Hno. Ildelfonso Gordillo

ILDEFONSO GORDILLO

UN HERMANO, UN TESTIMONIO, UNA HERENCIA

El día 17 de octubre de este año que camina, los hermanos capuchinos de la Viceprovincia recordábamos el primer aniversario de la partida a la casa del Padre de nuestro hermano Ildefonso, tras u largo camino de calvario, ofrecido con mucha paz y entrega generosa. Todos los que le conocimos somos conscientes de esta realidad. El hermano Viceprovincial motivó copiosamente y animó a todas las fraternidades a que tengamos presente y vivo el recuerdo de Ildefonso, sobre todo en una Eucaristía para El. El celebró la misa de aniversario en Pablo Arenas, pueblo natal de Ildefonso, con todos sus familiares y conocidos y algunos hermanos Capuchinos. En Cuenca, los hermanos también participamos de “la fracción del pan” en torno al recuerdo de nuestro hermano Ildefonso. Fue una celebración muy compartida y la homilía dialogada por todos. Desde el corazón de todos los hermanos emergía el recuerdo de este hermano nuestro, cuyo recuerdo está grabado más allá de las sienes. Es que Ildefonso es para la Viceprovincia: un hermano, un testimonio y una herencia.


ILDEFONSO UN HERMANO.

Si se pudiese hacer una radiografía del espíritu de Ildefonso, creo que tendríamos que concluir diciendo: Fue ante todo UN HERMANO, pero no un hermano sin más. Fue UN HERMANO MENOR, que fácilmente hubiese encajado entre los primeros compañeros de Francisco. Encajó en nuestra amplia fraternidad y en nuestra historia como un hermano menor que siempre dejó muy en claro las constantes fraternas: servicio, humildad, acogida al hermano, cercanía al necesitado, al pueblo pobre sobre todo. Estas constantes más que repetirlas como un acto externo, las llevaba muy presentes en el bolsillo de su corazón.

Cuando los hermanos formandos y los profesos Capuchinos ecuatorianos, nos reuníamos para tener nuestros encuentros anuales sobre temas fraternos o sobre aspectos importantes de nuestra historia y realidad del país, Ildefonso siempre procuraba estar presente y darnos su opinión y su visión de la realidad. Era tinoso y prudente, siempre nos instaba al diálogo fraterno; se oponía duramente a todo tipo de enfrentamiento que no fuese constructivo. Nos invitaba a ser hermanos que “se sacrifican y se lavan los pies los unos a los otros”. Nos decía al vernos congregados: “Siento una santa envidia de ver este grupo amplio de Profesos Capuchinos ecuatorianos, unificados por un mismo ideal y por una misma llamada del Señor, para ser hermanos en Cristo y Francisco.

En la Eucaristía que celebramos en la fraternidad de Cuenca, recordando el primer aniversario de Ildefonso, casi todos dijimos unas palabras sobre este hermano. Eran palabras que salían desde dentro, del corazón. Casi todos coincidimos en afirmar con distintas palabras lo que podía resumirse en esta frase: Ildefonso fue un hermano grande, porque fue menor. Me llamó la atención, y lo podríamos deducir del compartir eucarístico y fraterno, que en medio de todo, su larga enfermedad fue un momento de gracia para nosotros y para él (Sabemos que el hermano Job Muñoz, quien le acompañó de cerca y le atendió día y noche, es el más indicado para verificar esta afirmación). Y digo esto porque durante su enfermedad la mayoría de los capuchinos ecuatorianos fuimos escuchados por él, ya en plan de consulta, de dirección espiritual, así como en el sacramento de la Reconciliación. Un hermanos del Postnoviciado decía: ¡con qué atención nos escuchaba, pese a su cansancio y desgaste!

