VOCACIÓN COMO DESIGNIO Y MISIÓN DE DIOS

A formadores capuchinos

 

Consideramos la vocación como el fundamento y sentido de nuestra vida como humanos y seguidores de Jesús. Es vida y misterio de amor, plenitud humana y participación en el ser de Dios.

1.  Nuestra vocación de Hermanos Menores

Somos hermanos menores, formadores, con una opción y estilo de vida derivados de la vocación recibida. Hemos recibido una llamada a vivir de Dios en el seguimiento de Jesús pobre y crucificado con la misión-servicio de vivir el Evangelio en sencillez, acompañar y animar, reconciliar y consolar. Francisco en la carta dirigida a la Orden nos sitúa muy existencial y evangélicamente ante la llamada y misión recibida del Señor. La vocación queda radicada en la obediencia bíblica del hombre a Dios.

“Escuchad, señores hijos y hermanos míos, y prestad atención a mis palabras (Hech 2,14), inclinad el oído (Is 55,3) de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios. Guardad sus mandamientos con todo vuestro corazón y cumplid sus consejos perfectamente. Alabadlo, porque es bueno (Sal 135,1) y enaltecedlo en vuestras obras (Tob 13,6);  pues para esto os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él (cf. Tob 13,4). Perseverad en la disciplina (Heb 12,7) y en la santa obediencia y cumplid lo que le prometisteis con bueno y firme propósito. Como a hijos se nos brinda el Señor Dios (Heb 12,7)” (CtO 5-11).

Francisco invita a escuchar las palabras del Señor, “inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios”. Va a la interioridad de la persona, allí donde se siente llamada, y la coloca en actitud de permanente escucha: “escuchad”, “inclinad el oído” a Dios, “obedeced” su voluntad. El corazón se inclina, escucha y acoge el Evangelio, la revelación y el amor de Dios; cumple los mandamientos y consejos con buen y firme propósito; permanece en fidelidad conformado con el Evangelio. Pues Dios, en el don de la vocación, se nos entrega como un Padre a sus hijos[1]. Vocación teologal centrada en la Trinidad, en la persona y seguimiento de Jesús

El ministerio de formador de hermanos es transitorio, una corta etapa, pero es una modalidad de nuestra misión permanente de servicio a toda persona. Se adentra en profundidad en la paternidad y solicitud de unos para con otros, que consiste en acompañar personas, itinerarios de fe y humanidad. Este servicio capacita básicamente para la amplia y variada misión con grupos y personas en relaciones humanas y pastorales.

Nuestra vocación se cultiva en la “Fraternitas”, que tiene la dimensión comunitaria y fraterna, esencial a nuestra opción evangélica e inherente a la condición humana. Por tanto se vive con los hermanos y se vive para la fraternidad extendida a toda la humanidad y a todas las creaturas, todos hermanos e hijos de Dios.

2.  Vocación a la vida y al amor

Toda persona tiene una vocación, sin ella no tendría sentido. Tiene su origen en Dios, es portadora de un designio. Ante todo es una llamada a la vida, al amor, a la felicidad. Proviene del Amor desbordante de Dios que quiere su existencia. Cada persona tiene su vocación y misión en un contexto, que experimentará y entenderá en los hechos y acontecimientos, por eso resulta ser muy peculiar, muy suya. Le pertenece elegir y optar por un modo de vida y de misión, a realizar en medio de los complejos caminos humanos y eclesiales.

La vocación tiene su hábitat y espacio en la familia, en la sociedad, en la humanidad familia de Dios. De aquí le viene su universalidad de horizonte y a su vez es partícipe de un proyecto creador de vida a imagen y semejanza de Dios en Cristo Jesús. En esta verdad común para todos se ubica cada una de las vocaciones como un don del Espíritu según el talante personal, condicionado por circunstancias históricas, geográficas, mentales y religiosas.

La propia vida y vocación invita a recibirla conscientemente, requiere fidelidad, desempeño, no contraposición a otros, sino relación, reciprocidad y en ello sencilla y gratuita afirmación y agradecimiento, vivido con otros, entre otros y para otros.

