Carta Circular a todos los Hermanos de la Orden

Apuntes sobre la formación permanente

¡Levántate y camina!

29 de noviembre de 2010

Queridos hermanos, el Señor les de la paz.

1. Escribiendo, hace dos años, la Carta circular, “¡Reavivemos la llama de nuestro carisma!”, hablando sobre la formación inicial quise atraer la atención sobre el don de nosotros mismo como eje de toda nuestra vida. En aquella Carta insistí particularmente sobre el camino que se debe hacer realizar a quien abraza nuestra vida, para que la consagración de sí mismos a Dios y a la humanidad no quede a nivel de palabras sino que se transforme en actitud que permee todas nuestras acciones. En este sentido, cuando hablo de “formación”, me refiero a una dimensión que va más allá del hecho de transmitir algunos contenidos o informaciones sobre nuestra vida. Se trata de una verdadera y propia “iniciación”. La transmisión de valores llega a su objetivo sólo cuando esos valores son integrados hasta el punto de orientar cada opción y cada gesto. En esta nueva Carta quisiera afrontar con vosotros el tema de la formación permanente en la misma perspectiva de aquella vez: nuestra vida de hermanos capuchinos encuentra su sentido más profundo y pleno cuando es una vida entregada. Destaco desde ahora que mi objetivo es el de favorecer en primer lugar la participación en todo lo que se propone en cada una de las Circunscripciones como formación permanente y solicitar donde sea necesario su renovación y mejoramiento. Recuerdo que nuestra Orden en 1991 se dio un “Plan general de formación permanente” y actualmente se están echando las bases para elaborar una Ratio formationis para toda la Orden. Esto me dispensa de tratar en esta Carta la distinción entre formación inicial, formación específica y formación permanente. La futura Ratio, de hecho, lo tendrá como objeto específico, mientras que la Propuesta de texto del II capítulo de las Constituciones elaborada por la Comisión ya lo trata explícitamente.

 

1. Formarse continuamente – ¿por qué?

1.1 Una cuestión de fidelidad

2. En la carta sobre la formación inicial insistí en subrayar que el camino formativo inicial debe asumir la connotación de una progresiva “iniciación” a nuestra forma de vida franciscano-capuchina. En aquel contexto hice un llamado a la urgencia de tener formadores coherentes, subrayando cómo todos tenemos una responsabilidad en este aspecto de nuestra vida. Escribía: “Este es un campo donde no es posible asumir una posición neutral: ¡O se es formador o nos convertimos en deformadores!” (n. 14). Parece un juego de palabras, pero para poder “iniciar” a alguien a una forma de vida es necesario ser por nuestra parte “iniciados”, aspecto que no se adquiere de una vez para siempre. Es interesante lo que afirma a este propósito el Siervo sufriente del libro de Isaías: “El Señor, mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos” (Is 50,4). Con esta nueva carta quiero dar pistas para ver cómo renovarnos continuamente e invitaros, queridos hermanos, a tomar en serio nuestro ser frailes, conscientes de la responsabilidad de ser sostén los unos de los otros. Junto al aspecto de la responsabilidad está el del don, llamado por ello a alegrarme por el ejemplo edificante que me viene del otro. Esto da vida a las palabras del Salmo 133: ¡Vean que bello y que dulce es que los hermanos vivan unidos!”.

3. Habiendo respondido a la llamada del Señor y habiendo abrazado la vida religiosa en nuestra Orden, cada uno de nosotros ha declarado querer hacer de su vida un don, un don a ser actualizado continuamente. Ciertamente no faltan momentos en que todo nos pesa y en los cuales, sin quererlo, nos ocurre el hecho de replegarnos sobre nosotros mismos y de retirarnos de la carrera. ¡Nos pasa a todos! Pero, si nos pasara muy a menudo, creando un hábito, imperceptiblemente abdicaremos de todo lo que hemos prometido y nuestra consagración terminaría por asumir el aspecto de un árbol seco, ¡que no da fruto! En este sentido creo que valga también para nosotros lo que André Louf afirma del monaquismo: “es una realidad encarnada en la humanidad y en el tiempo, y por lo tanto atravesada de dinámicas que la empujan hacia abajo”. Una razón más para estar vigilantes.

4. Es importante que cada uno dedique tiempo para revigorizar las energías. Tiempo de silencio, tiempo para sí mismo. Tiempo con el fin de vivir bien y mejor cuanto hemos prometido. Nuestro razonamiento debiera ser: “¡Justamente, porque mis hermanos me aprecian, es que deseo que encuentren en mí un buen compañero de viaje, de tanto en tanto hago algo por mí!”. La formación permanente tiene que ver en primer lugar con la voluntad de renovarse en aquello que está en el centro de nuestra opción de vida de consagrados: ¡el don de nosotros mismos! En segundo lugar ella debe prestar atención a la actualización profesional, para que la misión que nos confiaron sea llevada adelante con la necesaria competencia. Este aspecto es consecuencia del primero. Nuestras Constituciones lo dicen así:

Aunque la formación permanente afecta de manera unitaria a toda la persona, tiene, no obstante, dos aspectos: la conversión espiritual, mediante el continuo retorno a las fuentes de la vida cristiana y al primitivo espíritu de la Orden y su acomodación a los tiempos, y la renovación cultural y profesional... (Const 41,2).

