Beata María Jesús Massiá Ferragut, María Verónica, María Felicidad  

compañeras, vírgenes y mártires

25 de  octubre (+1936)  Himno

Uno de los grupos más significativos de entre los mártires beatificados el 11 de marzo de 2001 es el formado por María Teresa Ferragut y sus hijas María Jesús, María Verónica y María Felicidad, capuchinas, y Josefa, agustina descalza.

María Teresa, casada con Vicente Massiá, fue una madre ejemplar. Tuvieron ocho hijas -dos de las cuales murieron en temprana edad- y un hijo, a los que educó cristianamente. Cinco de las hijas se entregaron al Señor en la vida consagrada contemplativa, y el único varón fue sacerdote capuchino. Terciaria franciscana desde muy joven, presidenta de la Conferencia de San Vicente de Paúl, e integrante de otras asociaciones religiosas, supo compaginar sus deberes de esposa y madre con la asistencia frecuente a la iglesia parroquial y la atención personal a los necesitados, a los que socorría un día a la semana, y fuera de ese día señalado cada vez que acudían a su casa en demanda de ayuda material, que siempre iba acompañada de oportunas palabras de aliento y consejo.

Sus hijas, al llegar a edad conveniente, manifestaron sus deseos de entrar en la vida religiosa. María Jesús, María Verónica y María Felicidad lo hicieron en el convento de capuchinas de Agullent, que pocos años antes había sido fundado con monjas procedentes del convento de Alicante. Josefa eligió el de las agustinas descalzas de Benigánim. María Jesús fue maestra de novicias, y María Verónica tornera y organista. María Felicidad, por su salud algo delicada, no ocupó cargo alguno. El hecho de ser hermanas carnales no supuso ningún obstáculo para la vida comunitaria. Dice una testigo: «Eran tan ejemplares y se comportaban tan por igual con todas las religiosas que no se conocía si eran hermanas carnales». Señala también: «Eran muy humildes y estaban siempre dispuestas a sacrificarse por las otras hermanas y además eran muy mortificadas». Josefa, por su parte, fue priora de su convento, maestra de novicias y enfermera. «Era alma de oración y muy prudente, justa y discreta», dice una testigo. Y otra: «Se distinguió por su humildad y amor al sacrificio». Toda esta vida de entrega, fidelidad y abnegación fue la mejor preparación para su inmolación.

A partir de julio de 1936 la situación se hizo insostenible. Las religiosas tuvieron que salir de sus monasterios, y se dirigieron a casa de su madre. Las cuatro hermanas, que años antes habían dejado la casa paterna para entregarse al Señor, se ven de nuevo reunidas en el hogar, que transforman en casa de oración y preparación para lo que el Señor les depare. Juntas habían crecido en su vida humana y de fe, y juntas rubricaron con el derramamiento de su sangre la entrega al Señor.

La persecución se desató en Algemesí. Después de eliminar a los católicos más relevantes, una voz dio el aviso de que todavía quedaban cuatro monjas en una casa del pueblo. Una tarde se presentó un grupo de milicianos obligándolas a seguirlos. La madre no quiso abandonarlas en aquel trance. Las encerraron a las cinco en el monasterio cisterciense de Fons Salutis, convertido en cárcel. Allí pasaron una semana, sometidas a las molestias que les infligían sus carceleros. Uno de aquellos días unos revolucionarios incontrolados quisieron asaltar el convento, pero finalmente se pudo evitar el asalto. Durante su cautiverio les proponían que accedieran a casarse, con lo que las dejarían libres, pero ellas prefirieron siempre la fidelidad al Señor.

A las diez de la noche del día 25 de octubre, domingo de Cristo Rey, un grupo de milicianos hizo subir a las cuatro religiosas a un coche. La valerosa madre no quiso abandonarlas tampoco en aquellos momentos, logrando que no la separaran de sus hijas. El coche se dirigió a la vecina ciudad de Alcira. Durante el trayecto, las cinco iban rezando. A la altura de la Cruz cubierta, el coche se detuvo, y las hicieron bajar a todas. Aunque los autores del martirio no lo sabían, el día y el lugar no podían ser más apropiados: junto a la cruz gloriosa de Jesucristo, Rey de los mártires, y precisamente el día de Cristo Rey. Quisieron comenzar la inmolación con la madre, pero ésta dijo resueltamente: «Quiero saber qué hacéis con mis hijas, y si las vais a fusilar, quiero que me fusiléis a mí la última». Así lo hicieron. La madre animó a las hijas: «Hijas mías, sed fieles a vuestro esposo celestial, y no queráis ni consintáis en los halagos de estos hombres». También les decía: «Hijas mías, la muerte es cuestión de un momento; no temáis». Fueron abatidas por las balas sor María Jesús, sor María Verónica, sor María Felicidad y sor Josefa. La última en caer fue la madre.

