Carta Circular n. 09

 

Carta Circular en ocasión de los

350 años del nacimiento de

Santa Verónica Giuliani

Queridos hermanos y

queridas hermanas Clarisas Capuchinas

¡El Señor les de la paz!

 

1. El 15 de diciembre pasado durante la Audiencia general, el Santo Padre anunció la apertura del año dedicado a Santa Verónica Giuliani para recordarlos 350 años de su nacimiento tenido lugar el 27 de diciembre de 1660. Un año jubilar que fue ofi cialmente inaugurado el 27 de diciembre pasado en Città di Castello con el traslado del cuerpo de la santa del monasterio a la catedral.

Esta santa nos pertenece, es nuestra, es de la reforma capuchina y recoge en sí la inmensa y misteriosa potencialidad carismática del “Espíritu del Señor y de su santa operación”, a la cual fue siempre una sierva dócil. Escudriñándola en sus escritos aparece como una santa difícil, no de nuestros tiempos, con un lenguaje no habitual, a veces crudo, unido a una mística y sobre todo a una ascesis que no comprendemos inmediatamente. Una santa que vive de penitencias, de oblaciones, de sacrifi cios, de renuncias, por ella misma buscadas o a ella impuestas, que a menudo resultan incomprensibles. Cierto día llega a exclamar: eran “locuras que el Amor me hacía hacer”. Vista de cerca y comprendida en su frenesí de amor, Santa Verónica, es hoy, como entonces, la santa dada por el Señor para los momentos de crisis de la fe, para animar a las obras de la fe y al amor a Cristo.

Recluida por cincuenta años en el recinto del Monasterio de Città di Castello, su vida habría permanecido escondida si no la hubiese narrado en su Diario, escrito por obediencia. Una colección de 44 volúmenes, 21 mil páginas, escritas con una inmediatez desconcertante, con una asombrosa sinceridad, con un estilo recio esencial. La santa, en la línea de la espiritualidad Franciscana, revive la Pasión y la cruz de Cristo con la intensidad de un martirio interior unido a un extraordinario deleite.

Sin embargo, es una santa simple, que quiere permanecer en su simplicidad. Ella misma lo dice expresamente, renunciando a describir su arrebatadora experiencia de Dios con puntuales pensamientos o refl exiones doctrinales. En este año jubilar la santa quiere salir del silencio, quiere hablar a nuestro corazón, quiere hacernos conocer las experimentadas riquezas insondables del amor de Cristo, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios (Col 2,3).

2. Recuerdo las etapas principales de su vida, que nos ayudan a fi jar algunos puntos fundamentales de nuestro carisma franciscano y de nuestra necesaria y continua renovación religiosa y espiritual.

Nace el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello sul Metauro, en el ducado de Urbino, hija de Francesco Giuliani y Benedetta Mancini, la última de siete hermanas, bautizada con el nombre de Úrsula, de pequeña era vivaz y espontáneamente tendía hacia Dios. Quería que todos fuesen a su modo… «todos me llamaban fuego» (II, 576), escribirá en su Diario.

Era decidida y resuelta: «Soy de naturaleza testaruda» (VI, 186), escribió en una carta. Había nacido para ser guía y animadora de grupo. En ella la fe era el aire que respiraba, el alimento que tomaba, todo lo que hacía y pensaba. Para ella, las imágenes sagradas estaban vivas. Los cuadros de la Madre con el Niño eran objeto continuo de diálogo y de amor. La madre, antes de morir, el 28 de abril de 1667, llamó a las hijas y, mostrándoles el crucifi jo, asignó a cada una, una llaga del Salvador. A Úrsula, la menor de todas (tenía casi siete años), le tocó la del costado. El corazón. Aquí está Verónica. A los diez años, el 2 de febrero de 1670, en Piacenza, donde la familia se trasladó, recibió la primera Comunión. «Al recibir la santísima Hostia – declaró – sentí un calor tan grande que me enardeció toda… me parecía que entrase en mi corazón un fuego voraz… me sentía abrasar, no encontraba espacio». Y se maravillaba que las otras muchachas permanecieran impasibles, mientras ella sentía dentro de sí «un incendio que la hacía gozar» (V, 62s). Nuestra santa se hizo capuchina a los 17 años recluyéndose en el monasterio de Città di Castello el 28 de abril de 1677. Había superado todas las pruebas, de esta manera, podía seguir su ardiente anhelo de ser totalmente del Señor. Cuando tomó el hábito de religiosa el 28 de octubre de 1677 cambiando su nombre de Úrsula por Verónica, para ser “verdadera imagen de Cristo crucifi cado”, el Señor le reveló su misión: «Yo te he elegido para grandes cosas, pero te convendrá padecer mucho por amor mío» (I, 29; V, 73-75).