1.2 A cada edad su desafío

5. La formación permanente hace referencia a nuestra consagración y a su devenir. Cada uno de nosotros, como atento observador de aquello que acontece entorno a sí y dentro de sí, antes o después llega a la conclusión de que la vida lo llama muchas veces a dar un nuevo paso. Casi se diría que existen etapas a las cuales están unidos desafíos específicos. Hay quienes las afrontan con agilidad, pero también hay quien hace mucho esfuerzo o quien, incluso, se reúsa a dar el paso que se le pide dar. La comparación más evidente me parece ser el de la ancianidad y con ella la capacidad de aceptar serenamente los límites dados por el desgaste de nuestro organismo. Acoger la vejez sabiendo ir al encuentro del redimensionamiento de la actividad y de las tantas limitaciones que ésta comporta, forma parte de lo que todos antes o después estamos llamados a vivir. Está fuera de duda que hay también quien envejece mal, quien no está dispuesto a dejar nada de lo que siempre hizo y que llora lo que hacía a los 40 años y no llega a tener una mirada llena de gratitud por todo lo que le fue concedido hacer en todos sus años de vida. Existen personas que se sienten disminuidas por el hecho de no poder hacer toda la gran actividad que siempre desarrollaron. En este sentido es evidente que la vida llama a cada uno personalmente a hacer un pasaje, no obvio ni tampoco fácil.

6. Pasajes en este sentido hay ciertamente muchos otros. Apunto aquí, brevemente, algunos entre los más importantes. Para quien concluyó la formación inicial y específica es obvio que debe poder pasar a una fase en que le es dada la posibilidad de realizar proyectos, de comprometerse a fondo y de sentirse vivo a través de la actividad. ¡Debe poder poner en práctica lo que aprendió! Teniendo la exigencia de sumergirse en la actividad y por cualquier razón eso no le fuera concedido, se sentiría como privado de algo vital y que le pertenece. Luego de este período, con el tiempo, sentirá la exigencia interior de pasar de una multiplicidad de actividades a elegir una activad particularmente significativa. Cambiará por el deseo de entregar la propia vida al servicio de una causa que tenga sentido y, por la cual valga la pena comprometerse con todas las fuerza. Es el momento de los grandes propósitos, cuando se está dispuestos a darse hasta el fin por una causa. A quien se lanza con todo en un proyecto de vasto alcance, antes o después –lo que es inevitable– no faltarán incluso las desilusiones. Tendrá que enfrentar la realidad humana, incluso la propia, marcada por muchos límites. Quien aprende a aceptar progresivamente la realidad así como es, sin disculpas, y prosigue el camino a pesar de todo, da un paso importante hacia una mayor madurez humana.

A través de estos pasajes la persona se enriquece interiormente, adquiere una sabiduría de vida, que antes o después querrá poner a disposición de los demás. Vivirá esta fase de la vida con un sentido de profunda satisfacción. De hecho, no estamos “consagrados” únicamente para nosotros mismos, sino para hacer nuestro aporte a la humanización del mundo y para acelerar la plena realización del Reino. Llegados al umbral de los 60 años y habiendo ya pasado la mitad del tiempo puesto a nuestra disposición, abandonamos los grandes proyectos para ponernos al servicio de quien se encuentra en aquella fase. Nuestra atención se concentrará en las necesidades de las personas con las cuales compartimos la vida y desarrollamos nuestra creatividad contribuyendo al logro del proyecto de algún otro. Nos alegramos de ver crecer una causa y de ver a las personas avanzar en la realización de sus proyectos.

1.3 Dejémonos ayudar

7. Es fundamental poder recurrir a personas que nos ayuden a afrontar cada etapa de este largo y fascinante camino de la vida. Alguien que nos permita detenernos y dirigir la mirada al camino recorrido. La vida es don y ella requiere ser vista y apreciada en toda su riqueza. Todo lo que es don de Dios y también todo lo que me es dado vivir y realizar. Por lo tanto se debe restituir al dador de todos los dones. Pero de igual modo es verdad que no puedo restituir sino aquello de lo que soy consciente y de lo que me doy cuenta. La formación permanente nos debe ayudar a crecer en estas dimensiones. Es la vida misma que nos forma y nos pide cambiar, adecuarnos. Muchas veces, sin una clara toma de conciencia de los cambios que se operan entorno y dentro de nosotros mismos, no llegamos a realizar rápida y ágilmente determinados pasajes. Es por esto que tenemos necesidad los unos de los otros y porqué, a veces, es bueno recurrir a quien tiene una preparación específica en estos campos y puede facilitarnos el camino. Se trata de un verdadero y propio aprendizaje que incide en nuestra vida y que contribuye a hacernos sentir bien en lo que somos, felices de haber llegado al punto donde estamos y deseosos de partir hacia una nueva etapa.

