LA VIRGEN DE LOURDES, JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Como sabéis ayer celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y precisamente ese día se celebra la jornada mundial del enfermo. El santo padre Kolbe, sufrió sobre todo al principio de su sacerdocio, graves enfermedades pulmonares que le llevaron a estar apartado en Zakopane, un pueblecito cercano a las montañas Ta Tra del sur de Polonia.

Por eso hoy vamos a pedirle a San Maximiliano que nos hable sobre la enfermedad, sobre el sentido del sufrimiento. Lo va a hacer a través de una conferencia titulada “Demostremos nuestro máximo amor en la etapa del sufrimiento”. Hay que tener en cuenta que esta conferencia la pronunció San Maximiliano un par de días antes de que empezara la segunda guerra mundial, dos días antes de que lo alemanes invadieran Polonia en el año 1939.

 

Demostremos nuestro máximo amor en la etapa del sufrimiento

Sabéis, queridos hijos, que la vida del hombre se compone de tres etapas: la de preparación para el trabajo, la del trabajo en sí y la del sufrimiento.

Aquí, en La ciudad de la Inmaculada, unos se preparan para el trabajo, otros trabajan ya, y los que peinan canas, como el que está aquí sentado, señaló a un fraile, deberían pasar ya a la tercera etapa, al sufrimiento. Es así como, a través de esas tres etapas, Dios nos acerca a sí. Cuanto más entregada está el alma a Dios, tanto más rápido se prepara para la tercera etapa, para la consolidación de su amor a la Inmaculada con el sufrimiento por amor. Porque no hay nada que nos aproxime tanto a la Inmaculada y nos confirme en el amor, como es el amor unido al sufrimiento por amor. Es en esa senda del sufrimiento en la que nos podemos cerciorar si realmente estamos entregados a Ella sin reserva alguna.

Y es en esa tercera etapa en la que debemos demostrarle el mayor amor, ¡un amor de caballeros...!

Es posible que sean muchos los que sufren y que sufran aún más que los que mueren martirizados. Por ejemplo, algún hermano ama tanto a la Inmaculada que quiere trabajar para Ella lo más posible y sufrir también lo indecible con el fin de conquistar muchas almas para Ella. Sin embargo, tiene fuerzas modestas, y a pesar de su joven edad, la salud no le acompaña y la tiene  muy deteriorada.

Ese alma sufre muchísimo solamente de pensar que puede ser un obstáculo para los que le rodean y que está incapacitada para trabajar.

Vemos, queridos hijos, lo mucho que tiene que sufrir ese alma...

Quiero deciros, queridos hijos, que yo también pasé por todo eso, cuando era joven y las enfermedades me incapacitaron para poder ejercer el ministerio sacerdotal. Sufrí tanto que me dije que era mejor trabajar por diez si se está sano que, siendo joven, sufrir por uno.

Esa tercera etapa de la vida, la del sufrimiento..., creo que ahora eso me toca ya a mí... ¿De quién, dónde y cómo? Solamente la Inmaculada lo sabe.

Solamente hay que sufrir, trabajar y morir como un caballero, pero no con una muerte normal, no, mejor es de un balazo en la sien, para así sellar el amor a la Inmaculada, derramar así, como un caballero, la sangre, hasta la última  gota, para acelerar la conquista del mundo entero para Ella.

Esto me lo deseo a mí y os lo deseo a vosotros.

Porque, queridos hijos, ¿qué os puedo desear más elevado que eso..., a vosotros y a mí mismo?

No conozco nada más elevado. ¡Si conociese alguna cosa más sublime os lo diría, pero no la conozco!... Y el propio Jesús dijo: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

Esperad, sin embargo, con paciencia, porque dentro de poco las bombas podrán caer sobre nuestras cabezas. Eso será fácil. Eso es probable porque aquí está la editorial de la MI, La ciudad de la Inmaculada y su desarrollo, y eso puede no gustar a todos... Pero estemos preparados para poder cumplir nuestro deber en tanto que caballeros de la Inmaculada. ¡Aquí, en La ciudad de la Inmaculada, podrán producirse muchas sorpresas en los días que se avecinan!... La Inmaculada puede permitirlo, para mayor bien de su obra. Y el que no se sienta con fuerzas para resistir aquí, en La ciudad de la Inmaculada como un caballero, que rece más que nunca a la Inmaculada pidiéndole sus gracias.

Cuando San Juan ya era un anciano y no podía trabajar dedicaba su tiempo a la oración, a Dios y al prójimo. Trataba de inculcar el amor a los demás, trataba de darle raíces profundas en los corazones de sus alumnos. Por eso les decía en cuanto tenía oportunidad: "Queridos, amémonos unos a otros" (1 Jn 4, 7). Y al morir no les dejó a sus discípulos otra cosa, que el estímulo para el amor fraternal: "Queridos, amémonos unos a otros".

