Beato Benito de Urbino

30 de abril (1560-1625) Himno

Marcos Passionei (Benito) nació en Urbino el 13 de septiembre de 1560.
El 28 de mayo de 1582 consiguió el doctorado en derecho civil y eclesiástico en la universidad de Perusa.
A finales de mayo de 1585 emitió la profesión religiosa en el convento de Fano, después de haber transcurrido unos trece meses de noviciado.
Unos años después de su ordenación sacerdotal (1590), fue asignado al convento de Ostra, en 1598.
De 1600 a 1602 fue misionero en Bohemia.
De regreso a la provincia, estuvo en Fano el año 1604, en Jesi en 1605, y de 1609 a 1612 en Fossombrone.
El año 1612 predicó en Pésaro, siendo elegido definidor y guardián del convento de esa ciudad.
En 1616 fue nombrado guardián de Cagli, y en 1618 de Fossombrone.
El año 1619 predicó en Urbino y en Génova.
En 1620 fue destinado de nuevo a Cagli y de 1622 a 1623 a Urbino, volviendo a Cagli de 1623 a 1625.
En 1625 comenzó la predicación de la cuaresma en Sassocorvaro, pero no pudo terminarla.
Murió el 30 de abril de 1625 en Fossombrone, adonde había sido trasladado unos días antes.
El proceso de canonización, en su fase ordinaria y apostólica, se inició tardíamente y con mucho retraso, llevándose a cabo de 1792 a 1795 y de 1838 a 1844 respectivamente
El papa Pío IX lo proclamó beato el 10 de febrero de 1867.
Honremos a los santos del Señor. No se puede satisfacer al alma y al cuerpo; como uno de los dos tiene que perder, que pierda, que pierda el cuerpo. (Beato Benito de Urbino)

NOBLE Y HUMILDE SIERVO

Cuando Gabriel de Modigliana y Buenaventura de Ímola publicaron la obra Leggendario cappuccino (Venecia-Faenza 1767-1789) incluyendo la "Vida de Benito Passionei de Urbino (1560-1625)", todavía no había sido hallado el cuerpo del beato. Los frailes, obedeciendo a la Iglesia que prohibía el culto público de los Siervos de Dios no beatificados, cambiaron secretamente el lugar de su sepultura, concurrido de tal modo por los peregrinos que sólo dos siglos después, en 1792, se logró identificar. Por este motivo los procesos canónicos (ordinario y apostólico), conducentes a la canonización, iniciaron su andadura sólo a finales del siglo XVIII, entre 1793 y 1795 y posteriormente entre 1838 y 1844. Es, en realidad, un caso poco frecuente en la historia de la hagiografía capuchina. Por ello los testimonios recogidos en los volúmenes manuscritos de los procesos sólo tienen valor como certificación de la fama de santidad ininterrumpida, bien sea entre los frailes o entre los fieles. Por otra parte hay que notar que todos ellos aluden a una Vida manuscrita ("recuerdo haber leído en la vida manuscrita... He leído en la Vida conocida por todos" etc.), redactada por el padre Ludovico de Rocca Contrada (+ 1654), justo después de la muerte de Benito de Urbino.

Es este el único y verdadero testimonio coetáneo, de gran valor documental por la seguridad y seriedad que ofrecen las informaciones recogidas de fuentes directas, consultadas con frecuencia personalmente por el autor, que era guardián del convento de S. Juan Bautista de Fossombrone, y que siguió directamente los últimos avatares de su santo hermano, asistiéndolo en el lecho de muerte. Por eso la Vida cuenta con todo detalle la última enfermedad, la agonía y las manifestaciones, un tanto incontroladas, de la piedad popular en torno al cadáver.

Lo que todavía hoy llama la atención es el hecho de ver a un vástago de una de las familias más ricas y nobles de Umbría prestarse para los fatigosos trabajos manuales de los conventos, como si fuera un hermano lego, sensible y lleno de compasión con los pobres, sin hacer distinciones, deseoso de predicar sólo en los pueblos más pequeños y humildes; y todo él desbordante de piedad y devoción, pobreza y penitencia, humildad y simplicidad, verdaderamente como un "clásico" hermano capuchino.