8. Cuanto he esbozado hasta aquí forma parte en primer lugar de un recorrido antropológico donde el ser humano es llamado a atravesar las varias etapas de la vida como un camino de crecimiento que tendrá su fin sólo con la llegada de la hermana muerte. Un camino que tiene dos componentes fundamentales: el de una progresiva desapropiación y el de unos espacios de interiorización cada vez más amplios. El pasar de una multiplicidad de realizaciones a pocos proyectos significativos, el abandonar progresivamente las esperadas respuestas con respecto a nosotros y en relación a los demás para aceptar la realidad de las cosas y de las personas así como son, comporta una larga serie de desapropiaciones. Abandono las expectativas apropiadas tanto sobre los otros como sobre mí para encontrar entre mis manos un cuadro más fiel a la realidad tanto de los demás como mía. Me permito tanto a mí mismo como a mi hermano no ser perfecto o ser falto de coherencia. El día que sea capaz de hacer esto habré adquirido una riqueza que antes no tenía ni podía tener. Juntamente con esta progresiva desapropiación, crece la exigencia de disponer de tiempos más largos para detenerse sobre el conjunto de las cosas y de su fluir. Este es un camino de interiorización que se realiza y que requiere ser ampliado. La vida de nuestro Seráfico Padre san Francisco es una ilustración cuanto más pertinente de cuanto apenas descrito: se retiraba muchas veces en lugares apartados y allí pasaba mucho tiempo en oración.

1.4 La fe que cambia

9. La vida de fe de cada uno así como nuestra vocación, son llamadas a recorrer el camino de una constante y profunda transformación. Nuestra manera de creer y de vivir la consagración a los 60 años (tomo esta referencia porque es la que más me conviene) es muy distinta a como era en el momento en que teníamos la mitad de los años. Luego de una fe marcada por grandes entusiasmos y por la voluntad de cambiar radicalmente todas las cosas, pasamos progresivamente a la fase de un verdadero y propio redimensionamiento. Están los límites de los hermanos con los cuales comparto la vida y están también los míos. Quizás también he caído, literalmente caído del caballo como san Pablo y he tenido la experiencia de haberme alejado del sendero que elegí. Quizás pasé por un período de verdadera y propia acidia en que todo parecía insípido. Creí haber perdido la brújula. Pero también es cierto que a lo largo de este accidentado camino he encontrado al Señor que me ha dirigido la invitación: “¡Levántate y camina!”. Me doy cuenta que mi fidelidad había vacilado y solamente gracias a la intervención del Señor pude retomar y caminar ágilmente.

Ciertamente que luego de haber vivido todo esto, me siento más frágil y vulnerable, pero también tengo la certeza de que he experimentado en mi piel lo que significa ser pecador ¡y un pecador reconciliado! No quiero afirmar con esto que el Señor no estuvo antes presente en mi vida, sólo quiero decir que la conciencia de su presencia hoy es distinta y ciertamente más profunda. Y también me doy cuenta que mi mismo modo de creer sufrió un cambio. De hecho, a diferencia de un tiempo atrás, ahora estoy mucho más centrado sobre la confianza incondicionada en Dios que sobre la repetición de determinados contenidos. Me transformé en menos formal y veo cómo creció la dimensión relacional. Ninguno de nosotros está exento de estos recorridos de maduración. Puede darse que haya crisis en el campo afectivo, y por consecuencia nos hayamos alejado de la fraternidad, quizás porque nos sentíamos incomprendidos. Gracias al hermano que tuvo la bondad de hacernos volver con amor, hemos reencontrado el camino y le estamos agradecidos y no dejamos de agradecer a Dios por las personas que nos ha hecho encontrar. Todo esto nos ha formado y continúa formándonos.

10. Aunque se trate de dimensiones que, de modos diversos, tocan a cada uno de nosotros, generalmente tendemos a hacer de ellas un misterio. ¿No deberíamos llegar más bien a abrirnos más hasta hacerlas objeto de un intercambio fraterno que podría ocurrir incluso en nuestros capítulos locales? ¡Felices quienes hayan encontrado un buen acompañante espiritual y una fraternidad respetuosa y acogedora en relación a todos y a todo! ¿Estoy tan seguro de que algunas cosas me pasaron sólo a mí por lo que no podré hablarlas nunca con los hermanos, bajo pena de perder el prestigio? Visto y considerando de que todos compartimos una misma fragilidad humana, ¿qué se necesitaría para dar un ulterior paso hacia los demás para llegar a una más grande y recíproca apertura? Para que un intercambio de este tipo sea posible, es evidente que hay que crear un clima de profundo mutuo respeto donde cada uno pueda sentirse acogido, y nunca juzgado o, peor aún, condenado.

