Comunicado Provincial (octubre de 2009)

Sé bien en quién he puesto mi confianza (2 Tim 1,12)

Comenzamos el segundo curso del trienio. Este tiempo está marcado por el proyecto de fusión de las cuatro provincias, proyecto que supone una gran movida: reuniones, estudios, objetivos, presencias ... La creación de una nueva provincia, que nace de la unión de otras cuatro, lleva consigo un gran trabajo de reajuste de  estructuras, creación de unas nuevas y abandono de otras . No es tarea fácil. Pero la pregunta que muchos nos hacemos es: ¿este trabajo, siendo imprescindible, es suficiente?

La fusión de provincias es un medio, un paso para llegar a alcanzar algo. Lo importante es ese “algo” hacia el que caminar y dirigirnos. ¿Tenemos claro el objetivo? ¿Lo queremos de verdad? ¿Vemos con nitidez la situación actual como necesidad y urgencia de cambio y renovación? ¿Estamos abiertos a asumir lo que a cada uno nos va a tocar? ¿Estamos personalmente dispuestos a reaccionar?  Son preguntas básicas. Si cada hermano no se las plantea con sinceridad y valentía, quizá lleguemos a construir todo un montaje bien organizado, pero sin ningún fundamento o cimiento válido.

La unión de provincias tendrá sentido en tanto en cuanto sea un medio que nos ayude a vivir significativamente el evangelio en nuestra sociedad actual.  Para esto necesitaremos dos cosas:

a)  Conocer a fondo el Evangelio y renovar día a día nuestra opción  por él, escuchar su voz y dejarse interpelar por él. Conocer a fondo el evangelio supone, entre otras condiciones, estudiar y estar abiertos a la exégesis y las interpretaciones con que los estudios bíblicos nos ayudan a comprenderlo con mayor profundidad. Y, por supuesto, supone en primer lugar, horas de oración y de escucha.

b)  Conocer el mundo actual, su cultura, sus necesidades, aspiraciones, búsquedas, sus alegrías y sus penas. Y compartirlas.

La Vida Religiosa, como su mismo nombre lo indica, es una vida que, si no es esencial y decididamente  religiosa, no tiene sentido. Sería una contradicción en sí misma.  

Si la vida religiosa  no hiciera presente en el mundo la persona y el evangelio del Señor, sería como la sal que ha perdido todo su sabor y que ya no sirve para nada.

¿Qué dimensiones evangélicas consideramos hoy más urgentes en respuesta a las mayores necesidades de nuestro mundo?  Dicho de otra manera: ¿qué aspectos de nuestra vida religiosa capuchina necesitan en nosotros mayor conversión? De acuerdo con nuestro Plan Provincial, señalamos las siguientes:

            -Espiritualidad,

            -Vida fraterna, 

            -Pobreza y compromiso social

            -Misión apostólica.

¿Por qué volvemos de nuevo sobre estos temas? Lo hacemos por la urgencia de renovación y de autenticidad que, dada la situación actual de nuestra sociedad, tiene hoy la vida religiosa en general. Pensamos que, si vivimos en actitud de pasividad, nuestra forma de vida tendrá cada vez menos que decir en nuestro mundo.

1.- Espiritualidad

La dimensión espiritual es una parte esencial del ser humano, que necesita ser atendida y alimentada como el resto de componentes, para llegar a ser persona madura e íntegra. El estilo de la vida actual, caracterizada por el individualismo, la secularización, la producción y el consumo de bienes materiales como garantía de confort y felicidad, no favorece nada el desarrollo espiritual del hombre.  A la larga, este modo de vida tiene sus fuertes consecuencias negativas.

Como atestiguan muchos psiquiatras, son cada vez más numerosas las personas de nuestro entorno  (adultos, jóvenes y hasta niños), que acuden a sus consultas solicitando tratamiento y medicación para una enfermedad actualmente desconocida para ellos. Estas medicinas no existen en las farmacias,  ni pueden ser producidas por los laboratorios. Por eso los médicos se sienten impotentes y desconcertados. Los síntomas son: cansancio, hastío, aburrimiento, desilusión, pesimismo, sensación de vacío, porque la vida no les dice ya nada. Es una enfermedad del alma, es decir, de la parte más noble del ser humano: la dimensión espiritual. Son síntomas típicos y enormemente dolorosos de nuestros tiempos y de nuestra cultura occidental. Y son síntomas, por desgracia, no ausentes de nuestra vida religiosa.