Marcos nació el 13 de septiembre de 1560 en la ciudad ducal de Urbino, y fue el séptimo de los once hijos de la familia de noble linaje de Domingo Passionei y Magdalena Cibo. Todavía muy joven se quedó huérfano, por lo que se estableció en Cagli, donde fue iniciado en las primeras letras en su casa familiar. Posteriormente, cuando contaba diecisiete años, se trasladó a Perusa para continuar sus estudios, y después a Padua, ciudad donde realizó la formación superior, consiguiendo el 28 de mayo de 1582, a los veintidós años, el doctorado en derecho civil y eclesiástico. Con esta preparación fue introducido en la vida de la corte pontificia romana, al servicio del cardenal Pedro Jerónimo Albani, pero ese género de vida le disgustó profundamente.

Marcos Passionei (pues este era su nombre de bautismo) volvió a las Marcas y se estableció en Fossombrone, a donde su familia había trasladado su domicilio por aquellos años. Él, cultivando en su corazón una secreta llamada del Espíritu, aspiraba a la vida humilde y austera de los capuchinos, que habían construido, fuera de la ciudad, un devoto eremitorio en lo alto, sobre el Metauro. Pero no le fue fácil obtener el permiso, bien sea por parte de los familiares que de los mismos frailes, hasta que el nuevo ministro provincial, Jaime de Pietrarubbia, por voluntad del capítulo, lo admitió en el noviciado de Santa Cristina de Fano. Su frágil salud hizo que el noviciado le resultase difícil. En realidad, después de pocos meses se enfermó de tal modo que los superiores le obligaron a dejar Fano y trasladarse al convento de Fossombrone. A los tres meses se pensó en despedirlo, pero su indómita voluntad se impuso al final. Dijo que se había vestido con aquel hábito para vivir y morir como capuchino: "Si lo hubieran expulsado por una puerta, hubiera entrado por otra". Se confió a la oración y obtuvo la gracia de la curación. Así pudo emitir su profesión religiosa a finales del mes de mayo de 1585, con gran consuelo de muchos pobres, que, con esta ocasión, recibieron abundantes y cuantiosas limosnas. En Ancona prosiguió su formación religiosa y teológica, siendo ya en 1590 sacerdote y predicador humilde en diversos conventos, como Fano y Ostra.

En 1600 el ministro general Jerónimo de Castelferretti lo asignó al grupo de misioneros que, bajo la guía de san Lorenzo de Brindis, había sido destinado a sostener la fe católica y a dilatar la Orden en Bohemia. Aunque él no había pedido ir, se dispuso con prontitud para la partida. Hacían falta hombres ejemplares y capaces, y el ministro general, natural de las Marcas como él, y que lo conocía bien, lo retuvo idóneo para una empresa tan difícil. Benito confesaba en una carta estas dificultades. Bajo la guía de san Lorenzo fue muy obediente y tuvo que soportar muchas injurias por parte de los herejes que lo odiaban a muerte. Al finalizar el trienio (1602), fue llamado de nuevo a la provincia, donde recorrió varios conventos como predicador, superior y simple fraile, yendo incluso a pedir limosna tanto por la ciudad como por los pueblos del campo, diciendo: "Es mejor llevar el peso del pan que el de los pecados". Era tan humilde y amante del silencio que parecía ingenuo y poco instruido. Cuando era guardián del convento de Pésaro, el duque de Urbino fue a visitarlo. Benito, acostumbrado a ayudar al cocinero después de la comida, dejó que el ilustre huésped lo esperase hasta que no hubo terminado de ordenar los utensilios de la cocina.

