Carta circular con ocasión del 300° aniversario

de la canonización de San Félix de Cantalicio

(1515-1587)

 

Prot. N. 00289/12

 

 

Queridísimos hermanos:

El 22 de mayo de 1712 el papa Clemente XI elevó a los altares e inscribió en la lista de los santos a fray Félix de Cantalicio. Pasados trescientos años, junto a los hermanos de la Provincia Romana, queremos recordar la figura de este hermano, el primer santo de nuestra Orden. Este tricentenario coincide con la celebración del 84° Capítulo General, constituyendo, de esta manera, una ocasión privilegiada para retomar las raíces de nuestra historia y abrirnos para acoger al Espíritu, para ser memoria viviente de la presencia de Cristo en el mundo.

 

«Inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios.
Guardad en todo vuestro corazón sus mandatos
y cumplid perfectamente sus consejos».

 

San Francisco de Asís, Carta a toda la Orden.

 

I. Breve reseña biográfica de fray Félix

 

1. Años difíciles para una Orden naciente

A fines de 1546 tocando a la puerta del Convento de Cittaducale, Félix se hace capuchino. Nacido en Ducale, pequeño poblado del valle reatino en 1515, Félix servía como criado de la rica familia Picchi de Cittaducale. Pasa el año de noviciado en el convento de Anticoli de Campagna, como entonces se llamaba Fiuggi, en el mismo lugar donde algunos años atrás había muerto una gran figura de la Orden, fr. Francisco Tittelmans de Hasselt (Bélgica). Alumno y docente de la prestigiosa Universidad de Lovaina, Tittelmans había ingresado con los frailes de la observancia entre los años 1521 y 1522, pero teniendo conocimiento de la existencia de los capuchinos, viajó a Italia y en Roma entre 1535 y 1536 ingresó a nuestra Orden. A menos de un año de su ingreso a la Orden fue elegido Vicario Provincial de la Provincia de Roma, pero lamentablemente el 12 de septiembre de 1537 murió mientras visitaba a los hermanos del convento Anticoli de Campagna (Fiuggi).

Para la Provincia Romana se apagaba una esperanza, pero, pocos años después, en el mismo lugar brotaba una nueva luz, esta vez no se trataba de un hombre docto, sino de un iletrado con tela de santidad. Félix era un hombre simple, se jactaba de conocer sólo cinco letras, las cinco llagas de nuestro Señor. Francisco Tittelmans y Félix de Cantalicio son dos capuchinos, muy diferentes por su proveniencia y formación, pero cercanos por su celo y amor a la Orden, ellos testimonian, cómo desde sus inicios nuestra fraternidad ha acogido tanto a eruditos como a humildes hijos de campesinos, tanto al docto como al analfabeto, con tal de que estén impulsados por el deseo y la voluntad de seguir a Cristo.

Cuando fray Félix pide vestir nuestro hábito se había consumado recientemente un acto que puso gravemente en riesgo el futuro de la nueva reforma «capuchina». Había pasado poco más de un año desde que fr. Bernardino Tomassini de Siena (de Ochino), Vicario General de la Orden había pasado a la Reforma protestante y el Papa Pablo III tenía la intención de suprimir la naciente familia franciscana. Con su vida de santidad, fr. Félix contribuye a la superación de aquella crisis de la Orden. Él, en efecto, viviendo con autenticidad su ser «capuchino», demostró concretamente cuál era el propósito que animaba nuestra «reforma»: regresar a la primera inspiración, a la vida y Regla de nuestro Padre San Francisco, ser sus hijos y discípulos, y como él, vivir de Cristo en obediencia a la Iglesia.

Día a día, por cuarenta años, desde 1547 hasta 1587, con el oficio de limosnero, recorrió las calles de Roma tocando las puertas para pedir la limosna, pero al mismo tiempo, sembrando la palabra del Evangelio como sólo él sabía hacerlo: cantando con los niños, escuchando a quienes les contaban sus penas y recibiendo cuanto le era ofrecido. Narran las crónicas que siempre tenía la mirada dirigida al suelo, pero esto no le impedía mirar y reconocer la necesidad que tenía delante: aliviar el dolor, confortar al afligido y curar el mal físico o moral. Quien se encontraba con el limosnero capuchino fr. Félix nunca se iba con las manos vacías. Y las manos de fr. Félix eran como las de la Madre de Dios que acogieron al Niño Jesús, y lo abrazaron tiernamente ¡así lo ha retratado la iconografía!