No resulta extraño que mucha gente se mueva en búsqueda de lugares de silencio y de paz, que ofrezcan algo que pueda llenarles por dentro. Necesitan que alguien les escuche desde el respeto, cercanía y comprensión. Y quieren no sólo palabras, sino experiencias del Transcendente, del Absoluto: en definitiva, aun sin saberlo, del Dios del amor y del perdón. Muchos buscan todo esto fuera de la Iglesia y fuera de la Vida Religiosa. Necesitan el testimonio de personas que han encontrado a Dios y que viven a Dios como el Ser que llena con creces sus vidas.

Conviene abrirnos a la realidad que nos rodea, para descubrir en ella la voz de Dios en forma de signos de los tiempos, que nos interpela y pide nuestra respuesta. El Señor nos pide en primer lugar ser testimonio vivo de su presencia en la vida de cada uno de nosotros y de nuestras fraternidades. Esto es lo que tenemos que ofrecer hoy a nuestra sociedad, por encima de todo lo demás: que cada hermano sea verdadero maestro espiritual, por su vivencia de Dios; y que cada fraternidad sea también una auténtica escuela de espiritualidad.

Trabajemos intensamente por crear en nuestras casas un ambiente que facilite el encuentro con Dios a cuantos se acerquen en su búsqueda. Esta es la primera misión de nuestras fraternidades.  No caigamos en el peligro de centrarnos exclusivamente en la elaboración de planes pastorales que buscan la eficacia en el trabajo, ni de convertirnos en profesionales o “funcionarios” de la administración de ritos y sacramentos, o en funcionarios que rigen grandes obras religiosas, educativas o asistenciales. Una cosa es la eficacia de las obras y proyectos que llevamos entre manos y otra, el testimonio de la experiencia que vivimos de verdad como personas.

El Plan provincial nos invita a abrir nuestra vida de fe y nuestra experiencia de Dios para compartirla con quienes quieran hacerlo. Un medio que puede ayudarnos es ofrecer espacios de oración, donde se facilite la escucha de la Palabra. Ella ilumina, anima, ayuda, interpela fuertemente y corrige nuestra forma de vivir. Gracias a ella podremos leer, interpretar y responder adecuadamente a los signos de los tiempos por los que Dios sigue hablando al mundo. Se trata de una oración compartida  por toda la fraternidad, como testimonio y misión más importante de nuestra acción evangelizadora.

2.- Vida en fraternidad

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra el impacto que las Comunidades Cristianas produjeron en la sociedad de su tiempo. Estaban constituidas por personas  pobres y sencillas. Sin embargo, pronto llamaron la atención. La gente se preguntaba admirada: ¿Por qué viven así? ¿Por qué son tan felices? Fijaos cuánto se aman. Y muchos se hicieron cristianos. Podemos imaginar igualmente el impacto de aquellas sencillas comunidades de hermanos compañeros de Francisco de Asís. Eran auténticas fraternidades, regidas por el amor, el servicio mutuo, la oración y el perdón. Sin duda que el mayor reclamo vocacional fue el gozo que transmitían.  

Es cierto que los tiempos han cambiado vertiginosamente.  Hoy gozamos de infinidad de recursos y medios de comunicación, el nivel de confort y bienestar material es muchísimo mayor, las posibilidades de desarrollo humano son infinitamente más elevadas. Pero el egoísmo y el culto al yo han construido una sociedad individualista, donde se han multiplicado la soledad y la exclusión de tantísimas personas.    

Si a lo largo de la historia de la Iglesia la vivencia de la Fraternidad ha sido el gran testimonio de Evangelio, ¡cuánto mayor lo será en la actualidad! Nos  enfrentamos  hoy al gran reto de revitalizar la vida comunitaria, renovarla y hacerla más auténtica: en primer lugar para que nuestra vida religiosa tenga sentido en sí misma, y en segundo lugar para que sea signo evangélico que  responda a las necesidades de los hombres y mujeres de hoy. Una fraternidad que vive y comparte  la experiencia religiosa, y comparte sus bienes, y comparte la misión, y practica regularmente la reconciliación, es ya en sí misma el anuncio y testimonio más auténtico del Evangelio.