11. Con lo que he escrito hasta ahora entiendo ilustrar la afirmación central de las Constituciones cuando hablan de la formación permanente como un “proceso de renovación personal y comunitaria”, con el fin de “vivir siempre nuestra vocación según el Evangelio en las condiciones de la vida real de cada día”. Las mismas Constituciones muestran a la vida cotidiana en fraternidad como el lugar eminente de la formación permanente (Const 43,3). De hecho, junto al ritmo de los momentos comunitarios, existe también un camino para hacer en el aceptarse y en el estimarse recíprocamente. La mayor parte de las veces quisiéramos que sea el hermano el que cambie, olvidándonos la invitación de san Francisco a no pretender que el otro sea mejor cristiano. ¡El único terreno en que estamos seguros de que es posible un cambio es el nuestro!

12. La vida fraterna nos pone en condición de trabajar en nosotros mismos y esto nos hace normalmente más comprensivos e incluso más disponibles a los demás. De este tipo de transformación lenta y progresiva podrán aprovecharse todas las personas que nos encuentran. Por esto amo insistir la razón por la que ninguno se dispense del esfuerzo del vivir en común. Justamente las Constituciones afirman que ella favorece mucho la formación permanente. Esto nos ayuda a crecer en un tipo de relaciones que pueden llamarse realmente “redimidas” y que son fruto tanto de la gracia como del empeño de cada uno de los miembros de la fraternidad. Trabajar sobre uno mismo cuesta mucho esfuerzo, sin embargo es una condición indispensable para llegar a una mayor madurez humana, en especial en relación a los demás. ¡Cuántas veces me sucede de acusar a los otros de mi malestar! Actuando de este modo, sin siquiera darme cuenta, atribuyo a los otros un poder enorme con respecto a mí e indolente me gusta estar en el papel de víctima. ¡Todas nuestras tentativas por cambiar a los demás son tiempo perdido! Las relaciones en el seno de una fraternidad mejoran desde el momento en que alguno comienza a trabajar sobre sí mismo sin pretender que los otros hagan lo mismo. Constatando el cambio, también ellos comenzarán a cambiar.

13. Nuestras Constituciones en el n. 43,3, con brevedad de palabras y con claridad nos recuerdan cual es el modo privilegiado de formación permanente: “El modo habitual de la vida diaria favorece mucho la formación permanente. En efecto, la primera escuela de formación es la experiencia cotidiana de la vida religiosa con su ritmo normal de oración, reflexión, convivencia y trabajo”. Este mismo concepto es remarcado con fuerza por Amedeo Cencini en una publicación reciente sobre la vida consagrada. Escribe:

La formación permanente, como ya deber ser claro para todos, no consiste en cursos extraordinarios o en tres días o semanas de puesta al día cultural, pastoral, una tantum, ni siquiera en encuentros espirituales periódicos; consiste antes que nada, en la acción del Padre que a cada momento busca plasmar en nosotros la imagen del Hijo, y en la consecuente y constante disponibilidad por acoger esta acción del Padre. Por lo tanto la formación permanente es ya en sí misma una dinámica relacional, relación con Dios; pero no sólo con Él, porque si la cosa está en sus manos entonces cada situación de vida, cada circunstancia, cada estación existencial, cada evento, positivo o negativo –desde nuestro punto de vista– sobre todo cada contexto humano, cada comunidad, acogedora o no, cada persona, cada hermano, santo o pecador, cada relación se transforma en mediación de esta voluntad del Padre por formar en el discípulo los sentimientos del Hijo.


2. Las modalidades de un camino dinámico de formación permanente

2.1 Un proyecto unificador

14. La formación permanente debería contribuir, más allá del crecimiento de cada uno de los hermano, también al de la fraternidad entera. A veces visitando las diversas fraternidades advierto como si hubiera un sentido de gran fragmentación. Estamos todos empeñados en algún frente, porque está el hermano que es párroco, el que se ocupa de la portería, el que sale para enseñar, pero es como si faltara el elemento que mantiene el todo unido. Se diría que desapareció el sentido de nuestra misión común. Hacemos muchas cosas porque deben hacerse, pero se diría que hemos perdido la conciencia de poseer un carisma específico y con ello el mandato de contribuir activamente a la transformación de este mundo en un mundo más fraterno. Pongo un ejemplo. Por el hecho de que es central para nosotros la vida fraterna en cuanto tal, en todas nuestras actividades deberíamos promover la colaboración, poner a los otros en condición de experimentar lo bueno que es ser solidarios y sentir el apoyo que nos viene de los demás. Podremos actuar en modo más eficaz haciendo nuestro un lema como este: “¡Trabajemos para crear un mundo más fraterno!”. En este caso cada miembro de la fraternidad debería sentirse comprometido a traducir en la práctica el imperativo expresado en el lema que hemos formulado y esto en el ámbito de sus trabajos específicos. Estoy convencido que esto terminará por incidir tanto en el modo de desarrollar el trabajo pastoral, como en el modo de acoger a quien golpea la puerta, como en el mismo modo de hacer docencia. Estaremos trabajando en variados frentes pero siempre animados por una profunda comunión entre nosotros. Nos sentiremos portadores de un mensaje y de un modo de hacer, empujados a realizar una transformación de la realidad allí donde se esté y en cualquier actividad que realicemos. Para que esto sea posible es necesario hablarlo muy a menudo, haciendo del Capítulo local un lugar de diálogo y de planificación del cómo realizar nuestros proyectos comunes.