Más allá de la compasión que brota en el ser humano al ver una persona querida postrada en una silla de ruedas, veíamos en Ildefonso a un hermano purificado, madurado en la cruz del dolor, inmóvil y consciente, con su corazón y mente lúcidos, y una paz indescriptible. Con San Pablo podremos decir que Ildefonso vivió “completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. Supo hacer una oblación cristiana de sus vida crucificada. Sus quejas esporádicas y angustias repentinas son explicables y justificadas. ¿Quién de nosotros hubiera soportado en mejor forma y con más paz semejante estado de progresivo aniquilamiento?

Tengo un recuerdo y un cariño especial por Ildefonso. Él fue mi primer formador en este camino de la fraternidad capuchina en Pifo hace ya trece años. Recuerdo su amabilidad y acogida, cuando por primera vez llegué a la fraternidad de Pifo en mis inquietos quince años. Estuvimos once aspirantes, acogidos y queridos por él con igual de trato y cariño.

Resaltando su calidad de hermano tengo que decir que siempre compartió con nosotros - los entonces aspirantes y novicios (entre ellos el hermano José Cruz) - la oración, el trabajo manual en la huerta, el deporte, el apostolado y la dirección espiritual. Voy a hacer hincapié en dos aspectos que él siempre mantuvo e inculcaba constantemente. En primer lugar su comunión fraterna. Siempre nos instaba a crear comunión y apoyo entre nosotros, evitando que caigamos en la división que nunca es sana. Tampoco le gustaba que hablemos mal de nadie. Repetía: “ayúdense, arrimen el hombro unos a otros”. Cada vez que dejábamos en mal estado a una persona con nuestros comentarios, escuchaba sin intervenir y casi siempre desviaba la comunicación hacia otros temas más constructivos. En segundo lugar, destacaba su amor y cercanía a las comunidades indígenas y campesinas de Pifo. Cada largo fin de semana - empezaba los viernes - , los aspirantes repartidos de dos en dos, le acompañábamos a Ildefonso a las Comunidades indígenas y campesinas donde celebraba la Eucaristía. Una hora antes visitaba a los dos o tres enfermos postrados de las comunas. Luego se ponía su calentador, zapatillas de deporte y jugaba un partido de fútbol que era una buena pedagogía para congregar al pueblo ya que mal o bien el padrecito y los hermanitos eran la atracción y la novedad. Más aún Ildefonso, por si alguno no lo sabe, era un hábil deportista de boley y fútbol. Sus Eucaristías tenían siempre un carácter muy cristológico y comunitario, cercano a la realidad que vivían los comuneros. Podríamos afirmar que el deporte fue para nuestro Ildefonso compartir fraterno y pedagogía pastoral en las comunidades del Inga, Palugo, Paluguillo, El Tablón…Ildefonso no fue el hombre de las estridencias radicales ni de las posturas agresivas en pro de la justicia. En algunas comunidades indígenas vivía el hacendado, quien también asistía a las Eucaristías con su familia. Nunca hacía distinción entre hacendados e indígenas. Su mensaje era sencillo, muy claro, lanzado al compartir y a la vida justa y fraterna de cada día. Invitaba también a compartir los bienes con los que carecían de ellos; lo hacía con enérgica sencillez pero sin resentimientos. La comunión del pueblo era punto capital de su mensaje homilético. Era una experiencia grabada en su corazón “y en sus hígados” como lo dijera el poeta. Era en definitiva, un hermano menor en la fraternidad capuchina y en la fraternidad del pueblo.


