Experiencia Vocacional Capuchina

“Francisco entre los leprosos”

"El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, comenzar de este modo a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y al separarme de ellos, lo que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después de poco tiempo, salí del mundo". (Testamento de San Francisco de Asís 1-3)

Paz y bien mis queridos hermanos y hermanas.

Nuevamente les compartimos nuestra vivencia dentro del proceso de discernimiento capuchino, esta vez con la experiencia vocacional: “Francisco entre los leprosos”, durante los días 29 de julio y 11 de agosto, junto con las Hermanas Terciarias Capuchinas y un grupo de quince jóvenes inquietos por seguir a Jesucristo; ellos son: Hilaria, Liliana, Elvira, Lorena, Rodolfo, Carlos, Jonathan, Miguel, Andrés, Danilo, Marcelo, Manuel, Matías, Eduardo y Edison, de diferentes partes del país.

Como objetivo, nos planteamos ayudar a los jóvenes en su búsqueda vocacional, desde el encuentro personal con Cristo crucificado, en los leprosos de nuestro tiempo, de modo que puedan discernir su vocación a la vida consagrada. Y esa fue justamente nuestra motivación desde el principio: poder descubrir el rostro sufriente de Jesús que nos mira con ternura en cada uno de los niños, jóvenes y ancianitos con los que compartimos.

El lugar donde estuvimos, Penipe, es un cantón de la provincia de Chimborazo, marcado por la migración y las secuelas del volcán Tungurahua, ubicado a unos 22 Kms de Riobamba, en las faldas del nevado los Altares, por lo cual ya se imaginarán el frío que nos hizo, aunque el amor calienta hasta el más helado de los corazones pues pudimos amortiguarlo con el calor humano de la cálida acogida con que nos recibieron.

Fueron las Hermanas Franciscanas de la Caridad las que nos acogieron en su hogar, la Casa de la Caridad, en donde llevan una bonita pero sacrificada obra de niños con capacidades diferentes, con los cuales pudimos compartir. También colaboramos con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, en el asilo que llevan ellas; y, como éramos bastantes nos repartimos en dos grupos, una semana en cada lugar.

Los momentos que vivimos en esta experiencia han sido una fuerte motivación para optar por Cristo y su Evangelio, entregando la vida por los que más sufren. El día lo comenzábamos a las 04h30 con nuestra oración comunitaria preparada por los jóvenes de forma muy creativa. A las 05h30 estábamos prestos para ayudar a levantar a los niños, bañarles, vestirles, limpiar sus habitaciones, los pasillos, tender las camas, preparar el desayuno y darles de comer en la boquita a los que no pueden hacerlo por sí mismos. A eso de las 06h30, los que les tocaba en esa semana se dirigían al asilo para compartir con los adultos mayores, colaborando casi en las mismas labores que hemos mencionado.

A media mañana nos repartíamos los trabajos que quedaban pendientes como ayudar en la cocina, en la huerta, arreglar la ropa, acompañarles a los niños en las terapias ocupacionales con el psicólogo y la terapista, y entre las tareas más difíciles estaba la lavandería, no porque no nos gustaba hacerlo, sino por la cantidad de ropa que había que lavar. Realmente era una labor sacrificada. Dios nos dio las fuerzas para dar todo de nosotros entre la espuma y el jabón.

El almuerzo de los niños era a las 12h00 y la merienda a las 16h00. Ya para las 17h00, se preparaba a los pequeños para llevarlos a descansar. A las18h00 nos juntábamos nuevamente con todos los jóvenes y, junto a nuestras hermanas anfitrionas y los niños de la Casa de la Caridad, celebrábamos el don de la vida y de la fe a través de la Eucaristía fraterna.

Por las noches teníamos nuestro compartir, a manera de evaluación y de ir expresando los sentimientos, inquietudes, cuestionamientos, dificultades y anécdotas suscitados a lo largo de la jornada, lo cual significó un enriquecimiento mutuo en torno a lo que cada hermano o hermana descubría y experimentaba. Intercalábamos también los momentos de compartir con juegos de mesa y alguna película.