Relación y felicidad

A lo existencial e histórico de la vocación, se suma lo “teologal” como elemento unificador que da sentido y consistencia a nuestra vida. La vive en referencia a Dios, en Él tiene su camino, origen y plenitud. Se da una relación permanente de amor, esperanza y fe; y se realiza dentro del designio de Dios en sus caminos con los hombres y mujeres.

La vocación se desenvuelve en la red de relaciones en que nos movemos en el ámbito social. Implica una estructura sicológica aceptablemente sana y equilibrada.

Se vive con una afectividad que da calidez humana y  vocacional. Para ser humana la vocación necesita fuego y pasión: “He venido a poner fuego a la tierra”. No es que se lo proponga, es que surge con energía e impulsa el amor.  Retoma y unifica aquello que está en su psiquismo y la configura existencialmente: emociones y sentimientos, inteligencia e imaginación, voluntad, autonomía y libertad; incluso mecanismos de defensa, imagen, apariencia; la necesidad de relaciones sociales, ser valioso, útil, y pertenecer a alguien. Cuando estos aspectos se encauzan y articulan confieren un gran potencial a la persona y a la misión. Vibra por la vida entera de los hombres y de la creación. Vibra por amor entregado a Dios en definitiva fidelidad. Es bueno sentirse envuelto de llama y suavidad, de deseo y solidaridad. Es así sencilla, natural como es lo verdadero humano y divino. Contribuye a la belleza y armonía al modo de la creación. Ofrece la calidez y empatía del corazón.

 Nacer de nuevo hoy y seguir a Jesús

La vocación debe ser considerada y vivida hoy en la situación de cada persona, cualquiera sea su edad.  Jesús nos dice como a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. Dícele Nicodemo: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). La vocación no pertenece al pasado sino al momento presente, aquí radica su relevancia y fecundidad. Es nacer de nuevo por el Espíritu. Es seguir a Jesús en la Pascua después de la infidencia: “Pedro sígueme”, ahora, a tu edad, reforzado por la experiencia de la cruz y del amor (Jn 21,17-19). Hoy recibimos la exhortación a “vivir de una manera digna de la vocación a la que hemos sido llamados” (Ef  4,1). “Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Obrando así nunca caeréis. Pues así se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped 1,10-11), “que los dones y la vocación de Dios son irrevocables”  (Rom 11,29).

La Palabra de Dios y la historia salvífica de cada vocación nos dice, que el Señor se comunica personalmente a cada persona confiando en su libertad, le comunica su propio misterio de amor y le confía una misión. Así vemos en Abraham, Moisés, Jeremías, Pedro y Pablo. Estamos ante la pura gratuidad y amor de Dios que “llama las cosas que no son para que sean” (Rom 4,17).

La vocación se nos da y se realiza plenamente en Jesús. Por lo mismo tiene un sentido teologal que configura con la persona, misión y sentimientos de Jesús, y tiene un sentido humanizante con fuerza de amor y de humanidad. Por tener su fuente en Dios, la vocación está unida a la revelación y aparece como principio, horizonte y símbolo de la vida humana. Su cultivo y maduración están hechos de reciprocidad entre Dios y la persona llamada[2].

 Fascinados por el encuentro

La persona queda cautivada por el encuentro con Jesús aún sin emotividad. Compromete decididamente toda la persona, sentimientos, convicciones, se arraiga en la práctica y en la fe, “hasta llegar a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). “Con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, he llegado a ser ministro” (Col 1,23).

El encuentro genera un estilo de vida hecho de fidelidad a una “persona”, a Jesús; conlleva directrices y sentido en la vida. Fidelidad que propicia estabilidad interior. Fidelidad como cuidado, solicitud, fortaleza.

 Asombro ante el misterio de la vocación

Mirada en profundidad la vocación se nos desvela como un misterio ante el que nos quedamos admirados con el mismo asombro experimentado ante el misterio de la vida y del amor. Tal asombro va unido a la capacidad que tenemos de admiración y contemplación. Sentimos que entramos en una hermosa y honda realidad, que poco a poco puede explicitarse al ritmo del corazón, del pasado y del deseo. Se lleva muy dentro, porque se nos ha dado y nos vive a nosotros mismos. Es sentirse sobrepasado, llevado más y más, por Dios mismo. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Bernabé y Saulo volvieron, una vez cumplido su ministerio en Jerusalén, trayéndose consigo a Juan, por sobrenombre Marcos” y exclama “Entretanto la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba” (Hech 12,24-25). La vocación apostólica está ahí. Es como el misterio y la vida que está presente. Es como la semilla que crece por sí sola, mientras los hombres caminan a lo que saben y han recibido.