2. Hombre del pueblo y hombre de Dios

El estar cada día, en medio a gente de toda condición social, lo ponía en contacto con las miserias espirituales y materiales de su tiempo. Todo lo recibía en su alforja y cuando regresaba al convento la vaciaba en presencia del guardián: habían panes, habas y todo cuanto había recibido en la jornada, y así, estaban también, las desgracias que había visto, la alegría de los niños que había hecho cantar, las lágrimas de tantos y el buen corazón de quien no le había negado la limosna. Con alegría fr. Félix llevaba todo y a todos a la Iglesia y por ellos ofrecía al Señor su oración el resto de su jornada, es decir, casi toda la noche. A esto agregaba las penitencias de todo género para impetrar la intervención del Señor por todos los necesitados de la misericordia de Dios que había visto en la jornada, sean pobres o ricos.

El estar en medio de la gente no lo distraía de su unión con Dios, es más, era su modo de contemplar el misterio del amor de Dios por los hombres. Podríamos decir que fr. Félix era un contemplativo por las calles. Caminando en medio de la gente, iba con alegría y simplicidad, características que lo hacían cercano a todos. ¡Un verdadero fraile del pueblo! Era conocido como el hermano «Deo gratias». Este era su motor inspirador, su modo de agradecer por la limosna recibida. Si alguno se burlaba de él o lo tomaba por necio, se gozaba interiormente y lograba conquistar su amistad, porque acogía con la paciencia de Dios que, sabe esperar al pecador y nunca deja de amarlo.

Estaba tan contento con su condición de fraile limosnero que solía decir: «¡Estoy bien, mejor que el papa. El papa tiene fastidios y trabajos, mientras que yo gozo de la vida, no cambiaría la alforja ni por el papado y el trono del rey Felipe juntos!» Su manera de ser, directa y auténtica, lo llevaba a intercambiar ironías con el Papa Sixto V, Felipe Neri, con Cesar Baronio, futuro cardenal y, con Carlos Borromeo. Hacía bromas sagaces a los alumnos del Colegio germánico y también a las damas de la nobleza romana, sin dar la impresión de tener una pizca de malicia. Los santos saben reír y hacer reír, y esconden, como lo supo hacer San Félix, el ardor de su donación a Cristo, sin que los demás se dieran cuenta. Esta es la humildad de quien no conoce otra palabra que aquella de hacer la voluntad de Dios.

3. En medio de los hermanos había vivido un santo

Su espiritualidad, aparentemente simple, estaba anclada sólidamente en la persona de Cristo, del cual admiraba de modo particular el pesebre y la cruz. Tenía una gran veneración por la Virgen y San Francisco. Practicaba una oración fuertemente afectiva. Al recibir la comunión se conmovía hasta las lágrimas. Todo esto hacía de él un verdadero hijo de San Francisco, un hermano capaz de ir al encuentro de todos, ricos y pobres, cardenales y mendicantes, doctores e iletrados y siempre con la misma actitud: acogida, respeto y amor por la persona que tenía delante.

Los hermanos que vivieron con él se beneficiaron de su diario peregrinaje por las calles de Roma, experimentaron su celo por la oración, eran llamados por él, tanto a medianoche para el rezo de maitines como al amanecer para el rezo de laudes. Más de uno se sorprendió cuando a su muerte vio pasar la interminable procesión de gente que llegaba a venerar sus restos mortales. Estaban todos, niños y cardenales, la gente simple y la nobleza, el limosnero y el papa Sixto V. Ahora era toda Roma la que iba donde el santo fraile limosnero invirtiendo el camino que por tantos años fr. Félix había hecho caminando en medio de la gente.

