UNA SORPRESA  

El día 04 de octubre de 1226, se juntó una multitud en una capilla fuera de la ciudad de Asís. Hombres y mujeres, niños, pero principalmente frailes que iban llegando. Muriera el hermano Francisco, que casi todos tenían como santo. Pero nadie estaba preparado para la sorpresa: se veían enormes clavos traspasando sus manos y sus pies. La ropa rasgada dejaba ver una grande herida en su pecho. Y él, antes moreno, estaba pálido, pero muy bonito. Parecía un santo. ¿Santo? Bien deprisa alguien murmuró, espantado, que él era mismo otro Cristo. Y la noticia se difundió.

 

Él era rico y alegre

Él era hijo de Pedro Bernardone, uno de los hombres más ricos de la ciudad. En aquel tiempo, importantes y poderosos eran los nobles, pero tenía comenzado a surgir una clase nueva: a de los que no eran nobles, pero estaban consiguiendo hacer dinero. Pedro de Bernardone era uno de esos. Comenzó vendiendo piezas de tejido pero tenía tamaño tino que creció deprisa. Hacía excursiones a Francia para buscar tejidos más preciosos. En una de las veces, trajo una bonita muchacha francesa que pasó a ser su esposa. Su nombre era Juana, pero, como venía de la Picardía, con apodo de Dueña Pique. Cuando el primero hijo nació, Pedro estaba viajando. Juana lo bautizó con su nombre. Pero, al volver, el padre puso en su Juanito el apodo de Francisco, o “Francesiño”.Aquel niño era una alegría. Creció vistoso, aprendió a leer y a escribir con los padres de la Iglesia de San Jorge y luego comenzó a ayudar su padre en la tienda. Él era bueno para ganar dinero. Y para gastar también. Pero Pedro se quedaba feliz: veía que iba a tener un rey de las fiestas. Y de las aventuras. Quería hasta ser caballero, lo que, en aquel tiempo, era lo mismo que ser noble. Era necesario tener mucho dinero para comprar caballo y armas. Y tenía que se distinguir primero en combate.

 

Caballero

Tenía veinte años cuando entró en una guerra. Haría cuatro años que los plebeyos ricos de Asís estaban luchando con los nobles, que fueron expulsos de la ciudad. En el comienzo, el muchachito solo pudo ayudar a cargar piedras para construir la nueva muralla. En 1202, lo dejaron combatir en Collestrada, bien cerca de la ciudad. Los nobles vencieron y él fue preso. Solo salió de la cárcel un año después, porque su papá pagó. Pero se quedó enfermo un buen tiempo. Cuando se sanó, compró armas y un bonito caballo para ir para una guerra en otra región de la Italia, en Apulia. El día de su partida fue una fiesta. Y él estaba exultante, porque hasta tenía soñado que su casa tenía se transformado en castillo lleno de armas. Volvió pocos días después. Y no quería más saber de caballos ni de guerras. Ni de negocios y ni de trabajo. Pasaba los días vagueando por los campos fuera de la ciudad. No sabía lo que quería. Solo sabía que alguna cosa importante iba tener que acontecer en su vida. Soñara otra vez: estaba en un castillo de armas, como en la primera ocasión. Pero una voz fuerte penetrara en el preguntando si era mejor seguir el siervo o el señor. La respuesta también vino desde dentro:- ¿Señor, que quieres que yo haga? Y esa respuesta-pregunta no salía más de dentro de él.  Se reviraba en la cama de noche y pasa los días caminando sin saber para donde. Él sabía que alguna cosa tenía cambiado para siempre, pero no sabía qué. Otros preguntaban lo que aquél hombre de veinte y cuatro años iba hacer en la vida y él mismo no tenía la mínima idea de lo que iba ser. Llegó a volver para una de aquellas cenas festivas con los mozos y mozas de su compañía. Cuando salieron cantando por la calle, él se sintió paralizado en el camino. Aquella fuerza del sueño tenía regresado. Él tuvo la certeza de que iba quedar sabiendo lo que tenía que hacer, pero vio luego que no sería tan temprano. Una cosa era cierta, cada vez más. Era Dios que estaba moviendo él. Comenzó a pasar horas, tal vez días, en los huecos que encontró en las montañas, y alguna cosa desde de dentro, un “espíritu” nuevo hacía con que orase al Padre de los cielos. Pero el oscuro continuaba.