3. Todavía, joven novicia y enfermera, se deleitaba con un gran crucifi jo expuesto sobre la pared. No podía despegarse de él y a menudo corría a darle alguna mirada fugaz. Le decía «Señor mío, me has de conceder algunas gracias, en particular te pido por la conversión de los pecadores y por el retorno de los tibios a tu amor…».

En esta escuela del amor Santa Verónica se convierte en maestra. Es un camino de fe que registra numerosas fechas memorables: el 1 de noviembre de 1678, la profesión religiosa; el 4 de abril de 1681, Jesús le pone sobre la cabeza la corona de espinas; el 17 de septiembre de 1688, es elegida Maestra de novicias y como tal permanece hasta el 18 de septiembre de 1691; el 12 de diciembre de 1693, comienza a escribir el Diario; del 3 de octubre de 1693 hasta el 21 de marzo de 1698 es de nuevo Maestra de novicias; el 5 de abril de 1697, viernes santo, recibe los estigmas y en aquel año es denunciada al Santo Ofi cio; en 1699 es privada de la voz activa y pasiva, disposición que será revocada después de dieciséis años el 7 de marzo de 1716. Son años de impresionantes dones místicos.

Es reelegida abadesa el 5 de abril de 1716. Hasta su muerte su vida queda envuelta dentro de la luz del prodigio. El 25 de marzo de 1727 escribe la última página de su Diario. Golpeada por la hemiplejia después de 33 días de agonía y de “puro y desnudo padecer”, al alba del 9 de julio muere, no sin antes haber revelado a las novicias y a las hermanas el significado de su vida: «Vengan aquí, el amor se ha dejado encontrar: esta es la causa de mi padecer».

Sesentaisiete años de fuego y de plenitud de fe, de amor y de dolor, de ardor apostólico y mística unión a los sufrimientos de Cristo en la cruz, en el misterio de su Corazón y en el Corazón inmaculado y doloroso de María.

4. Santa Verónica es la gran mística de la cruz y del corazón. La caridad la impulsaba a querer que todos los hombres pudiesen saciarse en las fuentes del amor divino, todos sin excluir a ninguno. Con su testimonio de oración y de comunión con Dios nos sale al encuentro para ayudarnos y recordarnos que la ocupación más alta es la de ocuparse de Dios. Santa Verónica, sostenida por la gracia, ha vivido plenamente el corazón de la Regla de san Francisco que dice: «sobre todas las cosas busquen tener el Espíritu del Señor y su santa operación, y orar siempre a Él con corazón puro…». Se transforma no sólo en una mujer que ora, sino, como san Francisco en una oración viviente.

5. Santa Verónica ha sido igualmente una gran misionera que se consumió por la Iglesia y por la conversión de los pecadores. Advertimos en ella cómo de la contemplación de Cristo brota el ardor apostólico y misionero. Es este un gran principio de nuestro carisma capuchino. Aquí la santa tiene mucho que decir a cada uno de nosotros. Su teología de la caridad se hunde en el concepto que ella se hizo de la Redención: Cristo se ha encarnado por amor, su vida de pobreza y de trabajo es dirigida desde el amor, su enseñanza evangélica es, en síntesis, el amor, su sacrificio es movido desde el amor, su gracia es amor, el cielo es amor: todo en Cristo es Amor, porque Él mismo es el Amor.