15. Actuar conscientemente en el modo de alcanzar un único objetivo, hace también más fácil entrar en diálogo comunicándose las experiencias, las dificultades encontradas a lo largo del camino, las bellas sorpresas y así todo lo demás. Quiero decir que tanto cada una de las Circunscripciones como cada fraternidad local tenemos necesidad de vivir una proyectualidad constructiva, profundamente conscientes de tener algo válido para llevar a la gente que encontramos. Para que esto suceda es oportuno que durante los Capítulos provinciales y locales se reflexione sobre un aspecto específico de nuestra misión y se llegue a formular un lema que oriente nuestro actuar, de modo que se transforme en un elemento dinamizador y motivador del quehacer tanto de la fraternidad como de cada uno de los hermanos. Cada tanto deberíamos hacernos la pregunta “¿Qué queremos vivir? ¿Qué queremos llevar a los demás? ¿Cómo entendemos nuestra presencia en la Iglesia y cómo colaboramos en la venida del Reino?”.

Debemos buscar darnos respuestas concretas, formulando una frase que sea sostenida por un verbo dinámico y que lleve a cambiar algo. Es evidente que según los contextos culturales, también los acentos serán diversos. Queriendo, por ejemplo, promover un mundo más fraterno, fijaremos la atención en los campos en los que la sociedad tiene los mayores conflictos: entre residentes e inmigrantes, entre los miembros de diversas clases sociales, entre los pertenecientes a varios grupos tribales, entre otros. En el fondo se trata de responder a la simple pregunta: “¿A qué queremos llegar como capuchinos con nuestra vida y nuestra actividad?”. Nuestra respuesta debe ser lo más simple y directa posible y debe estar dada tanto por las Circunscripciones como por cada una de las fraternidades. Damos muy fácilmente por descontado que sabemos con exactitud lo que entendemos promover juntos como frailes capuchinos. Si hace tiempo, queríamos sobre todo ser un fuerte llamado a la conversión, hoy, en un contexto histórico y social diverso, nos hacemos promotores de verdadera fraternidad según el Evangelio. ¡Sobre todo entre nosotros y donde nos encontramos trabajando!

2.2 Dispongámonos a afrontar juntos los nuevos desafíos

16. Nuestra Orden está viviendo cambios importantes y muy exigentes. Esto vale tanto para cada Circunscripción como para cada hermano. Las estadísticas nos dicen que desde hace un tiempo la mayor parte de los frailes vive en el sur del mundo, y mientras la mitad de los frailes en el hemisferio sur generalmente tiene menos de 50 años, en el hemisferio norte es exactamente lo contrario. Esto significa que el norte, si quiere mantener cierta vitalidad, está llamado a redimensionar presencias y actividades, mientras que el sur se encuentra en la obligación de encontrar nuevos espacios de presencia y de actividad para las jóvenes fuerzas. También hay que hacer un discernimiento cuidadoso para la admisión a nuestra vida y hay que buscar nuevas fuentes de sustentamiento que permitan ir hacia una mayor autonomía económica. El elevado número de vocaciones a nuestra vida requiere un acompañamiento formativo adecuado. Los desafíos son diversos y cada área está llamada a realizar su parte. Constatamos por ejemplo que redimensionar no es tan fácil. Gracias a la edad más avanzada a que llegaron en general los hermanos y gracias a la posibilidad de tener empleados, logramos posponer algún decenio muchas de nuestras presencias. Pero esta no es la solución, porque claramente posponer no es solucionar. Con el proyecto de la Solidaridad de personal, hemos comenzado a promover de un modo novedoso el encuentro y la colaboración de los hermanos del sur con los del norte. Si en un tiempo el movimiento era del norte al sur, hoy lo mismo ocurre en sentido inverso. Pero esto no significa que el movimiento del sur al norte refleje en modo especular el camino anterior. Es necesario hacer una evaluación con respecto a la dimensión del tiempo transcurrido y los cambios ocurridos a muchos niveles tanto a escala global, eclesial como dentro de nuestra Orden. A diferencia de aquel tiempo, hoy creció la conciencia sobre las diferencias culturales y sobre las dificultades que surgen cuando se quiere formar fraternidades interculturales. Que se lo quiera o no, se trata de procesos actuales y ellos tocan de un modo u otro a todas las realidades de nuestra Orden. Tanto cada una de las Circunscripciones como cada hermano están llamados a dar testimonio de una renovada capacidad de adaptación y de apertura. La formación permanente no puede prescindir de esto. Ella está llamada a favorecer en cada hermano como en todas las Circunscripciones una espiritualidad de verdadera apertura o, en otras palabras, de “itinerancia franciscana”.