El Santo Padre, en la memorable homilía del día de la beatificación, dijo de ellas: «La anciana María Teresa Ferragut fue arrestada a los ochenta y tres años de edad junto con sus cuatro hijas religiosas contemplativas. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, pidió acompañar a sus hijas al martirio y ser ejecutada en último lugar para poder así alentarlas a morir por la fe. Su muerte impresionó tanto a sus verdugos que exclamaron: "Ésta es una verdadera santa"».

Los restos de las cinco beatas reposan en la iglesia parroquial de San Pío X de Algemesí.

 

Beata Isabel Calduch Rovira (1882-1937)

El vigor y la ternura se hermanaron en esta hija de santa Clara, austera consigo misma y delicada con los demás, que se opuso valientemente a quienes perseguían a su hermano sacerdote y que, llegado el momento, consumó con su ofrenda martirial el don que de sí misma había hecho a Dios en la profesión religiosa.

Josefina Calduch Rovira nació en Alcalá de Chivert (Castellón) el 9 de mayo de 1882. Fueron sus padres don Francisco Calduch Roures y doña Amparo Rovira Martí. Era la última de cinco hermanos. Al día siguiente de su nacimiento recibió el sacramento del Bautismo en la iglesia parroquial de san Juan Bautista.

Perteneciente a una familia de hondas raíces cristianas, ella misma atribuía su vocación a las oraciones de su padre. Muchas veces había oído decir a una tía suya, monja capuchina en Castellón, que a Dios había que darle la lozanía de la juventud, no los huesos de la vejez, y que para ser religiosa tenía que ser santa. En su juventud, acompañada de una amiga, llevaba comida a una anciana necesitada, ayudándola también en la limpieza de la casa y persona, según confió a una religiosa.

Desechando algunas buenas proposiciones para formar matrimonio, ingresó a los 19 años en el monasterio de Capuchinas de Castellón, recibiendo el nombre de Isabel. Se distinguió por su humildad, obediencia y espíritu de mortificación. «Jamás se la oyó una palabra altisonante y permanecía siempre alegre», dijo un hermano suyo. «Sabía dominar la irascibilidad, pues ante cualquier contrariedad antes lloraba que pronunciaba cualquier palabra de desahogo», señala una religiosa. Para sí misma era rigurosa, pero al mismo tiempo manifestaba dulzura con los demás. Sin ser demasiado comunicativa, pues hablaba poco y de cosas de Dios, mostraba en el trato su temperamento pacífico y humilde, así como su carácter alegre y jovial, y tenía siempre la sonrisa en los labios. Transparentaba su mucha vida interior, y en todo veía la mano bondadosa de Dios. Dadas sus cualidades humanas y espirituales, fue nombrada maestra de novicias.

Ante la persecución que se estaba desatando, «más de una vez manifestó desear el martirio, pero pedía a Dios le diera fuerza en esos momentos si llegaban ya que se consideraba muy débil», afirma una testigo.

Al verse obligada en 1936 a abandonar el monasterio sor Isabel se refugió junto con otra religiosa en casa de mosén Manuel, su hermano, en Alcoceber. Como no estaban seguros, se trasladaron los tres a Alcalá de Chivert. Allí se dedicó a la oración y a las tareas propias de la casa, temiendo siempre por la vida de su hermano. Hubo varios intentos de llevárselo, pero fracasaron ante la decidida oposición de sor Isabel. Los que querían eliminar a su hermano urdieron una estratagema. Ofrecieron un salvoconducto a las monjas para que fueran a Castellón a buscar un lugar más seguro que el que ofrecía Alcalá de Chivert. Fue la ocasión de apresarlo y martirizarlo. En Castellón fueron detenidas e injuriadas las dos religiosas, y solo gracias a la intervención de un miliciano que la conocía pudieron escapar de la muerte.