El sueño de convertir a todo el mundo es la realidad de su misión. Estamos ante un alma que advirtió con sensibilidad extrema la ecumenicidad de su vocación contemplativa y de oblación. Por sus aspiraciones de misionera mundial y ecuménica no se escogió un pueblo, quiere abarcar a todo el mundo, «Dirigida a todo el mundo decía: oh, creaturas todas, vengan con-migo a Jesús. Si buscan riquezas, Jesús es la verdadera riqueza. Si anhelan gustos y placeres, Jesús es el verdadero gusto y contento. En una palabra, si anhelan todo bien, no se aparten de Jesús, porque es todo, es sumo y es infinito bien… Y ustedes, herejes e infieles, ¡vengan a la fe verdadera! Jesús es fe, es esperanza, es caridad; vengan todos a Jesús, vengan todos y todas… » (1, 777).

6. La presencia de María Santísima en la vida de Santa Verónica es otro aspecto fundamental de su mensaje espiritual y de su experiencia de santidad. También aquí el carisma capuchino es manif esto. El encuentro entre la Santa y la Virgen Madre se ahonda en el misterio. Santa Verónica no hacía nada si primero no había pedido la bendición a la Virgen. La llamaba a cada momento. La sentía siempre presente. De ella experimentó el amor y el dolor de su corazón al pie de la cruz, hasta el punto que el alma de la santa no era más suya, sino alma del alma de María, corazón del corazón de María. Jesús le daba por enseñanza y regla el modo y la vida de su querida madre. «Yo seré tu maestra, haz todo conmigo, sin ti» (IV, 306).

7. Centralidad de la Eucaristía. En la clausura, resguardada por la soledad y el silencio, estaba la Vida en el Tabernáculo de la pequeña iglesia. Santa Verónica desde la Eucaristía iniciaba y en la Eucaristía terminaba cada jornada, precedida y seguida de noches orantes, colmadas de arrobamiento místico y de encuentros con el Viviente. Este es un tercer aspecto de su experiencia espiritual que una vez más interpela nuestra vida capuchina. Verónica gozaba de las visitas y adoraciones eucarísticas, diurnas y nocturnas, personales y comunitarias y, particularmente, de la celebración eucarística.

8. Si quisiéramos excavar en el Diario de Santa Verónica descubriríamos yacimientos enteros de mística misionera y de motivaciones ecuménicas que justifican el problema de la evangelización mundial. La santa concibió un movimiento misionero en un período histórico devastado por el jansenismo, como un movimiento de amor: precedió a la pequeña, grande santa misionera, Teresa de Lisieux.

La conversión de los pecadores y la evangelización que Santa Verónica perseguía con su austero camino de penitencia, exige la conversión de todos aquellos que creen en Jesucristo, Salvador del mundo. Es la urgencia de los cristianos de hoy, es la urgencia de Santa Verónica, urgencia de la nueva evangelización que se hace fecunda sólo si cada uno de nosotros, si cada cristiano se renueva y se deja renovar en el espíritu y en el estilo de vida.

9. Queridos hermanos, reavivemos la llama de nuestro carisma en el amor incandescente de Santa Verónica. La celebración de su año jubilar nos llama y nos interpela. ¿Cómo hacer actual y contemporánea a Santa Verónica Giuliani? Estamos ante una forma de santidad que, por algunos aspectos, es inimitable, de acuerdo: la “ferocidad” de Verónica en el anhelar la penitencia más cruda y doliente como respuesta a una invitación de amor y de colaboración que Cristo le dirige, no es para todos; parece extraña a nuestras costumbres y lejana a nuestra sensibilidad. Nuestras Constituciones nos recuerdan que “el espíritu de penitencia en una vida austera es característica de nuestra Orden; en efecto, bajo el ejemplo de Cristo y de Francisco, hemos elegido una vida estrecha”(Const. 101, 5).

