Beato Ángel de Acri

31 Octubre  (1669-1739)  Himno

Lucas Antonio Falcone (Ángel) nació en Acri (Cosenza) el 19 de octubre de 1669.
El 24 de junio de 1674 recibió el sacramento de la confir mación.
En 1689, durante la predicación del padre Antonio de Olivadi, sintió la llamada de la vocación religiosa.
Ese mismo año entró en el noviciado capuchino de Dipignano, pero poco después volvió a su casa.
El 8 de noviembre de 1689 regresó de nuevo al convento de capuchinos de Belvedere, pero también esta vez acabó marchándose a su casa.
El 12 de noviembre de 1690, por tercera vez, retornó a los capuchinos, comenzando el año de noviciado en el convento de Belvedere. Al año siguiente emitió los votos solemnes.
De 1695 a 1700 completó sus estudios teológicos en distintos conventos, siendo ordenado sacerdote el 10 de abril de 1700, en la catedral de Cassano Jonio.
De 1702 a 1739 recorrió toda la Calabria y buena parte del sur de Italia predicando, con prodigios y carismas especiales.
El año 1724 dio inicio a la construcción de un convento de Capuchinas en Acri, que fue inaugurado el 1 de junio de 1726.
Fue nombrado varias veces maestro de novicios, ministro provincial de 1717 a 1720 y pro-visitador general en 1735.
Murió en Acri el 30 de octubre de 1739.
Sólo cinco años después de su muerte, el 10 de octubre de 1744, comenzó el proceso de canonización.
La causa de beatificación concluyó el 17 de junio de 1821, siendo el papa León XII quien lo proclamó Beato el 18 de diciembre de 1825.
Sus restos se conservan ahora en el santuario monumental erigido en Acri entre 1893 y 1896, elevado a Basílica menor por Juan Pablo II.
Es una gran gracia y una gran gloria ser capuchinos y verdaderos hijos de S. Francisco. Pero es necesario conocer y llevar siempre consigo cinco gemas preciosas: la austeridad, la simplicidad, la exacta observancia de las Constituciones y de la Regla seráfica, la inocencia de vida y la caridad inagotable. (Beato Ángel de Acri)

PREDICADOR Y APÓSTOL ITINERANTE

Nacido en Acri (Cosenza) el 19 de octubre de 1669, del matrimonio formado por Francisco Falcone, un campesino que poseía un pequeño rebaño de cabras, y por Diana Errico, panadera. Ambos eran de extracción popular, pobres de bienes materiales, pero ricos en virtudes y piedad cristianas. Lucas Antonio fue bautizado al día siguiente en la pequeña iglesia medieval de S. Nicolás de Belvedere, por el párroco don Bernardino La Gaccia. En la pila bautismal se le puso el nombre ya indicado por haber nacido al día siguiente de la fiesta litúrgica del evangelista Lucas y, quizás también, por devoción al gran franciscano fray Humilde de Bisignano, que en el siglo se llamaba así, y del que entonces estaba en curso la causa de beatificación. De su infancia, que fue influenciada positivamente por la intensa devoción de la madre a la Virgen de los Dolores y a S. Francisco de Asís, no conocemos casi nada. El único episodio relacionado con sus primeros años fue relatado por él mismo a Sor María Ángela del Crucificado y al padre Buenaventura de Scalea, que nos lo han transmitido en los testimonios que depusieron para los procesos canónicos.

"Una vez, -recuerda sor María Ángela- cuando era pequeño, incluso muy pequeño, y su madre iba a la iglesia, él no dejaba de hacer travesuras en la misma iglesia, como hacen todos los niños pequeños, y esto de tal modo que la madre consideró que era mejor dejarlo en casa para no distraerse en los oficios; él ..., para enfadar un poco a su madre, intentó descolgar una imagen de la Virgen que estaba colgada en la pared". Pero después, enternecido por la dulce y al mismo tiempo triste mirada de la Virgen, renunció a su propósito, "se arrodilló delante de la misma imagen, poniéndose debajo de las rodillas granos de trigo, permaneciendo en esa posición mucho tiempo, de modo que cuando llegó su madre no sólo se lo encontró todavía así, sino que además descubrió que aquellos granos de trigo le habían hecho bastante mal... en las mismas rodillas". "Haciendo eso -leemos al final del testimonio del padre Buenaventura- vio por dos veces aquella imagen toda resplandeciente y ceñida de rayos, razón por la que se quedó prendado y enfervorizado en aquel ejercicio santo".

