Beato Inocencio de Berzo

28 de septiembre  (1844-1890)    Himno

Juan Scalvinoni (Inocencio) nace en Nardo Valcamónica, Brescia, Italia, el 19 de marzo de 1844.
Estudió en Lovere, Bérgamo, en el colegio municipal durante cinco años hasta 1861, año en que ingresó al seminario de Brescia.
El 2 de junio de 1867 es ordenado sacerdote.
Del 1867 al 1869 es vicario coadjutor en Cevo, Valsasione.
Después es nombrado vicerrector del seminario diocesano de Brescia, cargo del que es removido al año.
Es vicepárroco en su pueblo natal.
El 16 de abril de 1874 inicia el noviciado en el convento capuchino de la Anunciata.
El 29 de abril de 1875 emite su profesión de votos temporakes y es destinado al convento de Albino.
En 1876 retorna a la Anunciata y el 2 de mayo hace su profesión solemne y es nombrado vicemaestro de novicios.
Cuando se traslada la sede del noviciado a Lovere en 1879, queda en la Anunciata.
En octubre de 1880 va a Milán con el grupo de redactores de la revista "Anales Franciscanos".
En febrero de 1881 va a hacer una suplencia a Sabbioni de Crema y en junio vulve a la Anunciata.
En otoño de 1889 se le encarga dirigir los ejercicios espirituales a las comunidades de Milán, Albino, Bergamo y Brescia.
Se enferma gravemente en Albino y muere en la enfermería de Bérgamo el 3 de marzo de 1890.
El 29 de septiembre de 1890 trasladadas sus reliquias a su ciudad, Berzo.
Juan XXIII lo declara Beato el 12 de noviembre de 1961.

"Jesús es ofendido y me corresponde a mí no abandonarlo en su aflicción. El amor de Dios no consiste en alentar grandes sentimientos y sí en una gran desnudez y paciencia por amor de Dios. No existe medio mejor para salvaguardar el espíritu que sufrir, hacer el bien y callar. Desearé estar sometido a todos y tendré horror de ser preferido en lo más mínimo. Considero que soy tratado demasiado bien: y merecería lo peor porque tengo muchos culpas ante el Señor.  (Beato Inocencio de Berzo)


 EL SER NADA POR AMOR

Don Juan Scalvinoni llevaba tres de años en el ejercicio de su sacerdocio cuando fue trasladado a Berzo como vicepárroco. Había sido ordenado sacerdote en Brescia por el obispo Jerónimo Verzeri el 2 de junio de 1867 y destinado inmediatamente a Cevo en Valsivore como coadjutor, pero a los dos años fue requerido en Brescia para asumir el cargo de vicerrector del seminario diocesano. Los puestos de autoridad le suponían un auténtico sufrimiento, tanto que al año era trasladado porque, se lee en el proceso de beatificación, "en cuanto al ejercicio de autoridad era menos que nada"; pero así mismo insuperable cuando se trataba de ayudar a un pobre o permanecer en oración, leer o estudiar.

Su madre, que lo había alumbrado hacía 26 años a Niardo Valcamónica el día de san José, 1844, porque lo conocía bien, tenía que estar alerta porque todo lo de casa podía desaparecer en cuanto llegaba un pobre a la casa, hasta un pollo pronto para ser servido. "Nosotros ya podemos comer mañana", decía el hijo con una calma que desarmaba a cualquiera, porque "debemos considerar a nuestro prójimo como recostado en el regazo del Salvador". Si no estaba confesando en la iglesia o atendiendo espiritualmente a alguna persona, o en otro ministerio sacerdotal, se lo encontraba en profunda oración cercano al altar o "distraído tras su larga oración en la sacristía con un artículo de la Suma de Santo Tomás". Algo dejaba traslucir a partir de su comportamiento que su mayor anhelo estaba cifrado en aspirar vehemente hacia lo más alto.

Al otro lado del valle, en la abrupta depresión montañosa, se recortaba el perfil del campanil del convento-eremitorio de La Anunciata, fundado en el cuatrocientos por el beato Amadeo de Silva, y habitado desde treinta años por un grupo de frailes capuchinos. Hacia allá miraban con nostalgia sus ojos y su corazón, sediento de interioridad y de silencio místico. Escribía en una de sus cartas: "La mayor necesidad que tenemos hoy es callar ante el gran Dios, tanto con el apetito como con la lengua, porque la palabra que él más a gusto escucha, es la palabra taciturna del amor".

