Porqué escribí “Curar en la selva herida”

 

Antes de nada deseo agradecer las palabras cariñosas de Milagros Aguirre. Es fácil descubrir en ellas un aprecio sincero y una valoración positiva que se refuerza desde la amistad y el afecto mutuo. ¡Muchas gracias, Milagros!

“Curar en la selva herida” ha nacido en ese rincón escondido que todos albergamos en nuestro interior más profundo, allí donde nada está suficientemente definido, pero donde los sentimientos, las experiencias vitales, las alegrías y dolores propios, colorean y dan sentido a nuestras reflexiones mejor elaboradas. No es un libro científico, es un libro nacido en el corazón.

Una primera lectura sirve para conocer una historia y una forma de vivir el tema de la salud desde la experiencia de un pequeño hospital en plena selva amazónica. He tratado de recoger recuerdos y datos que tenía almacenados en mi memoria a lo largo de un tiempo prolongado, poco más de cuarenta años, desde aquel lejano 1970 en que llegaba a Nuevo Rocafuerte con mi mochila llena de ilusiones para sumergirme en un mundo nuevo y fascinante, con una colección de conocimientos adquiridos en diversas aulas y un vacío casi inmenso de experiencia profesional. Cuando ahora miro hacia atrás me maravillo de lo que puede dar de sí la vida humana, los mil caminos diferentes que ella ofrece, hermosos si se los sabe apreciar en su justo valor, llenos de diferentes sabores, unos dulces, otros insípidos y a veces amargos, pero que permiten enriquecer nuestra existencia. Mi primera confesión ante todos ustedes es manifestar que vivir y trabajar en Nuevo Rocafuerte ha sido una maravillosa experiencia humana que nunca sabré agradecer suficientemente.

Pero, en las capas profundas de este pequeño libro mío, por debajo de datos y experiencias contadas, en un estilo que yo llamaría narrativo y coloquial, se esconden algunas actitudes básicas, valores que he considerado como los cimientos profundos de mi particular experiencia profesional en el campo de la salud. De esto es de lo que quisiera entretenerme unos minutos con todos Vds.

El primer valor que considero primordial en el estilo del HFT lo describe muy bien el Dr. Ricardo Hidalgo en su conciso y cariñoso prólogo: “una obra testimonial estupenda de lo que bien podríamos llamar la “Medicina basada en la persona”. La persona humana, especialmente si ella goza de los raros privilegios de la marginalidad y de la vida sencilla, como ocurre en la población del cantón Aguarico, en las márgenes de los ríos Napo y Aguarico, ha sido como el faro que ha orientado toda la actividad del HFT. Tiempo, recursos humanos y tecnológicos, dedicación ilusionada se convierten en la trama esencial de su actividad a lo largo de toda su historia para poder llegar a las personas que forman las comunidades de nuestra región. Nunca hemos pensado que el número de pacientes o su rentabilidad económica pudieran condicionar el criterio de nuestra acción de “curar”, mejor de “curar y consolar” el dolor y el sufrimiento humanos. Ellos, que son los habitantes nativos, los “señores y las reinas” de nuestra selva amazónica, aunque se encuentran lejos de los centros del poder, merecen como los que más una atención esmerada, cercana, pausada, familiar y, en la medida de nuestras fuerzas, con la mejor de las tecnologías en las diversas áreas de la actividad profesional médica.

Existen peculiaridades propias de nuestro entorno que facilitan esta “Medicina basada en la persona”. No hay acumulación de pacientes, esas interminables listas de espera que llenan los grandes Centros Públicos de Salud en las grandes ciudades, donde el paciente es, casi por pura necesidad, un número y no una persona con la que conversar sobre su dolor y su familia, sus problemas de salud y los otros que siempre interfieren en sus sufrimientos humanos. Es un privilegio poder hacer esta medicina con la calma y la familiaridad que da el conocer personalmente a casi todos los componentes de cada comunidad ribereña.

Con ser un valor primordial la “persona” la medicina en sus diversos aspectos necesita otros estímulos para no fosilizarse, para mantener su fuerza atractiva y la inquietud permanente en los profesionales a lo largo del trabajo asistencial. No existe “buena medicina” si se apaga la “curiosidad por conocer más y más”. En mis escritos he citado más de una vez un precioso texto del premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, figura fascinante en la investigación neurológica. Decía él que “El fruto más preciado obtenido de los consabidos ensayos experimentales fue la profunda convicción de que la naturaleza viva, lejos de estar agotada y apurada, nos reserva a todos, grandes y chicos, extensiones inconmensurables de tierras ignotas; y que, aun en los dominios al parecer más trillados, quedan todavía muchas incógnitas por despejar”. Desde los comienzos he tratado de combinar asistencia médico quirúrgica con investigación. Es importante mantener el espíritu alerta cuando te encuentras ante un paciente que describe su enfermedad. En mil ocasiones muchas cosas se te escapan y es importante tratar de penetrar en el misterio del enfermar humano. La clínica humana ha sido siempre el punto de arranque de mis búsquedas en ese mundo inmenso y casi desconocido de las patologías tropicales y de las parasitosis en nuestra Amazonía Ecuatoriana. Sabemos algunas cosas, ignoramos las más. La selva es un universo vivo, exuberante, donde multitud de seres necesitan el concurso vital de otros seres vivos para subsistir. Nosotros vivimos ciertamente para nuestra propia subsistencia, pero también en ocasiones para la de múltiples seres que realizan dentro de nosotros mismos partes vitales de su ciclo biológico. ¡Cómo avanzaríamos en el conocimiento de las terapias adecuadas de muchas enfermedades si no avanzamos en el conocimiento de la forma de vivir de los seres que las provocan?