El pequeño Lucas Antonio, humildemente vestido, muchas veces descalzo, creció pío y temeroso de Dios entre los muchachos del Casalicchio, en un ambiente de medios muy limitados, pero moralmente sano, en el umbral de la pobreza. Desde los primeros años de su infancia dio signos ciertos de aquella santidad a la que llegaría más adelante correspondiendo a la gracia divina. El 24 de junio de 1764, cuando todavía no había cumplido los cinco años, recibió el sacramento de la Confirmación en la iglesia de Santa María la Mayor de Padia. Aprendió los primeros rudimentos de la lectura y escritura con un vecino de su casa que había abierto una escuela de gramática, y las primeras nociones de la doctrina cristiana asistiendo a la parroquia de S. Nicolás y a la iglesia conventual de los capuchinos de Santa María de los Ángeles. Cuando se hizo mayor un tío sacerdote, don Domingo Errico, hermano de la madre, lo orientó al estudio de las humanidades, con la esperanza de poder hacer de él una persona culta e instruida, capaz de ayudar y sostener a su joven madre, que se había quedado prematuramente viuda. Con todo, esta esperanza no estaba destinada a realizarse. Después de una adolescencia transcurrida en pureza e integridad de costumbres, y adornada con un gran fervor religioso, Lucas Antonio se sintió, en realidad, llamado a la vida religiosa; pero su vocación, contrastada fuertemente por su familia, incluso por su tío cura, estuvo sujeta a pruebas y vacilaciones que sólo pudieron ser superadas cuando la potencia de la gracia pudo más que la debilidad de la naturaleza.

Para suscitar la acción de la gracia fue determinante el encuentro con el padre Antonio de Olivadi, un capuchino entonces famoso y muy apreciado en toda la Italia meridional por su santidad, que había llegado en 1689 a Acri para predicar. Lucas Antonio, sin escuchar las súplicas de la madre y sin dejarse intimidar por las amenazas del tío cura, que estaba completamente decidido a impedir la elección de su sobrino, acogió en su corazón el mensaje de amor que emanaba de la palabra inspirada del predicador. Sintió, improvisadamente, que la vida ciudadana, los atractivos del mundo y las alegrías familiares no habían sido hechas para él. Por eso, a pesar del sufrimiento que le producía el dolor que le podía procurar a su madre, decidió hacerse capuchino.

Lucas Antonio, de este modo, a los diecinueve años, respondiendo a la llamada de Dios, entró en el noviciado, en el convento de Dipignano. Pero, después de algunos días pasados en perfecta alegría, decepcionado por no haber encontrado la pobreza que esperaba, abandonó el convento y volvió a su casa familiar. Ya instalado en la vida seglar se dio cuenta, otra vez más, de que aquella no era para él. Con humildad y valentía tornó a presentarse a los frailes del convento de Acri, a los que pidió perdón y poder ser readmitido de nuevo en la vida capuchina. Lucas Antonio, una vez obtenida la necesaria autorización de parte del ministro provincial, Francisco Caracciolo de Scalea, retornó al noviciado en el convento de Belvedere, el 8 de noviembre de 1689, con mayor decisión todavía y con la firme determinación de permanecer allí. Pero, todavía otra vez, vencido por las tentaciones y oprimido por las incertidumbres y sugestiones, no consiguió resistir y, despojado de su hábito franciscano, se fue por segunda vez del claustro.

Pero muy pronto comprendió que se había equivocado y, profundamente humillado por haber cedido con tanta ligereza a las tentaciones y a los halagos del mundo, rezó sinceramente a Dios para que no lo abandonase, y lo sostuviera en la lucha contra las insidias del demonio. Confiado y temeroso al mismo tiempo, se presentó por tercera vez a los frailes. Con la voz quebrada por la emoción pidió ser readmitido, por gracia, en el noviciado. Y, cosa casi milagrosa, lo fue. Con la ayuda del padre Francisco de Acri, entonces guardián del convento de Montalto, y con la intercesión del padre Antonio de Acri, elegido aquel mismo año ministro provincial en el capítulo celebrado el 17 de junio de 1690 en Castrovillari, el joven Lucas Antonio consiguió del ministro general de la Orden, padre Carlos María de Macerata, la licencia necesaria para poder vestir por tercera vez el hábito capuchino.