Y yo quiero aplicar aquí esas palabras: Queridos hijos, amaos los unos a los otros.

Que vuestro amor os conduzca hasta la Inmaculada, hasta el Cielo donde solamente reinará el amor en un sentido social...

Si, queridos hijos, si el amor os acompaña a lo largo de la vida y vivís dentro del amor recíproco, ya aquí, en la tierra, sentiréis lo que es el sabor del cielo.

Todo podrá extinguirse, también la fe y la esperanza, pero el amor quedará. Con el amor entraremos en la vida eterna y con el amor nos deleitaremos con la Inmaculada.

 

La ciudad de la Inmaculada, lunes 28.8.1939.

Y desde luego que el Señor colmó los deseos del padre Kolbe, pues acabó su vida como un caballero de la Inmaculada, ofreciéndola a cambio de la de un padre de familia y muriendo en el bunker del hambre del campo de concentración de Auschwitz aproximadamente dos años después de pronunciar estas palabras.

A continuación, nos gustaría traer hoy en esta jornada mundial del enfermo parte del precioso testimonio que escribió el padre Jose Luis Martín Descalzo durante la enfermedad que le llevó a la  muerte y que fue publicado en alfa y omega el 11 de Mayo de 1996.

Solo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras, siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tiene en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente, porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta. ¡Ojala no tengáis que arrepentiros nunca del amor que no habéis dado y perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quien eras, quien eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuantas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuantas mas espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mi mismo a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contacto con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia, acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió que engañado estaba.

La idea de que la enfermedad es “redentora” no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora ¿Que otras cosas tenemos, en definitiva, los hombre para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure de mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estría privando de una de las pocas cosas que tengo: mi posibilidad de colaborar con el más íntimamente más realmente. Le pido, si, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar que no la estropee yo por mi egoísmo.

Y para terminar el programa vamos a leer la parte final de la homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI en la misa de los enfermos del 15 de Septiembre festividad de la Virgen de los Dolores, durante su visita del pasado mes de septiembre a Lourdes

La sonrisa de María es una fuente de agua viva. “El que cree en mí -dice Jesús- de sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn 7,38). María es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad. La fuente que María indicó a Bernardita aquí, en Lourdes, es un humilde signo de esta realidad espiritual. De su corazón de creyente y de Madre brota un agua viva que purifica y cura. Al sumergirse en las piscinas de Lourdes cuántos no han descubierto y experimentado la dulce maternidad de la Virgen María, juntándose a Ella par unirse más al Señor. En la secuencia litúrgica de esta memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, se honra a María con el título de Fons amoris, “Fuente de amor”. En efecto, del corazón de María brota un amor gratuito que suscita como respuesta un amor filial, llamado a acrisolarse constantemente. Como toda madre, y más que toda madre, María es la educadora del amor. Por eso tantos enfermos vienen aquí, a Lourdes, a beber en la “Fuente de amor” y para dejarse guiar hacia la única fuente de salvación, su Hijo, Jesús, el Salvador.

Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún -como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo- acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernardita, aceptar “sufrir todo en silencio para agradar a Jesús”. Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús. Desde ese momento, en compensación, es posible confiar en la misericordia de Dios tal como se manifiesta por la gracia del Sacramento de los Enfermos. Bernardita misma, durante una vida a menudo marcada por la enfermedad, recibió este sacramento en cuatro ocasiones. La gracia propia del mismo consiste en acoger en sí a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre, como miembro sufriente de Cristo y participando, en Él, al nacimiento de la nueva creación.

Sin la ayuda del Señor, el yugo de la enfermedad y el sufrimiento es cruelmente pesado. Al recibir la Unción de los Enfermos, no queremos otro yugo que el de Cristo, fortalecidos con la promesa que nos hizo de que su yugo será suave y su carga ligera (cf. Mt 11,30).

Nos gustaría terminar el programa rezando una parte de la oración del jubileo, la misma que rezó el papa Benedicto XVI al final de esta misa con los enfermos.

“Porque eres la sonrisa de Dios, el reflejo de la luz de Cristo, la morada del Espíritu Santo, porque escogiste a Bernadette en su miseria,

porque eres la estrella de la mañana, la puerta del cielo y la primera criatura resucitada,

Nuestra Señora de Lourdes,

junto con nuestros hermanos y hermanas cuyo cuerpo y corazón están doloridos, te decimos: ruega por nosotros”.

Nos despedimos de todos vosotros deseándoos una feliz semana, muy buenos días y hasta el jueves que viene.

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