 

Los leprosos

Un día, encontró un leproso en el camino. Se fuese antes, tendría huido con asco. Ya hiciera eso muchas veces. Pero esa vez, el encuentro mostró que él estaba diferente. Se fue con el leproso. Todo mundo de la ciudad tenía horror de aquellos dolientes. Pero Francisco se quedó hasta morando ahí. Cuidaba de ellos. Los lavaba, hacía curativos.  E iba descubriendo que no había mayor leproso de que él: estaba cambiando y necesitaba de un cambio más grande. Comenzó a tener una ternura tan grande por los pobres enfermos, que se sintió encantado. Él nunca amara a nadie de aquella manera: ni su madre, ni sus compañeros de aventuras, ni las bellas enamoradas que conseguía con tanta facilidad. Percibió que solo Dios podría ser aquél amor que él sentía por los leprosos. Y que solo Dios podría ser aquél amor que él recibía de los leprosos. Cuando quiso volver para la ciudad, echaron piedras en él. Aquél loco no podía andar con gente que no tenía la terrible enfermedad. Pero dentro de él lo que transbordaba era una dulzura que nunca conseguiría contar a nadie.

 

San Damián

Fue andando sin rumbo por los campos que él decidió un día entrar en aquella capillita en decadencia. Dentro estaba todo oscuro y sucio. Solo un enorme crucifijo parecía una luz encendida. Y sus ojos enormes miraban dentro del alma. Miraban lejos. La mirada de Cristo lo atravesaba, se difundía por el mundo, llegaba a todo hombre, a toda mujer, a todo niño, a todo mayorcito, a todos los animales, a todas las cosas. ¡Ah! Como Francisco entendía aquella mirada. Era la mirada de la misericordia que él sintiera amando los leprosos, aquella misericordia que solo podría ser otro nombre de Dios. De esa vez, la respuesta salió como un grito, en forma de la oración que él vivía repitiendo en aquellos últimos tiempos. Y que parecía tener sido hecha justamente para esa hora: Señor, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe derecha, esperanza cierta y caridad perfecta, juicio y conocimiento. Él aún se sentía en la oscuridad pero alguna cosa comenzaba a quedar clara: necesitaba de una luz cada vez más grande y de que Dios le diese toda que fuese necesario para que él hiciese todo que Dios quería. ¿No era eso que aquél Jesús estaba haciendo en la cruz: a la voluntad del Padre?

 

Piedras y huecos

Comenzó a tener dos cosas para hacer: la primera era limpiar y arreglar aquella capillita donde vivía Jesús tan amigo. La segunda era quedar horas y días sin cuenta rezando escondido en la pequeña cripta (el lugar donde se enterraban los muertos), abajo del altar de la capillita. Pedro Bernardone lo buscaba como un loco. Pensaba que el loco era él. Entre otras cosas, Francisco tenía desaparecido con muchas piezas de tejido, vendiera el caballo y nadie sabía lo que tenía hecho con el dinero. Pensando que no podría más recuperar el hijo, Pedro quería por lo menos el dinero. Como Francisco ya vivía como una especie de religioso, la cuestión fue al obispo de la ciudad. En la frente del palacio, con mucha gente asistiendo, el joven no tuvo dudas: dio el dinero de vuelta y dio toda la ropa, hasta la que estaba vistiendo. El obispo ha tenido que cubrirlo con su capa. Después, le dieron la pobre túnica de un siervo para que él no se quedase desnudo. Era invierno, todo estaba cubierto de nieve, pero él, en el comienzo, ni sintió frío. Salía de dentro otra oración fuerte. Ahora él se sentía mismo como Jesús que fue despido y despojado de todo antes de ser clavado en la cruz. Y gritó para todo mundo que, ahora sí, podía rezar con toda verdad: ¡Padre nuestro que estás en el cielo!