El Plan provincial nos invita a revitalizar nuestras fraternidades, para que sean hogares en los que se viva la comprensión, se intensifique la comunicación interpersonal y se comparta de verdad la vida de los hermanos. Al mismo tiempo nos anima a abrir nuestras puertas para la acogida, la escucha y el diálogo, como respuesta viva a la gran necesidad actual.

El VII CPO, en los números 24-26 nos dice que debemos evitar el inmovilismo, tanto de lugares como de hábitos de pensamiento y valoración; y de estar cercanos a los pobres, indigentes y abandonados por otros. El n. 27 establece criterios más concretos: nuestras estructuras deben ser sencillas, flexibles, de moderado volumen, lejos del dominio, del dinero, del prestigio. Optar por casas pequeñas con un número adecuado de hermanos, casas insertas en zonas periféricas que vivan de su trabajo.

Las comisiones que trabajan en los distintos aspectos que la unificación de provincias requiere, nos  animan a todos a realizar el esfuerzo y la colaboración necesaria para construir la nueva provincia. Cada fraternidad tendrá que trabajar en el tratamiento de las cuestiones que nos presenten.  Tendremos que implicarnos personal y comunitariamente en las asambleas que se convoquen. Y tendremos que abordar el tema de la reestructuración de las presencias: no es posible hacer nada nuevo, por pequeño que sea, si nos empeñamos en mantener a duras penas lo que hasta ahora tenemos. 

Está anunciada la visita del Definidor General, Hno. Carlos Novoa, que tiene la intención de hacerse presente en cada una de nuestras casas y hablar con cada uno de los hermanos. La finalidad de su presencia entre nosotros es precisamente animar nuestro trabajo para la unión de las cuatro provincias.

Ya desde ahora, tanto el ministro provincial como los definidores, nos ponemos a la disposición de las fraternidades que soliciten nuestra presencia en cualquiera de las reuniones de fraternidad.

3.- Pobreza y compromiso social

Los jóvenes que promovieron y participaron en los desórdenes y el vandalismo de Pozuelo de Alarcón parece que no fueron precisamente  los típicos del antisistema, ni los pobres y excluidos de la sociedad, sino los ricos de la zona. Todo un síntoma. El progreso y el bienestar material no van de la mano con la felicidad. El corazón del ser humano no se puede llenar de cosas materiales. Necesitamos alimentar nuestras vidas con otros bienes que van más allá de la materia y miran a la búsqueda y a la realización del sentido de la vida.

La vida religiosa ha tenido sus momentos más hermosos cuando ha vivido más decididamente la pobreza. Y sus momentos más decadentes han coincidido con la relajación en la vivencia de la misma.

La pobreza evangélica sigue siendo un mensaje bien actual. Estamos metidos en la situación angustiosa de la crisis económica, reflejo y consecuencia de otra crisis más profunda, que tiene que ver con la falta de los valores más específicamente humanos. Son muchas las personas y familias que se quedan sin trabajo. Como siempre, los mayores perjudicados son los pobres, los emigrantes y excluidos de la sociedad. La economía y todo el montaje del mercado, impulsados por la ambición e intereses  egoístas, se han desplomado.

No cabe duda de que esta crisis mundial, que estamos padeciendo, es todo un signo de los tiempos, es la voz de Dios, manifestada en nuestra situación actual. Es voz de Dios que debiera interpelar fuertemente a nuestra vida capuchina. Y es voz de Dios que nos pide una respuesta. Ante el dolor y la angustia de tantas personas y familias en situación de precariedad, y ante quienes siguen convencidos de que el bienestar material lo es todo, el testimonio de pobreza de la Vida Religiosa sigue siendo un válido mensaje que demuestra que la vida tiene que ir por otro camino: el camino de mayor austeridad material de cara a la solidaridad y al amor generoso a los demás. Es decir, se trata del camino que nos ofrece el evangelio. La fraternidad que vive en pobreza está comunicando con su ejemplo que se puede vivir felizmente sin esclavizarse a los bienes materiales no necesarios.

