Beato Félix de Nicosia

2 de junio (1715-1787) Himno

Jacobo Amoroso (Félix) nace en Nicosia el 5 de noviembre de 1715.
En 1733 pide entrar en los capuchinos como hermano laico, pero no se le acepta.
A comienzos de octubre de 1743 viste el hábito capuchino en el convento de Mistretta y hace el año de noviciado.
Al terminar el noviciado, hecha la profesión religiosa, es asignado al convento de Nicosia.
Permanece en Nicosia como limosnero hasta la muerte.
A finales de mayo de 1787 cae enfermo.
Muere un viernes, 31 de mayo de 1787.
La Orden capuchina inicia el proceso de beatificación el 10 de julio de 1828.
El 12 de julio de 1848 se concluye el proceso apostólico en Nicosia.
Pio IX, el 4 de marzo de 1862, proclama la heroicidad de las virtudes.
León XIII, el 12 de febrero de 1888, lo declara Beato .
Su cuerpo, después de la supresión del convento de Nicosia en 1864, es trasladado a la catedral en mayo de 1885, y a la nueva iglesia de los capuchinos en 1895.

Los pobres son la persona de Jesucristo, y se deben respetar. Veamos en los pobres y en los enfermos al mismo Dios, y socorrámoslos con todo el afecto de nuestro corazón y según nuestras propias fuerzas. Consolemos con dulces palabras a los pobres enfermos y tratemos con presteza de socorrerlos. No dejemos nunca de corregir a los extraviados de forma prudente y caritativa. (Beato Félix de Nicosia)

UNA ALFORJA HEROICA

Es cosa sabida que el primer santo capuchino, S. Félix de Cantalicio, ha contribuido a dar un tono particular de simplicidad, humildad, pobreza y alegría a la santidad capuchina, convirtiéndose, casi, en un modelo insustituible para muchos hermanos laicos. Así fue para Jacobo Amoroso de Nicosia en la fértil tierra de Sicilia cuando, en 1743 y con veinte años, comenzó en el convento de Mistretta el año de noviciado, tomando junto con el nombre la figura y el ejemplo del santo hermano, canonizado treinta años antes. Pero no había sido fácil llevar a término esta vocación, no obstante haber tenido una juventud extraordinariamente virtuosa. Pues sus padres, Felipe Amoroso y Carmen Pirro, que lo recibieron de Dios el 5 de noviembre de 1715, y que, en medio de la pobreza, sacaron adelante una familia numerosa, eran ricos en temor de Dios y de un sólido testimonio cristiano.

El padre, Felipe, trabajaba de zapatero remendón en un oscuro cuchitril, y apenas podía tirar adelante. Pero quería especializar al hijo en su trabajo, por lo que, apenas creció, lo metió en la zapatería más famosa de la ciudad, donde trabajaban muchos operarios y estaba al frente de ella Juan Ciavarelli. Jacobo había aprendido bien el oficio y, mientras permanecía sentado en su apartada y silenciosa mesita de trabajo, encontraba el modo de infundir seriedad, respeto y devoción en los demás operarios. Aunque muy joven, en su encendida religiosidad había llegado no sólo a frecuentar la pía unión de los "Cappuccinelli" del convento de Nicosia, sino a inscribirse y poder vestir la capa de los congregantes, con un pequeña capucha franciscana, asimilando con agrado la espiritualidad capuchina. Y esta espiritualidad la manifestaba en todos sus actos y durante su trabajo.

Cuando entraba en la zapatería, refiere un testigo que había sido compañero de trabajo, "se quitaba el sombrero y saludaba a todos diciendo: En toda hora y en todo momento sea siempre alabado el Santísimo Sacramento. Estaba siempre con la cabeza descubierta, porque decía que en todo lugar está Dios, y conviene permanecer en su presencia con reverencia, respeto y veneración". Y si alguno se mofaba con burlas mordaces, a lo sumo le respondía: "Sea por el amor de Dios". un estribillo que se convertirá en habitual programa de toda su vida.