ILDEFONSO: UN TESTIMONIO

El hermano Ildefonso Gordillo nos interpela a todos y en medio de las vicisitudes de la vida nos presenta un sencillo programa de fidelidad al Evangelio y al carisma franciscano-capuchino. Los hermanos de la Viceprovincia no podemos quejarnos de la carencia de testigos. Los tenemos con creces y son evidentes. Ellos rebasaron toda cultura, desalambraron los límites del mundo y donde fueron siempre sembraron la fraternidad y la minoridad de francisco: Alejandro e Inés, Carlos de la Vega, Gregorio Ros, Bernabé, Eugenio, Fray Juan, Luis Fuertes, Camilo, etc… Y por qué no decirlo, y con fuerza: Ildefonso Gordillo. Su testimonio de vida evangélica y fraterna debe ayudarnos a todos los hermanos y de una manera particular a los ecuatorianos a fraguar con honestidad y fuerza el ideal de vida capuchina naciente en nuestro país. Nos decía Ilde: “Ojalá en un futuro no muy lejano sea una realidad la Provincia Capuchina Ecuatoriana”. Tenemos la certeza de que este sueño será una realidad a mediano o largo plazo. Ahora sabemos que contamos desde el cielo con su impulso y bendición ya que su espíritu vive en medio de nosotros. A propósito de esto en una larga entrevista de cinco horas, durante dos semanas que estuve en Ibarra, eternicé su voz en seis cintas de cassettes (en otro momento prometo publicar). En una parte dice: “He ofrecido a Dios mi vida y mi enfermedad porque sea una realidad la provincia capuchina ecuatoriana… Ustedes son ya un grupito nutrido que deben seguir fieles en este camino de seguimiento a Cristo y Francisco.”

Dispongo también de una parte pequeña de la correspondencia que Ildefonso mantenía con otras personas de aquí y de otros países. Es significativo el número de hermanos de la Provincia y de la Viceprovincia con quienes mantiene cálida y abierta relación humana y fraterna. Pese a su temperamento introvertido es espontáneo con los hermanos. Leyendo algunas cartas que le escriben es también significativo el gigante aprecio que todos le tienen. Me permito algunas líneas que recibe y envía:
“Que el Señor les conserve a todos ustedes en su paz” (Quito, enero 20 de 1980)

“…Le envié una carta donde le saludaba y le felicitaba por Pascuas de Navidad y Año Nuevo. Creo que esa carta se perdió… Allí le enviaba una bendición del Santo Padre y aunque hoy es el día de inocentes, esto no es una inocentada, sino la expresión sincera de un profundo cariño hacia usted… Por aquí he pasado bien, gracias a Dios. El 19 hemos celebrado las Navidades aquí en el colegio y el 22 salimos a trabajar en algunas parroquias. Yo me fui a ayudar a confesar en el norte de Italia en una parroquia que se llama <<novelara. Fueron tres días de confesiones, y como le decía estuve muy contento. Además me pagaron 300.000 liras con lo cual ya he tenido para comprarme la máquina, pues me es muy necesaria para los trabajos de la universidad. Ahora mismo tengo que presentar tres trabajos de 3, 9, y 15 páginas cada una” (Roma, 28 de diciembre de 1985).”

“Que el Señor le conceda abundantes gracias y que la alegría no se separe de tí…Espero que en todo te encuentres bien y que tus trabajos y proyectos siempre vayan adelante. Que no te falte nunca el optimismo y que el Señor te impulse siempre a conseguir lo mejor ya en tus planes como en tus programas” (Roma, 9 de enero de 1986)”

“Allí les envío a todos los de la familia unos recuerdos. Cada objeto tiene su nombre, así que no les será difícil repartirse…Les envío también unas fotos que me he tomado: una en el colegio y otras en el centro de Roma” (9 de enero de 1986)

“…Padre Ildefonso Gordillo, le recuerdo con frecuencia y mucho cariño ante el Señor” (Hno. Pastor Ibáñez). Navidad de 1994

“…Sabía del proceso irreversible de tu enfermedad, de tu silla de ruedas y, sobre todo, de tu coraje ante la vida y el dolor. Ildefonso, sé, imagino por cuánto estás pasando. Cuántas horas de oración necesitarás para aceptar este destino; pero mi hermano, quiero creer y lo creo firmemente que tú eres la semilla caída en el suelo ecuatoriano para que el franciscanismo crezca y se rubustezca…Yo sé que tu franciscanismo, desde el inicia ha estado cercado de espinas porque aunque el Señor te dio hermanos, a estos, nosotros, por nuestros modos ancestrales, hemos tenido que hacerte sufrir mucho. Te pediré que nos perdones. Sólo te aseguraré por mí y por mis paisanos que nunca estuvimos movidos por la más mínima voluntad, y sí por mucho amor a nuestra vocación y al Ecuador…Ríete de mis cosas ¡Carajo!, pero te diré también cuánto nos habéis pulido vosotros con vuestros modos dulces y aguantones” (Frascati, 4 de diciembre de 1993)