10. Como conclusión quisiera recordarles que el año jubilar en ocasión del nacimiento de Santa Verónica Giuliani se encuentra y se entrelaza con otro jubileo: el VIII centenario de la fundación de las hermanas pobres de Santa Clara. Para ustedes, queridas hermanas clarisas capuchinas es esta otra gran llamada a vivir íntegramente y con gozo el carisma de la Santa Madre Clara que Santa Verónica abrazó con todo su ser.

Este doble año jubilar es también motivo de alegría compartida para todos los que se inspiran en Francisco de Asís y en su carisma y del cual cada uno ha recibido el propio estilo de vida. Si hoy, la alegría se evidencia entre ustedes, queridas hermanas clarisas capuchinas y en nosotros, hermanos capuchinos, seamos conscientes de cómo el franciscanismo es, en analogía, similar a un tríptico, particularmente bello y bien logrado, formado por tres paneles: hermanos, hermanas clarisas y miembros de la Orden franciscana Seglar, todos igualmente necesarios e importantes y, que no pueden ser leídos por separado; el uno remite al otro. ¡Ay si al hermano Francisco le faltase su “plantita” Clara (1Cel 116) y al mismo modo, ay si a Clara le faltase “el beatísimo padre nuestro Francisco” (TestCl 5) y, más aún, ay si faltasen hermanos y hermanas “que según la propia condición de vida” sigan a Francisco! (1Cel 37). He aquí el motivo de una profunda y gozosa comunión.

No faltarán, ciertamente, los momentos celebrativos comunes, pero pienso que el aspecto más preciado de nuestra comunión, de nuestro sentirnos hermanos y hermanas de un mismo carisma, sea la intensidad del camino que las dos Órdenes unidas e independientes al mismo tiempo, están haciendo de cara al Dios Altísimo. ¿Cómo? Para explicarme recurro a una imagen muy querida para mí: remontando un riachuelo en busca del manantial ¡ustedes queridas hermanas van en una rivera y nosotros hermanos en la otra! Y lo hacemos cada uno por cuenta propia al mismo tiempo, pero profundamente unidos porque ambos nos encaminamos hacia Dios, el “Padre celeste”, expresión querida a Francisco y a Clara, que con su infi nito amor nos atrae hacia sí. La comunión en el vivir de manera diversa, la misma forma de vida, en unión espiritual y abrazando un estilo de vida simple y pobre es la modalidad para revivir la bella amistad que unía a Francisco y Clara: llamados cada uno a vivir la propia vocación en la claridad de roles distintos y en la comunión del amor hacia el mismo Señor. En tiempos en los cuales se tiende a mezclar todo y dónde no parece ya posible hablar de amor, sino donde hay fusión de roles hasta llegar a la confusión, estamos llamados a dar un simple y vibrante testimonio de una comunión que no teme las distinciones y sabe reconocer la complementariedad.

Podrá acontecer y acontece, que nosotros, hermanos de la primera Orden, pongamos nuestra mirada en ustedes queridas hermanas, en su ser escondido y al mismo tiempo libre al misterio de Dios, maestras de aquella pobreza que en la oración lleva inevitablemente a la contemplación. “¡Míralo, considéralo, contémplalo, deseando imitarlo!” (2CtaInes 19-20), escribe Santa Clara a Santa Inés de Praga hablando de Cristo, su amadísimo Esposo. Pondremos nuestra mirada en ustedes para no caer en el activismo, condición que porta en sí la superfi cialidad que es lo opuesto a la contemplación. Capaces, quizá, de hacer tantas cosas, pero incapaces de imitar a Cristo y de llevar con fruto su anuncio. Ustedes, queridas hermanas, escogidas para una vida contemplativa, nos recuerdan que no es posible imitar sin mirar, considerar y contemplar (Cfr. John Corriveau, Carta circular n. 27).

Santa Verónica, fiel discípula de Santa Clara, nos ayude a repetir sus mismas palabras para decir: “¡Todos unidos amemos al Sumo Bien!”.

Roma, 12 de Junio de 2011

Solemnidad de Pentecostés

 

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