Beato Jeremías de Valaquia

8 de mayo (1556-1625) Himno

Jeremías de Valaquia (Jon Stoika) nació el 29 de junio de 1556 en Tzazo (Rumanía).
A los dieciocho años, en 1574, fue a Italia.
Llegado a Nápoles en 1578, en el mes de mayo tomó el hábito capuchino en el convento de Sessa Aurunca.
El 8 de mayo de 1579 emitió la profesión religiosa.
Desde 1579 a 1584 fue destinado como hermano laico a varios conventos.
En 1585 fue nombrado enfermero de la gran enfermería de los capuchinos en el convento de S. Efrén Nuevo de Nápoles.
Con casi setenta años, a finales de febrero de 1625, el superior lo envió a Torre del Greco para visitar a un enfermo.
A la vuelta, una pleuropulmonitis lo arrancó de esta vida el 5 de marzo de 1625. Fue llorado por todos como una madre.
Inmediatamente, el 20 de septiembre de 1625, se instruyó el proceso.
El Papa Juan XXIII, el 18 de diciembre aprobó la heroicidad de las virtudes.
El Papa Juan Pablo II, el 30 de octubre de 1983 lo proclamó Beato.

Decid el Pater noster porque ésta es la mejor oración que puede hacer un cristiano, porque la ha enseñado Dios a los apóstoles. Amemos a este gran Dios que merece ser amado. No le ofendamos, porque es tan bueno, y tan buen remunerador, porque ha hecho tanto por nosotros. La caridad lo pone todo en su sitio. (Beato Jeremías de Valaquia)

LA MISERICORDIA DE LA CARIDAD

Jeremías de Valaquia, cuando llegó a Italia, ya estaba avezado en las virtudes evangélicas gracias a los ejemplos y enseñanzas de sus progenitores, tanto de su padre, Stoika Kostist, como especialmente de su madre, Margarita Barbato. Había nacido en Tzazo, un pequeño pueblo de campesinos y pastores de Rumanía, el 29 de junio de 1556. Había sentido una fortísima llamada interior a ir a Italia, "donde estaban los buenos cristianos - así se lo había dicho su madre - y donde los monjes eran todos santos y estaba el Papa, vicario de Cristo". El viaje fue una aventura de duras experiencias. ¿Cómo podía un joven campesino, que no sabía ni leer ni escribir, y conocía sólo el dialecto de su país, aventurarse a un viaje tan largo y arriesgado, sin medios ni programa, y con una separación tan radical de los padres, si no era por una gracia especial del Señor? Él mismo contaba que había sufrido mucho. "Desde su país hasta aquí, había tenido que hacer todos los oficios: ayudar como peón en las fábricas, cavar la tierra, cuidar animales, servir a un médico y a un farmacéutico. Solo había dos oficios que no había hecho nunca: el de paje y el de esbirro".


Llegado a Italia, a Bari, como siervo del célebre médico Pedro Lo Iacono, encontró la más amarga desilusión de su vida. Nada de buenos cristianos. Y había decidido volver a su patria. Pero la providencia quiso que fuera fraile capuchino en Nápoles, donde llegó durante la cuaresma de 1578. Le pareció que los frailes eran "los monjes santos" de los que la había hablado su madre. En el convento de Sessa Aurunca (Caserta) tomó el hábito capuchino con el nombre de fray Jeremías. Después de ejercer varios oficios en conventos como San Efrén Viejo en Nápoles y Pozzuoli, en 1585 fue encargado de asistir a los enfermos en la gran enfermería del convento de San Efrén Nuevo, llamado comúnmente de la Concepción. Aquí permaneció cuarenta años continuos, hasta la muerte, que le llegó el 5 de marzo de 1625.

Durante 46 años de vida religiosa hizo brillar dentro y fuera del convento el carisma sobrenatural de la caridad y los dones del Espíritu Santo, por lo que se solía decir: ¿Quién puede llegar a la caridad de fray Jeremías? Vivió toda la espléndida gama de las virtudes y de las obras de misericordia corporales y espirituales. La visión y dimensión de su vida ha sido la misericordia: Dios es todo misericordia, la Trinidad es misericordia, la Pasión de Cristo y el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía son misericordia, la Virgen del manto tachonado de estrellas es madre de misericordia, el universo visible e invisible es un acto continuo de la misericordia divina.

Era analfabeto, pero cuando hablaba era pintoresco, penetrante, sin complejos racionales, inmediato, por lo que "todos daban saltos, escuchándolo con gran gusto". Embebido de misericordia, lo buscaban como consolador de los afligidos, y sabía consolar de verdad. Pero si muchos lo buscaban, él también buscaba a los que sufrían. No hacía distinciones entre ricos y pobres. Pasaba de las casas de los pobres a los palacios de los nobles, acercándose a ellos como la misma sencillez. El enfermo y el que sufría lo atraían como un imán, y lograba consolarlos con su servicio y "con sus palabras simples y espirituales" más que los doctos y los predicadores.

Siempre estaba dispuesto y alegre. Pureza, sencillez y amor eran las fuentes de aquella alegría que irradiaba su rostro. Siempre llevaba algo para dar. Escondía el ansia de padecer y el heroísmo de su penitencia y de su pobreza detrás de un modo de actuar juglaresco, humorístico y alegre. Incluso en el convento estaba como peregrino y forastero, porque no tenía una celda para él, sino que pasaba la noche en las celdas de los enfermos o de otros frailes, y era tan pobre "que no tenía ni para pagar el alquiler de una celda", como él decía.