 

Una revelación

Hizo una reforma grande en la iglesia de San Damián. Pedía piedras como limosna y llamaba los pobres de alrededor para ayudarlo. En una de aquellas horas en que tenía certeza de que Dios estaba hablando con él, supo que aquella capillita y la casa al lado serían un día a morada de unas monjas muy santas. Cantaba en francés, como siempre que se sentía entusiasmado, y ponía manos a la obra. Hasta cogió la manera e hizo una pequeña reforma en la iglesia de San Pedro. Después halló una capillita casi abandonada, aún más fuera de la ciudad de lo que la de San Damián. Le gustó porque era dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles. Le gustó también del nombre que le daban: porciúncula, que quiere decir “pedacito de tierra”. Comenzó la reforma. En ese tiempo, tenía comenzado a vivir y a se vestir como un eremita: con una ropa larga, un cinturón de cuero, sandalias en los pies y llevando en la mano un trozo de palo que cortó en un bosque. Y se sentía lleno de Jesús. Y no dejaba de orar con él al Padre. Continuaba a pedir luz para saber lo que Dios quería de él. Un día, asistiendo misa, unas palabras del Evangelio llamaron su atención. En el final, fue hablar con el sacerdote en la sacristía. Pidió que leyese nuevamente aquél trozo. Era así: “Cuando ustedes fueren por el camino, no leven bolsa, ni calzado, ni dos túnicas…”. Fue ahí que la certeza batió fuerte dentro de él. Comenzó a saltar de alegría y a gritar. Ahora ya sabía lo que Dios quería de él: que fuese anunciar el Evangelio con los apóstoles, que nunca tuviese nada, que estuviese siempre a camino, como quien no tiene casa en lugar alguno…

 

Como un apóstol

Eso mismo, él no era un eremita (que eran personas que vivían solitas, rezando en los bosques y en las montañas). Era como un apóstol. Comenzó a andar sin calzado, sin cinturón, con la ropa más miserable que consiguió hacer él mismo, le dando a forma de una cruz con un capuz que tenía en arriba. Y no paró más. Fue anunciar que el mundo tenía que cambiar, porque Jesús ya tenía llegado. Fue casi un año después que Bernardo, un antiguo compañero muy rico, fue hablar con él. Quería ser como él. Quería andar como un pobre y querría anunciar el Reino de Dios. En el mismo día, apareció, otro joven, Pedro, que también quería andar con él. Francisco pensó que ellos tenían que ir consultar el propio Jesús, abriendo su Evangelio. Además del mismo pasaje de la otra vez, cuando ustedes fueren por el camino…, encontraron otras dos: Quien quiera venir conmigo, venda todo lo que tenga, done a los pobres y después me siga…y esta: Quien no deja su padre, madre, hermanos y hermanas, por amor de mí, no es digno de mí. Ahora ellos ya sabían: tenían que ser como los apóstoles, seguir y anunciar Jesús sin tener nada propio, y ser ellos mismos los hermanos unos de los otros, toda la familia y todo el bien unos de los otros en esta tierra.

 

El Señor le dio hermanos

Después de algunos meses, ya eran doce hermanos. Francisco pensó que tenían que escribir lo que querían de la vida e ir pedir al Papa que los bendijese. Comenzaron un alegre viaje, a pie para Roma. Él tenía la certeza de que, en la tierra, Jesús habla por sus ministros y, sobretodo, por el Papa. Eso aconteció en 1209, cuando Francisco estaba con veinte y siete años. El Papa era el famoso y todo poderoso Inocencio III. Fue iluminado por el alto para ver en aquellos pobrecitos unos hombres de Dios. Los aprobó. Los envió como misioneros. Ellos volvieron todos felices, y su número comenzó a crecer. Anunciaban Jesús por toda parte. Francisco llegó hasta a hablar como predicador en la propia catedral. Hombres y mujeres quedaron sensibilizados por sus palabras y más aún por su ejemplo simples y pobre. Querían ser como él y sus compañeros.