De este modo, el 12 de noviembre de 1690, a los veintiún años, en la mística atmósfera del convento de Belvedere, Lucas Antonio vistió por última vez el hábito de San Francisco y se encaminó decididamente por la vía de la perfección. Ocupaba sus días en la oración continua: pasaba horas y horas arrodillado en la iglesia delante del sagrario, inmerso en la contemplación de la Pasión de Cristo, en quien veía realizado su ideal divino y humano. Sólo se alejaba de allí para dedicarse a los servicios más humildes de la comunidad. Pero cada cierto tiempo las tentaciones lo reclamaban y se desencadenaban las crisis, aflorando en él, una vez más, la solución de dejar el convento, es decir, la vida capuchina.

Un día, en el refectorio, durante la frugal comida, quedó impresionado por la lectura de algunos pasajes de la biografía de fray Bernardo de Corleone, en los que se narraba como aquel santo capuchino, del que entonces se hallaba en curso la causa de beatificación, había conseguido vencer la debilidad de la naturaleza humana. Por la tarde de aquel mismo día, agotado por una lucha sobrehumana sostenida contra los asaltos del demonio, mientras se retiraba a su pobre celda, se arrojó llorando a los pies de un Crucifijo, exclamando: "¡Ayúdame, Señor! No resisto más". Y he aquí, que escuchó una respuesta que parecía una voz celestial: "Compórtate como fray Bernardo de Corleone". Se trataba del signo esperado inconscientemente en la angustia y en el tormento de las incertidumbres y de las tentaciones.

Este fue para él el momento en el que su vida dio un vuelco, y el inicio de algo nuevo. Animado por el ejemplo que le había sido indicado, Lucas Antonio comenzó a leer la biografía del capuchino de Corleone, traduciéndola fielmente en la práctica diaria. Siguiendo las huellas de fray Bernardo se dio a una vida de meditación y penitencia, pasando largas horas encerrado en su celda, abismado en la oración o dedicado a la mortificación y maceración de su cuerpo. Lucas Antonio, actuando de ese modo, con el apoyo y la guía iluminada del padre Juan de Orsomarso, maestro de novicios, sacerdote de grandes virtudes y de vasta cultura humanística y teológica, llevó a feliz cumplimiento el año de noviciado. El 12 de noviembre de 1691 emitió los votos solemnes, recibiendo el nombre grávido de esperanzadores augurios de fray Ángel de Acri.

Destinado al sacerdocio, no obstante su deseo de permanecer en la Orden, por humildad, como simple hermano laico, emprendió los estudios en los conventos de Acri y de Saracena. De 1695 a 1700 completó el estudio de la teología, de la filosofía y de las humanidades, que había comenzado en Acri, en los conventos de Rossano, Corigliano Calabro y Cassano Jonio. Entre los maestros que tuvo merece ser recordado el padre Buenaventura de Rotonda, insigne por su ciencia y virtudes, su confesor y director espiritual, que modeló su carácter y lo introdujo en la imitación de Cristo crucificado, mediante una vida de penitencia, renuncias y sacrificios.

Después de una intensa preparación, el 10 de abril de 1700, día de Pascua, fue ordenado sacerdote en la catedral de Cassano Jonio, siendo destinado por sus superiores al ministerio de la predicación. El padre Ángel, en un ambiente lleno de contrastes sociales y de rivalidad de privilegios, con la riqueza concentrada en pocas manos, mientras los pobres campesinos, los pastores y las masas urbanas yacían en la miseria, con todos los males característicos de la Italia meridional, ejerció el ministerio de la predicación usando un lenguaje simple y conmovedor que desde hacía tiempo no se oía, obteniendo copiosos frutos espirituales. Viviendo entre el paréntesis de dos grandes predicadores: Segneri (1624-1694), que en pleno seiscientos había renovado profundamente la oratoria religiosa, y S. Alfonso María de Ligorio (1696-1787), que había dictado normas nuevas y más eficaces de predicación, él -el padre Ángel- eligió para sí mismo una oratoria de estilo popular y evangélico, propia de los franciscanos; de modo particular de S. Bernardino de Siena (1380-1444) y de S. Leonardo de Portomauricio (1676-1751).