 3.  Historia Vocacional

Las reflexiones anteriores nos llevan a considerar la historia vocacional y por consiguiente a interpretar el sentido de nuestra vocación a esta altura de nuestra vida. El camino vocacional nos desvela el “proceder de Dios” que sobrepasa todo deseo e imaginación. La historia vocacional está marcada por muy diversas experiencias, tejida de relaciones las más variadas que informan nuestros amores, deseos y realizaciones, hasta sellar determinadamente el estilo de vocación y misión.

De algún modo nuestra realización tiene la huella poderosa de la sobrevivencia y resistencia porque es vida y tiende a perpetuarse. Vocación, vida y misión se interpenetran. La vocación es una fuerza interior, germen de vida, principio de acción. Desde el principio tiene en sí un objetivo explícito o implícito y debe enfrentar situaciones inesperadas y contradicciones, siempre en novedad y crecimiento. Podemos crecer y decrecer, pueden darse cambios de rumbo. Sobre este fondo deberemos tener claro el referente del principio y del fin, a sí mismo las mediaciones que desarrollan y encauzan el potencial vital y vocacional: Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26-27.33): el yo, relaciones, familia, bienes, lo que se posee como propio que puede ser de cualquier clase.

Historia personal y vocación se informan mutuamente, son inseparables. Por eso para leer adecuadamente el camino recorrido debemos entrar en diálogo con nosotros mismos, mejor en diálogo con otra persona, a fin de leerlo ahora en nueva luz y desde el propio centro interior. “El diálogo esclarecedor ha sido y sigue siendo importante para la madurez espiritual y personal. Al concedernos a nosotros mismos la palabra y reproducir nuestros recuerdos creamos nuestra propia historia de vida. Cada persona necesita tener la posibilidad de contarle sobre su vida a alguien que la escuche. Sólo entonces se convierte en sujeto. Al hablar sobre sí, se ve obligada a comprenderse”[3].

El diálogo y la lectura reflexiva sobre la propia historia nos permiten dejarnos sorprender por los hechos de nuestra vida, precisamente en aquello que parecía obvio o evidente. Nos permite sentir asombro ante el hecho de existir, ante el dolor, la felicidad o la realización que descubrimos en nosotros, que a su vez se hace camino. “Cada persona tiene que encontrar su propio camino, enteramente suyo. Todo comienza cuando uno descubre su propio asombro ante el hecho de existir, entre el hecho de que vivimos en un mundo promisorio, misterioso, hermoso e inquietante”[4].

Más aún necesitamos de un principio unificador que nos permita leer y proyectar lo que somos y deseamos. “Tiene que haber un centro en la personalidad, una acumulación de elementos que den cohesión al “Yo” del individuo”[5]. El Espíritu se hace sinergia a nuestro espíritu para unificar nuestro ser. Lo hace desde dentro, “El Espíritu que está con Ustedes les enseñará estas cosas” (Jn 14-16). Es discreto y actuante de nuestra fe, confianza y lealtad.

 Relectura hacia la novedad de sentido y significado

Preguntarse sobre sí mismo lleva a releer los hechos y acontecimientos que han marcado nuestro camino vocacional hasta hoy y proyectarlo hacia el futuro. Es por lo mismo saber ver la obra del Espíritu y sus signos de salvación y realización. Evidentemente equivale a una interpretación que aporta novedad y sorpresa al entender adecuadamente aquello que nos parecía negativo y entorpecedor; entender que desde el pasado, tal como es, se recrea sentido y esperanza.