Todos conocían las "habas de fray Jeremías". Con ellas escondía su continua abstinencia y las llamaba chucherías, y hablaba tan bien ellas que a veces incitaba a personajes notables de la ciudad a pedirle algunas por devoción. Incluso los mismos frailes enfermos, cuando lo veían pasar con sus habas con la vaina, le pedían unas pocas y él las distribuía con mucho gusto. Su caridad la conocían hasta las "piedras del convento". Porque "hacer la caridad - decía - era más que el éxtasis". Y sin embargo él era un orante insomne y un enamorado de la Eucaristía, del Crucificado, de María misericordiosa, a que la tiernamente llamaba mamaíta nuestra".

Se ha hecho famosa la Virgen de fray Jeremías, a la que él una noche, probablemente la vigilia de la Asunción de 1608, vio con su belleza inefable. Pero se dio cuenta de que, a pesar de ser Reina, la Virgen no llevaba la corona sobre su cabeza. Pidió una explicación. Y Ella dijo: "Mi corona es mi Hijo". Esta visión permaneció siempre en el rostro del humilde hermano como una luz que no logró esconder y la confió a su amigo íntimo, fray Pacífico de Salerno. Y así, de amigo en amigo, la noticia se difundió entre los frailes e incluso fuera del convento. La Virgen de fray Jeremías se hizo popular en la ciudad y en el Reino de Nápoles. Un pintor la reprodujo y se hicieron grabados que se multiplicaron entre la gente como si se tratara de un icono.

Esta experiencia mariana encendió aún más la caridad de fray Jeremías hacia todo tipo de sufrimiento, en el que veía el esplendor de aquella corona, es decir, el rostro del Hijo de María. Los pobres eran para él los verdaderos señores a los que había que servir. A ellos había que abrir de par en par las puertas del convento, y también dejar abierta la entrada a la huerta. Pero su desbordante caridad puso a dura prueba los esquemas de la vida conventual: los cocineros, los hortelanos y los limosneros e incluso diversos superiores mostraban su malestar. Pero él, intrépido en el amor, los hacía callar con sencillas palabras a las que no había nada que oponer: "La caridad es para los enfermos necesitados", pues muchas veces lo que recogía de limosna en la ciudad iba a parar a los enfermos o a los pobres que encontraba. También decía: "La avaricia trae carestía", porque los frailes hortelanos, molestos por el va y viene de tantos pobres, habían vallado la huerta. Él sostenía que "a los pobres hay que darles siempre de limosna lo que nos gusta y no lo que nos disgusta; hay que darles lo mejor".

En el convento era incansable de día y de noche. Siempre estaba en movimiento para servir a los enfermos, especialmente a los más desagradables, con una alegría y un gusto indecibles. Eran su paraíso, su diversión, su mejor compañía. Había algunos enfermos repugnantes, deformes, llagados y malolientes y él les servía de día y de noche como si fueran sus hijos, y le parecía estar entre flores y rosas. El mal olor se le cambiaba, como para san Francisco la amargura entre los leprosos, en dulzura del alma y del cuerpo. Le parecía oler el perfume del almizcle, como decía muchas veces, mientras estaba con ellos para consolarlos, sirviéndoles como a niños pequeños, y les daba de comer.

"No se avergonzaba - escribe Francesco Saverio Toppi - de pedir carne a los carniceros para los enfermos pobres, se las ingeniaba para recoger vestidos para los que no tenían con qué cubrirse, defendía a los servidores maltratados por sus amos, se preocupaba de encontrar un trabajo honrado para los desocupados, buscaba dote para las chicas huérfanas o en peligro, para que se casasen decorosamente, iba a las cárceles para visitar a los detenidos, hacía lo posible para extinguir las enemistades y pacificar los ánimos agitados por el odio... Era una imagen viviente y operante de la misericordia del Señor".

Pero también ayudaba en los trabajos domésticos a los otros frailes para aliviarles el cansancio, siempre dispuesto a lavarles los pies con agua de hierbas aromáticas, a quitarles de la mano la escoba, a lavarles la ropa y el hábito. En el convento se decía que fray Jeremías era la mano derecha de cada fraile. Servir a todos y no ser servido: ésa era su ambición. Por esto podía decir sinceramente esta oración: "Señor, te doy gracias porque siempre he servido y nunca he sido servido, siempre he sido súbdito y nunca he mandado".

Solemos recurrir a la imagen del amor materno. Él servía como una madre a sus hijos. Tanto es así que cuando murió sus enfermos y los otros hermanos lloraron durante mucho tiempo, como si de verdad hubieran perdido a la madre. "Nosotros hemos llorado por él muchas veces, como si hubiese sido nuestra madre". Murió, víctima de caridad y de obediencia, a causa de una visita a un enfermo que estaba en Torre del Greco.

El carisma del verdadero "hermano laico" capuchino brilla en su más límpida luz en este testimonio. Por esto, las deposiciones procesales más frecuentes y significativas provienen de los hermanos laicos que durante los procesos informativo y apostólico fueron muchas veces a contar con clara sencillez sus recuerdos, que todavía se leen con gusto y confortan la vida capuchina inspirándola en cimas más altas, después de que Juan XXIII, el 18 de diciembre de 1959, proclamó la heroicidad de las virtudes del humilde fray Jeremías y Juan Pablo II, el 30 de octubre de 1983 lo elevó al honor de los altares.

 

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