 

Clara

Unos dos años después, Francisco decidió buscar Clara. Era una joven rica que morava en una casa vecina de la catedral, pero todos sabían que ella era santa. Francisco debe tener tenido alguna iluminación de que era con ella que el Señor quería comenzar el grupo de mujeres que iba vivir en San Damián. No ha demorado mucho para la joven vender todo que tenía y entrar en la nueva familia. Clara fue unos de los mayores acontecimientos de la vida de Francisco. Y del mundo. Transpiraba una vitalidad enorme, era toda claridad y su rostro reflejaba lo de Jesús como un espejo. Doce años más joven- ella tenía 18 y Francisco 30- fue maestra y compañera, además de discípula en sus caminos de vivir Jesucristo.

 

Los capítulos

Todos los años, los hermanos (todo mundo ya los llamaba de frailes/hermanos) se reunían en el tiempo de Pentecostés para descubrir juntos lo que más Dios aún quería de ellos. Crecían por el mundo. Eran cada vez más numerosos. Sin contar las Hermanas de Santa Clara y la multitud de los hombres y de mujeres que, mismo continuando a vivir en sus casas, seguían la misma manera de vivir el Evangelio. Todos ellos eran penitentes, porque tenían descubierto como Jesús hace falta en este mundo y no medían sacrificios para tenerlo consigo. Esa palabra “penitentes” tenía sido usada por Juan Bautista cuando ha venido avisar que Jesús estaba llegando. Él decía que las personas debían hacer penitencia para recibir Jesús y la situación nueva que él traería. A través de los siglos, mucha gente creyó que hacer penitencia era hacer sacrificio: dejar de comer, pasar frío y hasta golpear en si mismo a punto de sacar sangre… pero Francisco y sus compañeros fueron a la raíz de la cuestión: ser penitente es percibir que Jesús esta haciendo falta y estar siempre preparado para recibirlo.

 

Entre los sarracenos

Además de recurrir toda la región, los hermanos comenzaron a irse a Italia y a los otros países de Europa. Pero, en aquél tiempo, lo que no era la Europa cristiana era el mundo de los sarracenos, que seguían Mahoma. Y los cristianos estaban en guerra con ellos, porque ellos estaban ocupando la Tierra Santa, en que Jesús vivió. Francisco pensaba que los sarracenos también eran hijos de Dios y hermanos de todos nosotros. Por eso, en vez de guerra, quería ir hablar con ellos sobre Jesucristo. Hizo tentativas varias veces. En la primera, llegó hasta el norte de España, en aquél tiempo casi entero en la mano de los sarracenos. Pero se quedó enfermo y tuvo que regresar. Buscó coger un navío en Ancona para ir para Palestina. El viaje no fue posible. Finalmente, acabó consiguiendo: fue para Egipto en 1219. Encontró los cruzados, que eran los soldados cristianos. Buscó convencerlos a evitar la guerra. No consiguió nada. Pero atravesó las líneas de combate y fue hablar con el sultán, que era el rey de los sarracenos. Conversaron bastante. Francisco los dejó muy impresionados, y también los escuchó. Los sarracenos lo dejaron volver como un amigo. Y muy edificado, por ver como ellos rezaban, mismo en la calle, varias veces al día.