La Biblia ilumina esta tarea de relectura. Sabemos que la Escritura va releyendo el pasado de Israel en nueva luz y así se acrecienta la revelación y el futuro del pueblo, se recrea la alianza. Es significativo a este respecto el Libro del Deuteronomio, que pone a Israel frente a la vida y la muerte, el bien y el mal. Siente la presencia y acompañamiento teofánico de Dios en su peregrinar y aprender que el amor de Dios lo ha liberado no por ser numeroso y grande, sino sencillamente por puro y gratuito amor. El segundo Isaías hace una relectura de Dios como madre, interiorizan el sentido del Templo y de la Ley que no tienen en la cautividad y aprenden que la salvación no viene por el rey y el poder sino a través del Siervo de Yahvé; la salvación es amplía a toda la humanidad superando el centrismo hebreo.

El libro de Tobías ofrece una lectura de la vida humana bajo la providencia de Dios. Rafael era compañía de Dios para la familia de Tobías y de Sara. Veía las oraciones, súplicas, obras de misericordia, la situación sufrida y atormentada. “14 También ahora me ha enviado Dios para curarte a ti y a tú nuera Sara. 15 Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la Gloria del Señor” (Tob 12, 14-15). Lo que les ha acaecido ha sido “por voluntad de Dios. A él debéis bendecir todos los días, a él debéis cantar” (Tob 12,18). “El ángel Rafael manifiesta y encubre a un mismo tiempo la acción de Dios, cuyo instrumento es él mismo. Así el libro invita a reconocer esta providencia cotidiana, la vecindad de un Dios Bueno”[6].

El Magnificat, reinterpreta la historia de Israel desde la anunciación y encarnación de Jesús en el seno de María. Sobresale Dios santo, poderosos, misericordioso liberador y cumplidor de promesas a favor de los pobres y de las generaciones todas de Abraham con perspectiva de fututo. Los Evangelios son relectura de Jesús de Nazareth a partir de la Pascua. Las cartas pastorales son relectura del hecho cristiano parta dar paso a la organización de la comunidad en nuevas situaciones socio-religiosa. El Apocalipsis recrea el seguimiento de Jesús en tiempo de persecución y martirio.

Francisco relee la vocación en el sucederse de situaciones, novedades y crisis, a la luz de la primera llamada, cuyo referente claro es el Evangelio, la persona de Jesús pobre y crucificado y la contextura de la fraternidad. Hace relecturas permanentes que le mantienen en la fidelidad al Evangelio. La última relectura, que se nos ha dado, es la del Testamento y sus últimas Palabras “Yo he hecho mi parte, ustedes hagan la suya”. Francisco hace memoria contemplativa y agradecida de su itinerario, de aquello que constituye su sello e identidad.

La fidelidad existencial de nuestra vocación, está hecha de memorias y relecturas que forjan identidad y recrea nuestro futuro. Este pedagógico camino y proceder se da al ritmo del crecimiento de la persona y del sucederse de los acontecimientos. Vida y vocación se entrelazan y van juntas.

Necesitamos andar en permanente memoria e interpretación de nuestra vida, de nuestra vocación y de la acción de Dios en ella. Necesitamos leer los distintos momentos y rasgos que configuran el llamado o “encuentro primero”, igualmente recordar otras experiencias, que se hicieron a modo de “semillas” y “constelación” de la vocación y del carisma. La vocación es siempre actual y respuesta en situación. No puede copiar a otros. Se da en nuestro tiempo y en la coyuntura personal, por supuesto en el ámbito social, religioso y carismático. Vocación es actualización constante, relectura permanente en la dicha del amor y del don recibido.

Para la relectura de la vida y de la memoria. Los apuntes anteriores nos muestran elementos y contenidos para la relectura de la vida y de la vocación tanto personal como de grupos y comunidades humanas y religiosas. Hacer consciente el pasado aporta crecimiento y renovada identidad. Es un camino siempre abierto nunca terminado, un proceder pedagógico imprescindible, que da lugar a la creatividad de expresiones. La vocación sigue los avatares que se dan en nosotros y en el entorno. Está anclada e identificada con nuestra vida.

 4.  Ahondando en nuestra existencia como vocación.

La conciencia de la vocación lleva consigo paz y libertad.  A los discípulos que Jesús ha llamado les envía en misión, les exhorta a que confíen en el Padre, a andar sin nada y en libertad, a poner corazón y  dedicación en el Reino, a que compartan la paz y lo que les entusiasma (Lc 10,1-16).