“…De tarde en tarde llegan algunas noticias. Parece que ya tienes que usar la silla de ruedas. Desde allí nos predicas a todos con más elocuencia que todos los sermones de tu vida, el Evangelio de la salvación en la cruz aceptada. ¡Ánimo Ildefonso! La palabras sobran. Yo aprendo mucho cuando voy al Centro Infanta Elena, donde la mayoría de los asilados van en silla de ruedas” (Frascati, enero 3 de 1993)


“…También me alegra escribirle. Es usted con quien hemos compartido momentos fuertes en la vida misionera, y siempre fue amigo fiel” (Las Pampas, 4 de octubre de 1993)

Este saludo lo hacemos todos los postulantes que compartimos con usted aquellos dos años en Ibarra, en donde nos infundió ese ánimo con sus orientaciones y, ante todo, con su vida y ejemplo, por lo cual nunca dejaremos de agradecerle… siempre llevamos presente lo que usted solía aconsejarnos, que demos un paso al frente con la disponibilidad” (Shushufindi, 16 de enero de 1994)


ILDEFONSO: UNA HERENCIA

Nuestro hermano Ildefonso nos ha dejado con largueza una bella herencia de vida testimonial como hermano menor y como sacerdote sencillo, cercano al pueblo. Una herencia está hecha para ser repartida a los más cercanos, como posta o el testigo de las competencias. El nos ha dejado una herencia que es mucho más que la acumulación de una serie de hechos. La herencia que nos ha repartido nuestro hermano Ildefonso es toda su vida, despojada como la de Cristo hasta quedar maltrecho y crucificado en una silla de ruedas, desde donde supo decir como Cristo en la cruz: “En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu”

Ildefonso no ha muerto, vive resucitado y su presencia la sentimos en medio de nosotros. Su cercanía a los hermanos de la Viceprovincia y del pueblo fue sencilla, pero a la vez cálida y extraordinaria. Su sueño fue ver siempre florecida la Orden capuchina ecuatoriana con miembros nativos. Tenemos el reto de ser fieles, dejándonos guiar del Espíritu de Francisco como lo hizo él y esperando que algún día Dios nos hará florecer como provincia capuchina porque Dios nos está bendiciendo copiosamente con varios hermanos santos - de aquí y de allá - que han dejado huellas hondas y sangre fértil en nuestra parcela ecuatoriana. Ildefonso es uno de ellos. Él vive florecido en nuestra comunidad animándonos a hacer de Cristo y Francisco la única herencia que vale la pena en esta historia

A NUESTRO HERMANO ILDEFONSO

EN SU CAMINO HACIA LA CASA DEL PADRE


Adalberto Jiménez


Ildefonso, pequeño hermano siempre

y en todo; hecho a golpe de bondad,

silencio, abnegación, sacrificio y alegrías,

pequeño en todo, hasta en ser el último retoño

de Rosa y Darío, que hoy se abrazan

contigo allá en el cielo.Allá quedan las montañas azules

que circundan Pablo Arenas.

Ellas te vieron nacer, dar los primeros pasos

y balbucear una a uno los granos del Rosario,

que aprendiste de tu hogar bendito.

Por aquí están los que estuvieron contigo,

en tu infancia y adolescencia: tus familiares y amigos.Y una tarde saliste de tu tierra,

al igual que Abrahán en otro tiempo,

y también por motivos parecidos:

la llamada de Dios,

que no admite dilaciones

y se hace brasa incandescente

en todo corazón enamorado de misión.Y te hiciste Capuchino, aquí en esta misma casa,

desde donde hoy vuelves al Padre.Llegaron los años de los estudios teológicos

y tuviste que partir aún más lejos, a España.

