CUARESMA DEL 2009

Hoy le pedimos a San Maximiliano que nos hable sobre el espíritu de penitencia y lo hará con dos conferencias. Comenzamos el programa leyendo la segunda parte del precioso mensaje para la cuaresma, dedicado especialmente al ayuno, que nos ha dirigido nuestro querido papa Benedicto XVI, pues la primera parte ya la leímos la víspera del día del ayuno voluntario contra el hambre.

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Queridos amigos parece que el papa nos anima a ayunar y a dar en limosna lo que nos ahorramos ayunando. Creo que en este tiempo en que vemos que tantos hermanos nuestros pierden el trabajo y en que hay tanta necesidad es muy de actualidad esta llamada de nuestro querido Papa.

A continuación vamos a leer dos conferencias de San Maximiliano; en la primera nos anima a la penitencia del cumplimiento del deber; se  titula “La santificación propia es lo mas importante”.

 

La santificación propia es lo más importante

En Zakopane visité a los hermanos albertinos. La pobreza que practican irradia de verdad. Sobre la cocina y el refectorio tienen celdas sin estufas.  Se calientan con el aire que les llega de la cocina y del refectorio,  y cuando hay humo también se llenan de él las celdas. No tienen camas, sino catres. Me causaron una impresión muy positiva.

En Zakopane pude cerciorarme asimismo de que no todos pertenecen aún a la MI. Hay un gran trabajo por hacer. Lo que hemos hecho hasta ahora es muy poco. Para desarrollar la causa de la Inmaculada trataremos de organizar una semana de propaganda de la MI. La administración tendrá una cierta preparación. Dentro de La ciudad de la Inmaculada necesitamos más oración, más penitencia y más lealtad a la Madre de Dios.

Pero esos preparativos exteriores, aunque son dones indispensables, no son suficientes. Necesitamos la gracia de Dios, porque es ella la que actúa sobre las almas. Y habrá también ejercicios generales de retiro para que haya un renacimiento interior.

Oí decir en cierta ocasión acerca de La ciudad de la Inmaculada: con tantos hermanos como tenéis, ¿cómo organizáis la educación? Es posible que sean excesivas las obligaciones de las personas que se ocupan de eso. Pero si cada uno no se esfuerza por perfeccionarse de nada servirá la ayuda de otros. Cuando se mantiene una buena observancia de la regla basta un superior para 2.000 religiosos, pero cuando no hay buena voluntad de nada sirven 2.000 superiores para ayudar a un religioso malo (1).

Es posible que alguien diga: yo quería, pero no puedo. Si quiere y hace uso de los medios pertinentes, aunque caiga, que se humille y empiece de nuevo. La penitencia más grande es la fidelidad en el cumplimiento de las obligaciones diarias. La oración más importante es la que se debe hacer cada día, la obligatoria. Todas las penitencias severas  son buenas si en ellas está la voluntad de Dios, pero la más importante de las penitencias es el cumplimiento esmerado de las obligaciones de cada día.

Cuando suena el timbre hay que ejecutar inmediatamente lo que ordena. Si llegan pensamientos extraños hay que rechazarlos con calma, inmediatamente. Esa lucha cotidiana es una fuente de bendiciones para cada uno de nosotros, para La ciudad de la Inmaculada, para Polonia y para el mundo entero. Todo consiste en ser de la Inmaculada y cumplir estrictamente su voluntad.

Las determinaciones propias deben limitarse a la obediencia y a la vida comunitaria. Otras determinaciones pueden resultar muy peligrosas. Hay que tratar de perfeccionarse para poder atraer a otras almas a La ciudad de la Inmaculada.

Pero todo lo que recordemos y todo lo que olvidamos es cuestión de la gracia de Dios. Por esa razón hay que suscitar en sí frecuentes jaculatorias dirigidas a la Madre Santísima. Si recurrimos a Ella podremos hacerlo todo. Depositemos en Ella toda nuestra confianza, sin límites.

Y como final del programa leeremos la conferencia titulada “Sobre la profundización de la veneración a la Inmaculada”

 

Sobre la profundización de la veneración a la Inmaculada

(1. Un deficiente conocimiento de la Santísima Virgen María, 2.la necesidad de humildad y oración, 3. las lecturas marianas, 4. la penitencia)

1. A veces alguno puede pensar u otro puede insinuarle que aquí tenemos una devoción excesiva a la Madre de Dios. Algunos opinaban que estas cosas debían ser ordenadas, porque se exagera. Esas cosas pueden oírse de vez en cuando, o pueden ser leídas, e incluso, pueden aparecer dudas en nuestras propias mentes. Sin embargo, todo eso surge aquí entre los que tienen buena voluntad, porque conocemos demasiado poco a la Madre Santísima. En lo que concierne a los escritores más recientes, son muy pocos los que escriben sobre la Madre de Dios. "Mi Madre" (1), "Hacia las alturas" (2) y "Mi ideal,  Jesús, Hijo de María" (3) son insuficientes, son apenas el comienzo. Aún escriben menos sobre la Madre de Dios en los países protestantes.