17. El fraile capuchino se define antes que nada por el lugar que elije. Es el que sabe estar establemente y por mucho tiempo en la presencia de Dios y que sabe ir donde hay más necesidad y nadie está dispuesto a ir. Así, en un tiempo, nos hemos puesto a disposición de los apestados, hemos partido para las misiones que la Iglesia nos confió a lo largo de los siglos, estuvimos y continuamos estando cerca de los emigrados, permanecemos en lugares de los cuales todos se van porque las condiciones de vida son cada vez más difíciles e imposibles. Sobre todo esto nuestra Orden ha escrito y aún está escribiendo páginas gloriosas. Pero sabemos que los lugares donde hay más necesidad cambian constantemente y, para poder estar disponibles para una nueva llamada del Señor, debemos mantenernos despiertos, con “la cintura ceñida” (Lc 12, 35), dispuestos a partir nuevamente hacia nuevas fronteras. La formación permanente nos debe ayudar a vivir y a renovar continuamente la fidelidad a estos dos lugres. Ella nos capacitará para vivir ciertos desprendimientos, incluso dolorosos, sin ansiedades. Porque, recordemos esto: nuestro carisma no está ligado a conventos ni a estructuras pluriseculares sino más bien a las personas que los han encarnado en los lugares que dije más arriba: delante de Dios y al servicio del más pobre.

2.3 Crecimiento espiritual

18. También el crecimiento espiritual requiere de cada uno de nosotros permanecer en el camino. Llamados a estar preparados porque no sabemos a qué hora el Señor pasa y nos llama. Sin un profundo sentido de apertura y de movilidad interior, difícilmente advertimos que alguien está llamando a nuestra puerta y nos pide entrar para cenar juntos. Considerando además que sus caminos no son nuestros caminos y nuestros pensamientos no son los suyos, sería imperdonable permanecer en una actitud de inmovilidad interior. ¿Cómo permitimos a Dios entrar en nuestra vida, manifestarnos su alteridad y conducirnos por los senderos nunca caminados hasta ahora, si permanecemos en una actitud de cómoda cerrazón? El encuentro con el Dios vivo y verdadero comporta, a veces, un cambio radical de vida. De esto sabe algo san Francisco desde el momento en que Dios mismo lo condujo entre los leprosos. ¡Le cambió literalmente la vida! Tengo por cierto que sea tarea central y peculiar de la formación permanente mantenernos abiertos para este encuentro, aunque desconcertante ciertamente siempre beneficioso.

2.4 Preparar a las personas

19. Hoy la formación permanente está a cargo de cada Circunscripción, pero es evidente que el número de hermanos, las distancias y las áreas geográficas, lleve a considerar las oportunidades para que se realice en colaboración. Es deber de los Superiores mayores crear la oportunidad de que los hermanos puedan realizar juntos o, a veces, incluso individualmente este camino. Semanas de Ejercicios espirituales, jornadas de retiro, así como más jornadas de estudio deben ser parte de lo que se ofrece a los hermanos para su crecimiento espiritual, ministerial y profesional. Es así que en el intento de renovarnos continuamente y de vivir nuestra vida con coherencia debemos sentirnos en el deber de participar a todo lo que se nos ofrece. En este sentido se puede afirmar tranquilamente que la formación permanente es la madre de toda otra forma de formación. Quien está en camino y no desdeña de tomar parte de todo lo que le es ofrecido para proseguir ágilmente su camino, se transforma en un ejemplo viviente y creíble de lo que significa ser capuchino hoy y se transforma en fuente de referencia para quien ha comenzado hace poco el camino de la formación inicial.

20. Como en cada Circunscripción está prevista la figura del ecónomo provincial o bien la del animador vocacional, me pregunto: ¿No será oportuno prever también la figura del hermano que se dedique a planificar y a proponer momentos de formación permanente? Claramente no deberá sustituir al Ministro, pero de acuerdo con él y con su consejo, deberá dar continuidad y consistencia a las propuestas de formación permanente para que no sea sólo un hecho esporádico. A nivel local es el guardián el hermano llamado a animar la fraternidad, sobre todo convocándola con regularidad para celebrar el Capítulo local, momento esencial para la formación permanente. Se hace, por lo tanto, necesario ofrecer a los guardianes una formación adecuada. Su periódica convocación debería ser el lugar privilegiado para ofrecer los instrumentos adecuados y necesarios para que asuman con responsabilidad y serenidad la tarea que se les confió.