Siendo "cappuccinello", cuando oía la campana del vecino convento de capuchinos, se arrodillaba para rezar e invitaba a los demás:" Tocan a completas. Siervos de Dios, recemos el santo rosario a la santísima Virgen".

Parecía estar hecho adrede para ser capuchino. Sin embargo debió esperar aún muchos años. Cuando tenía dieciocho llamó a la puerta del convento para que se le acogiera como hermano laico, ya que no tenía formación. Pero siempre recibió una sonora negativa, pues la pobreza de su familia necesitaba la insustituible ayuda de su trabajo. Una vez muertos sus padres, Jacobo volvió a pedir el ingreso al nuevo provincial de los capuchinos, padre Buenaventura de Alcara, que estaba de visita en Nicosia. Finalmente, y después de diez años de espera, el "cappuccinello" podía llegar a ser un completo hermano capuchino, decidido, con el nombre de Félix de Nicosia, a recorrer el mismo camino que Félix de Cantalicio, hasta el punto de alcanzar sorprendentes coincidencias: noviciado a los 28 años, profesión a los 29 años, limosnero durante 43 años en la natal Nicosia (como S. Félix en Roma) y muerte a los 72 años. "Alforja heroica" lo definirá una popular biografía de Icilio Felici.

Seguir su biografía es un trabajo bastante fácil. Después del año de noviciado en Mistretta, fray Félix fue destinado a su Nicosia, donde permaneció de limosnero durante toda su vida, llegando a constituir en la ciudad una presencia espiritual encarnada en el pueblo y, por eso, intocable. Esto explica su larga y única permanencia, fuera de toda norma en la Orden, en el convento del Cerro de los capuchinos en Nicosia. En el convento se prestó a todo tipo de trabajo: limosnero, portero, hortelano, zapatero, enfermero... Ampliaba el círculo de la cuestación, más allá de su ciudad natal, a los pueblos vecinos, como Capizzi, Cerami, Gagliano, Mistretta y otros. Caminaba de casa en casa, muy recogido y mortificado, silencioso, el rosario en la mano, los ojos -cuenta un testigo- "intra 'na grutta", es decir, cerrados, como dentro de una cueva, siempre en silencio, y me parecía cuando lo miraba, siempre recogido en Dios". La única frase que todos, sin embargo, habían aprendido, era un sonriente agradecimiento:" Sea por el amor de Dios". Se definía a sí mismo con el despreciativo "'u sciccareddu ", el borrico del convento, que llegaba cargado, después de la cuestación, como solían utilizar los carreteros sicilianos.

Durante el camino instruía a los jóvenes en los rudimentos del catecismo y, para atraerlos, les daba pan y habas. Más aún, tenía su propio método práctico. De sus bolsillos, siempre llenos, sacaba para los pobres niños desnutridos y mal vestidos pequeños regalos: una nuez, tres avellanas, cinco habas, diez garbanzos, para recordarles el Dios uno en tres personas, las cinco llagas de Jesús crucificado y los diez mandamientos de Dios: regalitos y mimos que expresan una pequeña lección de fe. Como Félix de Cantalicio por las calles de Roma, así enseñaba también graciosas cancioncillas condimentadas con oraciones y actos de fe, esperanza y amor. En el proceso se recuerda una de estas cancioncillas:

Ven y descansa dentro de este corazón ingrato.
Teniendo vuestro amor y vuestro afecto,
Vivo feliz y, después, muero dichoso.

Cuando encontraba pobres que trasportaban leña o alguna otra cosa de peso, se prestaba a ayudarles, pues todo sufrimiento encontraba un eco profundo en su corazón. No descansaba hasta que no hacía algo por los necesitados. Estaba siempre dispuesto a servir, día y noche, a los enfermos. Todos los domingos visitaba a los encarcelados y les llevaba comida. Su guardián y confesor, padre Macario de Nicosia, atestigua que "a todos socorría, a todos remediaba, tanto en lo espiritual como en lo temporal y, en cuanto podía, guardaba pan, carne y otras cosas para darlas a los necesitados y, cuando la obediencia se lo permitía, se lo quitaba de su boca, y lo hubiera hecho siempre si se le hubiera permitido. Y caminaba de aquí para allá pidiendo vestidos y ayudas a la gente acomodada para vestir y ayudar a todos. Cuando no podía, era tan grande su pena que se sentía morir".