 

Viendo Dios

Pero, cuando regresó del Egipto, él, que ya era debilitado de salud, estaba peor. Vino hasta con una fuerte infección en los ojos, que lo haría sufrir bastante. Pero estaba viendo cada vez mejor, como él decía, con los ojos del espíritu. Eso significaba que él adquirió y fue mejorando una capacidad de ver la presencia de Dios en todas las cosas. Usando una comparación de la Biblia, él decía que, con los ojos de la carne (o sea, con la nuestra simples fuerza de humanos), nosotros solo vemos lo que todo mundo ve: una planta es una planta, y nada más. Pero, con los ojos del espíritu, (o sea, con una iluminación diferente, que solo Dios da), nosotros vemos Dios en todo y somos capaces, por ejemplo, de percibir como la planta manifiesta y canta la gloria de Dios, que la hizo con cariño para nosotros. A Francisco también le gustaba mucho de pasar largos tiempos en oración. El escogía alguna montaña apartada, alguna caverna, alguna isla, y se quedaba cuarenta días cada vez, en la compañía de unos pocos hermanos. Se quedaba entregue a Dios, con Jesucristo, que casi ni comía.

 

En el Monte Alverne     

En una de esas veces, cuando él ya tenia cuarenta y uno años, estaba solo con su más fiel compañero, Fraile León, en un lugar llamado Monte Alverne. En ese lugar, su oración fue tan profunda, y estaba tan unido a Jesucristo, que hasta vio una enorme luz abajando del cielo. Cuando llego más cerca, percibió que era un serafín, o sea, un ángel con seis alas, cogiendo fuego. Pero más cerca, él vio que el serafín era el propio Jesús Crucificado. En esa ocasión, recibió las señales de la pasión de Jesús: se quedó con las llagas marcadas en su pecho, en las manos y en los pies. Fue para percibirnos cuanto Francisco se tornó otro Jesucristo. Todos nosotros, para sernos criaturas felices y realizadas, también tenemos que ser otros Cristos. No necesitamos tener las sus heridas en las manos y en los pies, pero necesitamos tener la visión de las cosas y su inmenso corazón para amar a todos.

 

La carta de misericordia.

En 1219, unos de los compañeros de Francisco, que tenía sido encargado de los hermanos que vivían en toda una región y que, por eso, era llamado por los otros de hermano ministro, escribió a Francisco pediendo dispensa de su puesto, porque tenía muchos problemas de los frailes y de los otros para arreglar y estaba sobrando poco tiempo para rezar. Él decía que tenía entrado en el movimiento franciscano para rezar. Francisco respondió con una carta muy bonita. Él explica que la única cosa importante es la misericordia, o sea: Dios ama, ama sin límites, a todas las personas y a todas las cosas. Lo importante de “rezar” es estar con Dios. Y nosotros estamos con Dios siempre que estamos viviendo el amor. Por eso, Francisco explicaba que el Hermano Ministro debería ver como una gracia de Dios todos los problemas que tuviese para resolver. Porque era una oportunidad para él vivir la misericordia, que es el amor de Dios. Y, cuanto más vivimos la misericordia, vive Dios y más se va realizando la imagen de Jesucristo en nosotros. Por eso, Francisco decía que el Ministro no solo tenía que ser siempre misericordioso con quienes se equivocan, pero hasta tenía que ir ofrecer misericordia. Decía que cualquier un ya debía ver la misericordia solo de mirar para los ojos de él.

 

La regla- vivir como Jesucristo

 Fue poco a poco que Francisco y sus hermanos fueron descubriendo y estableciendo como debía ser la su manera de vivir según el Evangelio de Jesús. Todos los años, ellos ser reunían en el Pentecostés para festejar el Espíritu Santo, y después se quedaban varios días juntos, rezando y se alegrando como hermanos. Al final, Francisco resumía todo lo que ellos tenían conversado sobre la nueva vida, y algunos hermanos ponían eso por escrito. Fue así que se hizo la llamada “regla franciscana”: con la ayuda de todos, porque Francisco decía que cada uno de ellos había venido para el grupo porque había sido traído por el Espíritu Santo, que mora dentro de cada uno. Cuando deseaban saber lo que Dios quería de ellos, oían con atención cada uno de los hermanos.