El día que vio a fr. Félix nacer al cielo, corría una voz entre la muchedumbre: «santo». Los milagros que se decía, habían marcado su vida terrena, ahora se narraban y eran muchos. Esto seguía causando asombro a los frailes. De esta manera, Félix daba su última lección, aquella que autenticaba su entera existencia: había vivido todo en humildad, escondiendo cuánto el Señor concedía a su oración, a sus mortificaciones, a su entregarse sin guardar nada para sí mismo, pidiendo y entregando todo por el bien de quienes había encontrado en la jornada.

II. El mensaje de fray Félix para nosotros hoy

1. Ser un don para los hermanos

La característica que San Félix ha entregado a nuestra memoria es la de haber sido un hermano mendicante. Se acercaba a la gente para pedir la limosna, pero al mismo tiempo para dar: dar a Jesús, dar la paz interior acompañada de la oración, dar sabios consejos que surgían de su rica experiencia de vida. En la pobre y trabajadora familia de la que provenía había aprendido la preciosa lección de hacerse don para cada necesitado, siguiendo el dicho de Jesús el Maestro: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).

Cada uno de nosotros ha recibido del Señor la maravillosa capacidad de hacerse un don. Y hoy, este santo hermano nos estimula a vivir cada día la fascinante aventura de ser un don para todos, porque es en el ejercicio de una vida generosamente donada que se consigue el desarrollo integral de nuestra personalidad, como lo confirma el Vaticano II: «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.» (GS 24).

Sin embargo, muchas veces, también, fray Félix experimentó el duro rechazo o el portazo tirado en la cara. Ante esto, su respuesta fue siempre: «¡Deo gratias!». Renovaba así la perfecta alegría, encarnando en la propia vida cuanto había aprendido de San Francisco. Era de aquellos que no se irritaban por algo que se les quitara o por una palabra que pareciere injuriosa (Cf. Adm. XIV). Como hombre verdaderamente pacífico soportaba todo por amor de nuestro Señor Jesucristo conservando la paz del alma y del cuerpo (Cf. Adm. XV). Esto dice mucho del paciente trabajo que realizó en la aceptación de las correcciones de los demás.

2. Contemplativos en acción

Tenemos, también, en San Félix una segunda característica: su extraordinaria capacidad de acoger y de transformar cada situación en oración y, elevarla al Señor en el secreto de la noche. La hagiografía pone de relieve de manera particular su espíritu orante: «Fray Félix era un alma hecha para la contemplación. Sin esfuerzo alguno, concentraba sus pensamientos de cielo por las calles de Roma, entre el ruido de las carrozas y el bullerío de la gente. Pero no podía saciar su espíritu sediento de Dios. Y rezaba de noche. Las horas de adoración nocturna transcurrían sin que se diera cuenta.» (Santi e Santità nell’Ordine Cappuccino, Roma 1980, vol I, 48).

Es un precioso mensaje para nosotros, queridos hermanos, un mensaje para ser acogido con corazón abierto y ponerlo en práctica. La vida de oración resulta el criterio más seguro de la autenticidad de nuestro ser consagrados. Con justicia se dice «eres lo que oras», es decir, la oración revela la cualidad de la vida. Es por eso que parafraseando un proverbio alguno ha dicho: «Dime como rezas y te diré quién eres». La oración es un ejercicio vital que cualifica todas las horas de la jornada. «Orar, agrega Mariano de Turín, no mucho..., pero bien; o mejor, mucho y bien. Orar porque es bueno, porque es justo, porque es suave y no tanto porque es un deber. Cumplir esto debería ser un placer, el más grande. (R. Cordovani (a cura di), Assoluto e relativo, Roma 2007, 98).

Jesús habla de la oración como una «necesidad»: «les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse» Lc 18, 1. ¡Sí, es precisamente así! La oración no es algo superfluo y mucho menos inútil, es, por el contrario, una necesidad, es un compromiso esencial con nuestro vivir cotidiano, es una necesidad insuprimible de nuestro corazón. «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, afirma el catecismo de la Iglesia Católica n. 27, porque el hombre ha sido creado por Dios.» Y el deseo del Encuentro con Dios es «sed» ardiente: «¡Mi alma está sedienta de ti!» Sal 62,2; «¡Cómo la cierva anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a ti, Dios mío!» Sal 41, 2-3.