La vocación como “sentido de la vida”. Permite ser una persona con presencia en sí misma, con capacidad para escuchar la vida que hay en su interior: el sentir, el pensar, el sueño que la proyecta. Es potencia de vida e indicador de ruta. Se siente embarcada con las creaturas y la humanidad. Así la vocación es tan sencilla y vigorosa como la vida cotidiana. Crea personalidad e identidad, se asemeja a la “exusia” de Jesús, a la pasión de Pablo.

Sentido teocéntrico de nuestra vocación. “Es tiempo de  despertar a una nueva conciencia misionera anclada en una fe más experimentada y una vocación evangélica más auténtica, más apasionada. ¡Sólo el amor es creativo! Por lo mismo hablar de una mayor significatividad escatológica de nuestra vida religiosa cotidiana, como de una creatividad en la forma de evangelización y misión, significa reencontrar el entusiasmo teocéntrico por nuestra vocación y misión[7]. Se abre al misterio de la vida y del amor que nos envuelve. Es verdad que cuesta entender el camino. También Jesús aprendió a obedecer en la experiencia y en la Cruz. Con Jesús pasamos la vida aprendiendo a vivir en vocación y misión, con lágrimas y oración, aún sabiendo que constituye la razón de nuestra vida. El aprendizaje se consuma al final. La vocación alcanza su sentido pleno al final de la vida, como decía San Ignacio de Antioquía camino del martirio: “Entonces seré de verdad discípulo de Cristo”… “Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó… dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido”[8].

Situarse vocacionalmente en la Iglesia y en la Sociedad. Procede del llamado de Dios y de nuestro ser humano. Siendo don gratuito requiere escuchar al Espíritu Santo a fin de poder ubicarse convenientemente en la sociedad concreta e histórica a la que hay que servir y en la comunidad eclesial de acuerdo al carisma religioso y personal[9].

Cultivo de la vocación. Se cuida la vocación y su proceso, desde el centro o intimidad de la persona, en el santuario interior. Allí dónde se encuentra el Misterio de Dios que nos llama y el misterio de nuestra existencia. Cultivo de fe y esperanza que atraviesa y sostiene nuestro caminar, en cada una de las etapas, sabiendo que no se puede dejar esta tarea para el final o para cuando haya tiempo. “Las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que el ser humano tiene que tratar de lograr la estabilidad y la integridad espirituales antes de que la edad y el decaimiento alcancen un punto avanzado”[10].

La lectura de la vocación proyecta a crear futuro en fidelidad a los designios de Dios providente, que nos habla por el Espíritu en el interior de nuestro sentir y deseo. De este modo no sólo haremos una lectura de la vocación en medio de los signos de los tiempos sino que nos proyectaremos en las situaciones de hoy[11].

“Vocación de vida consagrada en un mundo nuevo, en medio de los cambios generados por la globalización y el multiculturalismo. Benedicto XVI invitaba a ser minoría pero a la vez, significativa: "Lo somos cuando experimentamos la alegría del don recibido, disfrutamos de nuestra consagración y, no solamente, la sobrellevamos". Esta vocación se forja en "la unidad del corazón, la vida compartida con los próximos, la entrega generosa a la misión y la libertad frente a toda tentación de poder". "Lo nuestro ya no es sólo trabajar por los débiles, es vivir con ellos, pertenecerles... porque el camino del 'empequeñecimiento', es un testimonio para nuestra generación”[12].

Las encrucijadas alcanzan al sentido existencial y creyente de nuestra vocación y misión. De ellas surgen preguntas que afectan al sentido de Dios y de nuestra existencia. Es preciso vivir  la realidad como es y sentir que se agarra a nuestra afectividad, a nuestras ideas, poniéndolas a prueba. ¿Qué hacer? ¿Qué sentir? Entonces acudimos a los resortes que nos han alentado, a las convicciones que nos mantienen, a la experiencia vital y de fe que fueron realizaciones y nos impulsan a creer y esperar. Vienen a nuestra memoria palabras de Jesús, su presencia y su amor. En él nos confortamos y continuamos el camino con una secreta firmeza que espera sentirse llena de claridad. La verdad, la fidelidad, el amor triunfan y permanecen. Aferrarse a un estilo anodino que reprime deseos e interrogantes  conduce a la negación de nosotros mismos creyendo andar en la verdad.