El padre Ángel de Acri, después de los fracasos iniciales en S. Jorge Albanese, haciendo uso de un lenguaje simple y llano, adaptado a las capacidades de todos, se convirtió en el predicador más eficaz y requerido del Reino de Nápoles. Durante treinta y ocho años, sin ceder jamás al cansancio y a durísimas dificultades de todo tipo, de 1702 a 1739, año de su muerte, recorrió incansablemente toda la Calabria y buena parte de la Italia meridional, predicando cuaresmas, innumerables misiones populares y tandas de ejercicios espirituales, tanto en Cosenza, Catanzaro, Regio Calabria, como en los diminutos pueblos y aldeas diseminados por las montañas, llegando incluso a Salerno, Nápoles y Montecasino. Fue sincero hasta el extremo; combatió con impetuosa vehemencia toda forma de prepotencia y de explotación, fustigando la corrupción de costumbres de sus contemporáneos y trabajando concretamente para eliminar las injusticias sociales, para devolver la paz donde reinaba el odio y para exigir sus propios deberes a los responsables de la administración pública. De forma similar en todo esto al manzoniano padre Cristóforo, levantó la voz en diversas ocasiones contra los príncipes Sanseverino de Bisignano y contra el marqués Pablo Mendoza della Valle, ya fuera para defender los justos derechos del pueblo, ya para reprender los lujos inútiles y excesivos, que no se acomodaban bien con la condición miserable de la población que gobernaban.

Sabedor de que el predicador que no presta atención a la confesión es igual que el sembrador que no prepara la siega, al padre Ángel le gustaba transcurrir largas horas sentado en el confesionario, lugar donde recogía los frutos más copiosos de su predicación evangélica. En todos los lugares donde predicaba su presencia atraía a la iglesia multitudes innumerables de fieles, siendo continuo en su confesionario el concurso de personas de toda edad y condición social, que él no se cansaba jamás de escuchar. Y, si desde el púlpito era intransigente y duro en la condena del pecado, en el confesionario, en cambio, demostraba con los penitentes una bondad y misericordia infinitas. Estaba convencido, en realidad, de que con la caridad se podían resolver las situaciones más difíciles; y retenía que con la misericordia le sería más fácil reconducir a la gracia de Dios a todos los pecadores que la caridad de Dios empujaba a arrodillarse delante de él como confesor.

Para que se sintieran más a gusto solía recibir a los hombres en la sacristía o en su pobre y desnuda celda; a ella afluían también nobles, príncipes, obispos, sacerdotes y, particularmente, jóvenes de todas las clases sociales que él sabía cómo acoger, escuchar, entender y guiar. A él recurrían, para consultarlo sobre las distintas dificultades con que se encontraban en sus cargos y responsabilidades, los príncipes de Bisignano, José Leopoldo y Luis Sanseverino, que lo distinguían con una gran amistad y lo tenían en gran consideración, así como un consistente numero de funcionarios públicos y de prelados eclesiásticos. Su celo lo empujaba frecuentemente a buscar a los pecadores reacios a la reconciliación, y lo hacía solícito para socorrer, a cualquier hora del día y de la noche, a los enfermos que requerían su asistencia espiritual. Además de los penitentes que recurrían ocasionalmente a él, había otras personas y grupos de personas -no sólo almas consagradas mediante los votos religiosos- que disfrutaban con asiduidad de los beneficios de su dirección espiritual, a veces incluso por correspondencia. Entre estas se encontraban las monjas de clausura del monasterio de las Capuchinas de Acri, que él guió hasta su muerte hacia la meta de la perfección cristiana; y también don José Leopoldo Sanseverino, VIII príncipe de Bisignano, que solicitó y obtuvo del papa Benedicto XIII un Breve apostólico, fechado el 13 de julio de 1726, por el que se concedía autorización al padre Ángel para poder residir en su fastuoso palacio, con el objetivo de que cuidara de la salvación de su alma. Otra noble dirigida suya fue María Teresa Sanseverino, hija del príncipe anterior, a quien él había bautizado y después sostuvo en su determinación de hacerse monja capuchina.