Allá quedan esos recuerdos

por aquí están muchos de los que estuvieron contigo

tus hermanos Capuchinos de la Provincia y Viceprovincia.

Regresaste al igual que los ríos

que r4egresan al vientre de su origen.

Y un día te hiciste sacerdote del pueblo pobre.Quienes te conocimos llevamos impregnada

en nuestras sienes el amor que nos tenías

a los formandos.

¿Recuerdas que compartías con nosotros

y con las comunidades capuchina e Indígenas de Pifo

las tardes de Fútbol, Boley y Basket?

Allá quedan las comunas de:

Hitulcachi,

Palugo,

Paluguillo,

El Inga,

Sigsipamba,

El Tablón,

Coñihuro,

La Cocha,

Molauco… y cuántas más.

Yo sé que te sonríes desde el cielo

al evocar estos caminos tan preciados.Allá quedan esas tardes, quizá un poco borrosas,

pero aquí están muchos de los que estuvieron contigo

que nunca podrán borrar de su memoria las cálidas Eucaristías

donde repartías a Dios en carne y sangre,

y a un Dios hermano, hecho presencia en tu paz y en tu entrega.Otra vez marchaste lejos.

Esta vez, fue Italia el término del viaje,

y otra vez el retorno al cabo de unos años.

recuerdo que viniste grávido de franciscanismo.

Y también que el encuentro con la tierra de Francisco

reafirmaron aún más tus pasos de Hermano Menor Capuchino.Y al cabo de algunos años

te vino de no sé dónde esta enfermedad terrible

que te fue desgastando lentamente.

Y fuiste muriendo poco a poco

y de pie, como mueren los árboles

que sólo tras la muerte caen a fuerza de comején.¡Ildefonso, hombree sencillo,

doblemente hermano menor y Capuchino!Fueron largos los años de dolencia,

pero hoy ya caminas en paz y alegría

en la casa del Padre.

Nos alegramos contigo, todos tus familiares.

Todos los Sacerdotes y Hermanos Capuchinos

Todos los Aspirantes, Postulantes, Novicios, Postnovicios

a quienes nos has legado un camino de amor y de evangelioCuando llegues a la casa del Padre

ofrécenos a todos, para que hagamos de Dios

el centro de nuestras vidas

Ofrécenos a todos, que nadie se te escape,

que seas la directa intercesión en el amanecer

de la Nueva Provincia Capuchina ecuatoriana.Ah! y cuando llegues a Dios

pídele especialmente por este Hermano tuyo y nuestro

testigo de tus largos sufrimientos:

- por el Hermano Job -

sólo él sabe palmo a palmo,

lo que es ver morir al trigo esbelto

en su vasija tenebrosa. Consíguele la gracia

de que vea florecido el trigo muerto

y la alegría que tú ya vives esta tarde

porque sólo tu sabes que “muriendo vivimos

vida más clara y mejor”


 NUESTRO HERMANO ILDELFONSO GORDILLO

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. En estos cincuenta años de vida de los capuchinos en el Ecuador comparto con ustedes el testimonio de uno de nuestros capuchinos ecuatorianos

El 17 de octubre de 1996 celebrábamos el sexto aniversario de la partida a la casa del Padre del Hermano Ildefonso Gordillo, un capuchino ecuatoriano a quien una atrofia muscular fue minando progresivamente en todas las partes de su cuerpo hasta petrificarlo físicamente en una silla de ruedas.

¡Curiosa y cruel enfermedad! Mientras sus órganos vitales estaban en plena vigencia, el resto de su cuerpo entraba en un inexorable camino de calvario. El Hermano Ildefonso, cada día era consciente de que moría un poco más: primero fueron sus brazos, luego sus piernas y finalmente, fueron muriendo todos los músculos de su cuerpo. Aunque sabía que estaba muriendo seguía luchando por la vida, Ildefonso fue siempre un deportista cabal de cuerpo y alma. El deporte no fue para él únicamente motivo de recreación sino también enganche pastoral antes de presidir las eucaristías en las comunidades campesinas de Nanegal e indígenas de Pifo. Cuando perdió toda acción muscular y medular en sus brazos y ya no podía jugar con los jóvenes capuchinos, aún seguía practicando el indoor y el fútbol. Cuando jugaba se caía con frecuencia, porque su cuerpo no le prestaba equilibrio, pero se alegraba porque todavía podía mover sus piernas. Cada día presidía la eucaristía y dejaba que su lazarillo, el hermano Job Muñoz, quien tras su postración cuidó de él noche y día, hasta su muerte, tomara sus manos y sus dedos inmóviles para levantar la patena y el cáliz.