 

Madre de Jesús

Uno de los pensamientos más interesantes de Francisco es la manera de explicar como estamos unidos a Jesucristo. Aprovechando la enseñanza del Evangelio, decía que nosotros somos hermanos de Jesucristo, esposos de Jesucristo y hasta madres de Jesucristo. En primero lugar, él enseñaba que todos los que, como Jesús, aprenden a hacer siempre la voluntad de Dios Padre, son verdaderos hermanos de Jesucristo. Era justamente por eso que llamaba sus compañeros y compañeras de hermanos y hermanas. Pero la idea más original era decir que como Nuestra Señora, debemos ser “madres” de Jesucristo. Porque Jesús tiene que nacer y crecer en todas las personas y nosotros podemos y debemos colaborar dando el buen ejemplo, diciendo buenas palabras, ayudando cada persona a ser otro Jesucristo. La Palabra de Dios entra en nosotros y transforma el mundo transformando nuestras vidas.

 

Jesús Pobre

Una de las cosas que más ha marcado la vida de Francisco fue observar que Dios, que es dueño de todo, cuando ha venido al mundo no se presentó como un poderoso, pero como un pobrecito. Jesús nació como el hijo de un carpintero, moraba en una pequeña ciudad del interior, llamada Nazareth, creció trabajando como operario y siempre ha andado en medio de las personas que todo mundo despreciaba. Francisco, gustaba de estar con los leprosos, entendiendo eso muy bien. Para él, esa era una de las mayores lecciones del Hijo de Dios en el mundo. Cuando comenzamos a decir: ¡Esto es mío! No para y quiere poseer cada vez más. Cuando mas cosas tenemos, más creemos que podemos mandar en los otros. Y, cuando más mandamos en los otros, más sentimos importante y cree que todo mundo está en esta tierra para nos admirar y alabar.

 

La pobreza cuestiona

Es claro esa situación en que vive tanta gente, aún hoy, en nuestro mundo: no tiene casa para morar, ni ropa suficiente, ni la comida que necesitaba, ni puede cuidar de la salud o ir a la escuela porque es pobre demasiado. Esa situación es injusta y no puede continuar. Eso tiene que cuestionarnos y no puede dejarnos tranquilos mientras no estamos haciendo alguna cosa para que la situación mejore. Francisco, como Jesús, era rico y se hizo pobre. No necesitaba ser pobre, pero quiso ser, para ir al encuentro de los hijos de Dios por quienes Jesús ha venido del cielo. Pero es claro que esa pobreza voluntaria también cuestiona. Si la mayor parte de las personas quiere es ser cada vez más rica, ¿como es que alguien va ser pobre de propósito? 

 

El Crucificado y los crucificados

Francisco de Asís se quedó muy marcado por aquellas dos experiencias iniciales: la vida con los leprosos y el encuentro con el Cristo de San Damián. Después de eso, él siempre ha visto Jesucristo en todos los pobres y sufridos, en todos los dolientes y injusticiados. De la misma forma, cuando estaba delante de Jesús en su oración, también veía siempre todos los crucificados de este mundo porque sentía muy vivamente que Jesús estaba en la cruz, porque amaba mucho a todos los hombres y mujeres y veía que ellos aún no estaban viviendo plenamente el amor de Dios. Por eso, en toda a su vida, Francisco fue se entregando a Cristo crucificado y a los sus hijos crucificados. Él rezaba con el cuerpo y con el alma, él cuidaba de los otros con el cuerpo y con el alma. Él entendía que no podía cerrar aquellos ojos de misericordia inmensamente abiertos que ha visto en el Crucificado de San Damián, y él cargaba esos ojos dentro de él. El movimiento de Francisco, que se transformaría en la Familia Franciscana, creció rápido y bastante, propagándose por todo el mundo, justamente porque ellos no tenían propiedades y trabajaban en cualquier servicio, mismo lo más difíciles. Por eso, tuvieron mucha facilidad de ir para donde fuese necesario; no estaban presos a nada. De hecho, ellos eran apóstoles con los primeros discípulos que Jesús mandó por el mundo: sin cargar bagajes, dispuestos a quedarse en cualquier lugar y a hacer cualquier cosa. Porque eran hermanos a servicio de todos los hermanos del mundo.

