fray Nicolás. Cuando subía en un transporte público, los viajeros rivalizaban por pagarle el billete y cederle el asiento. Él lo agradecía con una sonrisa, se ponía las gafas para leer algún pensamiento espiritual de su librito de apuntes, mientras los presentes susurraban: ¡Silencio! fray Nicolás está rezando. El capuchino silencioso creaba, en un mundo trastornado por los ruidos, un silencioso oasis de intimidad divina.

Hombre siempre reservado, más bien bajo de estatura, de paso lento, los ojos mirando a tierra, con la tradicional alforja sobre los hombros y el rosario entre los dedos, un poco abandonado en el vestir, fray Nicolás posee todos los requisitos para espantar las simpatías, particularmente en ciertas calles mundanas y en la entrada de las casas señoriales. Si no es en casos excepcionales, el limosnero capuchino no entra, por principio, en las casas. Se queda en la puerta sin llamar. Cuando no encuentra al propietario, se sienta en el último escalón y espera que vuelva o que salga; y en los últimos años lo hace también para descansar sus pobres pies siempre desnudos.

Es más. En el limosnero de Cagliari se evidencian cuatro anomalías. Corno se ha dicho antes, de hermano buscador de limosnas se convierte en hermano buscado. A pesar de tener el encargo de pedir para el convento, prácticamente no pide nunca nada, y todos le ayudan. Siente complejo ante el gentío, y está siempre rodeado de gente. Por modestia, habitualmente no mira a la cara, pero lo ve todo hasta los más recónditos pliegues del corazón humano. No obstante, fray Nicolás desprende involuntariamente un halo de veneración que hace prodigios. Es un hermano capuchino auténtico. Fray Nicolás no observa la Regla, es la misma Regla. En particular, por lo que respecta a la relación de los religiosos con el mundo, el capítulo tercero constituye su carnet de identidad: "Los hermanos, cuando van por el mundo, sean apacibles, pacíficos y modestos, mansos y humildes, hablando a todos honestamente ,como conviene".

Las intervenciones orales de fray Nicolás cran siempre telegráficas y trataban necesariamente sobre la oración de la que estaba embebido, ya que debían responder a la continua petición , casi única, del pueblo: "Fray Nicolás, rece por nosotros! ". Y él, sin cansarse nunca, les contestaba: "¡Recemos: rezad, rezad!". "Rezad: podéis iros. El Señor os ha escuchado". "Y vosotros rezad por mí".

Los escritos que poseemos -pues el capuchino recibía peticiones por correo de los que estaban lejos y no podían acercarse- no son menos telegráficos que las palabras y manifiestan su limitada cultura de general básica. El medio utilizado para la respuesta no era de lo más elegante y consistía -para guardar el voto de pobreza- en hojas de papel que otros habían tirado, con tal de que tuvieran un mínimo de espacio en blanco, o bien, el espacio dejado en blanco por el remitente. He aquí la trascripción de una fotocopia de un autógrafo suyo: "J. [esús], M. [aría], J. [osé], F. [rancisco] - fray Nicolás / ¿Nos salvaremos? ¡Esto es el punto más difícil! / Si nos salvamos lo habremos conseguido todo. /Pidamos que el Señor tenga misericordia. / Sean alabados Jesús y María".

Puesto que se ha hecho referencia a la escasa cultura literaria del hermano Nicolás, estará bien que tratemos de aquella que deseaba verdaderamente, tomada de la teología ascética y mística y utilizada para manifestar experiencias espirituales que se le acumulaban en el interior. Era un apasionado lector de los escritos de la mística franciscana beata Ángela de Foligno (1249-1309), tanto que el hermano que se los había prestado no pudo recobrarlos. Fray Nicolás se excusaba así: "Los he leído muchas veces, pero cuando llego al final me gusta comenzar de nuevo: ¡son demasiado bellos!".

Además de los Evangelios y la obra del padre Cayetano María de Bérgamo: El capuchino retirado en sí mismo durante diez días, que todos los religiosos conocían, fray Nicolás meditaba también sobre el Tratado del Purgatorio de Sta. Catalina Fieschi de Génova (1447-15 10) y los Ejercicios de Piedad para todos los días del año del padre Juan Croiset, editado en 1734. No era mucho, pero lo suficiente para trascribir notas y reflexiones útiles para sí y para los demás. Del resto, suplía el Espíritu de Dios que actuaba en él.