También ha sido una oportunidad para estar con la gente en sus celebraciones de fe, pues el día sábado 3 de agosto, por la noche, compartimos con la comunidad de Bayushig (una de las parroquias cercanas de Penipe), la fiesta del Divino Niño, con la iglesia repleta de fieles, cantos festivos, liturgia solemne, presidida por nuestro hermano sacerdote Oscar Ramos, comida para todos, juegos artificiales, baile popular, en fin, todos los elementos que no pueden faltar en una fiesta patronal.

Aquella noche fue la ocasión precisa para dar a conocer a la gente nuestra experiencia vocacional, presentar a los jóvenes pidiendo la oración para ellos y poder ofrecer también nuestras taus y películas religiosas que, de cierta forma, nos ayuda en algo a sostener económicamente los encuentros. A los jóvenes un gran agradecimiento por el servicio que prestan en este sentido y por su corresponsabilidad. Dios les dará de la misma manera en que ustedes se dan y entregan.

Los signos del Espíritu han sido abundantes en esta experiencia y creo que todos los que participamos hemos sentido la tierna caricia de Dios, en el rostro alegre de los niños con capacidades diferentes o con los ancianitos. Digo esto porque, aparentemente, a estas personas les falta algo en su capacidad intelectual o física, sin embargo reían con tal libertad y pureza que se nos llenaba el espíritu de alegría e incluso arrancaba en nosotros algunas lágrimas de ternura y compasión.

Y esto es algo que cuestiona mucho nuestra vida, puesto que nosotros fácilmente nos dejamos vencer por las contrariedades y nos ahogamos en nuestros propios problemas, cuando hay personas alrededor con sufrimientos más grandes que los nuestros y que se sienten muy libres y felices con lo poquito que tienen. Bendito sea Dios por la gracia derramada tan abundantemente en estos hermanos sufrientes.

De allí que nosotros no venimos a compartir con ellos porque nos necesitan, sino porque Dios quiere encontrarnos a través de estos tiernos instrumentos suyos, nos quiere hablar al oído, llevarnos al desierto y convertir nuestro ser. Somos nosotros los que necesitamos de ellos para sensibilizar el corazón de piedra y valorar los dones y la vida que hemos recibido del Señor.

De este modo, podemos decir al final de estos días de gracia, como Francisco de Asís, lo que antes se nos hacía difícil al inicio de nuestra experiencia, se nos tornó luego en dulzura del alma al encariñarnos con estas pequeñas criaturitas de Dios.

El penúltimo día tuvimos un desierto espiritual, para vivir también el espacio personal con el Señor, con la Palabra de Dios y con nosotros mismos, de modo que al final de la experiencia podamos darle una respuesta generosa al llamado que hemos sentido.

El día domingo 11 de agosto nos despedimos con un programa recreativo para los niños de la Casa de la Caridad, vestidos de payasos, con coreografías, cantos y baile, una despedida muy amena. Y luego del almuerzo, cada uno partió de regreso a casa.

De todo corazón agradecemos primeramente al P. Jaime, párroco de Penipe y a las Hermanas Franciscanas de la Caridad por abrirnos su corazón y su casa; a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, por darnos la oportunidad de compartir en el asilo; y, también a los jóvenes que participaron en esta experiencia vocacional capuchina por su generosidad, su servicio, su entrega y la alegría con la que compartieron con estos preferidos del Reino. Ánimo mis queridos jóvenes que el Señor llama a nuestra puerta y quiere entrar y estar con nosotros (Ap 3,20).

Y por último, un gran abrazo fraterno y un Dios les pague a los hermanos y hermanas que nos sostienen con su oración y apoyo. Hasta nuestra próxima experiencia vocacional.

Hno. Fernando Ortega

Pastoral Vocacional Capuchina

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