 

Los animales

Pero la transformación de Francisco fue siendo trabajada por todos los lados. Él no veía solo las señales de dolor, veía también las señales de vida. Como Jesucristo es toda la manifestación, toda la presencia de Dios que es amor, Francisco enseñaba todo mundo a ver que todas las criaturas y, después de los seres humanos, principalmente los animales, son también una imagen de Jesucristo. Mucha gente hasta hoy ve Francisco como un poeta. Pero él es mismo un santo, que encuentra Jesucristo en todo.

 

Las plantas

Por causa de esa manera de entender las cosas, por esa su manera de siempre estar mirando la presencia del amor de Dios en todo y entendiendo que el amor de Dios presente es Jesús, Francisco tenía un amor enorme también por las plantas y unas ideas muy originales. Él decía a los frailes, cuando fuesen buscar leña, nunca debían cortar un árbol entero. Lo máximo, podían cortar algunas ramas, dejando que el árbol brotase nuevamente. La vida del árbol era una alabanza de Dios, como Jesucristo. También no dejaba que los frailes arrancasen todas las plantitas en la huerta. Decía que mismo que las plantas no produjeses frutas u hojas para comer, también alababan a Dios con sus formas tan variadas, bonitas, especiales, y mismo que sus flores no fuesen las más bonitas.

 

Excluidos

Cuando Francisco comenzó a buscar los caminos de la oración, fue excluido de casa de su padre. Cuando comenzó a andar con los leprosos, fue excluido de la propia ciudad por sus hermanos. En la verdad, él mismo se excluyó de aquella sociedad que solo quería ganar dinero. Esa experiencia fue muy importante para él entender el Hijo de Dios, que también ha venido como un pobre y un excluido y ha terminado crucificado. No es la misma cosa pensar en Dios cuando todo mundo está de acuerdo con nosotros y cuando nosotros perdemos todos los apoyos humanos. Pero la peor exclusión ha venido al final. Cuando su movimiento, la Orden de los Frailes Menores, comenzó a tener a millares de frailes por todo el mundo, los hombres más sabios y experimentados que estaban dentro de ella quisieron poner un poco más de orden en todas las cosas. Como Francisco era un hombre simple, que no conseguía acreditar en grandes organizaciones, fue quedándose de lado. En los últimos años, tuvo que colocar otros hermanos para guiar el movimiento en su lugar. Muchos ni lo conocían más.

 

Perfecta alegría

En esas circunstancias, Francisco explicó a Fraile León lo que pensaba que era la perfecta alegría. Dijo que una alegría de verdad no era si viesen decir que los frailes tenían se distribuidos por el mundo entero y convertidos todas las personas. Que una verdadera alegría también no era decir que en todos los países estaban entrando personas importantes en la Orden. Él  comprendía que la alegría perfecta del seguidor de Jesucristo solo acontecía cuando él fuese ignorado, despreciado, y se quedase feliz porque el Señor Jesucristo sufrió mucho más  que todo eso para ayudarnos. Él pensaba en una alegría que estuviera tan dentro que nada pudiera acabar con ella: la alegría de quien percibe que está consiguiendo desarrollar en si mismo la imagen de Dios, que es Jesucristo.

 

La Familia Franciscana durante los siglos.

