¡Era forastero!

Carta de Navidad 2011

También este año para Navidad y estamos ya en el sexto año, les escribo queridos hermanos para desearles una ¡Santa Navidad!

Extiendo mis saludos también a las hermanas capuchinas diseminadas alrededor del mundo en tantos monasterios.

Parto del relato de Mateo, que en el segundo capítulo de su Evangelio, nos presenta la narración de la huída a Egipto de José con María, su esposa y el niño Jesús. Aquel que los pueblos en la persona de los Magos venidos de Oriente reconocieron, es rechazado, o mejor, desterrado y amenazado a muerte por el rey Herodes. Debe huir lejos, para evitar que la vida le sea quitada. Desde el inicio, sobre esta vida, se delinea una sombra de oscuridad, la sombra de la cruz. Por eso, no es posible vivir y festejar la Navidad como una fiesta aislada del resto del camino de Jesús. Si por una parte el Nacimiento del Salvador es motivo de una gran alegría, por otra, advertimos que se abre para él una vida espinosa. Pero su actitud disponible a la cruz será para nosotros la redención. Su «beber hasta la última gota del cáliz que el Padre le ha dado» inicia con la huída al exilio (Jn 18, 11).

Hermanos, compréndanme, no tengo la intención de arruinarles la fiesta, sólo quiero recordarles que, junto a la alegría de la Navidad, es oportuno tomar conciencia que en el relato de los Evangelios de la infancia se vislumbra la sombra de la cruz. Cómo no recordar al viejo Simeón que dirigiéndose a María le dice: «¡Y a ti misma, una espada te atravesará el alma!» (Lc 2, 35), porque, Aquel que ha nacido «está puesto… como signo de contradicción» (Lc 2, 34).

La fuga a Egipto evoca la esclavitud del pueblo de Israel. «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2, 15) y no hace más que evocar el cumplimiento de las promesas, indicando el profundo ligamen y la participación concreta del Hijo de Dios, hecho hombre y nacido de María, con la historia dolorosa de su pueblo. Historia marcada por la destrucción, la deportación, el exilio, la desolación.

Si dirigimos nuestra mirada sobre el presente y con cuánto cada día los medios de comunicación nos presentan, la historia de los éxodos forzados no se ha interrumpido. Cuánta gente es obligada en nuestros días a dejar su propia tierra debido a la amenaza de la guerra, a los gobiernos dictatoriales, a las dificultades económicas, a la precariedad. Italia, por ejemplo, en el curso de este año, ha asistido a la ininterrumpida llegada de barcones provenientes de las costas del Norte de África llenos de personas que en busca de seguridad o con la perspectiva de mejorar su situación económica, han desembolsado fuertes sumas de dinero y han sido hacinados de manera increíble en esas embarcaciones desprovistas de las mínimas medidas de seguridad. Muchos, de ellos, de todas las edades, no han alcanzado llegar a la Isla de Lampedusa, el mar o el frío los han alcanzado primero. En la otra parte del mundo, la frontera entre México y Estados Unidos representa otra zona de tensión, donde se produce el ingreso ilegal de muchísimas personas que llegan con la esperanza de encontrar u trabajo que les ayude a mantener a sus familiares dejados en el país de origen. ¿Cuándo llegarán a realizar este sueño? ¿Cuántos de ellos serán defraudados? Los dramas y las tragedias que se viven no encuentran palabras suficientes para ser contados.

En el mes de septiembre de este año, se realizó en Lima, un Encuentro sobre la migración organizado por la Oficina de Justicia, Paz y Ecología para los hermanos del continente Americano. El encuentro estuvo dirigido a los hermanos que están comprometidos en la asistencia a los migrantes, pero quería ser también, una ocasión de encuentro entre los hermanos. El mismo encontrarse podía ser, y da hecho, ha sido, una ocasión para mejorar y coordinar las diversas presencias y actividades. La partida forzada de la Sagrada Familia a Egipto nos permite afirmar que Jesús es solidario con la historia que viene después de él. Su solidaridad alcanza a los afligidos de todos los tiempos y en este caso particular quiero identificar a aquel que es «forastero» (Mt 25,35).

Queridos hermanos quiero simplemente invitarles a que se den un tiempo para reflexionar cómo quieren celebrar la Navidad este año, teniendo presentes los dramas que brevemente les he compartido. Qué les parecería si cada fraternidad se comprometiera a realizar un gesto de generosidad con aquel que entre nosotros es «forastero», no porque lo ha elegido, sino, porque es amenazado en su dignidad de persona creada a imagen y semejanza de Dios. Imagino que hay muchas maneras de hacerlo: invitar a alguien a la mesa, o bien, llevarle algo, pero no de lo que sobra, sino algo que nace de una renuncia, para que la Navidad, lejos de los suyos, sea menos triste. Pero también ponerse a disposición de alguna asociación que trabaje con los exiliados forzados puede ser una manera de hacer algo. Para actuar en este campo, los modos son variados, pero a lo que quiero invitarles es a que cada uno decida hacer algo, aunque sea pequeño, un gesto concreto. Como nos dice la Palabra Viva del Evangelio «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20, 35), de ello estoy seguro porque el Evangelio no es una fábula, prueben hacer un gesto concreto. La Navidad, de esta manera llevará el sabor de las cosas auténticas. ¡Quizá podría tener un sabor que nunca habíamos probado! ¡Pero es la sal del Evangelio que hace nuevas todas las cosas!

Con este mensaje y de corazón deseo y espero que pasen una Navidad que esté marcada por un gesto de profunda comunión con lo que Jesús realizó, acogiendo y sanando, a lo largo de los caminos de

Galilea, Samaria, Judea o de los territorios paganos de Tiro y Sidón (Mc 7, 24).

 

¡Feliz Navidad!

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