21. En muchas partes se transformó en praxis común que un hermano, terminado un prolongado período de servicio, solicite poder disponer de un tiempo sabático, de un tiempo para dedicar a sí mismo en vista de una renovada disponibilidad para lo que se le pida hacer. Considero esto muy saludable, teniendo en cuenta que los contenidos y las modalidades de este período deben ser concordados con el Ministro y su consejo. Detenernos y profundizar los aspectos profesionales, teológicos o espirituales teniendo una larga y rica experiencia a las espaldas, puede aportar mucho a quien lo hace.

22. Es, además, tarea de los Superiores mayores identificar a los hermanos a que pueden realizar los cursos de especialización, para poder disponer de frailes cualificados en grado de acompañar el camino de crecimiento integral de los mismos hermanos. Las Circunscripciones que no gestionan por sí los Estudios de formación filosófica y teológica, generalmente no advierten la urgencia de preparar hermanos para la enseñanza. Esto lleva necesariamente a un empobrecimiento del nivel cultural de la Circunscripción y de toda la Orden. Un verdadero pecado, ¡porque un buen nivel cultural no es nunca dañino para ninguno! Es cierto que es pedido siempre el espíritu de la oración, pero cuidando esto, la presencia de hermanos cualificados y competentes puede transformarse en bendición para todos.

2.5 ¿Qué temas tratar?

23. Existen temas que llamaría “obligatorios” para afrontar con regularidad en los varios programas de formación permanente. Hacemos bien en afirmar que la Eucaristía es el centro en torno al cual gira nuestra vida fraterna, pero si no nos detenemos a profundizar las varias dimensiones del misterio, si no nos interrogamos nunca sobre nuestro modo de celebrar, incluso la Eucaristía corre el riesgo de transformarse de central en periférica. Esto vale también para nuestra vida de oración, tanto para la comunitaria como para la oración mental. De tanto en tanto un buen curso, con algo de ejercicios prácticos, sobre oración contemplativa no daña. Más bien, es oportuno recordar aquí la afirmación de nuestras Constituciones: “La oración mental es la maestra espiritual de los hermanos (...)”. Lo mismo hay que decir de la Palabra de Dios ¡tan rica en lecturas y propuestas! Pero es necesario que cada tanto se nos permita acceder a estos tesoros mediante nuevas y competentes aproximaciones, profundizando especialmente en la Lectio divina. Y no deberemos tampoco dejar de lado las ciencias humanas que nos pueden ayudar a afrontar correctamente las relaciones entre nosotros. Todos los aspectos de la nuestra vida fraterna, sin exclusión, deberían ser objeto, cada tanto, de una profundización en común.

24. ¡Pero, cuidado a no detenerse sólo en temas ligados a nuestra vida ad intra! No nos podemos quedar indiferentes frente a lo que atormenta a enteros pueblos o grupos de personas. Pienso en particular en el drama de los que son obligados a dejar sus países por el motivo de la guerra o porque son perseguidos o porque se encuentran en búsqueda de una existencia más digna. De hecho muchas veces nos encontramos sirviendo a los emigrados, especialmente a los más pobres e indefensos; allí nos encontramos en el lugar exacto. Para abrir los ojos sobre lo que ocurre tanto a escala local como global, en necesario informarse y pedir ayuda a quien se ocupa de estas temáticas de modo profesional. Están los Secretarios de Justicia, Paz y Salvaguardia de la creación como también Franciscans International que desarrollan un óptimo trabajo, pero las más de las veces quedan en las sombras por falta de interés por parte de los hermanos. En este contexto estamos también llamados a reflexionar cada tanto sobre cómo entendemos vivir nuestro voto de pobreza con todas las implicancias que exige nuestro vivir “sin nada propio”.

25. La consagración nos llama a desarrollar las actividades que nos son confiadas de modo adecuado y profesionalmente irreprochable. No basta con haber sido ordenado sacerdote, y lo digo a modo de ejemplo, para ser de hecho un buen capellán de hospital o un buen predicador. Así como no basta haber tenido una preparación de base para poder desarrollar a tiempo indeterminado una actividad. No debe faltar el sentido de la profesionalidad y por lo tanto el deber de una actualización adecuada y recurrente. Hay lugares donde muchos de nosotros somos llamados a servir constantemente como confesores. El ministerio de la misericordia de Dios ha caracterizado y marcado profundamente la vida de más de un santo capuchino. ¿Por qué no encontrarse cada tanto para debatir sobre las problemáticas que encontramos o para aprender los unos de los otros cómo mejorar el propio servicio? ¡Muchas veces falta alguien que tome la iniciativa, un animador! En señal de la obediencia caritativa cada uno puede tomar la iniciativa, y esto por el simple hecho de que somos hermanos.

26. A nivel general quisiera recordar lo que desde hace años se está proponiendo en nuestra casa de Frascati: cursos centrados en el redescubrimiento de nuestras raíces y ofrecidos a las distintas áreas de la Orden; cursos para formadores (desde hace un tiempo estos cursos se realizan en las mismas áreas en las cuales son llamados a desarrollarlos); cursos para guardianes; cursos para confesores. La carga de la propuesta y de la organización de los distintos cursos está garantizada por los hermanos del Secretariado general de la formación a los cuales dirijo nuestro agradecimiento particular.