Nuestra Amazonía es un tesoro inagotable en el área de la investigación. Es verdad que la selva te tiene que atraer y fascinar un poco; no se la debe vivir como el lugar del peligro del que hay que huir sino el mundo que atrae y a veces encandila para penetrar en él y conocerlo siquiera un poco más. Desde nuestro pequeño Hospital y a lo largo del tiempo, sumergido durante días enteros en ese mundo de “verde, agua y barro” que es la selva amazónica, he podido llegar a descifrar algunas patologías que eran desconocidas anteriormente. Mentiría si no confesara que han sido momentos inolvidables, esos largos espacios de tiempo que he dedicado a estas tareas de investigación. ¡Pero uno tiene que disfrutar caminando en la selva, durmiendo en sus playas, llenándose de barro y experimentando el ronroneo de mil misquitos mientras trata de buscar reservorios, huéspedes intermediarios y parásitos causantes de algunas parasitosis humanas que se esfuerzan en ocultarse! Mantienen vivo el afán de conocer más y mejor los mecanismos de la enfermedad y te preparan mejor para la tarea asistencial.

Un tercer valor que deseo destacar, y que ha sido encomendado a este HFT por la Dirección de la Facultad de Ciencias de la Salud Eugenio Espejo de la UTE, es la tarea de compartir conocimientos con los estudiantes del año de Internado Rotativo de esta Facultad. El HFT se denomina ahora “Hospital Docente Franklin Tello”. Pero tengo que confesar que la tarea “docente” se ejerce de manera peculiar entre nosotros. El equipo que trabaja en el Franklin Tello no es un conjunto de Profesores de la Universidad y no tiene experiencia suficiente en la pedagogía de una “docencia académica”. Si he de ser sincero, creo que no es el lugar adecuado para este tipo de enseñanzas. El HFT ofrece lo que le es propio: un estilo particular en el ejercicio de la búsqueda de la salud en el medio amazónico. Se trata de una experiencia corta de un mes, donde los alumnos, que por cierto demuestran un buen nivel de conocimientos y la alta calidad de la facultad de donde proceden, se enfrenta con la vida misma, en un medio que le es desconocido y sobre el que se mantiene aún la aureola de la lejanía, el calor, la humedad y el misterio. ¡Una especial oportunidad para ver cómo se puede convertir en realidad concreta todo el bagaje adquirido cuando se enfrenta en un mundo especial con las personas sufrientes que acuden a pedir ayuda! ¡Cómo se hace el salto de la teoría a la práctica! ¡Cómo se simplifica el ejercicio del diagnóstico y las aplicaciones terapéuticas en la realidad cotidiana donde toca definir, discernir y actuar! ¡De qué se trata en la pura realidad cuando se habla de ciertas patologías tropicales, de la enfermedad de Chagas, de Anquilostomiasis, de Paragonimiasis frente a un cuadro tuberculoso, de una lesión leishmaniasica mucocutanea, deformante del rostro humano, de una Hidatidosis poliquística, y otras patologías que llegan a nuestra consulta! ¡Cómo se realiza el salto de la práctica diaria a la búsqueda científica, cómo se investiga desde técnicas simplificadas adaptadas a la realidad y cuáles deben ser los pasos entre esta etapa de la investigación y la profundización de la misma en adelante! Se trata de la docencia que integra teoría y práctica, conocimientos y experiencia vivida. Una docencia al ritmo de la vida, de la vida cotidiana, de sus sugerencias y de sus oportunidades. Se trata de una docencia que en el fondo intenta provocar amor a la profesión y a nuestro mundo amazónico. No es tanto un tiempo de estudio académico sino una oportunidad de vivir un mundo nuevo, de compartir con quienes conocen un poco mejor y disponen de una experiencia más alargada en el tiempo.

Tengo que reconocer que este tipo de docencia, que tiene mucho de informal y coloquial, en el que parece que se pierde el tiempo pero que se enriquece el alma y la mente, ha sido aplicado siempre a lo largo del tiempo en nuestro pequeño hospital. Estudiantes, profesionales de diversos países han visitado nuestra zona, en muchas ocasiones en viajes de naturaleza turística, por corto tiempo y siempre a la caza de lo nuevo y desconocido; la mayoría de las veces han quedado inquietos y curiosos por las formas de enfermar en la región y por nuestros enfoques terapéuticos, quizás, en ocasiones, demasiado liberales. Se van con más preguntas que respuestas, con inquietudes que les saca de sus rutinas; han crecido en su aprecio por los mundos nuevos, por la tarea de curar. ¡Hermoso y enriquecedor magisterio!

Con esto acabo. De este maravilloso mundo he tratado de escribir en el libro que ahora se está presentando con el título de “Curar en la selva herida” y que recoge una larga historia de gozos, luces y sombras desde el pequeño Hospital Franklin Tello de Nuevo Rocafuerte. Muchas gracias.

Manuel Amunárriz

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