El hermano Ildefonso de cuerpo hirsuto y pequeño fue y es grande entre nosotros, por el fondo y la forma de asumir tan duro crisol de purificación exterior e interior. Estaba en pleno vigor cuando aparecieron los primeros síntomas de este lento martirio. Contaba entonces con 45 años y falleció cerca de una década más tarde.

Nació en Pablo Arenas, cantón de esta provincia de Imbabura. Nació un 13 de abril de 1941. Pequeño de estatura; tímido e introvertido por naturaleza. Desde niño, Luis Ildefonso siente inclinación por la vida sacerdotal. Junto con su madre sale una madrugada de su casa hacia el seminario menor San Diego, donde se forma el clero secular de la Diócesis de Ibarra, con la única finalidad de prepararse para ser sacerdote diocesano. Llegaron al seminario pero se encontraron con la ingrata sorpresa de que el rector y los responsables del seminario estaban fuera de casa y no se sabía cuando vendrían. Ante la insistente espera el seminarista que les recibió les dijo: Y ¿por qué no van donde los padres capuchinos?, ellos también tienen un seminario menor. Así lo hace el pequeño Ildefonso acompañado de su madre. Nunca habían oído hablar de los capuchinos, pero allí estaban, en la portería de su convento. Les recibió un hermano capuchino con su hábito café y sus sandalias viejas, quien enseguida fue a llamar al hermano rector. Se trataba nada menos que del P. José Miguel de Arraiz capuchino misionero. Señala Ildefonso: “el P. José Miguel director del seminario de Ibarra me hizo algunas preguntas de historia, geografía y matemática”. Luego dijo a mamá: “!ya, ese chico queda de mi cuenta, el próximo mes le espero para que ingrese al internado!”. Así lo hizo Ildefonso y allí fue descubriendo su vocación. Fue buscando el seminario diocesano y acabó siendo hermano menor hasta la muerte.

Sus estudios los realizó en el internado San Francisco de Ibarra, el noviciado en Pasto (Colombia), y la filosofía en Quito (Concepción), la teología en España. Una vez ordenado sacerdote su primer destino fue Nanegal, noroccidente de Pichincha. Posteriormente pasa tres trienios como secretario de la Curia Viceprovincial. Luego, en Pifo como director de los aspirantes capuchinos. Al poco tiempo marchó a Italia para realizar estudios de franciscanismo. A su regreso radica en Pifo donde es muy apreciado por los hermanos, los novicios y por la gente de las comunidades indígenas y campesinas. Una vez que aparece su enfermedad y aquí en Ecuador se les diagnostica..., enfermedad de proceso irreversible los superiores le trasladan a España en un intento de salvarle la vida. Cuando todo es científicamente perdido, en cuanto a su salud, regresa a Ecuador, a la misma casa donde comenzó su vocación. Durante estos últimos años de su enfermedad nuestro hermano Ilde se convierte para todos especialmente para los formando capuchinos de Ecuador en un hermano, un testigo y una herencia.