Programaba rígidamente su vida de piedad al ritmo de las horas nocturnas y diurnas de oración, que alargaba más allá de las prácticas devocionales comunitarias. Como lo consignan todos sus biógrafos, su jornada comenzaba con una o dos horas de oración en la iglesia antes del rezo comunitario de los maitines. Acabado el oficio, volvía durante media hora a su celda para descansar parcamente. Después se dirigía de nuevo a la iglesia, donde, siempre de rodillas y con las manos juntas, recitaba el rosario a la Virgen. Posteriormente se disciplinaba y se sumergía en la oración mental hasta el alba. Nunca se cansaba de orar. Todos los días recitaba el oficio de la Virgen, los siete salmos penitenciales, el oficio del Espíritu Santo y de la santa Cruz, y muchos rosarios y padrenuestros. Dedicaba mucho tiempo a la lectura de libros espirituales, a hacer el vía crucis y a visitar el sagrario y el altar de la Virgen. Él, que era tan frágil, flaco y débil parecía que se fortalecía cuando estaba en oración. Si alguna vez llegaba tarde a la meditación, le daba la vuelta al reloj de arena para recuperar el tiempo de oración perdido. En este punto era muy exigente, también con los demás: cuando fue superior jamás dispensó a los frailes de las dos horas de meditación. Fuera del convento también mantenía su estilo rígido y austero.

A Benito le gustaba decir que prefería para sus predicaciones los pueblos con reloj público que daba las horas de día y de noche, porque así podía repartir sus prácticas de piedad y de penitencia como lo hacía en el convento. Benito, enamorado del Crucifijo, de la Pasión, de la Eucaristía y de la Virgen, a la que llamaba dulcemente "mamá", inventaba muchos gestos de amor, como hacer una hora de postración en tierra, su "oración del huerto" con los brazos abiertos y la cara sobre el suelo. La asidua meditación de la Pasión le infundía en el corazón una continua contrición que lo empujaba a confesarse con mucha frecuencia, incluso tres veces por semana, pero sus confesores no hallaban suficiente materia a la hora de concederle la absolución.

Benito era austero y heroico en sus penitencias corporales, y no se concedía nada a sí mismo: macilento y de vista débil, con dolores frecuentes de estómago y cólicos renales que lo ponían frecuentemente al borde de la muerte, "parecía que sostuviera el aliento con los dientes; pero cuando se trataba de hacer ejercicios espirituales parecía un hombre de acero", anota su primer biógrafo. Sus frecuentes salidas para predicar siempre las hacía a pie, debiendo soportar las molestas heridas de sus piernas. A pesar de haber sufrido unas quince operaciones de hernia, nunca estaba quieto y se restablecía siempre con mucho animo.

No le gustaban las grandes ciudades y si alguna vez, raramente, tuvo que predicar en Pésaro (1612), Urbino (1619) y Génova (1619), sus lugares preferidos eran los pequeños pueblos del campo y las aldeas humildes, "pequeños lugarcillos" que con dificultad son nombrados en los mapas comunes. Más de una vez se tomó el trabajo de hacer construir o restaurar iglesias, como en Barchi y en Castelleone. No escribía los sermones, sino que se limitaba a apuntar esquemas breves en pequeños trozos de papel. Su predicación brotaba directamente del corazón, casi como una exhortación humilde hecha para los humildes; pero toda penetrada de la palabra de Dios destinada a sacudir los corazones y a convertirlos. Predicó su última cuaresma en Sassocorvaro.

Durante el viaje, siempre a pie, se tuvo que detener en Urbania por inedia (falta de alimentación). Después de haber predicado diez sermones tuvo que renunciar a seguir. Trasladado a Urbino, y después a Fossombrone, tuvo que sufrir una enésima operación de hernia, que lo llevó al final de la vida. Entonces se hizo colocar un crucifijo sobre una mesita, dirigiendo allí su mirada fijamente y concentrándose en espíritu. Si alguno se interponía entre él y el crucifijo le sugería que se retirara de en medio. De tal modo permaneció en silencio, como si reposara quedamente, que, cuando su vida se apagó como una vela el 30 de abril de 1625, a la luz de la Pasión que quiso se le leyera, los frailes apenas lo advirtieron. Contaba casi 65 años de edad y 41 de vida religiosa.

 

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