3. Los capuchinos: frailes del pueblo

Este santo hermano, además, era un religioso siempre disponible y acogedor. La acogida hacía de él una persona buscada por todos. No era amado porque tenía un título aprobado por la sociedad, sino, porque, tenía el título de auténtico creyente en Cristo, certificado por su modo de vivir. Podía decir de Dios que era su único bien. En nuestro tiempo nos dirigimos a buscar títulos y a ser protagonistas, corremos el riesgo de excluir a Cristo de nuestra historia personal.

Los capuchinos son los frailes del pueblo. Esta es nuestra carta de presentación en todos los tiempos. Para una confirmación concreta de esta característica en la actualidad, nos queda el compromiso de actuar en plena y convencida apertura a Dios, con el fin de ser abiertos, acogedores y disponibles ante el hermano que pasa necesidad. Precisamente de esta manera, San Félix, ha sido hombre de Dios y hermano de la gente. Acoger quiere decir dejar pasar la gracia y la salvación de Señor en el encuentro con el hermano. La diaconía de la acogida comporta siempre un salir de sí para abrirse al otro; acoger a cada uno como «único» y «otro» más allá de nuestras expectativas y esquemas.

En fin, sabemos que los contemporáneos de San Félix, tanto gente poderosa como gente sencilla, tanto gente culta como gente analfabeta, lo buscaba, por su santidad de vida, porque era auténticamente un hombre de Dios. Formaba parte de la legión de aquellos que vivían la pobreza con alegría porque era libre de codicia y avaricia (Cf. Adm XXVII). Hoy tendemos a olvidar con facilidad que lo que hizo atraer tanta simpatía hacia los capuchinos e hizo de nuestra Orden por mucho tiempo, una de las más admiradas, fue precisamente por la práctica coherente de la pobreza. San Félix encarna el tipo de pobre voluntario capaz de armonizar la pobreza exterior e interior, porque al no poseer nada no se enoja ni se turba por nada (Cf. Adm XI). Vemos como en él «el nada propio» alcanza su más alto nivel, haciendo de él un hombre verdaderamente libre.

Resuena clara también para nosotros la invitación de Jesús al desapego de los bienes de la tierra: casa, campos, hermanos, hermanas, hijos, padre, madre... Mc 10, 29; aquí emergen dos aspectos esenciales de la pobreza: el efectivo y el afectivo, es decir, el desapego real, concreto, práctico de toda posesión y el desapego del corazón. Se trata de no apoyar el corazón en ningún bien creado para poseer al único y verdadero bien, Dios. Sólo Dios puede responder plenamente a todas las exigencias de nuestro corazón y de nuestro espíritu; sólo Dios puede colmar los inmensos vacíos de nuestro mundo interior.

Queridos hermanos, San Félix, el primer capuchino en ser canonizado, abrió la brecha de una legión de hermanos que como él, han frecuentado la escuela de nuestro seráfico padre San Francisco. Ellos representan la verdadera riqueza de nuestra Orden. Sería vergonzoso para nosotros, limitarnos tan sólo a contar y a predicar las cosas realizadas por los santos (cf. Adm VI). Por eso, el recuerdo de San Félix, es hoy para nosotros, una fuerte llamada a vivir nuestra consagración religiosa y nuestros votos con extrema coherencia. En un mundo que ha perdido el sentido de Dios, que no habla más de Él y mucho menos con Él, nosotros estamos llamados a ser un signo evidente para que se puedan redescubrir estas dimensiones esenciales de la vida humana. Estamos llamados a hacerlo con humildad y alegría.

Roma, 18 de mayo de 2012

Fiesta de San Félix de Cantalicio

Fr. Mauro Jöhri

Ministro General OFMCap

Eres el Visitante:visitas

Záparos N50-60 y Cristóbal Sandoval - Telfs: 593 2 3302 373 / 2441 828 - Quito • Ecuador