Vocación en medio del vacío y de crisis, cuando se asoma el hastío, el desgaste, la decepción, en una palabra la falta de sentido. “Tal vez se lo pueda llamar crisis vital o angustia existencial, pero en el horizonte de la fe lo leemos como lejanía o extravío de Dios. Entonces requiere atención esmerada, no se la puede dejar pasar como si nada tuviera que ver con nosotros. Clama en búsqueda de paz, de espíritu, que toque mi interior y me lleve a la fuente donde se sacia la sed... Se realiza en el encuentro vital con la persona de Jesús, en él se encuentra los anhelos más profundos. Y se da en la práctica y en la experiencia, en nosotros, del estilo y amistad de Jesús: “Si alguno quiere cumplir su voluntad, verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta” (Jn 7,17)[13]. En verdad la crisis y el sufrimiento impulsan a la integración y a la unificación personal, mediante la asimilación de ideas proyectos, y la clarificación de motivaciones inconscientes a fin de integrarlas armónicamente en la unidad de nuestro ser y vocación

Nuestra perspectiva vocacional y la perspectiva de los jóvenes. Desde nuestro servicio a la formación de los hermanos vienen preguntas como éstas: ¿Cómo vivo yo, cómo vive este joven vocacionalmente?  Tal idea y experiencia de vocación ¿qué imaginario, qué emotividad concentra? ¿Qué sueños encierra? Para comprender a los jóvenes necesitamos de empatía y conversa de maestro y discípulo, en la escuela del Evangelio. De fondo contamos con los referentes y significados que tiene y puede ofrecer esta vida. Sin olvidar las costumbres, el bagaje cultural y emocional de su generación.

Este ministerio realiza la dimensión de padre y maestro al servicio de los jóvenes, es realización del ser humano, como fecundidad de vida, partícipes de la virginidad de Jesús que se da por entero a todos-as y a ellos se pertenece. Encauza afectividad y relaciones en referencia a la misión de ser fraternidad y reconciliación, vida y fermento en la sociedad y en la Iglesia.

Concluyendo

Vivir en vocación, vocacionalmente. Es un modo de existencia y de realización, en definitiva es el hecho o el modo concreto en el que existo con sentido satisfactorio. La Vocación apunta hacia los sueños, orienta los anhelos en relación con la vida y con nosotros mismos como existencia válida y trascendente. La vocación da inspiración y entrega, satisfacción y sentido de vida.

 

Santiago Ramírez



[1] Inspirado en la interpretación de Tadeo Matura, Francisco de Asís, maestro de vida espiritual según sus escritos, Editorial Franciscana Arantzazu, 2002, pag  67-68.

[2] Cfr. Cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica Patriarcal Vaticana, quien cita el  Diccionario Bíblico de la Vocación. Zenit, Roma 6 noviembre 2007.

 

[3] Owe Wikström, el elogio de la lentitud, la promesa de una vida sin prisa. Traducción. Bogotá, 2008, pag 83-84.

[4] Owe Wikström, pag  90.

5 Idem.

 

[6] Biblia de Jerusalén, Introducción al libro de Tobías, Pag 556. Nueva Biblia de Jerusalén 1998, Desclée de Brouwer, Bilbao.

[7] Fr. Giacomo Bini ofm, a la familia franciscana en el “Capítulo de las Esteras”, Asís, Abril. 2009.

[8] San Ignacio de Antioquía, carta a los Romanos.

[9] DP 860.

[10] Owe Wikström, pag 99.

[11] Cfr VC 73.

[12] Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga,"Cambios geográficos y culturales en la vida de la Iglesia: desafíos y perspectivas" a de la Unión de Superiores de Generales USG, 27-29 de mayo 2009, Zenit 1 Junio 2009.

[13] Owe Wikström, pag 168-171.

 

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