UN HERMANO

Un hermano menor, que fácilmente hubiese encajado entre los primeros compañeros de Francisco. Encajó en nuestra amplia fraternidad y en nuestra historia como un hermano menor que siempre dejó muy en claro las constantes fraternas: servicio, humildad, acogida al hermano, cercanía al necesitado, al pueblo pobre-campesino e indígena., Fueron constantes no tanto como actos externos, sí como algo que los llevaba en el bolsillo de su corazón. Esta necesidad del servicio fraterno le lleva a dejar por un tiempo su servicio ministerial para entregarse a la fraternidad. Sufría muchísimo cuando esto no se daba. Nosotros guardamos un grato recuerdo de esto: cuando nos juntábamos en nuestros encuentros anuales él siempre quería estar presente, nos animaba al diálogo fraterno. Ilde fue un hermano grande porque fue menor, y durante su enfermedad la mayoría de los jóvenes en formación fuimos escuchados por él, ya fuese en plan de consulta, de dirección espiritual, como en el sacramento de la Reconciliación.

Más allá de la compasión que brota en el ser humano al ver una persona querida postrada en una silla de ruedas, veíamos en Ildefonso a un hermano purificado, madurado en la cruz del dolor, inmóvil y consciente, pero con su corazón y su mente lucidos, y una paz indescriptible. Vivió “completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. Supo hacer una oblación cristiana de su vida crucificada.

UN TESTIGO

Nuestra sociedad carece de testigos, hombres y mujeres que con su vida nos digan algo más de lo que normalmente ven nuestros ojos. El hermano Ilde, nos interpela y en medio de las vicisitudes de la vida presenta un sencillo programa de fidelidad al Evangelio y al carisma franciscano-capuchino. En estos cincuenta años no podemos quejarnos de la carencia de testigos, los tenemos con creces y ciertamente son evidentes. Ellos rebasaron toda cultura, y allí donde fueron sembraron la fraternidad y la minoridad de Francisco: Alejandro e Inés, Carlos De la vega, Gregorio Ros, Bernabé, Eugenio, Fray Juan, Luis Fuertes, Clemente de Tulcán, Camilo, Eusebio, Benito... y por qué no decirlo, y con fuerza: Ildefonso Gordillo. Su testimonio de vida evangélica y fraterna debe ayudarnos a todos los hermanos y de alguna manera particular a los ecuatorianos a fraguar con honestidad y fuerza el ideal de vida capuchina naciente en nuestro país. “Ojalá en un futuro no muy lejano sea una realidad la provincia capuchina Ecuatoriana” manifestaba un día Ildefonso. Tenemos la certeza, hermanos, que este sueño un día será realidad. Sabemos que contamos desde el cielo con su impulso y bendición ya que su espíritu vive en medio de nosotros. “He ofrecido a Dios mi vida y mi enfermedad para que sea una realidad la provincia Capuchina Ecuatoriana... Ustedes son ya un grupito nutrido que deben seguir fieles a este camino de seguimiento a Cristo y Francisco”.


ILDEFONSO, UNA HERENCIA

Podemos considerar esta vida testimonial de hermano menor y sacerdote sencillo una herencia en esta celebración de los cincuenta años. Una herencia está hecha para ser repartida a los más cercano, como la posta o el testigo de las competencias. Él nos ha dejado una herencia que es mucho más que la acumulación de una serie de hechos. La herencia que hoy nos reparte nuestro hermano Ildefonso es toda su vida, despojada como la de Cristo hasta quedar maltrecho y crucificado en una silla de ruedas, desde donde supo decir como Cristo en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Ildefonso no está muerto, vive resucitado y sentimos en esta celebración su presencia. Su cercanía a los hermanos de la Viceprovincia y del pueblo fue sencilla, pero a la vez cálida y extraordinaria. Soñó ver florecida la Orden Capuchina Ecuatoriana con miembros nativos. Ofreció su sufrimiento y su muerte por las vocaciones capuchinas del Ecuador. Ahora tenemos el reto de ser fieles, dejándonos guiar del Espíritu de Francisco como lo hizo él y esperando que algún día Dios nos hará florecer como Provincia Capuchina porque Dios nos está bendiciendo copiosamente con varios hermanos santos –de aquí y de allá-. Que han dejado huellas hondas y sangre fértil en nuestra parcela ecuatoriana. Ildefonso es uno de ellos.

 

Hno. José Cruz

Ibarra a 16 de noviembre del 2001-11-15

 

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