2.6 Jerusalén: una nueva oportunidad

27. Antes de terminar esta carta, quisiera decir a todos los hermanos de la Orden que finalmente tenemos una casa de acogida bien puesta, que os espera en Jerusalén. El pasado 28 de septiembre de 2010 hemos tenido la alegría de inaugurar el nuevo Centro de espiritualidad y formación bíblica “Yo soy la luz del mundo” realizando así un sueño que mis predecesores han cultivado asiduamente. El convento construido en los años ’30 del siglo pasado para ser casa de formación, no pudo ser nunca utilizado, porque primero fue transformado en prisión y seguidamente fue dedicado a clínica psiquiátrica. El inmueble, recuperado por vías legales hace algunos años, gracias a la Providencia, fue rehecho a nuevo. Fueron construidas cuarenta habitaciones además de los espacios para uso común, capilla, cocina, refectorio, sala de recreación, sala de conferencias y un amplio jardín.

28. Actualmente la fraternidad está compuesta en su mayoría por hermanos de la Provincia de Venecia que en estos años, junto a fr. Pascual Rota de la Provincia de Lombardía, han cuidado y asegurado la presencia en Jerusalén. Hay también algunos hermanos que estudian en Institutos especializados en ciencias bíblicas de Jerusalén. Ahora que la casa tiene la posibilidad de hospedar a un buen número de personas, es nuestro deseo proponerla a cada Circunscripción de la Orden que puedan realizar una o más semanas de formación bíblica, de ejercicios espirituales, de peregrinación a los lugares santos. El nuevo centro tiene el título de dos frailes capuchinos, el Beato Santiago de Ghazir, el hermano de la Caridad que en su tiempo contribuyó para adquirir el terreno y a Fr. Perre-Marie Benoît, condecorado con el título de “Justo entre las Naciones” por haber salvado la vida a millares de hebreos durante la última guerra mundial. Dos hermanos que con iniciativas inteligentes, y muchas veces poniendo en riesgo la propia vida, han respondido a las graves urgencias de su tiempo. ¡Han dado su vida por los demás sin retroceder! Estoy seguro que a su tiempo la dirección del Centro os informará sobre las iniciativas y las propuestas que se organizarán.

3. Concluyendo

29. Como he dicho al inicio, el objeto de mi Carta no quiere ser el de escribir un tratado sobre la formación permanente sino más bien el de suscitar un nuevo interés por ella y motivar a una regular participación. Se juega un aspecto fundamental de nuestro camino de fe, nacer de lo alto, como le pide Jesús a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3,3). Somos todos conscientes de que se puede ser practicantes sin ser por ello creyentes. De Zacarías e Isabel el evangelista Lucas afirma que “ambos eran justos delante de Dios y observaban irreprensiblemente todas las leyes y las prescripciones del Señor” (1,6). Pero cuando el ángel le anuncia a Zacarías que su oración ha sido escuchada y tendrán un hijo, Zacarías duda. El ángel le dice que se quedará mudo hasta el cumplimiento de la promesa y esto “porque no has creído en mis palabras” (1,20). “Creer” y “nacer de lo alto” son dimensiones que no podamos dar por descontado por el simple hecho de haber abrazado la vida religiosa en la Orden capuchina.

30. Para recurrir a otra imagen bíblica, traigo a la memoria al patriarca Jacob, que huyó de la casa por temor a Esaú, su hermano, pasó largos años junto a su suegro Labán, y luego huyó también de este último. Cuando finalmente decidió regresar junto a su hermano, antes de cruzar el torrente de Yabboq, se encontró luchando con Dios durante toda la noche y quedó marcado de por vida (Gn 32,23-32). Puede darse muy bien que también tu estés en permanentemente en fuga, que estés en medio de un camino que no es propiamente el que el Señor había previsto para ti. Hermano, es hora de retornar, de ir hacia aguas más profundas (Lc 5,4), ¡no temas por lo tanto encontrar al “Dios vivo y verdadero”, de luchar con él y de afirmar con el profeta Jeremías: “Me has seducido Señor, y yo me dejé seducir, me has hecho violencia y has prevalecido” (Jr 20,7)! El objeto primario de la formación permanente debe ser este: hacer retornar al recto camino o hacernos dar decididamente un paso hacia adelante en nuestra opción de vida. El Señor mismo es quien te dice: “¡Levántate y camina!” (Mt 9,5)

 

Roma, 29 de noviembre del 2010, fiesta de todos los Santos de la Orden.

 

Fr. Mauro Jöhri,

Ministro general OFMCap

Eres el Visitante:visitas

Záparos N50-60 y Cristóbal Sandoval - Telfs: 593 2 3302 373 / 2441 828 - Quito • Ecuador