Su guardián, que era paisano, lo trató duramente durante los 23 años que fue su director espiritual. Todos conocían sus reprimendas y los motes con los que humillaba a su "Fray Descontento": perezoso. hipócrita, embaucador, santo de la Meca. Ante estos tonos crudos y ásperos contrastaba el dulce estribillo: "Sea por el amor de Dios". Y muchas veces fray Félix, por obediencia, debía hacer el tonto en medio del refectorio, vestido con una improvisada ropa carnavalesca, fingiendo repartir como perfumado requesón una pasta (así lo hizo una vez) de ceniza amasada en el sombrero que llevaba en la cabeza y que, después, se convertía milagrosamente en un verdadero y fresco requesón, ante el estupor de los hermanos y la enésima reprimenda del superior.

Fray Félix era analfabeto. Su devoción era simple; la palabra un hecho de vida, no una consideración intelectual. Era devotísimo de la Eucaristía, de la Virgen de los Dolores y de Jesús crucificado. El sacristán del convento de Nicosia, fray Francisco Gangi, así lo recuerda: "Siempre me decía y recomendaba que aprendiese a hacer oración mental, y especialmente sobre la pasión de Jesucristo, y me decía que quien medita y piensa en la pasión de Jesucristo no irá al infierno, y esto me lo decía con gran fervor de corazón y llorando. Yo, por mi oficio de sacristán, tenía siempre ocasión de encontrarme con él que, llorando, me abrazaba y me decía que hiciera oración sobre la pasión de Jesucristo".

Seria interminable la narración de los numerosos hechos y anécdotas aparecidos como leyenda durante su vida. Pero hay un aspecto que no podemos olvidar: su cándida religiosidad popular, que utilizaba como remedio infalible para todo mal, las "papeletas" de la Virgen, pequeños trozos de papel en los que se imprimían, en latín o siciliano, devotas invocaciones a la Virgen. Siempre las llevaba consigo y las distribuía frecuentemente. Las colgaba a las puertas de las casas donde había enfermos o pobres, en las cubas de quien recibía el vino de limosna, las arrojaba al fuego que había prendido en las gavillas preparadas para la trilla, en el grano ennegrecido por una calamidad natural, en la cisterna agrietada y sin agua, y florecían gracias y milagros, a veces verdaderas bromas de la Providencia.

Liberado de toda responsabilidad, con el físico muy castigado por las duras penitencias y mortificaciones, estaba siempre dispuesto a todo tipo de servicio, sobre todo con los enfermos de la enfermería del convento. Mientras disminuían sus fuerzas por el desgaste de sus 72 años, crecía en intensidad su concentración en Dios y su alegre y simple obediencia. Si de Francisco se ha dicho que se había convenido en la personificación de la oración, de fray Félix se podría decir que era la obediencia en persona, como acto de puro amor. Y este fue el último y único mensaje. A finales de mayo de 1787 'u sciccareddu, el borrico del convento, habiendo bajado al claustro para cuidar sus hierbas medicinales que cultivaba para los enfermos, se cayó en tierra, sin fuerzas. En su camastro, recibidos los sacramentos, y encomendándose a mani 'nchiuvati, manos enclavadas, es decir, al padre S. Francisco, invoca a menudo a la Virgen. El viernes 31 de mayo pidió a su guardián la obediencia para morir, y la obtuvo a la tercera demanda, permaneciendo luminoso en su dulce sonrisa y su último hilo de voz: "Sea por el amor de Dios" que susurró, inclinando la cabeza.

El 12 de febrero de 1888, León XIII lo proclamaba Beato.


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