Recuerdos Misioneros

El P. Agustín de Vega y el P. Arnoldo de Bs. As., eran dos sacerdotes capuchinos argentinos que allá entre los años 1960-1965 trabajaron esforzadamente como misioneros en el Vicariato Apostólico del Aguarico, a orillas del río Napo en la República del Ecuador.

Treinta y seis años más tarde me tocó también hacerme presente como misionero en la misma región de la Amazonia en que actuaron mis dos co-hermanos y compañeros, hoy ya fallecidos. Fue normal que me interesara por su vida y actividades en la zona.

Ellos fundaron los centros misionales de Ntra. Sra. del Rosario de Pompeya (1960) y Puerto Quinche (1962) En esa época esas regiones de selva cerrada, infestadas de feroces aucas, eran inaccesibles por tierra. Sólo por el río se podía llegar a ellas y operar con lanchas a motor fuera de borda, artículo muy raro entonces.. Es que los trabajos de las compañías petroleras que habrían de cambiar ampliamente el panorama más tarde, no habían sido iniciados aún. Recién en 1967 se descubre el petróleo en la región.

Escarbando en el archivo Misional, di con la nota necrológica del P. Agustín sobre la vida y trágica muerte de su compañero de misión, el Hno. Mariano de Ázqueta. He colocado esta nota como “archivo adjunto” a este relato. Estimado lector, te invito a leerla antes de seguir adelante. Allí me encontré con el nombre de Eusebio Hualinga Lícuy, el indiecito de doce años que acompañaba al Hno. Mariano en la canoa que zozobró, y quien intentó por dos veces salvarlo, siendo vanos sus esfuerzos.

Como el accidente tuvo lugar en 1964, actualmente Eusebio Hualinga, de vivir, debería tener unos 50 años. ¿No sería posible hallarlo? La pregunta era estimulante, y me propuse hacer las averiguaciones del caso.

En todas las Comunidades de la Misión (en todo el Ecuador) se celebra con mucha devoción la Novena de Navidad con una rica tradición folklórico-cristiana. En ese tiempo de preparación a las Fiestas fui visitando las diversas Comunidades indígenas (Comunas) a lo largo del río Napo. El centro de operaciones era Pompeya en que vive una pequeña comunidad de cuatro religiosas llamadas Lauritas, dos colombianas y dos ecuatorianas. Con el auxilio de motoristas conocedores del río (¡no hay que encallar ni chocar contra algún tronco!) y de los catequistas respectivos, las tareas, bien organizadas previamente, se fueron llevando a cabo sin mayores incidentes.

Desde el primer momento pregunté a diferentes personas por Eusebio Hualinga. Varias de ellas me aseguraron conocerle y que vivía en la Comuna de San Isla, a unos 40 kms. de Pompeya. Me tocó visitar esa Comuna el domingo 23. de diciembre. El acceso desde el río es un poco difícil, dada la barranca de varios metros de altura y lo precario de la escalera. Toda las ceremonias religiosas y folklóricas se realizaron, como en todos lados, en la sala comunal. Ésta era una gran sala toda de madera, elevada sobre pilotes de un metro de altura. A fuerza de machete el césped de las canchitas de fútbol y de volley lucía impecables.. En su lugar ya estaban instalados los postes de las piñatas y el palo “encebado” con sus trofeos bien a la vista desafiando a los audaces. Calderos hirviendo preparando los alimentos y las numerosas y panzudas ollas colmadas de chicha. El consabido grupito electrógeno, tosedor y bochinchero, dando corriente a un equipo de baffles de 400w. de salida, atronando y atosigando a la concurrencia con música, consignas, órdenes y contraórdenes.

Luego de repartirse paquetes de golosinas a los niños, se comenzó sin más con la ceremonia religiosa con todas las variantes que impone la tradición: ir en busca del Niño a casa del Prioste, entregar del Niño al Nuevo Prioste, bailecitos rituales, alocuciones de circunstancias, etc. Siguió la Misa en quichua con cantos. Acto seguido los jugadores de fútbol y de volley comenzaron a correr por el césped, mientras las calabazas de chicha comenzaron también su incansable carrera de mano en mano.

Aprovechando la distensión general, me apresuré a seguir con mi pesquisa. Alguien que lo conocía fue a llamar a Eusebio. De lejos lo vi venir como ansioso, un hombre bajo, robusto, con calvicie incipiente. ¿Qué querrá el Padrecito? ¿De dónde lo conocería?

Lo saludé con cariño y mirándolo a los ojos, le solté a boca de jarro:

- Eusebio,¿se acuerda Ud. del P. Agustín, del difunto Hno. Mariano?

Sus ojos brillaron, su boca quedó entreabierta.

-Yo soy un misionero argentino, compañero del P. Agustín y del P. Arnoldo. Y he

sabido de su actuación en el accidente del Hno. Mariano, y quería conocerlo,

saludarlo y felicitarlo.

Una amplia sonrisa le iluminó el rostro, unas lágrimas humedecieron su mirada. Me abrazó emocionado y comenzamos a hablar animadamente, ayudados por algunas calabazas de chicha que las mujeres nos alcanzaron. Él había formado parte del grupito de internos en el Colegio del P. Agustín, en Pompeya. Se acordaba mucho del P. Agustín a quien siempre consideró como un verdadero Padre y que, como buen argentino, era muy aficionado al fútbol.

Eusebio se había criado a la sombra de la Misión. Actualmente era un hombre casado, feliz con sus diez hijos, gozando tanto él, como su esposa y su prole, de perfecta salud. Me presentó su señora, muy simpática. En su corazón y en su vida guardó siempre la fe y las prácticas cristianas aprendidas en la misión. Por supuesto que el recuerdo de fray Mariano y los acontecimientos que rodearon su muerte los tenía bien vivos en su memoria. Como anécdota me contaba que, al volver s su casa luego del accidente, él temía que su padre lo retase y castigase por no haber hecho lo suficiente por salvar al Hermano.

Después de unos minutos de charla, y habiéndonos sacado una foto junta, lo dejé libre ya que, siendo vice-presidente de la Comuna de Sani Isla, debía cumplir diferentes actividades en el desenvolvimiento de la fiesta.


Eusebio es una de las semillitas sembradas con tanto sacrificio por los misioneros de ayer en cada una de las cinco estaciones misionales que había a lo largo del Napo: Coca, Pompeya, Puerto Quinche, Pañacocha, y Nuevo Rocafuerte. Por la falta de personal misionero, hoy subsisten solamente Coca y Rocafuerte. En Pompeya , como presencia estable, queda solamente una comunidad de Hermanas Lauritas. Pero en cada una las 28 Comunas restantes ocupan su lugar destacado los Catequistas, como jefes religiosos, los Agentes de Salud formados en la misión, los Maestros de las escuelas a la distancia, los Animadores de la Vida Comunitaria, etc.

     EL GRANO CAÍDO EN TIERRA ESTÁ DANDO

                                                      P. Pedro

                                                                    Coca, enero 2002


 

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