Esta aspiración era el resultado de una fuerte experiencia cristiana crecida al interior de una humilde familia campesina entre Niardo y Berzo, donde el sufrimiento por la partida de los seres queridos (Pedro Scalvinoni, su padre, y su abuela murieron cuando Juanito tenía pocos años), acompañado de profundos sentimientos personales vividos con íntima reserva silenciosa, y el pudor y la nobleza de los pobres, era entrelazada con oraciones y devociones cristianas que venían de generaciones. Era la suya una fe concreta y fuerte, como las violentas montañas que rodeaban el pueblecito en el que nació.

El tío Francisco, que había hecho de padre para él, quiso que estudiara durante cinco años en el colegio municipal de Lovere, 1861. El contacto con sus maestros, hombres y mujeres de noble espíritu, determinó la orientación espiritual de su personalidad. Estaba adornado de una inteligencia vivaz (obtuvo las máximas calificaciones durante sus estudios), era diligente y aplicado en el trabajo, se preocupaba por los más débiles, le movía el deseo de servir y ser útil a los demás. Hacía el bien y le gustaba desaparecer de escena inmediatamente. Tenía auténtica pasión por la Eucaristía.

En lugar de continuar los estudios, que le fueron ofrecidos gratuitamente de parte de las autoridades académicas, ingresó en el seminario de Brescia, imponiéndose una severa disciplina espiritual, regulada por numerosas normas, sus "Horarios", encaminados a transformar todo en plegaria y vida interior. Aun siendo sacerdote seguía pormenorizando los pasos de su vida en su libreta de propósitos, empujado por el ansia de interioridad. El 16 de abril de 1874, a los treinta años de edad, con el consentimiento de su madre y de su obispo, subirá la cuesta de la Anunciata e iniciará el año de noviciado capuchino con el nombre de fray Inocencio de Berzo. Su biografía es de una desconcertante simplicidad. Tras su profesión religiosa es trasladado al convento de Albino. Permanece un año y vuelve a la Anunciata y emite allá su profesión solemne el 2 de mayo de 1878. Es nombrado vicemaestro de novicios. Duró poco. En 1879 se cambiaba la sede del noviciado a Lovere y queda fray Inocencio sin un oficio concreto la Anunciata.

El doctísimo superior provincial, amigo de Rosmini, padre Agustín de Crema, lo llama a Milán en octubre de 1880 para formar parte del grupo de redactores de la conocida revista Anales Franciscanos. A los cinco meses está cumpliendo una suplencia en Sabbioni de Crema, y ya en junio lo encontramos de nuevo en la Anunciata. Sus superiores y cohermanos se convencieron muy pronto de sus fracasos y lo abandonaron al aislamiento. Algunos llegaron a diagnosticar que padeciera un complejo de inferioridad, y sintieron por él una piadosa conmiseración. En realidad, él no hizo ningún esfuerzo para superar aquel sentimiento de su propia incapacidad y más y más se hunda en ella. La única actitud en la que perseveró fue la de seguir regalando a los pobres cuanto caía bajo sus manos. Ellos disfrutaban de su ingenua bondad.Frecuentemente regresaba de la cuestación con las alforjas vacías, porque a lo largo de su mendicación hacía realidad el dicho de fray Galdino, del mar, que recibía agua de todas las partes y la retornaba luego a los ríos.

Por fin, los superiores le encargan la predicación de los ejercicios espirituales en los principales conventos de la provincia: Milán, Albino, Bérgamo y Brescia. Llegará a concluir solamente los dos primeros, que llegaron a enfermarlo por la tensión nerviosa en que se desenvolvió. Mientras predicaba en Albino enferma gravemente y muere el 3 de marzo de 1890. Este ir y venir como un columpio en la vida caracteriza la biografía del beato Inocencio y da a su vida interior el ritmo de drama sagrado.

El padre Inocencio solo deseaba servir y ocupar el último lugar: "Hasta se había encorvado; se escondía en los rincones para pasar desapercibido". Escribía en su cuaderno: "Desearé estar sometido a todos y tendré horror de ser preferido en lo más mínimo. Considero que soy tratado demasiado bien: y merecería lo peor porque tengo muchos culpas ante el Señor". Esta manera de ser le causaba muchas humillaciones. Los hermanos no tenían excesivos miramientos y en ocasiones le hacían flecos, sobre todo por sus misas interminables misas que descomponían los horarios, a pesar de los tirones a la casulla para que aligerara las celebraciones eucarísticas. El permanecía como arrebatado por el Espíritu Santo y sus jaculatorias y silencios contemplativos se prolongaban sin fin. Su sed de expiación le hacía inventar mil maneras para sufrir y humillarse, y siempre tenía preparada su respuesta serena, y pronto a sonreírse de su propia impericia.