En 1724 el padre Ángel, con la ayuda y la munificencia del príncipe José Leopoldo, comenzó los trabajos de construcción de un convento de Capuchinas, en Acri, adaptando el convento destruido de los Ermitaños de S. Agustín, con la iglesia aneja. En este monasterio, dedicado a S. Pedro de Alcántara y a Santa Catalina virgen y mártir, inaugurado el 1 de junio de 1726, fiesta litúrgica de Pentecostés, profesó María Teresa, adoptando el nombre de María Ángela del Crucificado, y allí murió, en olor de santidad, el 3 de octubre de 1764, después de una vida de renuncia y penitencia. El beato Ángel, a pesar de su repugnancia natural para ocupar cargos de responsabilidad, fue nombrado, en el curso de su vida religiosa, varias veces maestro de novicios, guardián (en Mormanno, Cetraro y Acri), visitador y definidor provincial, ministro provincial -cargo que ejerció de 1717 a 1720- y, finalmente, en 1735, pro-visitador general.

En todos estos cargos, que aceptó sólo por obediencia, fue siempre solícito en hacer cumplir la Regla y las Constituciones de la Orden, que, con todo, moderaba con discreción y prudencia. En el proceso apostólico de Bisignano un fraile nos dejó un testimonio admirable del modo con el que el padre Ángel gobernaba a sus súbditos tanto como guardián como provincial: "Él gobernó tan bien y con tanta prudencia nuestras familias religiosas cuando fue guardián, y toda la provincia cuando fue provincial, que la forma de su gobierno ha permanecido como regla y ejemplo a imitar por quien ha querido y quiere gobernar con celo y con caridad al mismo tiempo".

El beato Ángel, profundo conocedor de las Sagradas Escrituras y de las obras de los Santos Padres, naturalmente dotado para la poesía, poseyó también una buena cultura humanística y filosófica. De él nos quedan poquísimos escritos, adjuntados en gran parte al proceso de 1772-1775: "Jesús Piísimo o verdaderas Horas de la Pasión de Jesucristo", publicación póstuma en Nápoles (la primera edición es de 1745); "Devotísimas Meditaciones sobre todas las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", publicación también póstuma en Nápoles (la segunda edición es de 1774); algunas oraciones y cancioncillas religiosas; el Ejercicio cotidiano que daba a sus devotos para que lo practicaran; y, finalmente, algo más de una treintena de cartas.

El beato Ángel fue agraciado por Dios con los dones carismáticos de realizar milagros, del éxtasis, de la profecía, de la bilocación, de hacer curaciones y de la penetración y dirección de conciencias. Adornado con toda clase de virtudes, vivió el amor a Dios y al prójimo en grado heroico. Por sus contemporáneos fue llamado por antonomasia "El predicador calabrés" y "El apóstol de las Calabrias". Murió en Acri el 30 de octubre de 1739, con consternación y llanto generales.

Inmediatamente después de la muerte, de muchas partes de Calabria y de la Italia meridional, de la corte de Nápoles y del mismo rey de las Dos Sicilias, Fernando de Borbón, comenzaron a llegar y a hacerse insistentes las peticiones y solicitudes para que el padre Ángel, que ya cuando vivía había sido objeto de gran veneración, fuera proclamado santo. Sólo cinco años después del pío tránsito, el 10 de octubre de 1744, comenzó el proceso del "no culto"(todavía no se le debía dar culto), al que siguieron los procesos ordinarios informativos de Bisignano (1748-1759) y de Cosenza (1764-1769), y los apostólicos celebrados en Cosenza (1786-1789; 1791-1792; 1793-1795) y en Bisignano (1793-1796).

La causa de beatificación fue introducida el 27 de mayo de 1778, y de ella fue postulador el venerable Nicolás Molinari de Lagonegro, que en 1765 había sido nombrado procurador general de la Orden capuchina para las causas de los santos. Se concluyó el 17 de junio de 1821 con la declaración de la heroicidad de las virtudes del padre Ángel. El papa León XII lo proclamó beato el 18 de diciembre de 1825. Los restos del padre Ángel permanecieron en el sepulcro de la antigua iglesita de Santa María de los Ángeles, del convento de los capuchinos de Acri, durante ochenta y seis años, es decir, hasta la beatificación, cuando, después de su exhumación y reconocimiento, que la Congregación de Ritos autorizó con fecha 22 de noviembre de 1825, fueron colocados en el frontal del altar que se le dedicó en la misma iglesia. El 22 de agosto de 1925, con ocasión de la solemne celebración del primer centenario de la beatificación, los huesos del beato Ángel, recogidos e instalados en una artística urna de plata, fueron trasladados al santuario monumental que se erigió entre 1893 y 1896, y que el papa Juan Pablo II ha elevado a la dignidad y título de basílica menor.

Giuseppe Fiamma

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