Carta en el día de San Francisco

¡Ven Francisco y enséñanos la Misericordia!

Ibarra, 4 de octubre de 2016

“¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de Misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios (Papa Francisco, en Misericordiae Vultus n. 5)

Hoy es un día grande para toda la humanidad porque es el día de San Francisco de Asís, el hombre que hace más de ochocientos años impregnó a la humanidad de una luz nueva, diciendo con su vida que el amor, la fraternidad, la minoridad, la paz y el cuidado de la creación son caminos posibles en medio de los golpes, heridas y muerte que nos causamos todos los días los seres humanos.

Estamos a poco más de un mes para concluir el Jubileo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco y el Francisco de Asís que inspiró su nombre y nuestra espiritualidad, nos enseña un camino, que supone un peregrinar hacia Dios y hacia los hermanos para mirarlos, tratarlos, sentirlos y escucharlos con Misericordia. Así nos deja escrito en la Carta a un Ministro: Que no haya en el mundo nadie, que después de haber mirado tus ojos, se aparte de ti sin tu misericordia.

Francisco nos muestra así su itinerario y su peregrinación interior desde el mundo de tinieblas donde se encontraba hacia la luz del encuentro con Cristo Pobre y Crucificado, quien le hizo experimentar su Amor Misericordioso, haciéndolo salir de su ego, de su orgullo y vanidad, de sus pecados para ir al encuentro de sus hermanos vulnerables y heridos por sus propias miserias: los leprosos.

El ir hacia los leprosos es la imagen más elocuente de que estamos llamados a ir hacia los hermanos frágiles –tanto dentro como fuera de la fraternidad-, hermanos vulnerables, molestos, heridos, resentidos, violentos, envidiosos, enfermos, acomplejados, excluidos… con los que nos cuesta estar, que nos caen mal, que tratan mal a los demás, que no pasamos, de quienes nos apartamos, a quienes llevamos siempre la contraria, que son amargos y amargados, que nos hacen ver nuestras propias heridas e incoherencias, para brindarles la misericordia del Señor que hemos experimentado en las llagas de nuestra propia miseria y para pedirle a Jesús que estas reacciones y actitudes de nuestros hermanos que sacan lo peor de nosotros, Él haga por su Misericordia, que se transformen en dulzura para nosotros como aconteció en Francisco que nos dice: Me era muy amargo ver leprosos… pero esa amargura se me transformó en dulzura de alma y cuerpo.

Francisco vivió por muchos años insatisfecho y roto por sus propias inconsistencias y heridas, sobre todo, por vivir demasiado centrado en sí mismo, pero un día se dejó encontrar por la Misericordia del Señor, que le regaló los estigmas, para hacerle así portador del amor de un Dios misericordioso, que derrocha amor y misericordia a la humanidad y a todo lo que existe.

Como nos dijo San Juan XXIII, nos toca llevar la curación y no la dureza, cuando expresó: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo, prefiere usar la medicina de la Misericordia y no empuñar las armas de la severidad” (Juan XXIII, citado en Misericordiae Vultus n. 4).

Hoy, más que nunca estamos viviendo en el mundo una cruda violencia, marcada únicamente por la sed de una justicia sin misericordia y por eso gritamos: ¡Ven Francisco y enséñanos la Misericordia!.

Fraternalmente.

Hno. Adalberto Jiménez M

Custodio

 

Eres el Visitante:visitas

Záparos N50-60 y Cristóbal Sandoval - Telfs: 593 2 3302 373 / 2441 828 - Quito • Ecuador