El dicho de Jesús trasmitido por los Hechos de los Apóstoles: "Hay más alegría en el dar que en el recibir" (20,35), muy a menudo meditado y asimilado por fray Nicolás, constituía un componente de su naturaleza sarda, más propensa -por pudor- a dar que a recibir. En el trascurso de los años se convirtió en el "don de sí" que representa la esencia del amor cristiano, y resplandece heroicamente en la cotidianidad del capuchino, particularmente tras las devastaciones acumuladas durante el segundo conflicto mundial por las frecuentes incursiones aéreas y marítimas sobre Cagliari, la ciudad más martirizada de Italia, "deslabiada, desfigurada, deformada como un cuerpo mutilado por la lepra".

Los habitantes que podían se resguardaban en los territorios más al interior y menos expuestos de la Cerdeña. Incluso las autoridades civiles y eclesiásticas se había ido a otra parte. En el millar de civiles desventurados que habían quedado en la comarca pensaron cuatro capuchinos, entre ellos fray Nicolás "que por ningún motivo había querido dejar la ciudad". Abolida la clausura, la masa de desheredados, de los sin techo, de los hambrientos, se refugió en el convento, donde él continuó su misión de ayuda, y de mendicante se convirtió en generoso benefactor. El pobre de Dios, con el hábito remendado y las sandalias recosidas, acostumbrado a dormir pocas horas sobre dos tablas desunidas y una silla desvencijada por cabecera, se transformó en un señor hospitalario, sin tener los humos del amo sino con el afecto diligente del hermano. Cuando las sirenas de alarma advertían a los "cagliaritanos" que el bombardeo había terminado, fray Nicolás se escapaba el primero del convento para acercarse a los puntos más castigados dc la ciudad y llevar los primeros auxilios. Ayudó también a los que luchaban contra el hambre y el frío ocultos en las cuevas.

Fue un milagro que no cayera víctima del furor bélico; pero más milagroso aún fue que su frágil robustez -los médicos le descubrirán una serie de graves enfermedades- no se rompiera.. Este heroísmo cotidiano y sobrenatural se realizó siempre y únicamente en la más estricta reserva, ante los ojos de Dios y de los numerosos beneficiados que con su inmutable veneración han colaborado a llevar al humilde y silencioso protagonista al honor de los altares.

Los grandes místicos sintieron el impulso de meditar y explicar el Cantar de los Cantares, deliciosa melodía del amor humano trasferido al plano divino: Dios es el esposo, el alma su esposa, en tensión hacia el desposorio del Cielo. Por ejemplo. Santo Tomás de Aquino, yendo al concilio de Lyón y viéndose bloqueado por una enfermedad mortal en la abadía cisterciense de Fossanova, condescendió a la petición de los monjes de comentar brevemente el Cantar de los Cantares antes de que "llegase el abrazo final con el Amado". Sin ocuparse, ni de forma oral ni escrita, del libro divino, fray Nicolás deja intuir su acrisolado anhelo del "abrazo final con el Amado" en dos episodios singulares.

Mientras sube al veneradísimo santuario "cagliaritano" de la Virgen de Bonaria, siguiéndole de cerca la mujer del doctor Maxia, conocida por su devoción a la Virgen pero también por su poco cariño a los frailes, dos enamorados, sentados sobre un pretil, se intercambian caricias. El austero hermano Nicolás no reacciona como se hubiera esperado de él. Se para, los observa con una mirada limpia y dulce de quien ve más allá de las contingencias humanas y deja sorprendida y edificada a la exigente señora, que desde aquel día cambia de opinión sobre los religiosos y se convence de la santidad del humilde limosnero.

En Cagliari, en 1951, se festeja la canonización de S. Ignacio de Láconi, el capuchino limosnero en quien fray Nicolás se inspira. Preside el cardenal Eugenio Tisserant y el maestro de capilla de Sta. Maria la Mayor de Roma, monseñor Licinio Refice, dirige una misa compuesta por él en honor del nuevo santo. Terminada la función, el músico se dirige presuroso hacia fray Nicolás, lo abraza fraternalmente y le pide su parecer sobre la ejecución. Siempre reacio a manifestarse, el limosnero sentencia: "Trate de que se cante el Sanctus eternamente: es una música digna del cielo". El maestro de capilla comentará: "Es el mejor juicio que pudiera desear". Verdaderamente. El capuchino silencioso, siempre inmerso en las realidades de allá arriba, entendía bastante de Cielo.

Antonino Rosso

 

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