La pobreza evangélica es una asignatura pendiente para nosotros.  Consiste en ser pobres de verdad y en vivir la opción real por los pobres. Podremos decir que individualmente no somos ricos, pero ¿nuestras casas enormes son hoy signo de pobreza? ¿Nuestra forma de vivir está mostrando una verdadera opción por los pobres? Algunas de nuestras diócesis han invitado a los sacerdotes a renunciar a parte de su sueldo mensual y a la paga extraordinaria para destinarlos a compartir y solidarizarse con los parados. Estamos de acuerdo de que no deja de ser un signo. ¿Hemos realizado nosotros algún signo parecido? Una cosa es distribuir a los necesitados el dinero que nos dan en las porterías o en las iglesias precisamente para los pobres, y otra cosa bien distinta es compartir con ellos lo que es nuestro. Son muchos los interrogantes que podemos hacernos para sensibilizarnos más y para  revitalizar y actualizar de verdad la vivencia de la pobreza evangélica. Mientras no lleguemos a vivir la solidaridad afectiva y efectiva con los pobres, tampoco llegaremos a ser signos creíbles en nuestra sociedad.

El Plan provincial, con la Comisión de Justicia y Paz, nos invita a caminar decididamente hacia una mayor mentalización y a dar pasos efectivos en esta dirección.

El n. 27 del VII CPO nos dice que cuando los bienes sean superiores a las exigencias de la fraternidad o absorban un cuidado exagerado, estudiemos soluciones para reconvertirlos en finalidades útiles a la iglesia, a los pobres y a la sociedad. Entre estas soluciones nos habla de alquiler temporal de su uso, la venta, la donación, según los lugares y necesidades.

4.- Misión pastoral

La misión más importante de la Vida Religiosa es precisamente ser Vida Religiosa, es decir, vivir el evangelio. Si vivimos el evangelio, también seremos testigos y presencia viva del mismo en nuestro mundo. No se trata de hacer muchas cosas, ni de buscar el prestigio y la admiración ante la gente. Se trata de que nuestra vida sea significativa. Y lo será, si es realmente evangélica. Ésta es condición irrenunciable para que  nuestras acciones pastorales  susciten interrogantes sobre el sentido de la vida y animen a la búsqueda de Dios en quienes nos conozcan.

Desde hace muchos años nos hemos visto envueltos en medio de un activismo pastoral: planes pastorales, metodologías, reuniones sin fin, congresos y cursillos de todo tipo. La verdad es que toda la formación que tengamos será poca.  Pero no debemos olvidar que no basta con saber mucho, ni con estar al tanto de todas las experiencias y teorías. El núcleo de toda pastoral está en la transmisión de la vivencia religiosa, mucho más que en la transmisión de ideas, mandatos y normas.

Al contemplar los resultados de tanta dedicación y esfuerzo, podemos caer fácilmente en el desengaño y la desilusión ante la sensación de fracaso. Hoy somos pocos y de edad avanzada. No llegamos mínimamente a cumplir los compromisos que llevamos entre manos. Tenemos que hablar dolorosamente de supresión de presencias y actividades y de reducción de esfuerzos.  Aparentemente no es tiempo propicio para la ilusión y el optimismo. Pero, hermanos, también esto es voz de Dios y signo de los tiempos. Quizá sea el anuncio de que es ya la hora en que del viejo tronco comienza a brotar un nuevo vástago: será nuevo, será distinto, pero llevará en sí toda la fuerza del evangelio.

Nadie puede predecir el futuro, pero pidamos al Señor la fe de Abraham y de los grandes creyentes, para mantener la seguridad de que es el Espíritu quien rige nuestro destino y el destino de nuestro mundo. No obstante, sí estamos seguros de que el testimonio del amor y de la Fraternidad será siempre lo más importante y necesario, ya que la existencia de una fraternidad bien unida y regida por el amor mutuo fácilmente hará surgir en la mente de quienes la contemplen la pregunta básica:“ en estos tiempos de individualismo, egoísmo y soledad en los que cada uno busca su propio bienestar, prescindiendo de los demás, ¿quién es ese Dios que impulsa a estas personas a vivir de esta manera?”.

Nuestra pastoral tendrá que fundamentarse en el testimonio de fraternidades abiertas, compasivas y misericordiosas. Es una pena que sean muchas las personas que vienen a nuestras iglesias y tienen muy poco clara la distinción entre religiosos capuchinos y sacerdotes diocesanos. La evangelización que realicemos no consistirá sólo en enseñar y predicar, sino que quedará claro que anunciamos lo que estamos viviendo, o que cumplimos lo que estamos diciendo.