Sor Isabel vivió unos meses más en casa de un hermano. Salía poco a la calle. Colaboraba en las tareas de la casa, continuando la vida de oración y mortificación que había observado en el monasterio. Esperaba confiada en el Señor. El 13 de abril de 1937 llegó también para ella la hora del martirio. A las diez de la mañana registraron la casa donde estaba sor Isabel, y la llevaron hacia el comité junto con el padre Manuel Geli, franciscano del convento de Alcalá. Al registrarla le encontraron un rosario y un crucifijo, con el que le dieron un golpe en el labio hiriéndola gravemente. Después sometieron a vejaciones y graves injurias a los dos detenidos. A sor Isabel le preguntaron si volvería al convento, a lo que respondió animosa que sí lo haría. Por la noche fueron conducidos sor Isabel y el padre Manuel a Cuevas de Vinromá. Al llegar al cementerio les mandaron avanzar, e hicieron fuego sobre los dos. Después sepultaron los cadáveres en una fosa, de la que fueron exhumados en 1940. Sus restos se veneran en la iglesia de las Capuchinas de Castellón.

 

Beata Milagro Ortells Gimeno (1882-1936)

Nace Milagro Ortells en Valencia (España) el 29 de noviembre de 1882, en el seno de una familia acomodada y profundamente católica. En esta tierra bien abonada fue creciendo en la disponibilidad al querer de Dios a quien experimenta progresivamente como la única razón de su vida.

El año 1902 ingresa como Clarisa Capuchina en el monasterio que la Orden tiene en la misma ciudad que le vio nacer. La sencillez de su alma y su buen carácter hacen que la hermana Milagro sea alguien en quien las virtudes brillen de manera evidente. Desde su entrada en el convento hasta su sacrificio supremo, su vida será una continua ascensión en el amor que le irá llevando hacia la santidad.

Estaba dotada de una rica personalidad humana y espiritual Un detalle nos pone en evidencia la exquisita sensibilidad de su alma: no permitía que en su presencia se hablara negativamente de nadie. Esto le hizo ser persona de confianza para todas las hermanas.

Tenía un carácter decidido e ingenioso, alegre y jovial, atenta siempre a las necesidades de las hermanas, a quienes ayudaba siempre con la sonrisa en los labios. Con esta delicadeza de espíritu desempeñó todos los oficios que se le confiaron: enfermera, refitolera, sacristana, tornera, secretaria, consejera y maestra de novicias.

La hermana Milagro tenía una intensa vida interior. Ante todo se revistió de caridad y humildad. Su piedad era sólida y la característica más sobresaliente en ella fue su amor a la Eucaristía y a la Virgen Madre.

A pesar de su frágil salud supo mantener siempre la austeridad de vida propia de la Orden. Tenía un gran espíritu de sacrificio y en su vida penitencial reservaba un lugar privilegiado para la conversión de los pecadores.

Aunque a veces manifestó su temor natural a una muerte violenta, ofreció su vida por la santificación de la Iglesia y de su comunidad. Ella no se consideraba digna de recibir la palma del martirio, pero solía decir a sus hermanas: ¿Qué mejor que el martirio...?; en un momento nos vemos en el cielo. Al tener que dispersarse la comunidad al inicio de la guerra, dijo como despedida: "Yo voy a morir". Y así fue, el 20 de noviembre de 1936, a los 54 años de edad, la fidelidad de Jesucristo brilló en ella haciendola fuerte en su debilidad para la confesión de su nombre. Al morir, sus ojos limpios, atravesado el rostro por más de una bala, quedaron entreabiertos para siempre en una mirada serena llena de paz colmada, ternura, perdón y misericordia: no quedaba duda de que había sido una muerte de amor. En una frase podemos encerrar el sentido de su paso por este mundo: "Vivió la caridad hasta el extremo de la entrega de su vida".

El martirio de la hermana Milagro fue el coronamiento de una vida santa, vivida fielmente, día a día, en el surco humilde de la fraternidad, la pobreza y la oración.

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