El beato Luis María Grignion de Monfort fue perseguido por los jansenistas, entre los cuales había curas y obispos. Todavía hay residuos del jansenismo y en los países protestantes el protestantismo penetra en el catolicismo.

2. ¿Cómo abordar la profundización de la causa de la Inmaculada? Sería muy arriesgado hacerlo únicamente con ayuda de la razón. Y es que se trata de la Madre de Dios, es decir, que se trata del concepto "de Dios", un misterio que no podemos abarcarlo con la mente, porque los misterios divinos son superiores a las posibilidades de nuestra inteligencia. Los profesores de la Sorbona, aunque sabios e inteligentes, también se equivocaron y solamente Juan Duns Escoto defendió la verdad que posteriormente confirmó el Santo Padre (4). La tradición  dice que, cuando Juan Duns Escoto iba a participar en la discusión rezaba por el camino, y al encontrar una capillita con una imagen de la Inmaculada, le suspiró y pidió: "Permíteme que te alabe, Virgen Santísima, y dame poder contra tus enemigos". No pedía la bendición en la disputa, sino que pedía: permíteme... Se sentía indigno de defender la causa de la Inmaculada Concepción. Es una gracia poder alabar a la Inmaculada y hacerlo tras un ruego tan humilde. Si el rezaba así por el camino, cuanta oración y preparación haría antes, eso no podemos afirmarlo de manera tajante, pero sí podemos sacar muchas conclusiones. Le rogaba a la Madre de Dios que le permitiese alabarla. 

La principal y fundamental de las cuestiones es una profunda humildad. Tenemos que ver con claridad quiénes somos nosotros y quién es Ella.

El justo cae siete veces al día (véase: Pro 24, 16) y de nosotros ya no hablemos, ya que somos imperfectos y a veces incluso no advertimos nuestros pecados, cuando realmente los cometemos. Nosotros somos pecadores, mientras que Ella es purísima, sin ningún pecado. ¿Cómo debemos ponernos ante Ella?

Nosotros no somos dignos de poner nuestros ojos en Su imagen, de pronunciar Su nombre, de pensar en Ella, porque somos pecadores, mientras que Ella es pura. Y eso es lo principal, que sepamos presentarnos ante Ella como impuros y pecadores. Y cuando lo hagamos deberemos rogar  esa gracia de la que somos indignos, para poder pensar en Ella y tratar de sumergirse en sus privilegios. Si nos faltase esa gracia, qué sería de nosotros, cómo podríamos pensar en la iluminación de nuestras mentes. Tropezaríamos como tropezaron los profesores de la Sorbona. De ahí que la primera y más fundamental de las cuestiones es una profunda humildad y una oración humilde.

3. Es muy útil y bueno leer libros y, sobre todo, los que han sido escritos por santos. Pero hay que leerlos una y otra vez. El beato Grignion escribe que él mismo no entiende muchas cosas (5), lo que significa que escribía bajo la inspiración directa de la Santísima Madre. La profundidad de la comprensión depende de la oración y de la humildad. De la misma manera que vemos con los ojos, aunque a veces no muy bien, pero cuando nos armamos de una lupa advertimos cosas que no vemos a simple vista, así también la luz de la oración y de la humildad nos permite ver y profundizar mejor los misterios de Dios. Oremos durante la lectura, para que podamos comprender algo. Luego, después de leer hay que meditar y entrelazar la meditación con oraciones. Si nos ejercemos y meditamos de esa manera, de la abundancia del corazón hablarán los labios y los temas nos vendrán solos a la mente.

4. Conocemos no tanto con la mente como con la oración y la penitencia. Hay que añadir la penitencia para que purifique el corazón y que así sea capaz de sentir y de ver con más exactitud. Por eso: una oración humilde y confiada, como la del hijo hacia la madre. No olvidemos tampoco la lectura y la meditación, así como las buenas conversaciones con los más jóvenes. Las conversaciones nos permiten profundizar esas cosas. Y durante las conversaciones hay que intercalar también oraciones para no desviarse del tema tratado. Los que son profesos solemnes tienen la obligación de amar al prójimo y eso significa que han de compartir lo que adquirieron durante su estancia en el convento. Hay que acercarse al prójimo y compartir con él lo que tenemos dentro. Y nosotros debemos amar más que otros a la Inmaculada, porque somos de La ciudad de la Inmaculada. A Ella le pertenecemos juntamente con todas nuestras máquinas y deudas y, si no la conociésemos les daríamos un gran disgusto a la Madre de Dios y al Señor Jesús. Así pues, desde ese punto de vista, tratemos de ser muy celosos

Queridos amigos hemos llegado al final del programa. Nos despedimos con estas palabras del papa en su mensaje de cuaresma: Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”

 

Muy buenos días y hasta el jueves que viene

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