En la práctica organizativa de nuestro trabajo pastoral tendremos que revisar prioridades, dada la situación del número y edad de los hermanos y el estilo del trabajo a realizar.  Hoy por hoy estamos manteniendo presencias al límite de nuestras posibilidades. Al paso de muy poco tiempo la situación será ya insostenible y nos veremos en la necesidad de dejar presencias que hasta hoy nos han parecido  insustituibles. Además, necesitamos  estar abiertos a la posibilidad de crear otros estilos de pastoral que no sólo sean la pastoral parroquial. Pensemos en, al menos, algunas presencias más ágiles, más dedicadas a la oración, a la escucha y acogida, a la reconciliación, a la creación de pequeñas comunidades cristianas, a la colaboración con otras congregaciones o instituciones que nos la soliciten. Para llevar a cabo esta sencilla renovación, nos veremos obligados a designar hermanos que actualmente sostienen algunas de nuestras obras actuales. Esto nos obligará a transformar o cerrar alguna de nuestras presencias.

Respecto al estilo de nuestra pastoral, no olvidemos lo que nos dice el VII CPO en sus números 24-26: nos invita a abandonar puestos de poder y ministerios objeto de apropiación, exaltación y autopromoción; y estar cercanos a los pobres. Y la exhortación apostólica “Vita consecrata” en el n. 63 nos insiste en “salvaguardar el sentido del propio carisma, promover la vida fraterna, estar atentos a las necesidades de la Iglesia tanto universal como particular, ocuparse de aquellos que el mundo descuida, responder generosamente y con audacia, aunque sea con intervenciones obligadamente exiguas, a las nuevas pobrezas, sobre todo en los lugares más abandonados”.

Dentro de este capítulo es preciso trabajar intensamente también el tema de los seglares. El Plan Provincial nos pide que establezcamos una jornada dedicada a una convivencia con todos los seglares que se sienten más cercanos e implicados en nuestra vida. En dicha jornada convendrá escuchar y poner en común las ideas, los proyectos, los deseos e iniciativas que ellos nos propongan. Todo lo que hagamos para que se sientan con nosotros como en su propia casa será poco. Si san Francisco no quiso una Fraternidad religiosa clerical, mucho menos querría una Iglesia  en la que los seglares se sientan como invitados de piedra y en la que sólo y principalmente haya que escuchar la voz y las órdenes de los clérigos.

5.- Conclusión

El trabajo que tenemos por delante en estos dos años no será fácil, pero  deseamos que sea fecundo. Estamos convencidos de que, si permanecemos de brazos cruzados esperando a lo que venga, haríamos un flaco servicio a la Iglesia, a la Vida Religiosa en general y a nuestra familia capuchina en particular. Y creemos sinceramente que el testimonio de nuestra vida capuchina será mucho más evangélico si reflexionamos, oramos y trabajamos incansablemente  en los cuatro capítulos o aspectos que ponemos a vuestra consideración en este comunicado.

Nuestro deseo es compartir con los hermanos nuestras reflexiones y nuestros deseos. No se trata de esperar dos años para comenzar algo distinto. Se trata de reflexionar y trabajar juntos, ya desde ahora, para buscar caminos y medios que nos ayuden a la vivencia convencida de un estilo de vida religiosa que pueda ser más significativa para las personas de nuestro tiempo. Sería ésta la manera más eficaz de preparar con verdaderas garantías la creación de una nueva provincia que nos devuelva la ilusión y la esperanza.

Sabemos que tanto la vida biológica, como la psicológica y como la espiritual se desarrollan y crecen a base de crisis. El abandono de un estadio evolutivo y la entrada en el siguiente estadio no se realizan sin dolor,  pero gracias a este proceso la vida continúa y se enriquece sin cesar. Éstos no tienen por qué ser tiempos de pesimismo, ni de añoranzas del pasado, sino apertura a un porvenir lleno de esperanza y de fe.  Sabemos de quién nos hemos fiado y nos ponemos incondicionalmente en sus manos.

Un saludo fraterno, hermanos.

Pamplona, Curia Provincial, 14 de septiembre de 2009.

 

José Luis Iso (ministro provincial)

José María Lana (vicario provincial)

Gerardo Solas (definidor)

Jesús Torrecilla (definidor)

José Luis Orella (definidor)

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