A GREGORIO REJAS EN SU VIAJE A DIOS

 

Gregorio, hermano, de hoy y siempre

Como ayer cuando compartíamos la vida,

esta tarde quiteña ha florecido en racimos de nostalgia

convertidas en un canto del cielo para ti,

para decirle a la tierra que recoja en su odre nuestras lágrimas

por tu partida inmensa.

 

Llegaste desde tu Alcozar, vistiendo tu traje humilde

de hermano menor y capuchino.

Tu servicio, sencillez, humildad y trabajo esculpieron

la recia talla de tu cuerpo y tu alma.

Servidor incansable, hermano hecho de entregas,

han pasado los años y con ella te marchas, así como llegaste

un día a esta parcela de la Viceprovincia de Ecuador,

Hoy te vas silencioso como viniste amigo noble

atento a la escucha de todos los hermanos y de todas las gentes

en todo tiempo ya fuesen enfermos o sanos.

 

Gregorio, las largas correrías gastaron tus sandalias

en los caminos polvorientos o teñidos de barro en: Pifo, Cuenca,

Ibarra, Playas, Tulcan, Quito… Sí

en la Casa Curia donde acogías a todos

con el cariño de una madre que se desvive

porque a ningún hijo le falte nada…

 

Gregorio, jardinero del alma

y de geranios rojos que eran tus preferidos,

sigue sembrando de flores y de frutos

los huertos del cielo inmenso,

donde Dios Tú Señor al que le diste todo

Te entrega este momento el paraíso,

el Jardín del amor infinito.

 

Gracias Gregorio, hermano, por ser como eras

un hermano cabal, poniendo buen vivir y ánimo

en cada paso o visita que hacías a los más pobres

y llevando amor del bueno a todos tus hermanos.

 

Ya la carroza del infinito viaje está cargada de ti.

Va llena, atestada, pletórica de nombres,

son aquellos de todos aquellos que tuvimos

el regalo bendito de encontrarnos contigo.

 

Gracias Goyo, por darnos a Dios con el testimonio

de tu vida que en todo tiempo nos habló del amor

inmenso de Dios por sus criaturas.

 

Has preparado tu partida en este mes de mayo

porque quieres que tu madre María te envuelva

en su manto de amor.

 

Amigo, hermano, maestro, parte ya

vete en paz y abre a Dios tu corazón

lleno de tantos nombres.

 

Adios Gregorio, Adios, cruza el umbral

en paz y recibe la corona merecida de Jesucristo

a quien amaste.

Ve en paz.

 

Hno. Adalberto Jimenez M.

Quito, 7 de mayo de 2008

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