Los sacerdotes del valle de Camonica acudían a él en busca de consejo y les resolvía con precisión de doctrina y profunda intuición cualquier caso intrincado. Sin embargo, su astucia le hacía aparecer como un inepto. Un deseo inmenso de purificación y oración era el camino que él transitaba a fin de responder al Amor que no es amado, y esto le atormentaba de tal manera que hasta sus propios rasgos fisionómicos quedaron integrados por estas obsesiones. Por ejemplo el mal del pecado. Pregunta al teólogo oficial de la provincia "si el pecado venial puede infligir a Dios una ofensa infinita", y tiembla ante el solo pensamiento de poder cometer una mínima transgresión.

Su punto de atracción resulta ser el tabernáculo. Aquí, delante de la Eucaristía, encuentra todo su bien. No le bastan los ratos de oración de la comunidad. Los días no le eran suficientes. Encargado de limpiar el polvo de los bancos de la iglesia, se eternizaba en esa tal operación: limpiaba y volvía a limpiar. Cuando los otros terminaban, él seguía en su empeño. Le habían impuesto salir de la iglesia con los otros. Obedecía, pero luego, como paloma llorosa, daba vueltas y vueltas en torno a los muros de la iglesia y, si estaba ya cerrada la puerta, quedaba extático frente a ella. Descubrió un hueco de la biblioteca que daba a la iglesia, y desde entonces se pasaba el día entero estudiando, pero los libros permanecían abiertos. Era la suya una atracción irresistible y a un a nivel físico no podía vivir lejos del tabernáculo. Cuando pasaba las noches en silencio adorador ante el Santísimo, como le ocurrió una vez en la iglesia de Ossimo, donde había estado confesando, apareció de mañana con un rostro radiante y bello. según testimonio del párroco cuando llegó a abrir la iglesia.

Con la Eucaristía, a la vez, la cruz. Se eternizaba ante la contemplación del Crucifijo. Rezaba devotamente entre sollozos hasta ocho y diez veces el ejercicio del Vía Crucis. Y era apóstol de esta devoción. "Cuando alguien era sorprendido en el rezo del  Vía Crucis - declara un testigo -, se decía sin más que el tal se habría confesado con el padre Inocencio".

Escribe el padre Hilarino de Milán: "A pesar de que su temperamento era tímido, con marcada tendencia a la sumisión, al anonadamiento y a andar siempre en la penumbra, arrinconado, paradójicamente, la acción divina no solo no eliminó esta inclinación psicológica a la minimidad y convicción de pequeñez, sino que retoma todo este complejo misterio humano para transformarlo en ejercicio de virtudes heroicas y en un estado místico".

Juan XXIII, que lo proclamó Beato el 12 de noviembre de 1961, lo definió como "un santo moderno para nuestro tiempo" ¿Pero cuál es el secreto de su vida simplicísima? Resulta difícil explicar esta "modernidad" en una semejante santidad. Inocencio, según palabras de Pablo VI: "dicen los biógrafos que tenía la cabeza hundida sobre el pecho, y que difícilmente se podía apreciar su mirada. Pero si miramos la realidad de esta alma, deberemos decir que tenía los ojos puestos en lo alto, porque su gravitación, - en la tierra la nuestra - se convertía en él en levitación".

El padre Inocencio es un santo que se nos escapa, que se nos esconde, siempre atormentado por el ansia de una interiorización mística, construida a base de vivir cercenando, dejado de lado, destruido para hacer sitio a un vacío cada vez más absoluto, siempre más querido y buscado; una "amorosa nada", como titula la escritora Curzia Ferrari la espléndida relectura biográfica del Beato, hacia una llenura de amor divino. Eliminado el todo, él puede decir de verdad, como San Francisco: "Mi Dios y mi todo". Aquí está el secreto profundo del "frailecillo del Berzo", como fue intuido por la gente sencilla del valle, que lo bautizó tan diminutivamente.


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