El mayor monumento de San Francisco de Asís no está en ninguna construcción. Está en la vida de sus hijos e hijas y en la fraternidad que él comenzó. Desde aquel tiempo, los franciscanos y franciscanas son millares en todos los países del mundo y transformaron la sociedad, presentando una manera alegre y mucho simple de vivir el Evangelio. Los frailes menores, de la primera orden de San Francisco, forman tres grandes grupos con los nombres de franciscanos, conventuales y capuchinos. Las hermanas de Santa Clara, que formaron la segunda orden, también tienen sus monasterios y diversos grupos por el mundo entero, pero hoy están muy enriquecidas por la presencia de numerosas congregaciones franciscanas femeninas que fueran fundadas desde el siglo XIII hasta el siglo XX. Esas hermanas franciscanas pertenecen a la Tercera Orden Regular, que también cuenta con diversos grupos de hermanos. Fue uno de los grandes ramos por donde creció la primitiva Orden Tercera de los hombres y mujeres laicos y casados, que se quedaban en sus casas. Pero también este último grupo creció y se tornó lo más numeroso en todo en el mundo. Hoy en día, tiene el nombre de Orden Franciscana Secular. Solo que los amigos y seguidores de Francisco de Asís son incontables. Mismo fuera de la Iglesia Católica él tiene muchos admiradores y seguidores.

 

Los Frailes Capuchinos

Un ideal tan elevado como el de San Francisco necesitó ser adaptado a los nuevos tiempos y lugares. Los franciscanos fueron adoptando las formas de los otros institutos religiosos. Cuando algún grupo percibía que, con eso podía estar siendo perdido el ideal de San Francisco, principalmente lo de la pobreza, comenzaba un movimiento nuevo de vuelta a los orígenes. Fue el fermento de una vitalidad muy grande para la Orden. El grupo de los frailes menores capuchinos surgió en el siglo XVI, liderado por el Fraile Mateos de Báscio, en la provincia italiana de las Marcas. El nombre ha venido por usaren un capuz largo, como entendían que había sido lo del tiempo de San Francisco. El papa Clemente VII dio la primera autorización para que pudiesen existir. Cuando fueron perseguidos, una sobrina del Papa, Catarina Cibo, recordó al pontífice que los capuchinos tenían sido beneméritos atendiendo con verdadero heroísmo los enfermos de una peste que hubo en 1523 en su ciudad de Camerino. En 1525, se unieron a Fraile Mateos de Báscio los hermanos Fraile Ludovico y Fraile Rafael de Fossombrone. Se quedaron un tiempo abrigados con los camaldulenses de Massacio. Después, fueron acogidos por el ministro general de los franciscanos conventuales. El Papa Clemente VII aprobó los capuchinos por la bula “Religiones Zelus”, de 03 de julio de 1528. La bula autorizaba a llevar vida eremítica, siguiendo la Regla de San Francisco, a usar barba y el hábito con capuz largo y a predicar al pueblo. En abril de 1529, en Albacina, un grupo de doce religiosos eligió los superiores y redactó las constituciones. La Orden de los Frailes Menores capuchinos creció y, hoy, está presente en todos los continentes, en noventa países, más o menos. En el mundo entero, son más de diez mil frailes.

 

Lo que hacen los frailes

En la realidad, los capuchinos, como todos los franciscanos, no tienen un trabajo específico: prestan ayuda a la Iglesia en cualquier sector donde sea necesario. De hecho, no fueron fundados para determinados trabajos, pero para que den testimonio, principalmente junto a los más pobres y excluidos.  Por eso, la Orden tiene frailes que se destacan como misioneros, predicadores, profesores, cientistas o simplemente trabajadores. Muchos frailes se tornaron santos canonizados, contando, por ejemplo, con un doctor de la Iglesia, como San Lorenzo de Brindes, un portero de convento, como San Conrado de Parzaham, un misionero mártir, como San Fidelis de Sigmaringa, un místico con las llagas de Jesús, como San Pío de Pietralcina. San Francisco aceptaba en la Orden tanto pobres cuanto plebeos, tanto militares como profesores, o trabajadores sin ninguna calificación. Algunos Frailes también pueden tornarse sacerdotes. Muchas veces, hablamos de frailes o padres. Todos los capuchinos son frailes, palabra que significa hermano. Padres, en general, son los de una diócesis o de una orden o congregación religiosa que recibieron el Sacramento de la Orden y celebran misas, administran Sacramentos. Algunos frailes, ordenados sacerdotes, también son padres.

 

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